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| Juan Antonio Sánchez,
enviado especial, río Atrato | Bojayá y Vigía
del Fuerte fueron de los municipios del Atrato más
azotados por los paramilitares: “el colegio arriba,
en la parte trasera del pueblo, lo cogieron de carnicería.
Allá no se oían sino quejidos y súplicas”,
relató un habitante de Vigía. |
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| Juan Antonio Sánchez,
enviado especial, río Atrato |
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| Juan Antonio Sánchez,
enviado especial, río Atrato | Los habitantes de las
comunidades del Atrato, además de lamentar el olvido
oficial y la corrupción que se come sus presupuestos,
sostienen que el Estado colombiano dio la espalda, en la última
década, a las masacres y desapariciones de las que
fueron víctimas por parte de los ejércitos involucrados
en el conflicto armado. |
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| Juan Antonio
Sánchez, enviado especial, río Atrato |
Puente en las cabeceras del
río, en la comunidad indígena de Sabaletas,
municipio Carmen de Atrato. "Fueron siete años
de un sufrimiento bastante horrible", dijo un líder
de la zona. Allí, denunció, murieron siete nativos:
uno a manos de agentes oficiales |
El Atrato, cementerio bajo el
agua
Negros e indígenas creen casi imposible reconstruir la
verdad sobre las matanzas y las desapariciones en su río
madre.
Iglesia
católica y líderes campesinos frenaron parte de
los excesos, pero sin embargo el Atrato vivió una temporada
fatal.
Condición
de ruta central y lugar de combates ocasionó que cientos
de civiles y combatientes se perdieran en su cauce.
Por
Carlos
Alberto Giraldo M.
Enviado especial, río Atrato
La conversación se había acalorado un poco. Carlos
Castaño, con su tono severo de siempre, les dijo a los
dos sacerdotes que habían viajado desde Quibdó:
"padres, les he dicho a mis hombres que maten a la gente,
pero que no se pongan con torturas". Uno de los sacerdotes,
el de menor jerarquía, no aguantó aquella respuesta
que sentía tan irónica y desalmada y le replicó:
"perdóneme, pero lo suyo ya se torna demasiado hijueputa".
Sus hábitos cristianos se extraviaron en ese momento debido
a la desesperación y la impotencia con que venía
recibiendo cada día. Era un sacerdote de base que tenía
que escuchar las denuncias de los desaparecidos en las comunidades
del río Atrato y sus afluentes. Los campesinos, semana
a semana, le rompían en llanto y le pedían comisiones
para buscar decenas de cuerpos que casi nunca hallaban.
Aquel día él había arribado con el Obispo
a los dominios de Carlos Castaño, en San Pedro de Urabá,
para que le aclararan su aparición en una lista de posibles
víctimas de las autodefensas, pero bastó poco para
que apenas unos minutos después de iniciada la conversación
ya le estuviese pidiendo al jefe paramilitar que parara la ola
de sangre y de muerte que sus hombres provocaban en las riberas
del Atrato.
El contacto del religioso con aquella realidad comenzó
el 23 de julio de 1997 cuando, a la una de la tarde, una hora
después de una reunión con unos campesinos del Medio
Atrato llegaron a buscarlo para decirle que Domingo Santos, líder
del río Munguidó, a quien acababa de estrecharle
la mano, había desaparecido. Se lo llevaron en una camioneta
amarilla tipo Hi Lux que usaban los paramilitares de la capital
chocoana.
Santos medía casi dos metros y era un negro al que todos
querían por su entrega a la labor comunitaria. Pero de
nada valieron las gestiones del padre. Como era habitual, en su
actitud frentera, acudió al sector de Quibdó donde
tenían su base los paramilitares y allí un combatiente
raso le dijo a media voz que todo era inútil. A Domingo
lo habían arrojado a un barranco que se hundía en
las aguas del Atrato. Un sitio al que llamaban "el confesadero",
en Boraudo, un paraje en la vía entre las aldeas de Yuto
y Lloró.
"Qué época tan dura -recuerda el sacerdote-.
Los abrían con motosierra y machete y después les
echaban arena y piedras para que no boyaran (flotaran) en el río.
Eso era busque y recoja muertos aquí y allá".
El padre cree que esa fue la suerte que corrió Domingo
Santos, cuyo cadáver nunca apareció aunque varias
comisiones de misioneros de la Iglesia Católica navegaron
horas para encontrarlo el resto de aquella semana en que lo subieron
a la camioneta de "los paras".
El avance paramilitar quedó registrado en las denuncias
de la Diócesis de Quibdó y de varias Ong internacionales.
En un informe de la época, Human Rights Watch (HRW) advertía
sobre la llegada de las Autodefensas de Córdoba y Urabá,
en diciembre de 1996, por el extremo norte del departamento del
Chocó.
En "tres meses, las masacres paramilitares, los asesinatos
selectivos y las amenazas combinados con el combate directo y
la Operación Génesis del Ejército Nacional
-agregaba HRW- provocaron la huida de entre 15.000 y 17.000 personas".
La Diócesis de Quibdó describió el cambio
dramático en el departamento al comparar las cifras de
muertes violentas: por ejemplo, en 1995 se registraron 15 asesinatos
mientras que en 1997, solo en el primer semestre, hubo 100, la
mayoría por motivos políticos.
Corrió mucha sangre y el río, con sus aguas revueltas
y oscuras, se convirtió en cementerio de seres humanos.
Un compañero de Domingo, que se considera sobreviviente
y que aún hoy lidera a los campesinos del Atrato, tiene
en la mente los nombres de muchos desaparecidos, pero recuerda
uno: Eligio González Blandón, de la comunidad de
La Boba, motorista de las Hermanas Agustinas.
El 24 de mayo de 1997 Eligio acababa de llegar al casco urbano
del municipio de Bojayá de un viaje por el río con
las religiosas. Unas horas después, a las cinco de la tarde,
los paramilitares lo interceptaron en una lancha. Lo embarcaron
y mientras cruzaban a Vigía del Fuerte, a un kilómetro
de distancia en la otra orilla del río, se perdió.
"Ellos andaban con una motosierra en esa panga (lancha).
Y, cuesta creerlo, pero en ese trayecto lo picaron y lo echaron
al río -dice el líder campesino-. Nunca apareció.
Era para traumatizarse la mente, por Dios. La gente salía
de pesca y sacaba manos, pies y cabezas en los chinchorros".
Con letreros
El cadáver de la guerrillera estaba intacto a pesar de
que llevaba dos días de viaje por el río, sobre
un nudo de troncos. Tenía dos tiros, uno en el pecho, en
el lado del corazón, y otro en la cabeza, al centro de
la frente.
Se trataba de una comandante del Eln que había sido fusilada
junto a otros siete de sus compañeros en el río
Munguidó, afluente del Atrato. En una disputa territorial
que luego se ampliaría a otras regiones del país,
hombres de las Farc les dieron tiros de gracia con revólveres
y enviaron el mensaje: "prohibido sacar los cuerpos del río".
Como de costumbre, llevado por su sentido humanitario, Domingo
Valencia Chará se acercó a la palizada sobre la
cual se veía a la mujer blanca, en ropa interior. Cuando
observó de cerca aquella humanidad intacta la reconoció:
"es la jefe de los elenos, la española". Tenía
ojos claros y, según las creencias de Domingo, el pico
de los gallinazos no le entró porque, seguro, "comía
mucha cebolla".
Eran las tres de la tarde de un jueves de abril de 2001. En un
recodo del Atrato, Domingo varó las ramas que no se hundían,
aunque la guerrillera era corpulenta y pesada. Salió a
dar aviso al casco urbano de Bojayá de donde enviaron a
dos hombres en un bote de madera con motor fuera de borda. Los
tipos amarraron los palos a una soga, los arrastraron a un lado
del pueblo y en una curva del río, sin cajón y sin
avemarías, enterraron el cuerpo de la extranjera.
La casa de Domingo, hecha de tablas y sobre un pequeño
cerro a orillas del Atrato, está rodeada por un par de
almendros. Él se la pasa descamisado, de bermudas y chanclas
de caucho. Cuando no está en las jornadas de siembra en
el campo, observa el remanso del río que tiene al frente
y detalla los objetos que van corriente abajo: recortes de madera
de los aserríos, ramas y, por supuesto, muertos. Aunque
ya no se ven casi.
"Ahora la cosa está calmada, pero cuando circulaban
paramilitares y guerrilleros a toda hora se acumulaban muchos
cadáveres en la Ciénaga de los Platillos -relata
Domingo-. Uno llegaba oliendo a muerto. Los mataban descuartizados,
se encontraban cabezas y troncos en los trasmallos. Una vez me
pasé dos meses sin comer carne porque sentía que
era carne humana".
De ver pasar tantos muertos frente a su rancho y por las orillas
donde siembra piña, plátano y yuca, Domingo se dedicó
a recogerlos. Primero porque le parecía inhumano dejar
que esos cadáveres se deshicieran a la intemperie, picoteados
por las aves de rapiña y luego mordisqueados por los dentones,
que son los peces más carroñeros del río.
También rescataba los cuerpos y los enterraba porque en
la Alcaldía de Bojayá le pagaban una bonificación
de 200 mil pesos por cada uno. Ha sepultado a paramilitares, guerrilleros,
narcotraficantes y civiles. Tan pronto avista a lo lejos dos o
tres gallinazos que bajan por el centro del río, como levitando,
se dice: "hay muerto, mi negro". Y sale a trabajar.
Pero hallar cadáveres aun en los días más
aciagos de la guerra irregular del Atrato, que es la del país,
no resulta tan común. Otro viejo campesino de la región
que viajaba de pueblo en pueblo vendiendo botes de madera asegura
que los muertos saben a quién le salen. "No todo el
mundo los consigue. Para eso hay gente que tiene su energía.
Al momento de cogerlos hay que rezarles, encomendarlos al Señor:
un Padrenuestro y un Avemaría, según los antiguos".
Domingo no siempre ha podido cumplir el ritual, porque a veces
hay "muertos importantes". Eso quiere decir que por
ser muy conocidos y tener alguna representatividad, sus verdugos
los envían aguas abajo con marcas visibles; quieren que
la gente los vea y aprenda la lección.
"Una vez bajó un guerrillero, paisa, y tenía
un aviso pegado del pantalón: 'FAVOR NO TOCAR'. Lo mataron
los mismos compañeros. Quién sabe qué era
tan grave, si por sapo o qué. Pero ahí sí
uno no ve muerto, así lo tenga en las mismas narices. Si
lo recojo, este negro es el siguiente que se va de viaje".
Dolor de Do Dromá
El río es una masa de agua café que nace en el cerro
Plateado, a 17 kilómetros del casco urbano del municipio
Carmen de Atrato. Allí, en los primeros tramos, hace el
ruido de una quebrada y su caudal es cristalino. Luego, en el
descenso vertiginoso desde la montaña rumbo a las planicies
inundadas del Chocó, recibe el agua de decenas de afluentes
que lo ensanchan y lo tornan pardo.
Los indígenas embera chamí y wounan y los negros
mantienen en la punta de sus lenguas una sentencia: "sin
el río no somos nada". No es palabrería, es
el resultado de una relación ancestral que involucra la
cultura, la economía y la vida social de la región.
No hay carreteras y el río es una gran autopista por la
que desfila la vida en todas sus manifestaciones: el pescado,
la madera cortada, las embarcaciones de carga y pasajeros, el
combustible, los abarrotes que llegan de Turbo y Quibdó,
las cargas de maíz y arroz y la ganadería de los
potreros que han ido creando los colonos, después de darle
mordiscos con sus hachas a la selva virgen y biodiversa del Chocó.
También cruza por ese caudal algo del oro y del cobre extraído
de las minas circundantes.
Dependiendo de la estación, el Atrato vomita en el golfo
de Urabá, cada segundo, entre 4.200 y 4.900 metros cúbicos
de sus aguas turbias. Salen por quince bocas que forman un delta
de diez kilómetros. Ese gran río madre es el que
los aborígenes llaman Do Dromá.
En noviembre de 2003 la Diócesis de Quibdó y las
organizaciones campesinas e indígenas lideraron una toma
pacífica del río. Después de seis años
de estar confinados, de soportar retenes ilegales y restricciones
al paso de alimentos, los nativos hicieron una travesía
de Quibdó a Turbo que llamaron Por un buen trato en el
Atrato.
"Nuestra toma -dijeron entonces- es una protesta en contra
de las masacres, desapariciones de centenares de campesinos, los
desplazamientos, los señalamientos y las retenciones arbitrarias,
las hambrunas, las epidemias, el cautiverio de pueblos enteros
en el mismo lugar donde habitan sin poder salir al trabajo".
Se trataba de romper un cerrojo de plomo y una depresión
sicológica que produjo incluso suicidios y mató
la alegría acostumbrada de los negros y el peregrinaje
libre de los indígenas.
Esos años anduvieron con miedo, desesperados, presas de
lo que un líder campesino llama "el terrorismo que
aplastó nuestro proyecto de vida. Ni siquiera se permitían
los ritos religiosos, los cantos alabaos, los novenarios y las
reuniones. Se trató también de nuestra destrucción
cultural, porque el río significa vida y en él ya
no veíamos sino familiares, amigos y vecinos muertos".
En Chocó mucha gente sigue muerta, aunque parezca estar
viva. Así le pasa a Paulina Mena que a diario camina triste
y sin un peso por el malecón que en Quibdó bordea
el Atrato.
Ella tuvo que dejar su finca en Tamboral y refugiarse en la capital
chocoana, en donde desaparecieron a dos de sus hijos, que eran
maestros, uno de ellos en un retén ilegal que funcionaba
en el puente sobre el río La Playa, en el corregimiento
Tutunendo. Ahí bajaban a los pasajeros, lista en mano,
y después los echaban al agua. Un campesino describe el
lugar como un "depósito de muertos".
La sangre derramada, que según los indígenas entristeció
al gran Do Dromá, no se va a olvidar. Es una herida que
nunca se sana porque esos desaparecidos, el 80 por ciento arrojados
al Atrato y sus afluentes, nunca se pudieron enterrar. "Se
consumieron en el río y sus huesos se fueron al fondo,
quedaron sepultados bajos las aguas, convertidas en un cementerio".
La voz de los ejecutores
A las seis de la mañana de este Viernes Santo dos ex integrantes
del Bloque Élmer Cárdenas (Bec) de las autodefensas,
que operaban en el Atrato, responden preguntas. Uno, de raza negra,
1.80 metros y contextura delgada fue patrullero en el río
durante cuatro años. Hoy trabaja en una finca ganadera.
El otro, un mulato de 1.70 metros, fue comandante de frente y
ahora administra una cabaña de turismo.
Sentados muy cerca de las playas del mar chocoano describen el
río como un campo de batalla y lo califican de camposanto.
En lo que ambos conocieron, más de 300 muertos terminaron
arrastrados o perdidos en sus aguas.
Los cuerpos iban a parar al río, según ellos, por
física necesidad, a falta de sitios de tierra seca para
enterrarlos. La mayoría de los combates ocurría
sobre ríos y caños y los paramilitares y guerrilleros
muertos terminaban en las aguas sin que fuesen recuperados nunca
debido a las condiciones agrestes de la zona.
"Entre Vigía, Bojayá y Riosucio y en las cuencas
de los ríos Salaquí, Opogadó y Truandó
se combatía mucho -relatan-. La forma típica era
la emboscada desde las orillas, en los recodos, con rockets, fusiles
y granadas de fusil, de manera que quienes caían se hundían
y morían por el ataque o ahogados, y se iban al fondo por
el peso de las armas y las municiones".
Hubo episodios de muertes masivas que aún están
en sus mentes: en Caño Claro, por ejemplo, se ahogaron
o murieron en un ataque de las Farc más de 100 autodefensas,
pero de esos cadáveres solo aparecieron un poco más
de 10.
Lo mismo pasó en Bojayá donde, según su
relato, se hundieron varias lanchas de guerrilleros ametralladas
por un helicóptero de los paramilitares. "Por eso
los cadáveres, que debieron ser más de 50, nunca
aparecieron".
El negro alto, vestido de bermudas y chanclas, y el mulato, de
yines y botas, aceptan que hubo fusilamientos, pero niegan descuartizamientos
y destripamientos. Cuando se dieron ejecuciones cerca de algún
centro poblado "la víctima era enterrada a poca profundidad",
porque la escasa tierra firme de la zona es de alto nivel de aguas.
A 50 centímeros la fosa se volvía un charco y por
eso también "se abría el cadáver"
antes de sepultarlo.
Aunque ambos ex combatientes están entregando sus versiones
a los relatores de la Comisión de la Ley de Justicia y
Paz, los parientes de las víctimas creen que la verdad
total nunca se sabrá. "De eso se trata: para ellos,
del olvido y para nosotros, de la lucha por recordar a nuestros
muertos", advierte un líder campesino.
El nacimiento de la muerte
Aquella tarde, a las 3:30, después de cuatro horas de conversación,
el sacerdote salió descompuesto y abatido por las respuestas
del jefe paramilitar Carlos Castaño a la comisión
que se reunió con él para detener la ola de crímenes
del primer semestre de 1997 en Chocó y que se extendió
durante los seis años siguientes como una epidemia.
Castaño "se paró" en la palabra durante
una hora, recitó sus discursos de memoria, y les hizo sentir
a los curas que cualquier otra verdad resultaba un sacrilegio.
"Nos remató: 'padres, ustedes saben muy bien eso de
mata que Dios perdona'".
El cura también se sentía derrotado porque en cada
una de las poblaciones que cruzó, de ida y regreso adonde
el jefe de las Autodefensas de Córdoba y Urabá,
veía uniformados de los organismos de seguridad muy cerca
de los retenes paramilitares. "Todo el mundo sabía
dónde estaba su santuario, menos el Gobierno".
Aquel peregrinaje del padre para atender y defender a las víctimas
del conflicto armado nunca se detuvo. Dos años después
en sus correrías se encontró con el azote que vivían
los pobladores de Camen de Atrato, en la cabecera del gran río.
Los paramilitares volaron tres puentes construidos, en parte,
con dineros y esfuerzos comunitarios: en Guaduas, Sabaletas y
La Puria.
Pero antes de dinamitarlos, el 24 de febrero de 1999, al mediodía,
habían sacado de su casa al agricultor Luis Arcadio Caro
Bolívar. Lo decapitaron y lo tiraron al Atrato desde el
puente metálico de Las Anchas. El cuerpo fue rescatado,
pero su cabeza nunca apareció. Según una relatoría
de víctimas ante la ONU, ese mismo día en la tarde
los agresores atacaron el caserío El Siete y escribieron
un aviso cuya sentencia el padre, aún hoy, recuerda con
indignación: "mata que Dios perdona".
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