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Inicio serie Atrato al desnudo
Bojayá y Cham siguen
noqueados
Tras 23 meses, no indemnizan a los familiares de las víctimas
de Bojayá.
Historia
de dos jóvenes que perdieron a lossuyos y siguen a la deriva.
Las secuelas
en la gente afloran: miedo, timidez y desesperanza.
Por
Carlos Alberto Giraldo M.
Enviado especial, Atrato Medio

En la foto Cham, en actitud
de combate, frente a Servelio, líder indígena
embera de la Organización Embera Wounaan (Orewa). Él
dice que los "indios son buenos para la lucha cuerpo
a cuerpo. Pero, a los golpes, los morenos".
Manuel Saldarriaga, enviado especial, río Opogadó |
Las dos máquinas marca Wahl tienen las cuchillas malas
y por eso Cham, boxeador retirado de la categoría de los
semipesados, ahora motila a sus clientes con peluchín.
Mide 1.74 metros, pesa 81 kilos y se llama Luis Eduardo Mosquera
Chalá. Tiene 23 años y, en sus ratos libres, que
son muchos, por fuerza del desempleo, se dedica a entrenar jóvenes
entre los 7 y los 20 años que sueñan con salir del
Chocó para ser campeones mundiales.
También es uno de los peluqueros del municipio de Bojayá,
a donde cruza en las mañanas, desde Vigía del Fuerte,
al otro lado del río Atrato, para atender uno que otro
corte de cabello pendiente.
"Sé hacer el chuler, el francés, la plancha
y también las peluquiadas con el escudo de las marcas,
que le gustan bastante a los muchachos por aquí: Adidas,
Nike y Reebok".
La última pelea de Cham, pero no con el afro de uno de
sus clientes sino con otro moreno de guantes, fue en septiembre
de 2002. Ganó por decisión.
A Cham, que le dicen así para resumir la palabra champero
(barquero), no se le borra de la mente la imagen del centenar
de cuerpos despedazados por el cilindro-bomba que arrojaron las
Farc, en un combate con las autodefensas, el 2 de mayo de 2002,
y que cayó en la iglesia de Bojayá.
Cham se ocultaba con su mujer, y un hijo de un par de meses,
junto a la entrada del templo. Su padre buscó refugio en
el altar.
"Cinco minutos después de que él entró
cayó la bomba, a las 11 de la mañana. El cuerpo
quedó intacto, pero los demás alrededor estaban
mutilados".
Horas después Cham, armado de valor, al caer la noche,
evacuaba los pedazos de humanidad de sus vecinos de muchos años.
Sangrante y medio ciego
Ever Murillo Rivas, de 22 años, recuerda que quedó
arrodillado y atontado, envuelto por el humo y los torsos y miembros
deshechos por la bomba.
"Fue como ver el infierno en vida, la peor película
de terror: las vísceras colgaban del techo". Él
es compañero de Cham en el bachillerato nocturno de Vigía
del Fuerte. Ambos se gradúan en junio.
Su salida del templo resultó torpe y caótica. Decenas
de personas huían del estallido.
El ojo que se tapaba con la mano sangraba sin pausa. Aun así,
y en medio de la balacera que siguió a la explosión,
le salvó la vida a una niña que cayó por
un puente roto y se ahogaba, en un charco, en la Calle Segunda
de Bojayá.
De su ojo sólo queda hoy el cuerpo, para no afectar la
estética del rostro.
"Me extirparon la córnea. No veo". Su mamá,
su hermana y sus dos sobrinos aún están enterrados
en una fosa común.
Vida en la escasez
Cham y Éver viven a sólo 30 metros de distancia,
en un vecindario de Vigía del Fuerte que llaman Palmira.
Ranchos de madera que se levantan sobre estacones y charcos que
dejan las lluvias interminables en el río Atrato.
La bomba acabó los sueños de ambos: el boxeador
quería terminar bachillerato y estudiar medicina o idiomas.
Éver, que trabaja en construcción cuando hay oportunidad,
quería ser administrador de empresas.
"No hemos recibido un solo peso de indemnización
del Estado por la muerte de nuestros familiares. Incluso, en estos
días debo ir a Medellín, a seguir el tratamiento
del ojo, pero no tengo para pagar el pasaje en avioneta".
Cham se suma a los pesares de Éver: "soy la esperanza
de la familia para hacer la reclamación y después
construir la casa, si se hace el pueblo nuevo, al que llamamos
'se verá'...; es decir, si algún día llega".
Acosado por la rabia, por el dolor, por la soledad, Éver
estuvo a punto de enrolarse en las filas de las autodefensas.
"También me quería suicidar. Cuando estuve
en Medellín, en tratamiento en el hospital San Vicente
de Paúl, y después en el apartamento de una familiar
en Envigado, me paraba al lado de la ventana, en un cuarto piso,
y casi me arrojo. Me daba rabia acordarme de mi mamá, destrozada".
La atención de una sicóloga y el paso del tiempo
acabaron la desesperanza. "Ahora, si me reconocen algún
dinero, quiero montar un negocio".
Aquel golpe, que Cham considera insuperable, peor que un recto
en el ring con la guardia abajo, estuvo a punto de llevarlo a
las filas del Ejército.
Hoy espera recibir unas peras locas, varios sacos de arena, cascos
protectores y botines para sus pupilos de Vigía. Tal vez
monte, también, una peluquería con todos los hierros.
Mano delicada
El bote de madera viaja a unos 40 kilómetros por hora.
Cham logró acomodarse junto a una comisión de la
Diócesis de Quibdó y de la organización indígena
del Atrato que este lunes 15 de marzo va a visitar las comunidades
del río Opogadó, afectadas por combates entre las
autodefensas y las Farc.
Acompaña a su hermana, que acaba de tener un bebé
mediante cesárea, en la capital del Chocó. Ella,
además, no ha podido recuperarse de la explosión
en Bojayá.
A lo largo de ocho horas de viaje María Eustaquia no pronuncia
palabra. Es lenta, insegura, tímida. Cham no tiene un peso
y la lleva de vuelta a casa.
"No se ha podido mejorar del todo. Y mi hermano, que sufría
de epilepsia, ahora, además, está loco. Vive y duerme
en las calles de Vigía del Fuerte".
Cham explica al sacerdote Álvaro Mosquera que los cortes
con un peine metálico y filoso al que llaman peluchín
no duelen, si se hacen con cuidado.
-Padre, yo motilo bien, no tengo la mano pesada, créame
que no hay que emborracharse para el corte- dice Cham.
-Bueno, entonces usted sí tiene la mano pesada. Porque
hay otros que tienen la mano muy liviana, pero muy brusca- advierte
el cura al boxeador.
Ayuda al lector
Una dolorosa marca que no se olvida
A la entrada, junto al puerto del municipio de Bojayá,
cuelga un gran afiche que sirve de antídoto contra la amnesia:
"En su memoria. El 2 de mayo de 2002 aquí las Farc
asesinaron a 119 personas ¡Que no se nos olvide nunca!".
A ese dolor colectivo se suma la imposibilidad de dar un entierro
individual a cada una de las víctimas que aún no
han sido identificadas y que permanecen, según el testimonio
de sus familiares, en fosas comunes, sin una tumba con nombre
y duelo propios.
"Una de las cosas que más nos duele es que no hemos
podido enterrar a esos seres queridos con los rituales propios
de la cultura negra. No los pudimos despedir con los alabaos (cantos
funerarios) ni con las flores y las oraciones que acostumbramos
ofrecer a los muertos. Ellos no descansan en paz".
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