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Región / Paz y DH >> Conflicto Urbano
Casas abandonadas: drama de
barrios en disputa
Personería
asegura que fenómeno afecta a miles de familias.
Alcaldía
reconoce que no tiene recursos para tantas personas.
Red
de Solidaridad advierte que la Ley no los cobija a todos.
Por
José
Alejandro Castaño Hoyos
Medellín

Esta foto fue tomada desde
el interior de una de las cerca de cuarenta casas abandonadas
en el sector de La Torre, en el Centro occidente de la
ciudad. Para intentar controlar la arremetida de los grupos
armados, la Policía hace patrullajes durante el
día. En la noche, cuentan los pocos habitantes
que insisten en permanecer en la zona, el miedo y la soledad
se toman las calles. Foto Donaldo Zuluaga.
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Pedro Picapiedra se quedó asomado en la terraza, meneando
la cola, con las patas apoyadas en los muros. Luisa lo oyó
ladrar y quiso devolverse, pero su esposo se lo impidió.
Le dijo que no había tiempo y que él después
mandaba a recogerlo. Los tres muchachos contratados para el
trasteo les ordenaron subir al carro, un viejo Ford sin puertas
y agujeros de bala en la trompa.
En la casa, además del perro, Luisa tuvo que dejar
la cuna de Brayan, que en el tropel de la huida ninguno supo
desbaratar; la nevera, un armatoste de color verde demasiado
grande y pesado para la reducida carrocería del camión;
una ponchera con ropa sucia, remojada en agua jabonosa; y
un par de materas sembradas con cebolla. Nadie se asomó
a despedirlos.
Las 40 casas de la manzana, a lo largo de la calle 34B con
carrera 111C, entre los sectores 20 de Julio y Betania, ya
estaban desocupadas hacía dos meses, desde que la guerra
entre las milicias y autodefensas se recrudeció y los
muros de las edificaciones empezaron a sacudirse con las esquirlas
de las granadas y las ráfagas de los fusiles.
Los únicos que decidieron quedarse entonces fueron
Luisa y su esposo, empeñados en salvar los diez millones
de pesos que dos años antes pagaron por su vivienda
con un préstamo del que aún deben la mitad.
Por eso persistieron y mandaron a los niños a la casa
de la abuela, en Guayabal.
En esos días, a comienzos de febrero, el tropel de
los que huían comenzó a ser tan vertiginoso
que muchos dejaban camas, trastos de cocina, estufas, cuadros
colgados en las paredes y mascotas, en total cinco perros,
tres gatos y una coneja de orejas grises que terminó
muerta de un susto después de la detonación
de una papa explosiva.
En eso iba pensando la mujer, en los animales, mientras el
conductor del camión descendía loma abajo, apurado
por el peso de los trebejos mal arrumados y el temor de una
emboscada.
Según las autoridades, su caso es el de cientos de
familias en diferentes zonas de Medellín en las que
la guerrilla y las autodefensas luchan por el control de barrios
cuya ubicación consideran estratégica, debido
a los corredores que comunican sus laderas con algunos municipios
del Nordeste y del Oriente cercano, precisamente en las poblaciones
del departamento donde los frentes rurales reclaman abastecimiento,
víveres, munición y vías de ingreso y
salida al Valle del Aburrá.
Voces oficiales
Alberto Morales, asesor de la Personería,
advierte que la situación es crítica y asegura
que la ciudad aún desconoce la dimensión de
esa tragedia. En su opinión, la mayoría de la
gente todavía piensa que los desplazados son sólo
las familias campesinas que tienen que abandonar sus parcelas
de cultivo y que ese fenómeno es ajeno a los núcleos
urbanos.
De acuerdo con el funcionario, pese a que no existe un censo,
el número de hogares desarraigados por culpa de la
guerra entre milicias y autodefensas en Medellín suma
miles en Santo Domingo Savio, Popular, Ocho de Marzo, Veinte
de Julio, Belencito, Blanquizal, Villa Laura, Betania, Trece
de Noviembre, Villa Tina, La Sierra, El Pinal, Los Mangos
y Efe Gómez, barrios de las periferias en los que,
denuncian los habitantes, hay cuadras desoladas, marcadas
por el abandono y los grafitis en aerosol en los que los grupos
armados se retan a muerte y se culpan de la desgracias de
los que se marchan.
Consuelo Chavarriaga, directora de la Oficina Municipal de
Atención de Desplazados, reconoce que el fenómeno
sorprendió a las autoridades. En ese despacho, admite
sin rodeos, no tienen recursos para encarar el problema y
atender las familias con subsidios de vivienda, educación
o ayuda humanitaria.
No obstante, debido al evidente incremento de los combates
en los barrios y la huida de un número cada vez mayor
de familias, el Municipio comenzó a diseñar
un plan de asistencia del que aún no se conocen detalles.
Depreciación
Mauricio Cadavid, sociólogo de la Universidad
de Antioquia, dice que el problema del desplazamiento urbano
no es nuevo y que desde la época en que Pablo Escobar
Gaviria empezó a financiar las bandas de sicarios,
los jóvenes aprovecharon el poder de las ametralladoras
y el dinero para desterrar familias enteras e, incluso, exigirles
el traspaso de sus propiedades. Esa espiral de crimen, explica
el académico, se ha mantenido todos estos años
y la desocupación de viviendas en barrios periféricos
es una constante.
Lo que ocurre ahora es que, señala, además
de que el volumen de desplazamiento es mucho mayor, por primera
vez se están vulnerando zonas de estratificación
alta. El caso de la urbanización Villas de Aragón,
en Belencito, parece prueba de eso.

La Urbanización
Villas del Aragón está ubicada a cinco minutos
en carro de la carrera 80. Tiene piscina, zonas verdes
y dos salones comunitarios. Pese a las comodidades y al
bello diseño de las casa, el acoso de los grupos
armados del 20 de julio, El Corazón y Betania,
ha espantado a decenas de familias. Foto Róbinson
Saénz. |
La unidad es de 252 casas, cada una con un área promedio
de 70 metros cuadrados; casi 600 árboles frutales en
las zonas comunes, dos salones sociales excelentemente dotados,
piscina y hasta un aviario con diferentes variedades de canarios,
sinsontes y gallinetas. Sin embargo, por culpa de la guerra
que se libra a pocas cuadras, en el sector de El Corazón,
60 casas fueron desocupadas este año y, cuentan los
habitantes, en promedio tres familias se mudan de la unidad
cada fin de semana. El asunto es tan grave que por las viviendas,
cotizadas en sesenta millones, nadie ofrece más de
treinta.
Rodolfo*, médico de la Universidad
de Antioquia, cuenta que dos veces ha ido a devolverle la
propiedad a la corporación que se la financió
y que ésta sólo le reconoce la tercera parte
del valor, como veinte millones. Con todo y el descalabro
financiero que ello supone, muchos vecinos han preferido colgarse
en las cuotas de los préstamos e irse a pagar arriendo
a otras partes con tal de huir del alcance de los combates,
siempre entre hombres de rostro cubierto que disparan fusiles,
lanzan granadas y usan camuflados.
La misma situación padecen en la Unidad Residencial
Citará, cuyos arriendos, que deberían costar
$400.000, se ofrecen en $200.000, y hasta en menos. La gente
está desesperada.
Jhony*, licenciado en Educación Física del
Politécnico Jaime Isaza Cadavid, ajustó la cuota
inicial de su apartamento en San Michel, parte alta de San
Javier, a punta de abdominales, sentadillas, flexiones de
pecho, levantamiento de pesas y largas jornadas de trote como
instructor en un gimnasio.
El esfuerzo de dos años continuos, además de
una satisfacción dura, firme, libre de estrías,
le dejó una pequeña hernia inguinal que sólo
le comenzó a doler cuando, hace cinco meses, tuvo que
abandonar su propiedad, apremiado por la guerra.
Larva
Lo más duro, lo que da más rabia, alegan Luisa
y su esposo, es que las autoridades no parecen darse cuenta
de lo que está pasando, como si el Alcalde, los concejales
y los comandantes de la IV Brigada, la Policía Metropolitana
y el DAS vivieran en otro mundo del que apenas se asoman a
través de vidrios blindados.
Quizás eso explica, asegura la pareja, porqué
la imagen que tienen las autoridades del conflicto en los
barrios es a veces tan distorsionada, borrosa. Hace veinte
días, cuenta la mujer ofuscada, ella y su esposo volvieron
al barrio, en un esfuerzo por recuperar a Pedro Picapiedra.
Fueron a las once de la mañana, vestidos con camisetas
blancas y en compañía de uno de los hijos, el
más pequeño, todo para conjurar el recelo de
los grupos armados.
Buscaron, silbaron, tronaron los dedos, preguntaron por ahí,
nadie les dio razón. Por fin, ya de bajada, frente
a la fachada de un granero destruido, alguien les contó
que al perro lo habían herido en una balacera y que
penó tres días hasta que se murió. En
sus pesquisas diarias, les dijeron, cinco tipos armados lo
echaron a un caño, molestos por el hedor de la carne
descompuesta y el reguero de gusanos.
Justo así, lanzados a un foso, con todo y sueños,
se sienten Luisa y su familia, a quienes además de
la pobreza y la desesperanza, los lastima el abandono estatal,
una suerte de larva robusta, de picadura siniestra, a veces
mortífera.
* Nombres cambiados por petición
expresa de las fuentes
Opinión general
Voces del destierro
"Nosotros salimos del barrio desde mediados de marzo.
La situación se hizo insoportable. Había balaceras
todos los días. Una vez los milicianos nos reunieron
y nos explicaron que la cosa estaba muy brava y que como los
paramilitares andaban tan encima, que todos los habitantes
teníamos que prestarnos para hacerles la guerra. Esa
vez fue cuando pusieron como condición que si los milicianos
necesitaban entrarse a la casa de uno a la brava para resguardarse,
fuera a la hora que fuera, nosotros teníamos que abrirles
la puerta y ocultarlos. ¡Imagínese!"
María, del barrio 20 de Julio.
"Mi rancho es de adobes y tejas. Un pedazo tiene plancha.
No es lujoso, pero es bonito. Tiene sus servicios y un frente
amplio. Dos piezas, baño, cocina y balcón en
la parte de atrás. Nos tocó dejarlo abandonado
el 30 de enero. De allá, que yo sepa, han salido por
hay otras diez o doce familias, todas arriadas por las balas
como cuando usted espanta ganado a fuetazos. Nosotros sólo
alcanzamos a sacar la ropita y unas ollas. Todo lo demás
está allá. La orden que dieron los milicianos
es que los que salimos perdimos el derecho a volver y que
si nos ven otra vez por allá nos ajustician. ¡Eso
mandaron decir!".
Enrique, del barrio Blanquizal.
"Los paramilitares subieron un martes por la noche y
le cortaron la cabeza a un sobrino dizque porque era guerrillero.
Después volvieron al jueves y fusilaron a tres pelados,
entre ellos el hijo de una comadre. Mi hijo, que es celador
en una urbanización en El Poblado, dejó de subir
a la casa a dormir de puro susto y comenzó a quedarse
donde un compañero en Robledo. Yo me cansé de
oír balazos, gritos de auxilio y de estar sola. Mi
casa la dejé cerrada con candados pero una vecina me
llamó a contarme que ya la abrieron y que la ocuparon".
Noelia, del barrio Fuente Clara.
"Un día vino un grupo preguntando por mi marido,
que era de la acción comunal, y lo acusaron de ser
un líder cívico al servicio del Eln. Como no
estaba, le dejaron dicho que no lo querían volver a
ver por ahí porque le iban a cortar la lengua y los
testículos. Antes de irse, los tipos rayaron las paredes
y las ventanas de la casa. Yo lo llamé al trabajo y
le dije que no subiera. Mi papá y un tío me
ayudaron a empacar ese tarde y cuando el trasteo ya estaba
listo, los paras volvieron y me dijeron que si había
decidido irme, que les dejara las llaves de la casa, que ellos
la necesitaban. Tenían armas y capuchas, ¿quién
les dice que no?".
Marina, del barrio Popular.
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