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El arte de la inmovilidad
El centro de Medellín se convirtió en escenario
de las “estatuas humanas”. Puro paisaje callejero.
Asombran,
algunos descrestan y son motivo de risas y sonrisas de niños
y adultos.
Aquí,
las historias detrás de estos monumentos de carne y hueso,
que sobreviven así: quietecitos.
Hay hombres
de yeso, esclavos, damas antiguas e incluso un Juan Valdez, claro
sin ‘mula estatua’.
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| Henry Agudelo | Los hombres estatuas se levantan
por los lados del Parque Berrío y de la Plaza Botero.
Normalmente trabajan entre las nueve de la mañana y
las cinco de la tarde. Ellos dicen que viven del arte y de
la generosidad de los antioqueños, que son gente querida
y respetuosa. “En Medellín, el 95 por ciento
de la gente nos trata muy bien”. |
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| Las estatuas tienen su vida. Aquí
David y su hijo. |
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| Terminó la jornada. Llegó la
hora de desmaquillarse. |
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| La pintura es un ritual de todos los días. |
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| Un esclavo despierta la curiosidad infantil. |
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| Parecen muy reales, pero por dentro tienen
su corazón. |
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| Las monedas que deja una dura jornada de
pie. |
Reportaje gráfico de Henry
Agudelo
Medellín
Él es una estatua operada. Hace cinco años le sacaron
del intestino una decena de pedazos de bombilla de cien vatios
que se había comido en una presentación en las calles
de Cali. Le alumbraron en unas radiografías que le hicieron
del abdomen para saber a qué se debían sus retortijones.
Pero de esa época de fakir callejero a estos días
las cosas cambiaron mucho: ya se llama Juan Valdez y destella
porque su traje y su maquillaje son dorados, parece un tesoro
tirado en medio de la Plaza Botero, de Medellín.
Este miércoles 15 de noviembre, a las tres de la tarde,
se le descubre inmóvil, de espaldas al Museo de Antioquia
y de cara a los visitantes del parque que se paran a mirar esta
estatua humana que carga carriel, machete, ruana, sombrero aguadeño
y que calza cotizas. Cada jornada Rodolfo Aponte (o mejor, Juan
Valdez) se embadurna con una crema especial que prepara con una
fórmula secreta que no revela. Se la echa por libras. Así
es. Cada 25 días se gasta una en su cara, sus manos y sus
pies. A este Juan Valdez le falta su mula Conchita, pero es entendible
que no le interese: se le irían la plata en maquillaje
y las fuerzas en desmaquillarla todos los días.
Rodolfo hace parte del grupo de estatuas humanas que se levantan
en los alrededores del Parque Berrío y de Plaza Botero
y que compiten, por la atención del pueblo, con las esculturas
del maestro Fernando Botero y la estatua del mismísimo
Pedro Justo Berrío. Hay hombres de bronce, muñecas,
damas antiguas, esclavos, figuras griegas y en esta Navidad llegarán
un Príncipe y el Hombre de Yeso, según anuncio de
sus creadores. Juan Valdez, incluso, amenaza con convertirse en
hombre de piedra. Eso no se lo hubiera imaginado nadie, ni en
los peores tiempos de los cafeteros cuando su mercado se quedó
tan tieso como una estatua.
Él carga sus aperos en un baúl de madera, por supuesto
pintado de dorado. Está hecho en tríplex y tiene
unos adornos verdes y rojos, en arabescos. Son el recuerdo que
le queda de sus tiempos de fakir. Rodolfo ensayó sus dotes
histriónicas desde los doce años en los circos pobres
de Bogotá y su natal Cartago. Y le hace a todo: dice ser
robot, mimo y maniquí. Siempre a la moda de lo que el pueblo
quiere. Con su vestuario es exigente. “Es que a una estatua
mal presentada no se le arrima nadie”.
A las once es la cita
Dos estatuas humanas permanecen sobre sus pedestales este jueves
a las 10:30 de la mañana. Teresa Alzate las mira fascinada.
Va y viene, les da la vuelta. Ella tiene cita a las 11:40 de la
mañana con un siquiatra del Hospital Mental. Se la pasa
algo deprimida por la muerte de su mamá, pero las figuras
grises y oscuras de un esclavo y de un hombre de carriel, parecido
al ilustre ingeniero cubano Francisco Javier Cisneros, que ayudó
a trazar el ferrocarril de Antioquia, la reaniman.
En el pedestal de madera de esta copia humana e inmóvil
de Cisneros hay una leyenda que deja muy impresionada a Teresa.
Ella no duda en sacar su agenda y tomar nota: “aquel que
no ha fracasado es porque nunca ha intentado nada”. Una
verraquera de frase, dice Teresa antes de partir.
David Rangel Mejía nació en Caucasia, Antioquia,
y se convirtió en estatua hace ocho años, gracias
a un amigo que era mimo y lo invitó. Su deseo se acrecentó
una vez que vio una revista alemana en la que aparecían
varias estatuas humanas. Ya había hecho de payaso, mimo
y robot, pero el arte de la inmovilidad terminó por seducirlo.
Aunque no crean, en la vida de las estatuas humanas se pasan malos
ratos. Así como a las de verdad se les roban pedazos, les
dan martillo y las orinan los perros, los borrachos y los niños,
a las de carne y hueso les salen sus enemigos: “una vez
en Barbosa un man me cogió descuidado y me patió
el pedestal y casi me parto un pie. Claro que unos colegas se
solidarizaron y lo cogimos y le dimos su muenda” por no
respetar el arte y los artistas. Sobra imaginarse lo pesada que
debe ser la mano de una estatua.
David coincide con Rodolfo (Juan Valdez) en que lo más
que alguien puede resistir parado en uno solo punto son unas 18
horas y que quieto, quieto, quieto, lo que se dice quieto, se
puede estar unas dos o tres horas. Pero lo más aterrador,
más que la lluvia, los enemigos espontáneos, el
sol y los niños cansones, lo que más temen estos
artistas callejeros son esos días en que a la gente la
mano y las monedas se les quedan estatuas.
Las hay desplazadas
En un tunelcito que forman las escalas de los bajos del metro,
a las cuatro de la tarde, Nancy Pérez comienza a desmaquillarse
al lado de su hermano Rafael. Ya estuvieron seis horas parados
a las puertas del Banco Popular, sobre el costado oriental del
Parque Berrío. Se quita su vestido de dama antigua y lo
mete en un balde. Entre tanto, abre un tarro viejo de papas gringas
al que le mete una piedra en el fondo para que el viento no lo
tumbe. Saca las monedas que el público depositó.
Salió desplazada de Nechí hace seis meses por un
grupo armado que le quemó la casa de la finca a ella y
a su mamá. Entonces vinieron a buscar el apoyo de Rafael
en Medellín. Su mamá no aguantó tanto susto
y sufrimiento y murió hace dos meses. Nancy, enseñada
a recoger plátanos y yucas, tuvo que aprender las artes
de Rafa para alimentar a sus cuatro hijos. “¿Qué
más hago en esta tierra?”, pregunta. Lo más
aconsejable: quedarse quieta.
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