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Pocos creyeron en Álvaro Uribe cuando lanzó su nombre a la Presidencia, pero él empezó a trabajar, trabajar y trabajar...Álvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia

Contra todos los pronósticos iniciales de la campaña a la Presidencia, sin un gigante equipo de trabajo y lejos de su partido, Álvaro Uribe Vélez se convirtió en el primer presidente que conquistó la Casa de Nariño sin la bendición expresa de los partidos tradicionales.


“Terco como una mula, pero también seguro y tenaz como una mula, aun en los caminos más inseguros”, ese es el presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez. Por lo menos, así hablan de él aquellos que comparten algunas de sus intimidades. Y fueron precisamente la terquedad y tenacidad las que lo llevaron a lanzarse y conquistar la Presidencia de la República, en un momento en que el cargo parecía escriturado a otros.

Cuando anunció su decisión de lanzarse, nadie creyó en sus posibilidades y hasta los más connotados analistas políticos lo veían como una gran ficha política del liberalismo para las elecciones de 2006.

Uribe no se dejó vencer, ni siquiera cuando las primeras encuestas mostraban a Noemí Sanín, a finales de 2000, como la más firme aspirante a suceder a Andrés Pastrana. En ese momento Sanín, que fue la sorpresa electoral de 1998, regresaba a Colombia luego de realizar estudios en Estados Unidos. En los sondeos de opinión Sanín aparecía con un 40% de intención de voto, triunfo indiscutible en un país cansado de maquinarias y “más de lo mismo”.

En las elecciones de 1998, además, el país político atribuyó buena parte de la derrota de Horacio Serpa al apoyo que le dio a última hora Uribe, quien dejó sus estudios en Londres, donde se encontraba desde que terminó su gestión como Gobernador de Antioquia, para sumarse al serpismo.

No era sólo Sanín la que cerraba el paso de Uribe. Con un Partido Conservador desgastado, pagando los platos rotos de los desaciertos del presidente Andrés Pastrana, y un liberalismo triunfante, con candidato definido en la figura de Horacio Serpa, y sus caciques y ex presidentes filados y con las primeras encuestas mostrando al hombre del bigote como ganador, Álvaro Uribe, como buen paisa, sólo acompañado de dos o tres amigos de su vida política, le apostó a lo que no se podía apostar en ese momento: arrebatarle la presidencia a Sanín o Serpa. A comienzos de 2000 inició en solitario su camino hasta cruzar la meta en hombros de la multitud.

Uribe no parecía dudar, contrario a sus adversarios políticos más cercanos, que cambiaban de discurso de acuerdo con los resultados de las encuestas y los reveses de Pastrana en el tema de la paz. Presentó un programa de cero tolerancia con los violentos, combate sin tregua a la corrupción y cero concesiones o alianzas con los partidos políticos tradicionales, a los que la inmensa mayoría identifica con las causas de los males de la nación.

La estrategia dio resultado. “Mano firme, corazón grande”, lo mismo que su pasado como gobernador en el que expulsó de la zona bananera de Urabá a la guerrilla y liberó a la Gobernación de una pesada carga burocrática, decisiones que generaron toda suerte de opiniones y controversias. Todo esto hizo que el nombre del nuevo aspirante comenzara a sonar en todos los rincones de un país acorralado por la violencia.

Lejos de las maquinarias y los millonarios recursos que manejaba el liberalismo, su antiguo partido, Uribe, sin comitivas especiales, sin equipo de campaña, asistió a cuanto foro o escenario público fue posible. En acciones consideradas por algunos como temerarias, participó en marchas públicas en zonas de los antiguos territorios nacionales, calificados como santuarios de la guerrilla.

Buena parte de la campaña de 2000 la pasó de ocho de la mañana a seis de la tarde en Antioquia, en lo que denominó “talleres democráticos” para discutir con la comunidad los problemas nacionales y sus soluciones. Ese año se trazó la meta de alcanzar el tercer puesto en las encuestas, después de Serpa y Noemí.

En 2001 trasladó la sede de su campaña a Bogotá. Mediante un esfuerzo aislado fortaleció su estrategia de Primero Colombia. La meta para final del año, ni él mismo la creía, era pasar a la segunda vuelta, después de Serpa.

En agosto de 2000 aparecía con el 5% en las encuestas; en marzo de 2001, sumaba 15%; en septiembre, Serpa lo superaba por 20 puntos, y el 40% de los electores no sabía quién era Uribe. En enero de 2002, el descrédito del proceso de paz, más el bandazo de última hora del presidente Pastrana de dar un nuevo oxígeno a la zona de distensión con las Farc, dispararon a Uribe y las encuestas lo mostraron con el 58% de popularidad.

En adelante, Uribe dejó de ser el hombre que pedía, para convertirse en quien aceptaba o no, adhesiones. Con el sol de la opinión pública y las encuestas iluminando su camino, la campaña se llenó de “amigos”, tocaron a su puerta los caciques que lo habían descalificado, dirigentes políticos de su partido y el Partido Conservador, con excepción del grupo Coraje que siempre mantuvo su fe en Noemí, igual llegaron hasta la sala de su campaña y miles de ciudadanos de todas las condiciones sociales vieron en sus propuestas las alternativas de construir el nuevo país.

Con todo a su favor, Uribe no hizo alianzas. La única respuesta que recibieron quienes se acercaron a él y le ofrecieron su respaldo fue el compromiso de sacar adelante su Manifiesto Democrático, una cartilla que contenía los 100 puntos básicos de su propuesta de gobierno.

Las encuestas acertaron. En la recta final Uribe aparecía con el 49.3% de popularidad, mientras que Serpa tenía 23%. En las regiones, Uribe los superaba a todos; en el tema de la paz, ganaba lejos; en las posibilidades de gobernabilidad y lucha contra el desempleo, igual aparecía vencedor. Los comicios no fueron otra cosa que la ratificación para el dirigente antioqueño.

El 26 de mayo, muy temprano, más que de costumbre, Uribe ganó el combate democrático de un solo golpe, con un 53%. En el primer round noqueó a Serpa y demás contendores y, de paso, barrió con más de 150 años de una historia que sólo admitía en la Presidencia a los candidatos que recibían la bendición de los partidos tradicionales. Seis millones de votos le dijeron a Uribe: tome las llaves de la Casa de Nariño. Y a los incrédulos políticos, que la gente elige, cuando se propone.


   
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