Por
Ramiro Velásquez Gómez
Enviado especial, Cabo de la Vela

La U mejor trazada de Colombia la labró la naturaleza en el Cabo de la Vela. -¡Uy! Venía convencido que era para Uribia, pero cuando me dijeron que era para el Cabo, se me bajó todo, cuenta el médico del centro de salud Elmer Quintero. La calma en este rincón no la interrumpe ni el más fuerte de los vientos que soplan a toda hora, de noche y de día durante los 365 días del año.
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Desde hace 505 años cuando recibió a Alonso de Ojeda, lo que aprovechó Juan de la Cosa para realizar la primera cartografía de estas costas, el Cabo ha vivido entre el olvido de los gobernantes y el deseo de personas ávidas de descanso en tierras exóticas.

Geisha es una joven peruana andariega. Sus ojos azules, el cabello rubio al viento y su piel blanca, como de modelo, se extasían y confunden con el paisaje. Desea recorrer toda la región, a pie, como Javier, el caleño que se encontró en Santa Marta, y John el bogotano, su compañera y su pequeño hijo Lennon. Todos andan sin prisa.
Así se debe recorrer. Desde Uribia, en un moderno campero de placas venezolanas, son unos 50 minutos bien andados, la mayor parte al lado de la línea férrea que soporta el carbón que va a exportación.

El tramo final lo muestra una flecha que señala el destino sobre el mar Caribe, desde el cual quedan 15 kilómetros de viaje, la mitad de los cuales a la imaginación del conductor: puede escoger el ramal que quiera, aunque varios de ellos lo colocarán en apartadas rancherías donde viven familias wayuu.
Una pesquera es el primer signo de la meta. La carretera desde entonces se convierte en la única calle de un poblado desperdigado a lo largo de los cuatro kilómetros que configuran la barriga y el costado derecho de aquella perfecta U.

Están asentadas cuatro de las diez castas wayuu. De sur a norte se encuentran los uliana, los pushiana, los epiayu y los ipuana. En un primer contacto se perciben las diferencias que siempre se han relatado sobre los indígenas guajiros. Marta, que da su nombre porque a casi nadie conocen por él, pues el trato es con sobrenombres, indica que los ipuana llegaron de últimos y son los que tienen las mejores tierras para el turismo. No se quedarán quietos.

El Sol, que sale desde las cinco y media de la mañana, ilumina los cuatro colores del mar: desde un claro aguamarina hasta otras tres tonalidades de verdes más oscuras. A medida que se recorre el lugar, alternan casas de toda una vida y las nuevas posadas indígenas. Y entre la hilera de viviendas y la orilla del mar, las enramadas donde se puede descansar del sol y en las que en las noches se cuelgan hamacas y chinchorros para quienes deseen dormir cerca del arrullo de las olas.

Autta está al otro lado. Así dice que se escribe un joven del lugar. Son unas 13 casas en este pedazo del palo derecho de la U. Hay un hotel de dos pisos, todo en madera y caña, y una tienda con alojamiento unos 150 metros adelante. Elvia la atiende y ofrece pescado fresco, mientras en un pasillo entre comedor y cocina dos mujeres tejen un chinchorro pequeño que les demandará dos días más.

En el hotel se alojan unos cuantos turistas. Entre ellos, la típica mujer rubia con la cara y la espalda como un tomate por el intenso sol. Cerca de 300 metros más allá está Patu. La posada, pero también Patu, una pequeña loma de unos 20 metros de altura desde la cual se divisa un paisaje que embruja. Un yate se acerca, con tres
o cuatro pasajeros que dan señas de pasarla muy bien. No muy lejos, un pequeño barco pesquero en continua faena.

En la cima de Patu el viento sopla fuerte. Tan fuerte que los morrales pesados se mueven y halan al portador. Es mejor sentarse. A unos 500 metros está el faro, una bombilla grande con energía solar, que a ocho metros del suelo remata una torrecita que la sostiene. Es más alto el cerro que Patu, pero el viento es menos fuerte. La recompensa es una vista a plenitud del Caribe. Y de la U. Desde allí se divisa el palo izquierdo de esta gigante letra que le brinda albergue al Cabo y a sus 1.270 moradores habituales, casi todos paisanos.

Es en este punto en donde la costa de la Guajira gira hacia el oriente. El tramo se recorre entre dos suelos: el inicial de piedrecitas menudas y el final entre guijarros más grandes. El camino transcurre en medio de matas espinosas rastreras, que invariablemente tienen la mitad seca.
Donde está la tienda en Patu, María, de la casta de los ipuana, ha vivido casi toda su vida. Lucy, su hija ya mayorcita, entró este año a la escuela a ver si aprende a leer y a escribir. A un lado de la disimulada tienda, en plena ranchería, como diez casitas juntas, con techo verde, alojamientos para visitantes, cuyo conjunto semeja un pueblo del lejano oeste americano.

Una cometa vuela en la última casa del fondo, sin ningún esfuerzo de quien tiene la pita. Si deja de soplar el viento o se cierran las ventanas de la casa, rápido entra el mosquito coñero, contra el cuál es imposible combatir. No pica pero no deja vivir.

El médico Elmer se palmotea para alejarlos. Aunque al centro de salud no acuden sino pocos indígenas a los que ya la medicina de su piache (curandero) no les obra, no le importa como cuando le dieron la noticia de su destino.
Está amañado en este cabo colombiano sin energía y con un teléfono, en donde la vida, siempre, irá más despacio que la brisa.
Fotos Donaldo Zuluaga | Departamento de fotografía EL COLOMBIANO | Envíe sus comentarios
 


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