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  Fabio Villegas

Fabio Villegas
Presidente de Anif, ex ministro de Gobierno y ex candidato a la Vicepresidencia de la República.


Si un yuppi en Nueva York se asusta por una declaración de Lula, podríamos perder lo ganado en la estabilización de las variables.


Alvaro Uribe Vélez termina el año con una popularidad sin precedentes. Su buena imagen es sólo comparable con los retos que tiene por delante. El Presidente tiene norte, ha mostrado liderazgo, trabajo y contacto con la gente, y eso por el momento llena las expectativas y genera ilusiones en un país en donde la esperanza era esquiva.

En el campo económico el reto es más complejo. El país necesita resultados concretos y en el corto plazo. El ingreso per cápita cayó durante los últimos cuatro años, mientras que las cifras de desempleo y subempleo se mantienen en niveles intolerables, mostrando un panorama de 10 millones de trabajadores sin posibilidad de un ingreso estable.

Son muchas y muy efectivas las tareas que puede adelantar el gobierno para reactivar la inversión privada, y con ello la economía y el empleo. Generar estabilidad jurídica y un entorno institucional propicio para la actividad empresarial es una de ellas. Promover la actividad edificadora y las exportaciones es igualmente importante. Pero no nos engañemos, mientras no se resuelva el desajuste estructural en las finanzas del Estado, la economía no se va a recuperar. La razón es simple, el déficit fiscal y la magnitud de la deuda pública acumulada traslucen un panorama sombrío, totalmente hostil para la inversión.

Este ha sido un año de sobresaltos. El crecimiento económico apenas si alcanzará 1.7 por ciento. Un año más de retroceso en el ingreso per cápita. De otro lado la inflación estará muy cerca de su meta de 6 por ciento, aunque en los últimos meses ya se nota la presión de la devaluación sobre los costos de bienes y materias primas importadas.

Los mercados internacionales de capitales se resintieron y se volvieron menos tolerantes frente a los desequilibrios económicos locales. En ese proceso, el país salió mal librado. Los spreads de la deuda externa superaron los mil puntos, el precio del dólar tocó los 2.900 pesos y la tasa de interés de los TES (2012) llegó a 17.6 por ciento.

Dos temas preocupan a los mercados y a los inversionistas. El financiamiento externo para 2003 y el contenido y tamaño del ajuste requerido para atender la deuda pública. En el financiamiento de 2003 el actual equipo económico ha hecho un trabajo sobresaliente y logró de los organismos multilaterales compromisos de desembolsos de unos US$3 billones. Así lo han entendido los mercados y como resultado los spreads y las tasas de interés de los TES han bajado mientras que el precio del dólar se ha reducido.

Pero la tarea está a medio hacer. Tenemos la fórmula pero somos temerosos en la dosis. Al final nos podemos quedar con el pecado y sin el género. El ajuste fiscal requerido para estabilizar la deuda pública es del orden de 3 por ciento del PIB. La propuesta del gobierno no sólo es insuficiente sino desbalanceada. El ajuste propuesto para 2003, sumada reforma tributaria y referendo, apenas si alcanza 1.9% del PIB. Pero además, en él pesa mucho la reforma tributaria y relativamente poco la disminución en el gasto. Así las cosas, los riesgos de que el aumento en el ingreso impulse mayores gastos son evidentes si se miran las últimas seis reformas tributarias.

Si persiste el interrogante sobre la sostenibilidad de las finanzas públicas, la economía se mostrará indefensa frente al escrutinio de los inversionistas y se verá débil frente a los mercados y a los irracionales cambios repentinos en sus tendencias. Dependeremos en alto grado de qué pase con Brasil y el manejo de su deuda, o de la evolución de la crisis Argentina, para señalar algunos ejemplos. Si un yuppi en Nueva York se asusta por una declaración de Lula, podríamos perder lo ganado este año en la estabilización de las variables financieras.

Supongamos que pasamos agachados. El año entrante pinta mejor. La posibilidad de acercarnos a un crecimiento de 2.3% es real y se apoya en la recuperación de la construcción y en una mejor dinámica de las exportaciones más asociada al impacto del Atpa y la devaluación, que a la dinámica de la economía internacional que tiene un pronóstico gris.

Ese crecimiento (2.3 %) es insuficiente y mediocre para resolver los problemas de desempleo y pobreza. Con todo, sin un cambio radical en la economía que acelere la inversión privada, más claro, sin un ajuste fiscal radical, estaremos hablando nuevamente, en algunos años, de los 10 millones de colombianos en medio del desempleo y subempleo y al final la agenda, en el frente económico, habrá quedado a medio hacer y habremos perdido la oportunidad que hoy tiene el gobierno de enrutar al país por el sendero de un mayor crecimiento.



       
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