EL COLOMBIANO
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Área Metro: Voces de la Esperanza

Hilos que tejen historia en la 13


Falta de empleo motivó creación de una red de talleres de confección.

Por
Isolda María Vélez H.
Medellín

Emilse Montoya fue una de las pioneras del grupo que adelantó el montaje de los talleres. Hoy, acompañada de otros líderes barriales quiere fortalecer la red de confecciones en su comuna y quiere, además, que en otros sectores de la ciudad se repita el proceso que para ellos ha sido una esperanza. Foto Donaldo Zuluaga

Con una copa de vino, los 26 alumnos de los barrios Las Independencias, La Colina y 20 de Julio, querían saborear las mieles de una nueva conquista. Muy temprano esperaban llegar al Instituto Popular de Capacitación (IPC), para recibir el diploma que certificaba su aprendizaje en Mercadeo y Costos.

El bus los esperaba a las 8 de la mañana, del pasado martes, justo el día en que los enfrentamientos entre los grupos armados ilegales y la fuerza pública obligaron a los habitantes de la Comuna 13, en la que tienen asiento esos barrios, a refugiarse en sus casas por miedo a morir en medio del fuego cruzado.

La graduación de 26 confeccionistas, entre amas de casa, estudiantes y operarios de máquinas planas, se postergó a una fecha no definida y la celebración se echó a perder, pero el ánimo sigue intacto porque el trabajo realizado durante tres años se ha convertido en sinónimo de vida para sus comunidades. La voz de la esperanza sigue martillando...

Las dificultades para obtener un empleo y los índices de pobreza en la zona llevaron a que varias personas, agrupadas en la Corporación Realizadores de Sueños, buscaran alternativas para el mejoramiento de su calidad de vida, apoyados por organizaciones sociales y la Mesa de Productividad y el Empleo de Medellín. Surgió, entonces, la idea de realizar un censo para descubrir las actividades económicas mediante las cuales derivaban el sustento las familias.

"Se encontraron tres fuentes de trabajo: fábrica de arepas, las confecciones y la alfarería", recuerda Emilse Montoya, impulsadora de Creaciones Sayala y la Aguja de Oro, que hacen parte de la red de 18 talleres de confección en la Comuna 13.

Trabajo en equipo
El esfuerzo individual por ofrecer productos de calidad no resultó suficiente para conquistar a los empresarios. "Cada cual hacía en su casa lo que podía, pero el resultado no era bueno. Vimos la necesidad de capacitarnos y de juntarnos para sacar buenas producciones", explica Emilse.

Comenzaron a tocar puertas en las organizaciones no gubernamentales y fue el IPC, quien primero les tendió la mano, aunque luego lo hicieron la Cámara de Comercio de Medellín, la Fundación Social y Acopi. Recibieron formación en máquinas, técnica y mercadeo y aprendieron a gestionar proyectos ante organismos nacionales e internacionales. "Una Ong de Nueva Zelanda, que apoya pequeños empresarios, nos patrocinó la compra de máquinas, nos respaldó con programas de capacitación y nos ofreció una pasantía en otra ciudad del país, pero esto último todavía está por realizarse", cuenta la líder barrial.

Los frutos de la capacitación, de la que se beneficiaron en un comienzo a 35 personas, se recogieron cuando, en agosto del año pasado, el Colegio San Juan Eudes depositó su confianza en los talleres de confección de la Comuna 13 para una producción de uniformes. "Eso nos abrió las puertas al mercado y conseguimos más contratos. Hoy en los talleres de Creaciones Sayala y Aguja de Oro podemos sacar semanalmente hasta 180 pantalones", dice .

El conflicto
No todo ha sido fácil para las casi 70 personas que hacen parte de la red de talleres. "Muchos empresarios no nos dan trabajo porque temen que se pierda la mercancía o que no podamos cumplir a tiempo con la entrega de la producción".

Sin embargo, dice Emilse, en este año y medio, sólo en dos oportunidades tuvieron problemas para entregar a tiempo la mercancía, "porque los enfrentamientos no dejaron llegar a los operarios, pero nunca se nos ha perdido nada".

Para dar confianza a los empresarios, fue necesario abrir una sede de los talleres en el sector de La América para hacer los contactos. "A pesar del conflicto en la zona, seguimos adelante porque creemos en nosotros y porque esto es una alternativa de vida para las familias". Muchos sueños tienen entre manos los confeccionistas y por ello aspiraban a ser beneficiarios del Banco de los Pobres, la iniciativa de la Alcaldía para otorgar créditos a quienes creen empleo.

"Por ese lado, no podrá ser", expresa Emilse con rabia "porque por los problemas los funcionarios no visitan la zona y ese es uno de los requisitos". Y aunque se sienten discriminados por la administración, siguen adelante con la idea de tener su propia marca, exportar sus productos y lograr que las utilidades de los talleres se reviertan en las familias.

Implicaciones
Primero, confianza en el otro

Emilse Montoya es una mujer de 40 años, madre de siete hijos. Dos de ellos, de 20 y 15 años, trabajan en el taller para sacar a tiempo los pedidos que hacen los clientes, en su mayoría destinados a la producción de pantalones para dama.

En la Aguja de Oro, la acompaña Lilian Tabares, quien hace tres meses se vinculó al taller. "Cuando llegué no sabía ni enhebrar una aguja. Pero aquí he aprendido mucho y ahora hago pantalones y tengo una fuente de empleo". La mayoría de los beneficiarios en los programas de capacitación no están vinculados a los talleres, pero la participación en el proyecto les permitió ofrecer su mano de obra calificada en otras empresas de la ciudad. "Muchos se han ido del proyecto, pero igual todos los días llegan personas buscando una fuente de empleo. Lo más importante de este proceso es que estamos concientes de que tenemos que confiar en el otro y hacer las cosas con amor. De lo contrario, no funciona".

 


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