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Los "paras" a los
ojos de Bill Clinton
En el Atrato, más de 1.100 indígenas desplazados
claman protección.
Cuestionan
la falta de acción del Gobierno para garantizar derechos.
Denuncian
saqueo de las autodefensas en la comunidad Playita.
Por
Carlos Alberto Giraldo M.
Enviado especial, Río Opogadó

Ante la inminencia de combates
entre autodefensas y Farc, los indígenas de las comunidades
Egorókera, Playita y Unión Baquiaza, se desplazaron.
En la otra imagen, una granada de fusil arrojada por autodefensas,
según los indígenas, contra un tambo, en Playita.
Fotos: Manuel Saldarriaga, enviado especial |
Un paramilitar esculca uno de los tarros que reposa en el piso
de madera del tambo indígena, saca un puente dental con
enchapes de oro y una cadena y los echa en uno de los bolsillos
laterales de su pantalón de campaña.
Un metro y medio abajo, en silencio, parados en el piso de tierra
que humedece la lluvia que despide el verano, Bill Clinton Bailarín,
de diez años, y su hermano César, de ocho, asisten
al saqueo de su casa.
Óscar, el padre de los chicos, y su mujer, se encuentran
a ocho horas de camino, en un bote de madera, en Vigía
del Fuerte. Él, uno de los líderes de la comunidad
Playita, en el río Opogadó, afluente del Atrato,
recibe las últimas clases del Noveno Grado que cursa, cada
dos meses que sale de la selva, en el Colegio Indígena
de las Hermanas de la Madre Laura.
Los niños embera ven volar por el aire canastos, ollas,
literas y otros enseres que tres combatientes del Bloque Élmer
Cárdenas de las Autodefensas desechan y lanzan a medida
que avanza su requisa.
-¡¿Ustedes qué vienen a ver, hijos de guerrilleros?!-
reclama uno de los hombres.
Cerca se encuentra Hilda Chamí, una anciana de la comunidad
que salió a cortar leña temprano en la mañana,
junto con su hija. A ella también la abordan dos hombres.
Hilda les explica que los indígenas no quieren grupos
armados en sus territorios y menos en sus caseríos, pero
los integrantes de las autodefensas le advierten que "ya
de aquí pa'bajo, todo está bajo control de nosotros".
Noche en vela
A las nueve de la noche, alumbrados por una vela pegada al brazo
de una silla de plástico, varios indígenas de la
comunidad Egorókera, que acogió a sus hermanos de
Playita, escuchan el relato de una de las mujeres desplazadas:
"Después de que las autodefensas llegaron se empeñaron
en decir que todos nosotros éramos guerrilleros. A veces
se acercaban al tambo y, con rabia porque no hablábamos,
le pegaban al piso con un machete. '¡Brutas, hijueputas!',
decían".
La mujer que habla es bilingüe. Domina el dialecto embera
y habla el español con fluidez. También es agricultora
y hace collares y remedios naturales. Su narración, sentada
en el suelo y bajo las estrellas que salpican el cielo del Atrato,
estremece a los presentes.
Recuerda que entre los autodefensas había una mujer que
un día se acercó a la casa de su hermano y comentó:
-Aquí es, aquí vivían bailando los guerrilleros.
Esta casa la vamos a quemar- sentenció. La combatiente
tenía la cara pintada y varios de sus compañeros
también. Había desertores y no querían ser
identificados.
Cada casa de Playita comenzó a albergar el miedo, según
cuenta la indígena. Entre tanto, los niños escuchan
y atrapan los insectos atraídos por la luz de la vela.
"Orábamos y rezábamos. Un día, a machete,
picaron las parumas (vestidos tradicionales de las mujeres) y
las tiraron al río. Estuve nueve días sin comer.
Mi hermano me convenció de que iba a morir, pero es que
la comida no me entraba".
Ella se agarra las costillas y enseña la debilidad y la
flaqueza de sus carnes. A medida que el relato avanza, llegan
más indígenas. Algunos intervienen y precisan los
detalles, ratifican las palabras de su vecina.
"Dormían en las casas de uno. Montaron hamacas. Se
comían los plátanos, los cocos. Mataron gallinas
y patos".
En torno a la pequeña llama de la vela, de su luz, como
la de una luciérnaga entre la inmensidad de la selva chocoana,
los indígenas de Playita recuerdan y lloran sin lágrimas
haber dejado su territorio, al que llaman "el ombligo".
Estaba próxima la cosecha de maíz y empezaban a
sembrar el arroz. También se perdió la última
cría de cerdos.
Las gallinas
A plena luz del día un hombre de las autodefensas se acerca
a una vivienda, en Playita. Los indígenas sufren la ocupación
aunque los combatientes dicen que están allí para
defender a los nativos.
El uniformado se sienta en una hamaca. Lleva en sus manos una
gallina. Repasa el rabo del animal y se apresta, ante la mirada
de mujeres y niños, a copularlo.
Pasa un par de minutos y después de ser llevada y traída
con violencia, contra la humanidad, el ave muere.
Ahora, como si no ocurriese nada, el hombre organiza el animal,
lo estira y lo guarda en su morral de campaña. Otro de
sus compañeros acaba de hacer lo mismo con una de las mulas
de la aldea.
Las mujeres de Playita han pasado varios días sin bañarse,
sin ir al sanitario, casi sin moverse de sus tambos.
En su mente, Hilda teme por la suerte de su hija. Uno de los
combatientes ya la señaló y le dijo: "esta
cholita es guerrillera". Él miró sus ojos claros
y dice que no se parecen a los del resto, negros como el pelaje
de una pantera.
El jefe de los "paras" es blanco, de acento paisa y
viste a la usanza militar. Le dicen el Calvo. Él repite
cada día a los habitantes de los 29 tambos que "aguanten.
Ustedes recibían guerrilleros, así mismo, nosotros
vamos a quedarnos. Nadie puede ir ni pa'bajo ni pa'rriba".
La memoria y las cosas
Comienza a anochecer. Los indígenas de Egorókera
y Playita se encuentran a nueve horas en bote, río abajo,
de sus aldeas. Instalan toldillos y esteras para dormir en el
kiosko comunitario de un lugar llamado Bocas de Opogadó.
Óscar Bailarín se acuesta al lado de Bill Clinton,
César, sus otros tres hijos y su mujer.
Ahora los niños no estudian y de sus tres reses y sus
gallinas sólo sobrevive un torete, al que extraña
y quisiera recuperar. Está triste. No volverá a
contemplar los dientes de oro que heredó de su mamá.
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"Nos atacaron con granadas"
En su relato de lo ocurrido en Playita, con la llegada de las
autodefensas, los indígenas aseguran que en medio de la
respuesta a un hostigamiento de la guerrilla de las Farc, "los
paramilitares lanzaron cuatro granadas contra un tambo" en
el cual ellos se refugiaban.
El 29 de febrero, a las nueve de la mañana, desde lejos,
los guerrilleros hicieron cuatro disparos a quienes estaban en
Playita.
"Entonces los paramilitares respondieron. En medio del alboroto,
que duró como 20 minutos, unos nos metimos a huecos y otros
se juntaron en un tambo. A la mayoría de los muchachos
los entramos pa'la casa", relata una de las mujeres de la
aldea.
"Y ellos (los autodefensas) tiraron cuatro granadas a donde
estábamos los indígenas. Los muchachos quedaron
sonsos. Una niña de un año, Amelia, quedó
privada y también Manuel. Estaba sonso, pero sin esquirlas.
A mi me arrastró mi hija, porque también estaba
como atontada. Allí sólo se quedó Nieves
Doviza, que pasó la noche y luego salió en una champa
(canoa)".
Las familias abandonaron el lugar sin poder llevar nada consigo.
El miedo y el riesgo obligaron a abandonar las pertenencias.
Espere mañana: en entrevista con este diario, el Estado
Mayor del Bloque Élmer Cárdenas niega los hechos
y señala, entre otras cosas, que la explosión de
una granada hubiese acabado con la edificación y sus ocupantes.
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