EL COLOMBIANO
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Área Metro: Voces de la Esperanza


La maestra que le regala vida a La Suiza


Beatriz Restrepo es una líder que se desvive por la comunidad.
La gente del campo debe tener los mismos servicios que la de la ciudad.
Con su compañera Blanca, saca adelante lo que se propone.



Por
Ramiro Velásquez Gómez
Medellín
De la huerta deriva la escuela buena parte de sus ingresos. Les queda lo que llaman la cuarta, la cuarta parte de lo que deje. Maestras y niños la cuidan porque les significa algunos ingresos en medio de la poca ayuda municipal de hoy.
Fotos Manuel Saldarriaga
El taller de la madera, cerrado y todo por falta de instructor, sirve para que los niños conozcan las herramientas y su uso. A su lado, la maestra.
Las flores que cortaba de niña porque no se aprendían la lección se convirtieron en 54 niños que día tras día encuentran en ella su guía.

En la vereda La Suiza, mucho trecho al Sur de Palmitas, funciona una escuela que es sinónimo de pujanza por la dedicación y el empeño de la profesora Beatriz Restrepo Duque y de su compañera Blanca Montoya Agudelo.

En torno a la obra, una comunidad de no más de 270 personas desperdigadas en familias que habitan el pesebre que adorna la montaña. Personas que, como las del grupo de la tercera edad, no se reúnen si la maestra no se queda el fin de semana para acompañarlas.

La historia de esta esperanza tiene como centro el templo del saber: la escuela. Bautizada con el nombre del lugar, va para 45 años, la mayor parte como una casita que se confundía con el paisaje local.

La maestra Beatriz llegó hace más de 17 años, luego de pedir traslado de la mismísima porra: la escuelita rural Buenavista, de Buriticá, donde estuvo cinco años.

Corría 1995 cuando este par de educadoras tuvieron que dar su gran pelea: la construcción de una nueva edificación, que los burócratas de la Secretaría deseaban fuera prefabricada porque no ameritaba más.

La maestra se opuso. Debía ser de adobe y concreto como cualquiera de la ciudad: los niños campesinos no pueden estar condenados a obras regulares por el sólo lugar de residencia.

Carta va, carta viene. Reuniones. Amenazas de funcionarios. Al final, con la firme colaboración del entondes alcalde Juan Gómez Martínez, se empezó a construir con todas las de la ley. El techo cedió al terminar el primer piso. Se necesitó una segunda planta.

Se trasladaron a unas carpas que les consiguieron, pero el frió y el sol los enfermó a todos. Pasaron a otros locales y nada mejoró, hasta que en octubre de 2000 se inauguró y acudieron más de 300 invitados. En toda la región sólo se mencionaba la escuela de La Suiza.

La lucha de Beatriz no paró, secundada por otro pequeño roble:Blanca, que completó 22 años de servir allí. Se obtuvo una buena dotación, con computadores (de los cuales sólo uno está bueno) y con un taller de la mader, que está parado por falta de un instructor.

El trabajo comunitario se consolidó. La ayuda obtenida de algunas dependencias municipales como el Inder y de Comfenalco, sirvió para extender la atención a los adultos, para un grupo de panadería, la escuela de padres. Y en compañía de la Universidad Católica de Oriente enseñaron hasta noveno. La escuela tiene abiertas la puertas a todo lo que sea progreso, expresa decidida la maestra. Sus niños fueron los únicos del corregimiento en el programa de los Niños educan a sus maestros, pese a la lejanía del lugar.

Algunos de los sueños se pararon por el momento. El gallinero, porque así lo exigieron de la Secretaría, cuyos funcionarios no entendían cómo en una escuela rural llegaba el campesino, de paso, y descargaba en el corredor los bultos de cebolla. Había que prohibirlo, les insinuaron.

La calidad de vida debe ser para todos, no sólo para los niños, respondía ella.
No han logrado, tampoco, crear el sexto, porque en la Secretaría de Educación no hubo mucha atención cuando se garantizaba un grupo de 32 alumnos que se tuvieron que ir.
En La Suiza la comunidad es pobre en efectivo. Muchos no alcanzan a pagar los $6.000 para la escuela al comienzo del año. Pero es rica, así se los hace ver, porque cada familia tiene su tierrita, en la que crecen flores como aquellas a las que Beatriz enseñaba lo que aprendía en sus días de primaria.

A servir donde más se le necesite
La maestra Beatriz proviene de una familia de educadores de Envigado. Está casada con otro educador, hoy rector del liceo en Peque. Desde los cnce años les entregó a sus hijos las llaves de la casa en Envigado. Han vivido solos mientras sus papás están en sus trabajos. Cursan ya estudios universitarios.

Beatriz se siente dispuesta a ir donde la necesiten, por eso no se resiste al cambio. Sus hijos le dicen que permanezca donde pueda servir. Al terminar las actividades en la escuela, visita casas vecinas. Con la escuela de padres se redujo mucho la violencia intrafamiliar y la vida es muy sana en La Suiza.

Luego se encierra en la escuela para que nada quede sin organizar para el otro día. Y a la cama se va temprano. Al nuevo día, niños como Natalí Bedoya y Emilton Muñoz, de tercero, harán que las profes no pierdan la fe y continúen procurando lo mejor para ellos y para la vereda.

Una vereda que no se alcanza a divisar desde la boca occidental del túnel y cuya vida pasa, día tras día, por la escuela, orgullo de esta pequeña comunidad.
 


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