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  Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince
Periodista de la Universidad de Antioquia Licenciado de la Universidad de Turín Escritor, novelista y columnista.


La cultura tiene una madrastra despótica (la economía) y a su lado tres hermanastras: el deporte, la farándula y la moda.


Durante un año la cultura colombiana siguió siendo lo que ha sido, la Cenicienta, y no hay ningún síntoma de que el año entrante deje de serlo. Tiene a su mando una madrastra despótica (la economía, el rating), y a su lado tres hermanastras que no la dejan levantar cabeza: el deporte, la farándula y la moda.

Y en cuanto a aquel único príncipe que la podría cortejar y sacar de la orfandad (la educación), éste no aparece todavía en el horizonte. Se habla aquí de cultura en su antigua acepción de “educación cultivada”, que tiene que ver con las artes liberales y, más concretamente, con la plástica (pintura, escultura, fotografía, videoarte, instalaciones, artesanía), arquitectura, música, danza, literatura (poesía, narrativa, teatro) y cine.

El resumen del cine colombiano este año no puede ser más fácil: poco, pobre y mediocre. Bolívar soy yo, de Jorge Alí Triana, (que ganó un premio en Mar del Plata) y Como el Gato y el Ratón de Rodrigo Triana nos dieron al verlas esa incómoda sensación que todos reconocemos: vergüenza ajena. Quizá la película colombiana menos pretenciosa que vimos este año, aunque es del 2001, La pena máxima, de Jorge Echeverri, fue también la mejor, tal vez porque no quiso pasar de ser una comedia amena.

Como el cine es lento y tiene sus ciclos de silencio por falta de presupuesto y escasez de directores, es posible que el 2003 sea mejor: estamos a la expectativa de la nueva película de Víctor Gaviria, Sumas y restas, un retrato de la penetración de la mafia en todos lo niveles sociales de Medellín, y de lo que pueda hacer en España Sergio Cabrera con sus nuevos socios. Esperamos que los directores más jóvenes puedan encontrar bien sea quién los financie, o alguna fórmula para lograr el milagro de una película “buena, bonita y barata”. México, en esto, volvió a darnos ejemplo con El crimen del padre Amaro, un melodrama de Eça de Queiroz trasladado con gracia y valentía a la América Latina de hoy.

En teatro lograron hacerse, pese a la poca financiación, los dos eventos más importantes del país: En septiembre, el Festival de Manizales, y en Semana Santa el Festival Iberoamericano de Bogotá, que en realidad es mundial. La disminución o la falta de apoyo oficial pudo suplirse con algunos aportes privados. Tal vez la obra “El Infierno” del teatro Thalia de Hamburgo, pieza basada en la Divina Comedia, fue el espectáculo más impresionante del año, y lo más importante que trajo doña Fanny Mickey.

Pasemos a la literatura. El mayor luto fue la muerte de un poeta mayor: José Manuel Arango. Este mismo año sus amigos de la revista Deshora alcanzaron a sacar un libro con sus poemas póstumos, La tierra de nadie del sueño. En diciembre del año pasado Álvaro Mutis recibió el premio más importante de las letras castellanas, el Cervantes, que le fue entregado en abril. Mario Mendoza, si bien fue destrozado por la crítica nacional e internacional, recibió el Premio Biblioteca Breve, que ha tenido gran prestigio.

La publicación de las memorias de García Márquez, Vivir para contarla, fue un acontecimiento mediático en el mundo entero. Fernando Vallejo (La rambla paralela), Santiago Gamboa (Los impostores), Juan Carlos Botero (La sentencia), publicaron nuevas novelas, pero el silencio de la crítica se pareció más al ninguneo deliberado que al disgusto o al desinterés. En Medellín salieron libros con relatos de jóvenes talentosos como Andrés García y Pascual Gaviria. Planeta publicó una interesante antología de jóvenes escritoras, en la que se cuentan varias antioqueñas, entre ellas Pilar Gutiérrez con un cuento conmovedor, y Liliana Rico con un agradable delirio televisivo.

Hablando de arquitectura, y ya para terminar, las buenas noticias en este campo llegarán el año entrante. El ideador de la Plaza de los Pies Descalzos, Felipe Uribe, realizará una nueva biblioteca pública cerca de La Alpujarra. Este proyecto (que intenta imitar las maravillosas bibliotecas abiertas recientemente en Bogotá) se unirá a la recuperación del espacio público con intervención de parques y edificios en la misma zona. Anímense los comerciantes de Carabobo: esa calle volverá a ser lo que pensaron los diseñadores de Medellín hace un siglo: el gran eje vital de la ciudad.

Esa zona, la mejor servida de Medellín, tendrá que volver a ser habitada. No tiene sentido irse a los suburbios, o encaramarse por las laderas. Los arquitectos y urbanistas harán de ese barrio renovado, otra vez, el corazón vital de la ciudad. Si esto se consiguiera, aunque fuera solamente hasta las fatídicas 12 de la noche, la Cenicienta empezaría su transformación.



       
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