 |
 |
|
|
 |
 |
Juan
Camilo Restrepo
Ex candidato a la Presidencia de la República, ex senador
y ex ministro de Hacienda |
Mi impresión es que con el disfraz de un referendo, en el fondo
esto va a terminar en un plebiscito en torno al presidente Uribe. |
|
Es
evidente que la vida política del 2002 -lo mismo que probablemente
la del 2003- estará marcada por la gestión administrativa
del Presidente Álvaro Uribe y el registro mediático
que de ella se hace a diario. Su peculiar manera de gobernar; su gusto
por la participación presidencial aun en los asuntos menudos
del gobierno; su ubicuidad destacada por los medios de comunicación,
continuarán haciendo girar la vida política del país
en torno a la figura presidencial. Esto, naturalmente, tiene ventajas,
pero también inconvenientes.
Mientras la presencia política del Presidente tiene una alta
visibilidad -y esto facilita el ejercicio de un liderazgo cercano
a la ciudadanía- la tarea del Congreso, la de los partidos
políticos y la de los mismos ministros, es proporcionalmente
mucho más baja.
Esto conduce naturalmente a una marcada personalización de
la política colombiana que gira predominantemente en torno
al Presidente, y forzosamente a una mengua en la labor y en la capacidad
decisoria de los otros estamentos políticos. Le permite al
Presidente liderar directamente la política, pero tiene el
alto riesgo de hacer confundir la tarea del gobierno con la de mantener
un alto nivel de aceptación en las encuestas.
Los ministros pierden así autonomía; cada decisión
por mínima que sea parece que tienen que consultarla en Palacio;
allí se cambian a golpes de intuiciones presidenciales, inapelables,
iniciativas que llevan detrás un cuidadoso estudio (como parece
haber sucedido con la reforma tributaria, y de ahí los bandazos
en que se ha incurrido); y naturalmente en el Congreso -salvo algunas
voces bastante aisladas por cierto de los grupos independientes- no
se ha palpado ningún espíritu crítico por parte
de los partidos.
Lo cual es malo para la democracia pues termina adormeciendo los resortes
de la sana crítica. En el campo político, lo más
destacado del 2002 y probablemente también del 2003 será
sin duda el Referendo. Al fin y al cabo vamos a estrenar esta forma
de democracia participativa que previó el constituyente del
91, y que no se había utilizado hasta ahora.
El Presidente fue elegido desde la primera vuelta. Desde ese entonces
se perfilaron los contornos de la coalición política
que lo iba a acompañar en su gobierno. Hubiera sido entonces
muy útil, si desde el mismo momento de la elección se
hubiera convocado por el propio Presidente una gran comisión
en donde hubieran estado representados todos los grupos políticos
comprometidos con una reforma política importante, como la
que el país reclama con apremio. Esta comisión hubiera
podido trabajar entre junio y agosto, lo cual le hubiera permitido
llegar el 7 de agosto con una reforma acordada y concertada.
Si bien el referendo tiene algunas ideas interesantes y valiosas para
modernizar la vida política del país y para luchar contra
la corrupción, no es menos cierto que en conjunto no constituye
una gran reforma como la que el país estaba esperando. Muy
poco se avanza en la modernización de los partidos y en la
lucha contra las mini-empresas electorales. Nada se dice allí
sobre la organización de un sistema de oposición seria,
como es indispensable en una democracia moderna. Nada prácticamente
sobre la financiación de la política.
Nada sobre "revocatoria del actual Congreso", que era el
plato fuerte que se le hizo creer a la ciudadanía que se iba
a servir al momento de servir la cena de la reforma política.
Sobre este punto el gobierno llegó a una menesterosa negociación
con el Congreso actual, en virtud de la cual será el propio
Congreso elegido en marzo del 2002 el que finalmente decidirá
si se convoca a elecciones anticipadas antes del 2006. Obviamente
no hay que ser un gran adivino para descifrar este acertijo: simplemente
no habrá elecciones anticipadas.
La improvisación como se ha ido cocinando el referendo es patética.
No deja de ser sorprendente, por ejemplo, que el gobierno, que propone
el referendo dizque para "acabar con la politiquería y
la corrupción", insista con apremio en la prórroga
del mandato de gobernadores y alcaldes que en el fondo es la iniciativa
más politiquera de todas, pues no tiene otro propósito
que asegurar que en cada uno de los 32 departamentos y de los 1.050
municipios haya un jefe de debate del referendo "con interés
creado", puesto que estará interesado en alargar un año
más su mandato.
Con el disfraz de un referendo esto va a terminar en plebiscito en
torno a Uribe. A la gente, y sobre todo la profusa propaganda oficial
que se avecina, le dirán a través de un mensaje más
o menos explícito: ¿Le hace usted confianza al Presidente
Uribe? Si la respuesta es sí, entonces vote positivamente en
bloque el referendo como lo permite la última pregunta que
se ha preparado; si no le hace usted confianza, entonces vote en bloque
negativamente. Solo así, transfigurando el referendo en plebiscito,
podrá el gobierno conseguir cómodamente los seis millones
de votos que se requieren para que el referendo se entienda aprobado. |
|