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  Moritz Akerman

Moritz Akerman
Economista de la Universidad Nacional y profesor universitario.


¿Que cuándo derrotaremos a los alzados en armas y a los narcotraficantes para dedicarnos a construir una economía más incluyente? Tal vez la pregunta debiese ser: ¿Qué debemos hacer para derrotarlos?


Nuestra participación hace que el futuro no sea ciego, lo construimos en las decisiones del presente. Es más, la creciente incertidumbre puede ser un activo. En la elección presidencial la volvimos un acicate para votar masivamente por un luchador, un trabajador que nos permitió superar el gobierno de la política-espectáculo del presentador de televisión y derrotar al representante de la prestidigitación política.

Esto nos permite tener hoy varias certidumbres: Tenemos Presidente y por tanto ¡habrá futuro! Y otra: la convocatoria a luchar y trabajar no es ciega. Las bases esenciales de la gobernabilidad están en el borrador: “Política de Defensa y Seguridad Democrática”. El deber de todos es discutir su contenido, en la convicción de que el fortalecimiento de uno u otro de sus matices nos dirá cómo será el futuro nacional.

La seguridad democrática es un concepto moderno y modernizante y no hace referencia únicamente a una visión de orden público. Es la combinación del fortalecimiento político del Estado y de la gobernabilidad, con el desarrollo económico sostenible y con la articulación a las tendencias mundiales que aíslan los focos de tensión y terrorismo, internacionalizando su solución.

La seguridad democrática es tautológica con la Democracia como sistema. La Presidencia, al tiempo que abre para la discusión su política de seguridad, hace pedagogía señalando como primer responsable de ésta al Estado. Pero igualmente reclama la responsabilidad de los ciudadanos quienes debemos entender que la seguridad democrática es un bien público, sólo alcanzable con nuestra participación.

Y es también un bien humanitario en la globalización. Nuestra seguridad democrática es corresponsabilidad de la Comunidad Internacional, no sólo porque el narcotráfico y el terrorismo internacionalizaron nuestro conflicto, sino porque nuestra democracia es parte de la democracia global.

¿Cómo están las apuestas?
En Colombia la discusión y desarrollo de la seguridad democrática se refiere a la supervivencia misma del Estado y de la ciudadanía. Las Farc, que se originaron en la resistencia campesina, han roto casi totalmente con su pasado y se colocan como el principal actor violento contra las gentes del pueblo y son el principal agente del narcotráfico.

En este año que pasó perdieron grandes oportunidades políticas de negociación y de proyección nacional e internacional. Su futuro incierto y sus reservas militares y de terror están siendo desafiados por la unión ciudadana y la unión con la Fuerza Pública.

Paradójicamente las Autodefensas ilegales, sus antípodas y hasta hace muy poco fuerzas sin reconocimiento político, con perspicacia y pertinencia, han empezado este año una discusión sobre el narcotráfico y sus efectos destructivos sobre la legitimidad política, buscando inscribirse en un proceso de negociación, en tanto cuanto, el Estado, con su Fuerza Pública y el apoyo internacional, esta proveyendo la confianza de que es capaz de derrotar a todos los alzados en armas y a los agentes del narcotráfico.

El Eln, la primera fuerza que entendió el carácter destructivo del narcotráfico sobre la política, no pudo interiorizar esta ventaja comparativa y diferencial para hacer de la negociación un asunto, no de fuerza militar sino de legitimidad, obligando al sistema a abrirle amplias avenidas para su discurrir político legal. Su dirección se disuelve entre los que aspiran a inscribirse en la Política con mayúscula y los que aspiran a ser un apéndice de las Farc. Ambas posiciones conducen necesariamente a la desaparición del Eln.

¿Y del lado de acá?
La sociedad, principal recurso de las fuerzas antiterroristas y antinarcóticos, empieza un camino de participación que la convierte en ciudadanía. Empieza a entender que la solución negociada y política es el mejor camino, pero que sólo puede hacerse desde una posición de poder legítimo para refundar un poder más incluyente. Su participación en la construcción de la seguridad democrática es creciente aunque insuficiente.

El Gobierno ha estimulado esta participación, primero con los diálogos regionales sobre el desarrollo y los desafíos que nos impone el referendo para la reforma política del Estado, su reforma administrativa y de viabilidad fiscal y acercándolo como instrumento que es de los ciudadanos y, segundo con la cooperación de los ciudadanos a la Fuerza Pública en las tareas de seguridad. El asunto aquí es que deberíamos entender que la seguridad democrática no sólo es esa primera y sentida necesidad de orden público, de respeto a la Ley y de monopolio de la fuerza por el Estado.

La Seguridad Democrática es también y se sustenta en la confianza, sostenibilidad y seguridad del desarrollo económico. Y esto pasa por ligar efectivamente la reforma del Estado, su eficiencia fiscal y social al marco de seguridad jurídica para que la inversión internacional y nacional puedan desarrollarse efectivamente.

Sabemos que el capital, a diferencia del ciudadano, tiene más lealtad a la racionalidad económica que al Estado. Por eso mismo hay que darle seguridad para su reproducción ampliada. Pero también sabemos que “el ingreso, la riqueza y la posición económica de los ciudadanos son recursos políticos, y si no están distribuidos equitativamente, la igualdad en el plano político tiende a ser una quimera”. Por eso, si la seguridad democrática no tiene como paradigma la equidad de los ciudadanos, para hacerlos cada vez más iguales, no sólo en lo económico, sino y por tanto en lo político, ¿cómo puede existir la democracia? (R. Dahl La democracia y sus críticos pag. 391).

Por estas razones una política de seguridad democrática del Estado debe colocar la lucha por la equidad social como base de la democracia y del desarrollo consensuado con la ciudadanía. En nuestra simple condición de ciudadanos, nos parece que el Presidente y su Gobierno deben relievar la lucha por la equidad “como modo de alcanzar un sistema económico que fortalezca el proceso democrático” para no reducir la seguridad a un simple asunto de orden público. En la actualidad el nombre de la equidad es empleo.

“Esta es una pauta imperativa, aunque exigente en el afán de establecer una sociedad donde las personas convivan en paz, respetando cada una la igualdad intrínseca de las demás -que no la igualdad absoluta- y procurando entre todos alcanzar la mejor vida posible” (Idem. pag. 409).



       
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