Millones
de papelitos de colores cayeron del cielo y bañaron la figura
de Cafú subido en el pedestal. Era una lluvia de alegría
brillante, y las sonrisas amplias abarcaban todos los rincones del
estadio de Yokohama, en Japón.
El capitán y defensor del seleccionado de fútbol de
Brasil formó una sola figura con el trofeo, extendió
sus brazos hacia arriba y le ofreció al mundo el pentacampeonato,
el quinto título que se acreditó el equipo auriverde
en la Copa Mundo de Corea del Sur y Japón 2002.
Esa imagen recorrió la tierra entera en las pantallas de los
televisores y las páginas de los periódicos. Aquel domingo,
el mundo se puso amarillo, el fútbol se regó por todas
partes, aunque la mayor felicidad se quedó anclada en Brasil.
El mismo país que abucheó a Luiz Felipe Scolari y a
los jugadores cuando salieron de su tierra para irse a Corea y Japón,
el 30 de junio de 2002, gracias a ellos, casi enloqueció de
felicidad.
Los hinchas se olvidaron de que a Felipao lo habían llamado
burro. Ese último domingo de junio, en horario matinal, los
brasileños sólo pensaban en festejar. Un carnaval se
desató en calles y avenidas. Era una fiesta que ese país
repetía por quinta vez, como lo hizo en 1958, 1962, 1970, 1994
y ahora, en 2002 en Asia.
Los goles de Ronaldo y Rivaldo, la magia de Ronaldinho, la fuerza
y veteranía de Roberto Carlos y Cafú y la seguridad
de Marcos, fueron los puntos sobre los cuales se apoyó el triunfo
brasileño. Claro que en el comienzo del torneo asiático,
Brasil dejó muchas dudas. Empezó con Turquía,
un equipo que después sería grata sorpresa. Aquel día,
el onceno de Scolari tambaleó, sólo un penalti discutido
y a última hora le dio la tranquilidad del triunfo (2-1).
Sin embargo, a medida que el tiempo y el fútbol fueron pasando,
los brasileños fortalecieron su esquema, afilaron la puntería
y apabullaron rivales.
Su segunda víctima fue la inocente, indefensa y novata selección
de China que apenas estrenaba su presencia en un Mundial. A los chinos,
Brasil les asestó un golpe mortal: 4-0 y pudieron ser más.
Después, en el tercer encuentro del grupo C, Brasil volvió
a sacar las garras, aquella vez, aunque Costa Rica le dio trabajo,
ella, la selección canaria, la puso en su sitio con el 5-2
que no dejó dudas: fue goleada y bailada.
Con tres partidos ganados, once goles a favor y tres en contra, el
equipo brasileño avanzó a los octavos de final del Mundial.
Ahí enfrentó a Bélgica y tampoco la dejó
reaccionar. Fue un 2-0, rápido, sin dolor.
El camino llevaba a los futuros pentacampeones hacia los cuartos de
final, tercera instancia mundialista a la que llegan, siempre, los
más buenos, los mejores.
Ahí, su víctima fue Inglaterra, un duro como él,
otro histórico. Pero a los ingleses no les bastaron sus pergaminos,
Brasil los dejó en el camino (2-1, como había hecho
antes con otros más pequeños. Ni Beckham ni Seaman tuvieron
con qué hacerle contrapeso a un conjunto brasileño muy
superior.
En consecuencia, Scolari y su grupo pasaron de largo hacia la semifinal,
una serie donde los nervios y la calidad ponen las reglas. Y ahí,
como sólo Brasil sabe hacerlo, volvió a truncarle el
sueño dorado a Turquía, al mismo equipo aquel con el
que empezó el torneo y al que le dejó un sabor amargo
por el penalti dudoso. No obstante, aquí, tres días
antes de la final, Brasil mostró la jerarquía que le
faltó en el inicio y entonces otra vez venció a los
turcos que habían llegado al penúltimo escalón
dejando una marca de buen fútbol y técnica. Brasil venció
por 1-0.
En la otra orilla, el camino de triunfos lo había recorrido
Alemania, otro con suficientes páginas escritas en la historia
del fútbol mundial. Pero, al contrario de Brasil, Alemania
no tenía gracia, pero sí fuerza. No era brillante, pero
sí práctico. Además, en el arco tenía
a Oliver Kahn, una mole, rubio, fornido y buen portero.
Era la final, domingo en la mañana (hora colombiana). Los amarillos
contra los blancos, Brasil frente a Alemania, el día señalado,
30 de junio de 2002, estadio de Yokohama.
Y entonces Ronaldo se vistió de mago y sacó de la galera
dos golazos, Kahn, el duro, el imbatible vio cómo caía
toda su fuerza, Alemania no tuvo con qué hacerle daño
a Brasil. Por eso, entonces, Cafú recibió el trofeo,
se montó en el pedestal y lo ofreció al mundo señalando
el cielo para sellar que Brasil era pentacampeón.
El mundo entero celebró, había ganado el mejor, el que
completó el recorrido sin faltas. Los números no mienten
y los de Brasil en el Mundial 2002 fueron contundentes: siete partidos
disputados, siete ganados, no tuvo empates ni derrotas, 18 goles a
favor y cuatro en contra. Total de puntos: 21, de 21 posibles. |