EL COLOMBIANO
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18-02-2003
Los Pozos, esperanza en ruinas

Desconfianza y miedo se viven en lo que fue sede de las negociaciones.
Villa Colombia refleja odio y descuido, tras un año del fin del despeje.
El caserío perdió el entusiasmo que le dieron tres años de diálogo.



Por
Carlos Olimpo Restrepo Suescún
Enviado especial, San Vicente

Mirar con recelo al recién llegado es lo habitual en Los Pozos desde que hace un año se acabaron los acercamientos entre el Gobierno y las Farc.

Esta vereda de San Vicente del Caguán, conocida en gran parte del mundo por ser la sede de unas frustradas conversaciones entre la admnistración de Andrés Pastrana y la cúpula de las Farc, que concluyeron el 20 de febrero de 2002, muestra las huellas de una guerra casi eterna, interrumpida, apenas, por tres años de diálogo que no llegaron a convertirse en negociaciones.

A lo largo de una polvorienta y maltrecha carretera se estiran cerca de 40 casas de madera, ocupadas unas, otras vacías y dos con pretensiones de ser el mejor negocio local.

Arriba del caserío, la maleza empieza a borrar una vía pavimentada que conduce a las edificaciones de Villa Colombia, el lugar construido por el Ministerio del Interior para ser la sede de los diálogos y, por tal motivo, dotado con grandes comodidades si se le compara con las casas de los alrededores.

"Según decían eso dizque se lo iban a entregar a unos padres para que hicieran un internado para los muchachos de por aquí. Pero hasta el momento nada se ha visto", sostiene un campesino que pide mantener su nombre en reserva. Agrega que "esto lo pudieron haber dejado como estaba, pero cuando ellos (los guerrilleros) se fueron se llevaron muchas cosas. Después, cuando vino el Ejército, acabaron con lo poco que quedaba".

Las palabras del hombre dan una idea de lo que pasó en el lugar: todas las instalaciones eléctricas destrozadas, algunas paredes de cartón rotas, las cerámicas, los lavamanos y sanitarios en añicos.

Los pisos de algunos salones tapizados con afiches en los que las Farc convocaban a participar en las audiencias públicas, son la evidencia de que Villa Colombia nunca fue de los ciudadanos de San Vicente. Afuera de los salones, los discos desconectados de dos antenas parabólicas se descomponen a la intemperie, mientras que de lo que fuera la tienda de souvenires del grupo guerrillero sólo queda el piso en cemento.

"Por aquí bombardearon desde la primera noche que se acabó el despeje. Duraron varios días en esas. Algunas familias se fueron en esa época por amenazas y por miedo. Por eso hay varias casas vacías", asegura el labriego.

Temor a hablar
Son muy pocas las personas que se atreven a hablar de lo vivido durante este año de guerra, luego de tres de calma relativa. Son ciudadanos temerosos de represalias porque los bandos parecen turnarse para aparecer y hacer de las suyas con la disculpa de que la población civil es simpatizante, colaboradora o parte de la facción rival.

"Hace cuatro días vino el Ejército y se encontró con unos guerrilleros que estaban por aquí. Se formó una plomacera tremenda pero, afortunadamente, nada pasó. Aunque eso es de lo suave que pasa por aquí", recuerda una habitante de Los Pozos.

Uno de los sobrinos de esta mujer fue sacado a la fuerza de un negocio de San Vicente, hace tres meses. Su cadáver, con cinco tiros, apareció una semana después. "No sabemos quién lo mató y, como están las cosas, ni modo de averiguar", asegura.

Pero no todo es malo. "Ahora, por lo menos, pasan carros. Se puede mover ganado sin problemas, no como hace un año que nos tocó quedarnos casi encerrados. Sin poder ir siquiera a San Vicente", sostiene otro habitante de Los Pozos quien envió a su familia a Florencia, mientras él se quedó cuidando lo poco que tenía durante la época más dificil de la recuperación del disuelto despeje.

Tras explicar que los suyos volvieron a mediados del año pasado, se pregunta: "para dónde más se va a ir uno si en toda parte hay guerra. Aquí, por lo menos, lo conocen a uno". Él quiere aguantar con sus hijos, hasta que la guerra deje.

Implicaciones
Un profesor para 50 alumnos

La escuela de Los Pozos, al igual que las casas, está levantada en madera y es el lugar donde 50 estudiantes, que cursan conjuntamente de 2o. a 5o. grado, están de 8:00 a.m. a 1:30 p.m. A cargo de ellos está Alfredo Cortez, el único profesor del centro educativo quien se ha ingeniado algunas estrategias para atender alumnos con necesidades tan diversas.

"La mayoría de las clases las trabajo con el método de la Escuela Nueva, que consiste en que el alumno lleva un libro guía y uno le ayuda a resolver sus dudas", dice Cortez. Sin embargo, no todos cuentan con los textos adecuados, así que uno de estos libros sirve para enseñar a varios niños durante el año.

"Los dictados de inglés y religión los tengo que hacer para todos. Sé que es difícil, lo más antipedagógico pero no tengo otra opción", asegura el profesor. Uno de los pocos habitantes de la vereda que terminó el bachillerato tomó un curso para convertirse en maestro de sus vecinos.

 


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