EL COLOMBIANO
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Área Metro: Voces de la Esperanza

La ciudad, llena de valores
En Medellín se imponen las voces de esperanza


Presentamos a los lectores la primera entrega de esta serie.
Se trata de rescatar voces que representan trabajo comunitario.
Las salidas a la crisis social tienen ejemplos concretos en la ciudad.


Por
Lucía Teresa Solano
Medellín


Donaldo Zuluaga Velilla
El avance de la pobreza en Medellín es dramático. Los indicadores sociales advierten que la calidad de vida de miles de habitantes se deteriora a pasos
agigantados sin que las soluciones lleven el mismo ritmo. Pese a todo, las comunidades buscan alternativas para sobreponerse a tanta calamidad.

Un barril de pólvora está por estallar en el Norte. El sacudón lo pegó el alcalde de Medellín, Juan Felipe Gaviria, en 1983. Ochocientas mil personas olvidadas en el patio trasero de la U. de A.. Ochocientas mil personas desatendidas y con cifras preocupantes de desempleo, analfabetismo, desnutrición y violencia, no inferiores a las de hoy.

"Estamos muy lejos de poder resolver la totalidad de los problemas de la ciudad y, por lo tanto, lo que tenemos que hacer es ordenarlos en orden de prioridades y la mejor forma de hacerlo es entregándole los recursos de inversión a la gente que más los necesita", dijo Gaviria en su oportunidad.

El narcotráfico no mostraba los tentáculos que luego atraparon a la sociedad y devastaron principios y valores. La violencia saltó a los titulares.

Los caminos cruzados
La temeridad de los violentos puso a la academia, la información, la política y las ideas a caminar sobre el filo de la navaja y a buscar siempre el camino del medio. Ni tolerancia ni oposición. Había que convivir y sobrevivir en el silencio. Palabras y sueños como las de Héctor Abad Gómez, Leonardo Betancur y Luis Felipe Vélez fueron acalladas, así como las del gobernador, Antonio Roldán; el comandante de la Policía, Valdemar Franklin Quintero; el Procurador, Carlos Mauro Hoyos, el jurista Federico Estrada Vélez y tantos otros que levantaron la voz.

La guerra dejó por heredero el miedo, pero poco a poco surgieron voces de esperanza. Florecieron opciones de vida que reivindicaron a la mítica ave Fénix, que resurgió de las cenizas. La fragilidad de los procesos era evidente. La zona Norte necesitaba más. Quedaron en el vacío los llamados del alcalde Juan Gómez Martínez, en 1989, cuando pidió a las empresas destinar el 10% de las ganancias a la generación de empleo.

Al lado de pequeñas asociaciones marchaban ejércitos ilegales, que no desaparecieron con la entrega o muerte de sus jefes. La concentración de las fuerzas del Estado en el combate al narcotráfico descuidó frentes crecidos en áreas rurales: los de la guerrilla. Financiados por las víctimas de la subversión, surgieron ejércitos privados para proteger vidas y bienes.

Muchos de los jóvenes de las zonas olvidadas de Medellín engrosaron esas filas. Por esos territorios se cruzaban fenómenos violentos que intimidaban a la población... Sin embargo, ya cientos de ellos habían muerto en otras confrontaciones.

Ese encuentro de dos ciudades desembocó en la estigmatización de los sectores populares. Los muchachos decidieron proteger a los suyos: barrio, familia, pequeño mundo. Sostener ese esquema demandaba recursos y nacieron cuotas, contribuciones voluntarias, vacunas. La subversión los hizo milicias urbanas, promotoras de sus ideas y formas de proceder política y militar.

Grupos de justicia privada, algunos asociados a autodefensas, querían espacios para ejercer el poder y esa guerra por el territorio socavó aún más el tejido social. La vida perdió valor y las soluciones no llegaron en la medida necesaria. El alcalde Luis Pérez, en el Plan de Desarrollo, lo enfatiza, aunque reconoce los grandes avances de la ciudad... "Pero con todo eso, los problemas sociales y económicos siguen su vertiginoso avance, horadando dramáticamente la calidad de vida en la ciudad, sin que para ellos haya habido una respuesta activa y comprometida por parte de la clase dirigente. Se diría que la pobreza avanza a paso de gacela, mientras las soluciones lo hacen a paso de tortuga".

La suma de las ideas
Rebrotaron esperanzas. Unas de ayer, otras de hoy, sumaron ideas, propuestas, ganas, muchas ganas. Se consolidaron organizaciones sociales, comunitarias, no gubernamentales, que pusieron cimientos aún entre los privilegiados, quienes reaccionaron y aportaron granos de arena a la construcción de la mole, que demanda mayores esfuerzos e inmensas concesiones, como ha insistido la Iglesia Católica.


Donaldo Zuluaga Velilla
Por estas calles suben y bajan cada vez más personas que no quieren quedarse de brazos cruzados en busca de soluciones a sus problemas.

Unos tomaron el trabajo comunitario en solitario. El primer aporte fue el de acercarse a la comunidad y reforzar el respeto y el amor a la vida, a pesar de los miedos que la acechan. "La ciudad se experimenta cada vez más como un escenario que hace presencia a la manera de un tren de miedos, donde se distinguen aquellos que provienen de fenómenos como la pobreza, la inseguridad, la violencia, la guerra, hasta los que son el resultado de cierto tipo de representaciones, construidas en torno a lugares y figuras sociales percibidas como portadores de peligrosidad", concluyen Luz Amparo Sánchez, Marta Inés Villa y Ana María Jaramillo, en el libro El Miedo, reflexiones sobre su dimensión social y cultural.

Con las uñas por capital, luchan por su comunidad, trabajan por Medellín, motivan a germinar la semilla de la esperanza. ¿Y quiénes son ellos? Son gente común y corriente.

Un médico, un maestro, una monja, un ama de casa, un joven desempleado, el deportista frustrado, una anciana jubilada, cada uno levantó una voz, una voz de esperanza, para que al sumar un esfuerzo y otro encontremos que somos habitantes de una ciudad trabajadora, honrada, creativa, viva y audaz.

Al mirar a Medellín desde muy cerca hallamos muchas voces de esperanza que si se encadenan, se fortalecen y se amplifican pueden llegar al peldaño más alto.

Esas voces de esperanza darán un largo aliento a la serie periodística que hoy inicia EL COLOMBIANO y con la cual pretende demostrar que cada medellinense, en pequeña, mediana o gran escala puede hacer algo por este pedazo de Colombia, tan amado y tan sufrido, como lo describen quienes lo recorren, lo palpan y lo viven.

Todos los ejemplos son seres comunes que, con tesón y poder de convocatoria, renuevan la fe y alientan quehaceres que, si se multiplican, comprobarán que la problemática de Medellín tiene salida y que este mal momento es pasajero.

Hoy damos un primer paso y abrimos espacio a las voces de la esperanza. Primer ejemplo: Fundación Fepi, Comuna 1.


Opinión general
Cuando a la gente se le convoca, acude

"Siempre tiene que haber alguien capaz de empujar a los demás para que no caigamos en la indiferencia frente a las injusticias y el dolor ajenos. No es posible seguir mirando y quedarnos callados sin hacer algo por la gente. El amor no es algo que se siente sólo cuando estamos enamorados, es una manera de vivir".
Flor Mariela Molina, presidente de la Acción Comunal del barrio El Cucaracho

"Cuando empecé a dirigir un grupo de la edad adulta, sólo había 15 personas, hoy 99 participamos de los programas. Eso quiere decir que el esfuerzo se ve compensado día a día, y que cuando a la gente se le convoca para trabajar por la tranquilidad y la paz, todos acuden. Por eso uno tiene que llenarse de paz en su corazón, para transmitirlo a los demás".
Lillian Monsalve, del barrio San Joaquín

 

 


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