Deporte
en Grande >> "Cochise", 60 años
Tres locos andaban sueltos
Uno era un "loco" de verdad; otro, un "cirirí",
y el tercero, con alma de apache.
Como
la ranchera, Martín era "mujeriego, parrandero
y bailador".
Las
historias de Cochise contadas por Orlando Gómez, su
amigo de juventud.
Por
Oswaldo Bustamante
Escobar
Medellín

Cochise de rumba. Baile
y una que otra cerveza. Siempre ha sido un deportista
disciplinado. Foto Archivo. |
El día que Martín Emilio Rodríguez se
fue a correr a San Roque, a Orlando Gómez, su mejor
amigo de juventud, y quien le acolitó todas sus travesuras,
ni siquiera se le pasó por la mente que éste
iría a hacer otra de las suyas hasta cuando, montado
en un táparo, irrumpió en la cantina del pueblo
y como si fuera aquel jefe apache del cual lleva su nombre
-Cochise-, la convirtió en un verdadero pandemonio.
"Dónde está ese Luisego -periodista deportivo
de los sesenta-, que lo voy a pisar con este caballo",
repetía mientras boleaba zurriago y el dueño
del establecimiento trataba infructuosamente de contenerlo.
El alboroto fue total, pero no pasó a mayores porque
el hombre salió y, como si nada, siguió saludando
a la gente en el parque del pueblo.
"A él le nacía hacer toda esa clase de
payasadas, pero no por molestar sino por hacerse notar y porque
tenía una chispa inigualable", cuenta el "Negro"
Gómez, también apodado "Cirirí"
y a la postre una especie de lugarteniente de ese Cochise,
extrovertido, jodón y dicharachero.
De él dicen que era más peligroso conduciendo
una moto o un carro que una bicicleta. "Ese hombre era
un loco; si le daban papaya era más peligroso que un
alfiler en un sillón porque siempre andaba haciendo
chacota, molestando y pensando en hacer alguna maldad piadosa",
señala Gómez.
Pero si de chiflados se trataba, ahí estaba el "Loco"
Romano, el tercero de ellos, un desdichado amigo de ocasión,
blanco perfecto de las triquiñuelas de Cochise, quienes
conformaban una trilogía de pánico fuera de
las competencias ciclísticas.
Los viejos habitantes de Pácora, un municipio cafetero
del Viejo Caldas, podrán recordar aquella tarde soleada
de algún año de principios de los setenta cuando
Cochise, "totiado" de la risa, azuzaba a Romano
para que se echara un discurso político en el balcón
del segundo piso del hotel donde estaban. "Loco dale,
uy, uy, uy... echátelo pues" le decía Cochise
mientras permanecía oculto detrás de la puerta.
"Pueblo mío, sufrido y aguantador, no somos muchos,
pero tampoco somos cobardes...", recuerdo muy bien la
retahíla del Loco, mientras la gente se aglomeraba
para ver al improvisado político, señala Gómez.
"Eso, eso, seguí, hablá más",
le cuchicheaba Cochise, sin darse cuenta que por el alboroto
causado el técnico Pinta Zea se había despierto.
"!Payaso!", fue el grito que retumbó desde
adentro mientras Martín quedaba petrificado ante el
regaño del Pinta.
Y mientras las historias deportivas de este genio del pedal
se regaban como pólvora, sus charlatanerías
hacían presa a propios y extraños. "No
era un ciclista sucio pero si molestaba mucho cuando iba en
el lote: daba codazos, o lo cogía a uno de la camiseta
y lo echaba para atrás. También nos sacaba de
la carretera, pero siempre muerto de la risa. No lo hacía
por maldad sino porque le gustaba ponerle picante a la carrera,
por payasear", agrega Gómez, quien corrió
apenas una Vuelta a Colombia.
Los parceros
Cochise y el Negro eran más que compañeros de
ciclismo. Ambos fueron mensajeros: el primero de bares y boticas;
el segundo de la fábrica Sintéticos. Eran como
uña y mugre, para dónde iba el uno, allá
caía el otro. Si uno comía banano con leche,
el otro también. Y aunque también entrenaban
juntos, lo que más compartían era la diversión
y la parranda. De eso son testigos mudos las antiguas calles
y casas de Manrique.
"Martín era incansable. Se bajaba de la bicicleta
y ya quería hacer otra cosa. Iba a mi casa y me sacaba
de la cama. Vení Negro, me decía, vamos que
nos invitaron a un baile, y arrancábamos para alguna
casa donde siempre pedía que le pusieran el twist de
la gallinita porque era especialista bailando la música
ye-ye. Y si viera cómo gozábamos viéndolo
cuando se tiraba al piso haciendo la caída de la hoja".
Gómez siempre admiró a Martín al que
cataloga de enamorado, recochudo y fiestero; buen amigo, buena
gente y muy querido. "Era una época en que la
amistad valía oro. Nosotros luchábamos no por
plata sino por medallas, copas y satisfacciones. Y aunque
éramos personas demasiadamente pobres, compartíamos
hasta una naranjada".
Ese Martín Emilio que soportó el Negro Gómez
fue el mismo que se parrandeaba La 45, el que alguna vez fue
encarcelado por dispararle a un perro simple y llanamente
porque "me iba morder y yo no soy tan bobo para dejarme",
como se defendió ante la policía. O el mismo
que mecateaba y que le gustaba el salchichón con arepa.
Mujeriego
Como paisa fino que era, por su porte, Cochise atraía
miradas siempre que la caravana ciclística llegaba
a los pueblos o cuidades, o en Manrique o Guayabal, donde
con Gómez hacían de las suyas.
A María Cristina Correa, la mujer con la que Cochise
Rodríguez comparte su vida, Cirirí Gómez
apenas vino a conocerla casi treinta años después
porque al Martín ese le conoció tantas amigas
que ni siquiera a aquella la recuerda.
"De la que sí me acuerdo bien es de Doris, una
muchacha con la que salíamos frecuentemente y parrandiábamos.
Pero, además, en cada pueblo que llegaba, él
se levantaba una "vieja" porque lo seguían
mucho, incluso muchas veces se las tenían que sacar
de los hoteles y con policía de por medio. Es que el
nombre de Martín fue una cosa muy sagrada, era un rey
donde llegaba".
Ese era el Cochise de antaño, el hombre bonachón
y descomplicado al que bien podría aquella sentencia
de la vieja ranchera: "mujeriego, parrandero y bailador...
yo soy el aventurero, puritico corazón".
Opinión especial
Una veladora para San Martín
Emilio
Por
Javier Ñato Suárez
Ciclista y amigo de Cochise
"Una vez cuando la Vuelta a Colombia del 66 arrancaba
en Sogamoso, unos periodistas antioqueños, muertos
del frío, se metieron a la casa de una viejita buscando
café caliente. Allí se encontraron con que al
lado de una veladora prendida había una imagen de Cochise
pegada a la pared de bahareque. Le preguntaron el por qué
lo alumbraba y ella les dijo que San Martín Emilio
le había ayudado con la siembra de las papas y que
ese año fue la mejor cosecha".
"En 1964 cuando nos preparábamos para los Olímpicos
de Tokio, mi hermano Cochise me hizo una propuesta genial:
Ñato tusémonos. Yo le seguí la corriente
y aunque creí que me estaba mamando gallo y que me
había hecho peluquear, él también lo
hizo. En esa época no era bien visto que uno estuviera
cabecipelao y por eso nos tocó ponernos gorritas. Afortunadamente
eso causó sensación porque a dónde íbamos
todos nos querían ver la pelada".
"Doris fue la primera novia de Martín. Él
andaba tan tragado que cierto día cuando estábamos
en Bogotá Martín le puso un telegrama que decía:
Doris mi amor, te quiero tanto que te veo hasta en la sopa".
"De él puedo decir que siempre fue un tomador
de pelo, alegre, de gran temperamento y muy buen humor. Y
lo que es más valioso, nunca se refirió en malos
términos a sus rivales. Fue prudente".
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