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Más de 50 mil personas, reunidas en Cali, le dieron a Monseñor el último adiós en medio de un
Adiós a un profeta de paz

Monseñor Isaías Duarte fue asesinado el 16 de marzo. En un sermón pronunciado días antes de su muerte, anheló “personas responsables, que ayuden a que de estas ruinas de nuestra patria surja de nuevo una Colombia gloriosa, con un tejido social sano”.


Este año fue particularmente duro para Colombia, que debió sufrir la muerte violenta de miles de personas, el desplazamiento forzoso, el recrudecimiento del conflicto en el campo y la llegada de la guerra a algunas capitales del país, como Bogotá, Medellín y Cali.

Y fue precisamente esta última ciudad, testigo de la muerte de un sacerdote considerado un verdadero líder, un hombre capaz de decir verdades, un monseñor que luchó siempre por la justicia.Isaías Duarte Cancino, Arzobispo de Cali, fue asesinado la noche del sábado 16 de marzo, cuando un sicario lo atacó y mató a disparos, al salir de un templo del distrito de Aguablanca.

El arzobispo mantuvo a lo largo de su ministerio una gran cercanía con los feligreses, pero, igualmente, fue radical cuando debió hablar de guerrilla, narcotráfico, autodefensas, políticos corruptos, injusticias con los más desprotegidos.

Este magnicidio causó indignación y dolor en la sociedad colombiana, que reclamó justicia e hizo un llamado al gobierno para que este nuevo crimen no quedara impune. El Papa Juan Pablo II en su homilía dominical, al referirse al hecho, calificó de bárbaro el atentado. Y oró por la exclusión en Colombia de "todo tipo de violencia, chantajes y secuestros de personas".

La iglesia colombiana, por su parte, vio en la muerte de Monseñor Duarte Cancino un martirio y la necesidad de recobrar valores perdidos. Y al igual que el resto de la sociedad, manifestó que el hecho debía generar un gran movimiento por la paz, por esa a la cual él dedicó su vida.

El Gobierno ofreció una recompensa de $1.000 millones a quien diera información que permitiera hallar a los asesinos. Y en aquel momento, se recordó a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, cuyo atroz asesinato ocurrió el 24 de marzo de 1980, cuando oficiaba una ceremonia religiosa. La muerte del pastor salvadoreño sirvió de acelerador del proceso de paz de ese país.

Monseñor Isaías Duarte Cancino fue, según se describió, “un Arzobispo comprometido con la comunidad, cercano al pueblo, identificado con sus angustias y padecimientos y con sus esperanzas y anhelos de hacer un país justo, libre y respetuoso de los valores, principios y derechos fundamentales”.

Un hombre que “con entereza de carácter admirable se pronunciaba contra todo aquello que representara violación de los derechos humanos y expresión de injusticia y explotación del hombre por el hombre. Fue un constructor de paz”. Y ese contacto directo con la comunidad, Monseñor lo tuvo en diferentes escenarios del país, especialmente en Urabá, donde su muerte dolió hondo, ya que había logrado un verdadero trabajo de reconciliación, y en Cali, una ciudad que este año fue epicentro de numerosos actos de violencia.

"Monseñor no habló nunca de la paz sin hablar de la necesidad de justicia social. Sabía que sin ésta era imposible alcanzar la reconciliación", sostuvo la hermana Carolina María Agudelo, quien llegó desde Magangué en 1994 para dirigir uno de los proyectos más ambiciosos del prelado en el Urabá antioqueño: Compartir, una fundación diocesana de apoyo a miles de viudas y huérfanos que ha dejado la violencia en esta región del país.

Monseñor Duarte fue primer Obispo que tuvo el Urabá. Vivió allí siete años de un apostolado nada fácil, en el que obras sociales y pastorales marcaron sus días, así como la intervención en procesos de paz, como la reinserción del Epl a la vida civil.

En la labor de Monseñor Duarte se descubrió a un hombre justo y equilibrado, “sin que por ello guardara silencio o asumiera posiciones contemporizadoras o complacientes”.

En el momento de la muerte, se manejaron hipótesis sobre tres posibles autores intelectuales del crimen: el narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares, pues ninguno de ellos escapó al análisis claro y preciso de Monseñor Duarte Cancino.

El narcotráfico, porque, a finales de febrero pasado, en vísperas de las elecciones legislativas, Monseñor denunció la financiación de algunas campañas políticas del Valle con dineros ilícitos de la droga.

La guerrilla, porque Monseñor siempre fue un duro opositor de ella y un crítico de la actitud de las Farc en el frustrado proceso de paz con el gobierno de Andrés Pastrana. Además, en 1999 lideró marchas contra los secuestros masivos de la parroquia La María y del Kilómetro 18 por parte del Eln en Cali, y se ofreció como intermediario para la liberación de los plagiados.

Y las autodefensas, que fue la opción menos fuerte, aparecieron como una posibilidad porque con la misma vehemencia con que Monseñor Duarte Cancino condenó las acciones de la subversión, lo hizo con las incursiones de las autodefensas.

La muerte violenta del arzobispo de Cali dejó igualmente claro que son numerosos los sacerdotes en Colombia que trabajan en medio de un alto riesgo. Para ellos no es fácil cumplir con las labores de evangelización mientras están siendo amenazados por hombres armados. Su situación es compleja, máxime cuando algunos prelados consideran que una protección especial es inconveniente y contradictoria con el ejercicio de su actividad pastoral.

Las honras fúnebres de Monseñor Isaías Duarte Cancino se realizaron por fuera de la Catedral San Pedro, en la Plaza Caicedo, centro de Cali. Lo despidieron más de 50 mil personas que clamaron por la paz de Colombia.

En un póster del sacrificado prelado, de unos 20 metros de alto por 10 de ancho, se leía una frase que comenzó a hacer carrera en la capital del Valle del Cauca y en el país: “Apóstol de la paz”. La violencia de Colombia se llevó a un hombre que, según palabras del sacerdote Francisco de Roux, “no tenía compromisos con nadie más que con la verdad”.

Carlos Augusto Ramírez Castro, El Calvo, quien estaba sindicado del homicidio, fue asesinado en la penitenciaría de Palmira (Valle). Uno de los internos recluido en el mismo patio, le propinó cinco tiros en la cabeza. En estos momentos la Fiscalía asegura, de acuerdo con las pruebas y testimonios recogidos, tener elementos suficientes para iniciar un proceso formal contra los miembros del secretariado de las Farc, como presuntos autores intelectuales del crimen. La investigación continúa.


   
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