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Septiembre 11, a un año del apocalipsis

 
El ataque a las oficinas del líder palestino Yasser Arafat fue uno de los más graves de la actual ola de terror en el Medio Oriente.
La guerra no da tregua en Medio Oriente

Nada parece suficiente. Ni los intentos de mediación internacional ni las voces diplomáticas que piden menos violencia y más diálogo. Este mes, a dos años de la intifada desatada por Ariel Sharon, se agudizaron los enfrentamientos entre israelíes y palestinos.


La herida de Medio Oriente está abierta desde 1948, cuando una resolución de Naciones Unidas creó el Estado de Israel. Allí comenzó una historia de discrepancias entre los pueblos árabe e israelí que deja una estela de muerte y destrucción pero también varias intenciones de paz que han merecido premios Nobel y le han dado momentos de tranquilidad a la región, que comprende también a Jordania, Egipto, Líbano y Siria.

La calma se rompió el 28 de septiembre de 2000. El entonces diputado y actual primer ministro israelí Ariel Sharon llegó a la mezquita de Al-Aqsa, lugar sagrado para los palestinos en la Explanada de las Mezquitas. Se dice que desde aquel lugar Mahoma partió en su viaje nocturno hacia el cielo. Los palestinos se sintieron ofendidos y provocados cuando Sharon pasó por el lugar.

La violencia que se desató minutos después del acto de Sharon no se ha detenido hasta ahora. Los intentos de acercamiento que lideraron Bill Clinton, Tony Blair, Hosni Mubarak y Naciones Unidas, entre otros, han sido estériles.

Se dijo entonces que había comenzado la segunda intifada, en alusión al levantamiento palestino de 1987. Desde el inicio, según cifras de noviembre 19 de 2002, habían muerto 2.689 personas, de las que 1.980 son palestinas y 660 israelíes; y 45.000 habían resultado heridas.

Septiembre de 2002 no fue sólo el mes del segundo aniversario de los enfrentamientos entre palestinos e israelíes. Fue también el escenario de algunos de los eventos más duros del choque entre ambas partes. En Ramala, los cuarteles privados del líder palestino Yasser Arafat, donde estuvo confinado entre diciembre y mayo por acción de las tropas israelíes, fueron arrasados por explosiones y retroexcavadoras.
Israel dijo que era una respuesta a los ataques suicidas de los palestinos que no daban tregua en restaurantes, paraderos de buses, entradas a discotecas y mercados populares.

A cada acción suicida de los palestinos, Israel respondía con medidas restrictivas como cerrar el paso a los asentamientos palestinos, cercar las oficinas de Arafat o atacar objetivos estratégicos.

¿Y el proceso?
Los acercamientos que logró en su momento el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, entre el primer ministro Ehud Barak y el líder palestino Yasser Arafat, se vinieron abajo. Hasta junio de 2000, en Camp David, los diálogos tomaban forma de acuerdo. Sólo los separaba la discusión sobre Jerusalén, que la Autoridad Nacional Palestina reclama como capital de un futuro Estado y que Israel declara eterna e indivisible. Desde septiembre de 2000 israelíes y palestinos jamás han vuelto a la mesa. La tensión es tan alta que Sharon y Arafat nunca se han sentado a dialogar.

Algunos atribuyen el silencio a la llegada al poder en Estados Unidos de George W. Bush (en enero de 2001), quien no ocultó su desinterés por la resolución del conflicto, mientras que para Clinton esta fue una de sus prioridades en materia de diplomacia internacional.

Tan sólo después del 11 de septiembre, Bush miró al Medio Oriente con ojos de conciliación y comprendió que la nación que lidera tenía un compromiso con la resolución pacífica de ese conflicto. Después de escuchar una grabación del terrorista Osama Bin Laden en la que aseguraba que “Estados Unidos no conocerá nunca la seguridad mientrasPalestina no la conozca”, Bush tomó cartas en el asunto. Envió a la zona al secretario de Estado, Collin Powel, y nombró como emisario a Anthony Zinni, para dar un mensaje de compromiso y buscar fin a la escalada violenta.

En todo caso, no ha sido posible reanudar las negociaciones de Camp David, en las que terciaba Clinton. Un dato revela el estado actual del proceso: Sharon ha sido invitado a Washington en seis ocasiones para reunirse con Bush. Arafat sigue esperando una carta de la Casa Blanca.

El dolor de la herida es tan fuerte que a veces no deja dormir. Y despierta, bien con el estallido de una bala de goma, con la inmolación de algún palestino en un bus lleno de israelíes o con el ataque de los tanques del ejército de Israel.

Allí donde viven tres millones de palestinos y seis millones de israelíes no se ven señales de cicatrización. Al contrario, la herida sangra más, como en junio de este año, cuando la pequeña Gal, de cinco años, hija del oftalmólogo colombiano Isaac Eizenman, murió junto a su abuela y cinco personas más en el paradero de bus donde esperaba a su padre a la salida de la guardería.

El desangre de la herida continúa, mientras ésta se hace más profunda y dolorosa. Ni siquiera las intenciones del Cuarteto de Madrid, integrado por Rusia, Naciones Unidas, Estados Unidos y la Unión Europea, que se fijó como meta un pacto de paz y un estado Palestino en el año 2005, parecen tangibles. El año termina y Arafat no olvida la tarde en que sus cuarteles privados se derrumbaron. La idea de la paz se mantiene en pie.


   
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