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Manuel Saldarriaga, enviado especial, Norte de Santander | Desde la base donde se asienta la Brigada 30 del Ejército puede controlarse todo lo que ocurre en el casco urbano y en los puertos de La Gabarra.
Manuel Saldarriaga, enviado especial, Norte de Santander |
Tropas de la Brigada 30 del Ejército controlan actualmente el tránsito por el río desde La Gabarra. Las Farc hacen presencia en algunos tramos.
Manuel Saldarriaga, enviado especial, Norte de Santander |
Un grupo de pobladores se atrevió a desobedecer la orden de los paramilitares que les impedía rescatar cuerpos del río.
Manuel Saldarriaga, enviado especial, Norte de Santander | Desde este sitio, ubicado en El Sesenta y conocido como La balastrera, las víctimas eran arrojadas al río Catatumbo.
El Alacrán picó a la gente del Catatumbo

A través del río los grupos armados han ejercido el control de la zona.
En esta región de Norte de Santander, la motosierra fue instrumento de terror.



Por
Carlos Salgado R.

Enviado especial, Norte de Santander

La última lágrima le decían, porque solo la misericordia de Dios permitía que la persona que montaban en esa camioneta doble cabina, de vidrios ahumados, regresara con vida.

El vehículo era verde, como los uniformes de los paramilitares que en agosto de 1999 llegaron a La Gabarra y mataron a 54 personas en una sola noche. Como el verde pálido del rostro de quienes en los cinco años siguientes fueron cazados y subidos a ese carro a la fuerza. Verde como las aguas del río Catatumbo, en las que la mayoría de ellos desapareció.

Cuando llegaba la camioneta nadie gritaba. No había pataleos ni gritos de auxilio. Apenas una última lágrima rodaba por los rostros de los que, atrapados por los hombres del Bloque Catatumbo de las Auc, ya se sabían muertos.

"¿Usted nunca ha visto la cara de un muerto que se mueve? Nosotros sí", dijeron en La Gabarra aquellos que vieron partir de esta manera a sus vecinos, amigos, hermanos, hijos, padres o esposos.

Un viaje azaroso
La vía a este corregimiento de Tibú (Norte de Santander) parece una pista de aterrizaje clandestina después de un bombardeo.

Son cerca de 50 kilómetros que en febrero pasado, en pleno verano, podían transitarse en poco más de tres horas. Durante el invierno el viaje dura uno o dos días, incluidos tramos caminando para cambiar de vehículo.

En el camino hay cuatro retenes del Ejército en los que los pasajeros de los pocos vehículos que transitan por allí tienen que bajarse para una requisa. Con el ceño fruncido, esperan a que los soldados confronten sus cédulas con listas escritas en lapicero sobre hojas de cuaderno.

"Son nombres, que nos dan desde Cúcuta, de personas que tienen antecedentes o problemas judiciales", explicó un soldado. La gente cree que las listas las ayudan a confeccionar informantes y por eso miran con recelo.

"Si uno está de malas, lo meten en una lista de esas y se lo llevan. La semana pasada bajaron a un señor del bus y no valieron los ruegos de sus hijas ni de su esposa", afirmó uno de los viajeros.

El último retén está poco antes de ingresar a La Gabarra, en el sitio conocido como Mata'e coco. Allí los pasajeros respiran aliviados. Pero el Ejército no controla los tramos entre los retenes y, en ocasiones, la guerrilla hace sus propios controles.

La Gabarra está en un recodo del río Catatumbo desde donde es más fácil llamar a través de un celular venezolano, que de la oficina de Telecom que permanece congestionada.

En las fachadas de muchas de las casas -la mayoría de un solo piso- los paramilitares pintaron números dentro de un círculo. Así dejaron señaladas, luego de su desmovilización en 2004, las viviendas de las que se habían apropiado.

Sus propietarios no se atreven a regresar porque el número representa un señalamiento.
"Mi esposo reclamó la casa de la mamá y la Policía casi no nos deja ocuparla y pintar la fachada, a pesar de que traíamos todos los papeles. Nos decían que eran casas de guerrilleros que los paramilitares desplazaron", afirmó una habitante de La Gabarra.

La última lágrima se movía a sus anchas por este corregimiento. De aquí la gente vio a los paramilitares llevarse a muchas personas que nunca volvieron. Las pistas de lo que pudo ocurrir con ellas y de lo que pasaba en otras comunidades, aguas arriba en la cuenca del Catatumbo, las traía casi a diario el río.

La veda del pescado
El verano de comienzos de este año evaporó el agua. Los miembros de la Asociación de Pescadores de La Gabarra (Asopesga), caminaron casi hasta la mitad del cauce para recoger el pescado que trajeron sus compañeros.

De la orilla seca se levantó un vaho de alcantarilla. Mientras preparaban las sartas de rampuche, paletón, blanquillo, pámpano, muelona y bocachico, los pescadores recordaron la época en la que nadie quería comerse esos animales.

Ocurrió un par de meses después de la llegada de los paramilitares. Con las atarrayas sacaban entreverados los peces con "pedazos de gente". Una mano, un pie, un torso o una estopada.

Estopa le dicen los habitantes de la región al bulto plástico en el que viene empacada la sal para el ganado. "Una vez venía un bulto de esos flotando, lo recogimos y era un humano", narró uno de los pescadores.

Fueron cerca de tres meses, confirmaron varias mujeres del pueblo, en los que nadie quería llevarse a la boca un trozo de pescado. Algunas personas conservan aún la sensación de asco que les produjo pensar que los peces se comían los restos humanos.

Cifras del terror
Por el río también bajaban cuerpos completos. El sacerdote Víctor Hugo Peña, director de Pastoral Social en Tibú, comentó que en 2001, durante una misión en la vereda La Paz vio pasar flotando cinco cadáveres: dos mujeres y tres hombres muy jóvenes.

El religioso se lamentó porque, según él, esas víctimas había que dejarlas pasar. La amenaza era que el que sacara un cuerpo se metía en problemas con los paramilitares.

El mandato se refleja en el libro de defunciones de la parroquia de La Gabarra. Durante los cinco años de dominio del bloque del jefe paramilitar Salvatore Mancuso en la zona, solo aparecen registrados 10 NN. En tres casos aparece la inscripción: "Muerte violenta, degollado y lanzado al río Catatumbo".

Teorama, El Carmen, San Calixto, Convención y El Tarra, son los otros municipios que conforman la cuenca de este río que desemboca en el lago de Maracaibo, en Venezuela.

De acuerdo con datos de la Vicepresidencia de la República, en esta zona en la que se estima que operan más de 600 guerrilleros de las Farc, 1.100 del Eln, y unos 250 disidentes del Epl, se registraron entre 1999 y 2004, al menos 3.000 muertes violentas.

Ese fue el período en el que cerca de 2.000 hombres del Bloque Catatumbo ejercieron su poder en la región. Los cálculos dan cuenta de unas 200 personas desaparecidas en esos cinco años, pero a la mayoría de la gente en La Gabarra la cifra le parece pequeña.

Jair*, uno de los primeros colonos que llegaron a este corregimiento, entornó sus ojos rasgados como tratando de atrapar en su cerebro un dato preciso, antes de afirmar que por el río pasaron flotando los restos de muchas personas más.

En la Personería de Tibú no hay datos sobre personas desaparecidas o arrojadas al río. Para la titular de esa oficina, Yinith Guerrero, el miedo logró ocultar parte de los hechos. "Es de conocimiento público que hubo muchos casos, pero la gente tenía un inmenso temor de denunciar esas cosas. Nunca lo hicieron", dijo la personera.

Verde coca
El muchacho estaba motilado al rape. Los brazos gruesos de piel tostada tenían pequeños rasguños. El agua del Catatumbo le dejó pequeños parches blancos que de vez en cuando se rascaba con la mano derecha.

Sobre los índices de cada mano, las ampollas negras estaban en proceso de cicatrización. Dejó de raspar coca desde diciembre pasado cuando su mamá, una campesina que se convirtió en próspera comerciante vendiéndoles mercancía a los raspachines y a los cultivadores de coca, lo mandó llamar del monte.

Lo tuvo que engañar y ahora no sabe cómo mantenerlo allí, donde la mayoría de los hombres jóvenes y adultos no tienen otra alternativa a raspar para ganarse la vida. No soporta pensar que en el monte está a merced de los armados ilegales.

Entre 2003 y 2004 las Farc hicieron tres masacres que dejaron más de 50 personas muertas. Las víctimas fueron campesinos que trabajaban en cultivos de hoja de coca que controlaban los paramilitares.

Datos de la Fundación Progresar señalan que desde la desmovilización del Bloque Catatumbo, la guerrilla ha realizado asesinatos selectivos en La Gabarra.

En 2006 asesinaron a tres dirigentes comunales y han desplazado de manera selectiva a un número indeterminado de personas acusadas de ser auxiliadoras de los paramilitares.

Un informe del Instituto Popular de Capacitación (IPC), sobre la región, dio cuenta de que el conflicto en la zona se agudizó por el control de los cultivos ilícitos, aún florecientes pese a las fumigaciones que dejaron en la ruina a muchos de los 2.600 cultivadores de coca.

El IPC señaló que lo ocurrido en el Catatumbo no fue el resultado del conflicto armado, sino un ataque contra la población civil, pues los enfrentamientos entre guerrilla, paramilitares y fuerza pública fueron pocos, mientras que las víctimas civiles aún no se calculan con certeza.

La lucha por el control de los extensos parches verdes de coca, que reemplazan hoy buena parte del bosque húmedo, disparó las cifras de la violencia en la cuenca del Catatumbo.

"Cuando la guerrilla ejercía control también asesinaba, pero los muertos eran más contados. De todas maneras vivíamos humillados por ellos, que eran los que tenían las armas", dijo un habitante del pueblo.

La Iglesia, de acuerdo con el padre Peña, cuenta con un registro realizado con base en los libros de defunciones de 2.382 víctimas de la violencia desde que los paramilitares comenzaron a cerrar su tenaza sobre La Gabarra, desde El Tarra y Tibú.

Wilfredo Cañizares, director de la Fundación Progresar, denunció que en los cinco años de ofensiva y control paramilitar la Policía registró 5.200 levantamientos de cadáveres en la zona del Catatumbo. No obstante, dijo Cañizares, la práctica más regular que tenían los paramilitares era la desaparición, que se concretaba de dos maneras: sepultando a las víctimas en fosas comunes o arrojándolas al río. En ambos casos "los alacranes" marcaron la pauta del miedo.

No dejar ni la muestra
El Alacrán fue como bautizaron los habitantes de la región o sus verdugos a la motosierra. La que fue una herramienta fundamental para los primeros colonizadores que se enfrentaron con el bosque tropical del Catatumbo se les convirtió en pesadilla.

Húber* estaba sentado con varios desplazados de la zona de El Tarra en un oscuro local del centro de Cúcuta. Se acercaba la medianoche y no había tomado más que agua.

Antes de decir por qué no volvió a su tierra, apuró dos cervezas casi de sendos tragos y apretó las manos contra la silla como si fuera a caerse.

"Los paracos nos amarraron y separaron a dos muchachos. Uno trajo El Alacrán y los demás nos obligaron a mirar cómo les pasaban la motosierra". Sobre sus labios la tenue luz del local hizo brillar gotas de sudor.

El río les llevaba a los habitantes de La Gabarra los resultados de los ataques. En invierno, el Catatumbo entra por las vías polvorientas de la población que llegó a tener 20 mil habitantes, de los que no queda ni la mitad.

"A veces estaba uno en la plaza y veía venir un tronco sin brazos, pies ni cabeza. En verano los huesos quedaban descubiertos en la playa. Desde eso mucha gente no se volvió a bañar en el río", contó una mujer que tiene varios familiares desaparecidos.

Si las víctimas no iban a parar al río eran enterradas en pequeñas fosas. "Lo que medía el tronco. Ese era el hueco. Si era muy acuerpado, lo metían en dos partes. A uno lo despresaban. Lo mutilaban como queriendo decir: no vamos a dejar ni la muestra", aseguró un transportador.

En esta región nadie quiere identificarse. Cuentan que en 2004, cuando los miembros del Bloque Catatumbo de las Auc partieron a su desmovilización se despidieron de la gente agitando las manos desde los camiones y gritando que volverían.

Mencionan a sus muertos, pero no quieren que los nombres aparezcan publicados. Cuando estaban las Auc, muchos de ellos tuvieron que negarse a reconocer a sus familiares asesinados por temor a que la tragedia familiar creciera en número.

Quienes lo padecieron reconstruyeron los hechos: "¡Ah! ¿Viene a reclamarlo? ¿Qué, mucho dolor? Y enseguida también les daban a esas personas".

Las Águilas Negras, el nuevo grupo paramilitar que tiene presencia en Tibú, hicieron regar el rumor de que van hacia La Gabarra. La gente no lo duda y teme que con ellos vuelva El Alacrán.

Recorrido de lágrimas
Los habitantes del corregimiento siempre supieron cuál era el destino final de la última lágrima. La doble cabina verde pertenecía a alias Gacha y cuando pasaba despacio junto a alguien lo hacía sentir el frío del hielo.

En sus recorridos la camioneta podía pasar por la esquina del puesto de Policía, bajar por la calle que corre paralela al río y llegar al puerto del plátano, ubicado debajo del puente metálico que cruza el cauce y permite llegar a la frontera.

Ahí las víctimas se despedían para siempre del pueblo, pero más adelante volvían a encontrarse con el Catatumbo, que se convertía en última morada.

Luego de pasar el río, el vehículo tenía que superar un retén en la entrada de la base militar, ubicada en lo alto del risco que forma la margen occidental del río y desde donde se puede observar todo lo que pasa en el corregimiento.

Versiones de diferentes habitantes del pueblo, de investigadores sociales y de reconocidos religiosos de la región coincidieron en señalar que el día en que ingresaron los paramilitares a La Gabarra, los puestos de control habían sido levantados.

Y mientras que mandos militares lo niegan tajantemente y exigen pruebas, según un destacado líder de Tibú, que conoce La Gabarra desde 1979 y vivió el proceso de deterioro social estimulado por la coca en la región, "no es un secreto que miembros de Ejército y Policía tenían relaciones con paramilitares y las siguen teniendo".

Durante la versión libre que rinde el jefe paramilitar Salvatore Mancuso en Medellín, dentro del proceso de Justicia y Paz luego de la desmovilización de las Auc, reconoció que por la colaboración de la fuerza pública el Bloque Catatumbo pagaba más de 1.000 millones de pesos.

El sesenta
A 15 minutos de la base militar está El Sesenta. Es un conjunto de casas, muchas vacías, que se extienden a lado y lado de la vía polvorienta por unos doscientos metros.

Antes de la incursión paramilitar esta era algo así como "la zona rosa de La Gabarra". Tenía heladerías y la gente iba hasta allí para tomarse unos tragos y bailar. Algunas de las viviendas fueron expropiadas por las Auc y abandonadas luego de su desmovilización.

La última lágrima llegaba al lugar, se metía a la derecha por una angosta carretera que hoy nadie transita y se encontraba de nuevo el río. El sitio es conocido como La balastrera, porque de allí se extraía material para rellenar la vía durante el invierno.

Cerca del lugar hay varias casas abandonadas y a punto de caerse. "Uno podía sentir los gritos de la gente pidiendo misericordia. Nunca vi nada, pero pasé muchas noches en blanco después de escuchar eso. Lo más 'arrecho' es que esta pobreza no nos deja mover de aquí", narró un morador de la zona.

En las paredes de una de las casas hay dibujos hechos con carbón. Son mujeres con genitales sobredimensionados que se repiten una y otra vez.

"Si una mujer les gustaba no respetaban ni a su marido. Algunas de las que se negaron a estar con los paramilitares fueron asesinadas en la carretera. Muchas no pudimos volver a salir a Tibú, de miedo a que nos cogieran", afirmaron varias mujeres en el pueblo.

En el centro de esa vivienda, invadida por la maleza y los murciélagos, hay un tubo metálico que va desde el piso hasta el techo, sobre el que aún cuelgan pedazos de cuerdas. En uno de los muros externos, una pequeña cabeza con cachos advierte: "La maldad sí existe".

En invierno el río pasa casi por la entrada de estas casas. Aunque la gente sabe que fueron muchas más las víctimas arrojadas al agua desde allí, está segura de que alrededor hay fosas comunes.

"Una vez sacamos material para la vía y cuando lo vaciamos de la volqueta nadie soportaba el olor. Lo examinamos bien y encontramos restos de una persona", contaron habitantes de El Sesenta.

Poco antes de la desmovilización, según los pobladores del lugar, los paramilitares llegaron con la volqueta roja del Municipio y la llenaron con material del sitio.

Los vecinos creen que en la carga iban algunos de los muertos que habían enterrado aquí.

"Cave en cualquier parte y seguro que encuentra huesos", afirmaron. Luego de dar un par de paladas a la tierra pedregosa brotaron trozos de sogas anudadas y cuerdas similares a las que penden del tubo de la casa vacía.

Última visión del río
La balastrera está sobre un barranco en la margen occidental del río Catatumbo. Desde la orilla de la pendiente, a unos 10 ó 15 metros del agua, se ve nadar los bocachicos.

En esta parte, el río se extiende cerca de dos cuadras bañando la planicie. El cielo azul se une en el horizonte con el bosque tropical, en una zona donde además de la riqueza petrolera se hallaron recientemente yacimientos de carbón.

Este paisaje era parte de lo último que entraba por los ojos de quienes viajaban en la camioneta de alias Gacha, antes de caer al río.

O tal vez lo último que veían eran los ojos del verdugo. Las víctimas, como consta en los tres casos registrados en el libro de defunciones, eran degolladas y lanzadas al río para que desaparecieran.

Pero los muertos parecían rebelarse: 60 ó 70 metros río abajo, el Catatumbo hace un remolino cerca de la orilla. Allí flotaban, iban y volvían durante todo un día los restos humanos sin que hubiera permiso de sacarlos.

Eliécer* apretó en su mano derecha una pala y en la izquierda la barra. Echó a andar desde La balastrera río abajo, por la orilla, hasta un caño que desemboca allí, un poco más abajo del sitio del remolino.

"Lo vimos flotar toda una tarde y lo tratamos de empujar hacia el centro del río con una vara larga, pero siempre volvía. No supimos quién era porque los peces lo habían dejado sin cara, pero parecía de aquí. Quería quedarse", dijo Eliécer.

Por eso él y otros habitantes de El Sesenta desafiaron la orden de los paramilitares y sacaron el cuerpo. Lo enterraron en la orilla del caño, junto a la raíz de un árbol.

"Aquí tiene que estar", dijo mientras clavaba una y otra vez la pala y la barra. Primero con un ritmo ordenado y luego, a medida que su cuerpo se bañaba en sudor y que el hueco se hacía más grande y vacío, con desesperación.

Quiso encontrarlo cuatro años después de rescatarlo, no de la muerte, sino del olvido.

"Aquí tiene que estar, aquí tiene que estar", insistió, pese a que sus compañeros le hicieron ver que en ese tiempo el río y el caño se crecieron una y cien veces y lo más probable era que el agua arrastrara los restos.

Exhausto, se sentó en un tronco seco. Enjuagó el sudor del rostro con la camisa que hacía rato colgaba de su hombro y se dio por vencido. El río se tragó también el cuerpo recuperado y, con él, una de las miles de historias del horror que padecieron en el Catatumbo.

*Nombres cambiados por seguridad

 
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