EL COLOMBIANO
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"Nos vamos porque los armados no tienen límites"


La imagen de la tragedia de Bojayá presionó su salida de los caseríos.
Los Embera cavilaron mucho si se desplazaban, pero no había alternativa.
Naciones Unidas envió comisión a verificar situación en Atrato.



Por
Carlos Alberto Giraldo M.
Enviado especial, Río Opogadó

 


Las comunidades Egorókera (en la imagen), Unión Baquiaza y Playita, fueron abandonadas debido al temor de los indígenas de combates entre Farc y autodefensas. Los indígenas denunciaron el robo de alimentos y la presencia en los alrededores de sus caseríos de autodefensas del bloque Élmer Cárdenas.
Manuel Saldarriaga, enviado especial, río Opogadó

Desde las tres de la mañana las mujeres de la comunidad Egorókera comenzaron a recoger y a empacar las cosas esenciales para sobrevivir desplazadas.

Los perros pelearon toda la noche. Estaban inquietos al ver tanto movimiento: una parte de la "nación" y de la familia embera del río Opogadó se preparaba para dejar por primera vez sus territorios ancestrales.

Aquella aldea febril, compuesta por 14 tambos, donde nos recibieron con agua de coco tres días atrás, queda desocupada y solitaria a las siete de la mañana de este sábado 20 de marzo.

En un esfuerzo final por preservar trastos útiles, que no pueden ser llevados en las barcas de madera por falta de espacio o por sobrepeso, una indígena cava un hueco con sus dos hijos para enterrar el botiquín comunitario y una pesa envuelta en una bolsa plástica.

Los niños persiguen a los últimos patos y gallinas que quedan sueltos en el caserío. En la noche algunos hombres fueron en busca de animales que escondían para que los paramilitares no se los comieran.

Canecas con gasolina, machetes y una vieja escopeta de casería son arrumados en las champas (botes de madera). También motosierras y baldes, colchonetas y motores fuera de borda.

Las fogatas encendidas en las primeras horas del amanecer ahora se extinguen, igual que la vida de Egorókera, en medio de la selva chocoana.

Bernelio, uno de los líderes, sale con un costal al hombro y un rostro que no puede ocultar su pesar. Lo siguen sus hijos con dos canastos amarrados a la frente y cargados con ollas.

En una veintena de embarcaciones filadas a la orilla del río, hombres y mujeres alistan los canaletes (remos) y tiran de los cordeles que encienden los pocos motores disponibles. Comienza el desplazamiento.

No se detienen
A las 9 y 30 de la mañana del jueves 18 de marzo dos hombres de las autodefensas Élmer Cárdenas cruzan por la cancha de fútbol de la aldea indígena llamada Unión Baquiaza.

La reunión de líderes indígenas que se realiza para decidir el desplazamiento se interrumpe. La tensión entre los aborígenes es evidente.

El jefe de los "paras", un hombre robusto, que viste camisa blanca y carga carriel, dijo que vendría a pagar los plátanos y las gallinas que sus hombres se comieron. Pero eso todavía no ocurre.

Para los embera dejar o no dejar su territorio se convierte en un dilema inacabable. La actitud habitual ha sido resistir, no desalojar los resguardos.

Pero, ahora, observa Jairo, uno de los jefes nativos, es inevitable poner a salvo la vida de cualquier combate entre guerrilleros y paramilitares.

"La experiencia de Bojayá (donde murieron 119 civiles) nos enseñó que ellos no tienen límites. La decisión de desplazarnos es difícil, pero no hay alternativa".

En el tambo comunitario se reúnen 30 mujeres y unos 20 líderes. Ellas son las más decididas a salir. "Sienten la situación muy dura. Si mandaran, ya nos habríamos ido", observa Jairo.

La asamblea indígena deja constancia: los embera se desplazarán, pero llaman a las organizaciones de derechos humanos del país y del exterior a que los ayuden.

"Vamos a luchar por el territorio. Lo dejaremos unos días, pero volveremos".


Manuel Saldarriaga, enviado especial, río Opogadó

Baila, cholito
Las indígenas embera danzan en el centro del albergue la noche del 20 de marzo: saludan y liberan "espíritus buenos" en torno al centro comunitario del caserío Bocas de Opogadó, donde ahora se encuentran desplazadas con sus familias.

Bernelio, el líder de Egorókera, explica al público la inspiración y el nombre de las piezas que representan las mujeres:

Uno a uno se suceden el baile del cholito (un ave), el de la hamaca, el del machomonte (tapir), el del charre (un pez) y el del gallinazo.

Adelante del círculo que forman las mujeres embera pasan las más duchas y golpean un tarro de aceite que sirve de tambor y de guía para marcar los pasos.

También están las mujeres afrocolombianas de Bocas, que apenas dos horas antes les prepararon a los indígenas espaguetis con atún y arroz.

"Venían cansados después de viajar (nueve horas). Nos gusta colaborar. Aquí también estamos asustados y hay escasez de todo. Pero con esa guerra, ríoarriba, quién entra a sacar madera, a pescar o a sembrar".

Tras el baile, los indígenas también aplauden a Casimiro, el moreno constructor del centro comunitario donde se albergan. Uno por uno, le dan un apretón de manos por ofrecerles un techo lejos de la guerra.

 


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