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El 2000 en altas y bajas


Estamos hechos de tiempo y de sueños, anunciaba un célebre dramaturgo. Sobre esa categoría filosófica, el tiempo, tan preocupante para el hombre, anda la historia, esa disciplina que permite volver presente y consciente el pasado.


Quizá en el amplio espectro del tiempo un año sea menos que una brizna al azar, pero, a veces pasa, también en ese período se presentan sucesos que, por su importancia, parece que la historia hubiera avanzado -o retrocedido, según el caso- milenios.

El 2000, año inquietante en el calendario, estuvo lleno de sobresaltos en todos los ámbitos. Avalanchas de noticias, muchas de ellas ya olvidadas. Grandes acontecimientos.

Pequeños hechos. Pero resulta que, unos y otros, influyen a su modo en el hombre, a la manera de aquella parte de la teoría del caos que advierte que el aleteo de una mariposa en Pekín puede causar un derrumbe en Wall Street.

Un periódico es como un cuaderno de bitácora. Registro de cada día. Al final tal vez todo sea material para el olvido. O, lo que sería su contrario, para la historia. De ahí la importancia de un resumen anual, porque, entre otros aspectos, es la recuperación de la memoria y una fuente para el conocimiento del transcurrir del mundo.

El hecho del año fue, sin duda, el descubrimiento del genoma humano, que es como escribir un nuevo libro de la vida, un hallazgo tan o más revolucionario que el de la rueda, que la formulación de la Teoría de la Relatividad, en fin, y que seguramente, como lo anuncian los científicos, transformará el tratamiento de las enfermedades. Se abren, entonces, otras puertas para el infinito campo de la investigación científica.

Otra esperanza para el hombre
El 2000 también fue un año de contrastes: grandes avances en la ciencia y la tecnología; hazañas deportivas y acontecimientos artísticos; pero, a la vez, dolorosas tragedias, hambrunas, oleadas de desplazados y refugiados, todo como si se tratara, según la óptica, o del Génesis o del Apocalipsis.

Así, mientras nos enteramos de los pormenores en la Estación Espacial Internacional o del encuentro de agua en Marte, el mundo se estremecía con el drama de los tripulantes del Kursk o el accidente del Concorde.

En el fuero local, el mismo contraste. A la donación de la valiosa colección de obras de arte del maestro Fernando Botero a Bogotá y a la inauguración del Museo de Antioquia y la Plazoleta de las Esculturas, o a la obtención del oro olímpico por María Isabel Urrutia, se sumaron, en el lado oscuro del país, las masacres, la destrucción de pueblos, los secuestros, la corrupción oficial, los desplazamientos y el horror de la barbarie.

Este documento periodístico que hoy tiene el lector en sus manos da cuenta de las agonías y los nacimientos, de las proezas y los desastres, que todos, de uno u otro modo, afectan al ser humano. Fue, entonces, un año de vítores y llantos, de júbilos y desamparos.

La finalización de un año da, igualmente, motivo al despertar de expectativas, al abrirse la voluntad a buenos propósitos y metas, y es ahí también donde el mundo vuelve a empezar. El 2000 ya es historia, parte de un pasado que, se quiera o no, continuará influyendo en el presente, y, por qué no, también en el futuro. Ya lo decía algún poeta: La única verdad es el tiempo.


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