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Guerra en la ciudad
Civiles, en especial niños, llevan la peor parte en
guerra urbana creciente.
Como
en el campo, en muchos barrios hay control a alimentos y transporte.
En
Occidente y Nororiente guerrilla y paramilitares pelean cuadra
a cuadra.
Por
Carlos Alberto
Giraldo M.
Medellín

En las laderas de la zona
oriental las autodefensas intentan cerrar un cerco entre
los barrios Carambolas y Caicedo La Sierra. En la imagen,
uno de los combatientes de esa organización al
margen de la ley. Foto Donaldo Zuluaga
|
A las nueve horas de la mañana brumosa de este viernes
26 de abril, un comando paramilitar incursionó en las
calles de Santo Domingo Savio y se llevó a dos hombres
y una mujer. Algunos milicianos del Eln, vestidos de civil,
patrullan el sector alertados por el ataque. En sus rostros
se notan malestar y desconcierto.
"La guerra está encendida. Cada vez hay más
presión, más intensidad y más brutalidad.
El año pasado le cortaron la cabeza con un hacha a
un pelado que no tenía nada qué ver en esto
y se la mandaron a la casa. Era Día de la Madre. Si
ellos van con todo, a la gente, aquí, también
le toca responder con todo", narra un joven que confirma
que la cita, para hablar del tema, está cancelada por
razones de fuerza mayor.
El fragor de los enfrentamientos se descubre en los avances
y retrocesos de las fuerzas armadas ilegales, calle a calle.
Hace sólo tres meses había presencia paramilitar
en un sector de este vecindario conocido como La 29, en el
cruce con la calle 107B. Los embates de los milicianos de
izquierda los obligaron a replegarse. "Hubo muchos muertos".
Pero los "paras" siguen muy cerca, a sólo
doce cuadras, en la entrada al barrio San Pablo, en la carrera
34 con la calle 97. Allí hay retenes casi a diario
para investigar quién se transporta en los buses, en
los colectivos, en los taxis. También para cuidar que
nada viaje oculto en las cajuelas de los autos o en las cinturas
y los morrales de los pasajeros. Un grafiti, pintado en la
pared de una tienda del lugar, advierte esa presencia: "ACU
llegamos". Tantos ojos que vigilan, tantas preguntas
inquisidoras, tantos rayones en las paredes con lemas de guerra,
tantos jóvenes que patrullan en esta parte del nororiente
de Medellín, pero también en el occidente, revelan
que ese ambiente caldeado del campo, con ejércitos
irregulares que chocan y ponen a los civiles en medio del
fuego cruzado, ahora está aquí, en la ciudad.

Los niños están
llevando la peor parte con el uso de armamento pesado,
en especial de fusiles. Esta menor fue alcanzada en su
brazo por un disparo de un francotirador. Foto Donaldo
Zuluaga. |
¡Quién dijo miedo!
Dora* veía a Pedro El Escamoso, la novela de televisión,
mientras aguardaba que su marido y su hermano terminaran de
comer los frijoles con arroz que les acababa de servir. Todo
estaba en calma cuando sonó el primer disparo. Salió
al balcón y vio a varios policías al trote.
Subían por la calle estrecha de enfrente de su casa
en busca de milicianos. "Ahora la ley viene
por aquí y lo saca, pero es prendido".
La mujer entró de nuevo a la sala de su casa, que
también es comedor y dormitorio. No pudo tirarse al
piso porque sus dos parientes ya ocupaban el espacio libre.
"Fui a meterme detrás de la nevera, nada. Luego
al baño, no me hallaba del susto". De pronto,
algo pegó, en seco, contra uno de los costados del
refrigerador. Los hombres, aún bocabajo, alcanzaron
la pieza caliente y humeante. Era un tiro de fusil.
Unas cuadras arriba Willington, un menor de 17 años,
había caído herido de muerte sobre la placa
deportiva de cemento del barrio La Independencia #2. Otros
muchachos intentaban evacuar al herido, moribundo, pero la
balacera no daba tregua. "Ese día también
hirieron a Ángela, una vecina", recuerda la dama.
Varios habitantes de ese vecindario de la Comuna 13 del occidente
de Medellín sostienen que en ocasiones la Policía
ha hecho asaltos de imprevisto, apoyada con tanquetas y fuego
de fusilería. También denuncian que en un sitio
llamado La Torre (una estructura de la red de energía)
toman posiciones varios fancotiradores que, por momentos,
han disparado indiscriminadamente.
En varias viviendas del sector hay huellas de los disparos
en los techos y en las paredes. En la Guardería Carrusel,
que funciona en una casa prefabricada que cuelga de una de
las laderas de esta parte de Medellín, hay un orificio
quince centímetros abajo del marco de aluminio de una
ventana con vista a La Torre.
Cuatro mujeres que cuidan a los catorce niños que
reciben atención en la vivienda dicen que hace tres
semanas, a las dos de la tarde, el balazo perforó la
pared, delgada y débil. "Los niños todavía
estaban aquí. No sabemos cómo el tiro no mató
a ninguno. Recogimos el plomo aplastado y lo botamos, porque
después dicen que somos guerrilleras".
Apenas a cuatro y ocho metros del jardín infantil,
otras dos viviendas están agujereadas: una en el contador
de energía y la otra en el tejado. En la segunda, la
bala pasó una cortina y se clavó en un envase
de lata que estaba en la nevera, lleno de chocolate. Una mujer
enseña el boquete en el tarro y la puerta del refigerador
parchada con masilla.
A una menor de diez años, una bala de fusil le partió
los huesos de su antebrazo izquierdo y luego se le metió
en el abdomen. Recibió atención de urgencia
en la Unidad Intermedia de San Javier y después en
el Pabellón Infantil del Hospital San Vicente de Paúl.
La dieron de alta el miércoles pasado.
"Había salido con mi tía a comprar unas
pastillas para mi papito (abuelito) y al doblar la esquina
me dieron. No sé por qué. Cuando vi la sangre
me puse a llorar. Me llevaron en una moto. Me sacaron la bala
estripada de la barriga".
Un francotirador la alcanzó desde una colina del barrio
Corazón. "No pueden ver jóvenes reunidos
aquí porque abren fuego", agrega una familiar
de la menor, que ahora, por miedo, prefiere no salir a la
calle.
En jaque
Después de subir un millar de escalas desde la placa
polideportiva de La Independencia #2 hasta el filo de la loma,
se descubre una veintena de casas desocupadas.
Allí, en la calle 34B con la carrera 111, es notoria
la huida de los vecinos por miedo a las balaceras. "Cacorros,
afeminados, pirovos", les dicen a los milicianos en un
grafiti pintado en una vivienda abandonada. En otro muro se
lee: "Cap (Comandos Armados del Pueblo) morirán".
Una caseta que había debajo de La Torre ha sido destruida.
Nadie sale, nadie se asoma. De pronto aparecen seis policías
que se escondían en una de las propiedades abandonadas.
Están tensos, con sus fusiles y sus binoculares en
las manos. "La orden de mi general es estar aquí".
El agente al mando sostiene que su tarea es evitar que los
insurgentes maten y cobren vacunas. También intenta
ubicar, según dice, a francotiradores de la guerrilla
apostados en otros puntos de la ladera, pero no disparar contra
los civiles. "Incluso, los milicianos se nos han metido
hasta aquí a lanzarnos petardos".
En febrero mataron al teniente Casas, subcomandante del Cuerpo
de Reacción Antiterrorista de la Policía Metropolitana,
Coran. Ese día una patrulla del CTI de la Fiscalía
había sido emboscada por milicianos en el sector de
San Michel, en San Javier, al otro lado del cañón
que forman los barrios de la Comuna 13, que vistos desde La
Torre parecen un tablero de ajedrez hecho con ladrillos desnudos.
El oficial tomó los binóculos para inspeccionar
el área, pero un tiro certero de carabina le pegó
abajo del ojo y le atravesó la cabeza. Sólo
se escuchó, en una fracción de segundos, un
golpe suave, como el de una moneda en un pedazo de madera.
"Mi teniente se desplomó".
En el laberinto
La guerra urbana se desarrolla en un territorio repleto de
callecitas, pasadizos, callejones, cañadas, escalinatas
y ranchos que forman un laberinto, una maraña de caminos
trazada por la sucesión inestable e impredecible de
las invasiones de miles de pobladores llegados del campo y
de otras barriadas de Medellín, expulsados por la violencia
o empujados por la necesidad.
Uno de los más recientes, empinados y distantes asentamientos
está en la zona nororiental. Allí, los ranchos
de madera apenas toman forma. Unos cuantos ostentan cuerpos
de ladrillo y pisos de cemento. Un grupo de seis policías,
en tres motos, intenta subir por la loma de barro rojizo,
ablandado por el invierno y las aguas negras que se escurren
desde las casuchas más altas.
En algunos lotes la gente siembra café y plátano.
Es un mundo a mitad de camino entre el campo, que se ve metros
arriba, en lo alto de la montaña, y la ciudad, que
se descubre a lo lejos, humeante y dura, igual que las paredes
y las calles que cubren la barriga que se forma al centro
del valle.
"Allá abajo el Gobierno ignora nuestra situación:
epidemias, plagas, diarreas, desnutrición. Es infrahumano
como se vive aquí. Este vecindario es tranquilo, pero
en otros aledaños como Bello Oriente y La Cruz se dan
bloqueos al transporte, a los alimentos.
"Hay registros, casa por casa. A veces el Ejército
y la Policía entran con encapuchados o patrullan de
civil", relata un grupo de líderes comunitarios.
Ellos dicen estar al margen de los actores armados. Pero la
guerra acosa y por todos los lados las intimidaciones y las
agresiones se extienden como una epidemia.
Un informe de un colectivo de Derechos Humanos, que se titula
Medellín-Colombia, la Otra Palestina, observa que los
pobladores más pobres, después de construir
sus tugurios con cartón y plástico, y un poco
de madera, "se encuentran en una ciudad de gobernantes
que nos los quieren porque la afean y, por consiguiente, se
les estigmatiza de ser milicianos y guerrilleros".
Hoy Carambolas, un barrio de la Zona Nororiental, es un ejemplo
y es también centro de la disputa entre comandos de
las autodefensas del Bloque Metro, los organismos de seguridad
oficiales y las milicias de las Farc y del Eln. "Esa
es tierra de candela. Más de diez familias se han ido.
Estamos tensos porque a los líderes nos ponen en la
mira".
En ese barrio, que suena a tacada de billar, operaban los
Núcleos Revolucionarios 6 y 7, absorbidos desde enero
por las Autodefensas de Córdoba y Urabá. "Llegaron
los paracos y les ofrecieron plata y, como se dice popularmente,
se torcieron".
Un joven que conoce la situación de la Zona Nororiental
explica que unos 20 militantes que había allí
están armados ahora con fusiles. "Lo que pasa
es que cogieron a 26 manes, que eran de la comandancia de
los 6 y 7 y quedaron desmantelados. Los infiltraron y un día,
en una operación simultánea, cayeron casi todos.
"Al calor y al miedo de ese golpe, además de
agobiados por el desempleo, los otros pelados se plegaron
a los paras ".
En los últimos días las mujeres adultas, cabeza
de hogar, sufren el drama del reclutamiento de sus muchachos.
"Hay una sentencia: las familias meten a sus hijos a
la guerra o se van del sector. Es una cuota humana. ¿Para
qué? Los vuelven matones a sueldo, los engañan
con plata y lo más seguro es que no los volvemos a
ver", reflexiona una madre y líder de esa ladera.
"Bajo el velo de la impunidad" se adentra en los
barrios "la figura del control paramilitar; miles de
jóvenes son obligados a participar en la red que se
viene construyendo", denuncia al respecto un documento
de defensores de Derechos Humanos.
"Aquí estamos"
Nuestra guía se despista entre el montón de
escalas y pasadizos. Ahora tomamos un recodo estrecho y desembocamos
a un cruce de calles más amplias donde cuatro muchachos
y una mujer nos observan. Pronto indagan por el sentido de
la visita. Son miembros de las Milicias Bolivarianas de las
Farc.
Recelosos consultan con un superior y nos solicitan que esperemos.
Poco a poco baja la tensión y aparece un hombre de
aspecto fornido, joven, con su rostro cubierto por una camiseta.
Dice que debemos esperar una hora, hasta que llegue "otro
mando". Puntual, al mediodía, aparece el combatiente
autorizado para hablar.
"Lo que está pasando en estos barrios se debe
a un conflicto que se viene generalizando en el país.
Paramilitares y guerrilla enfrentan una lucha que, en parte,
se decide" allí. El hombre habla pausado. Sólo
se ven sus ojos, hundidos en la sombra que forma su capucha
improvisada.
Dice que no hay interés en atacar a nadie, salvo a
la Policía y al Ejército, "si es del caso".
La actitud es defensiva, aclara.
"No sólo hay heridos, hay muertos. Hay niños
asesinados ante la intensidad de lo que ocurre. ¿Qué
medidas tomamos? La gente sabe que no debe salir cuando haya
enfrentamientos, cuando suenen tiros. Hay un conflicto entre
ellos y nosotros, los que tenemos las armas. La comunidad
no tiene nada que ver, muchos no saben ni quiénes somos,
pero los organismos de seguridad dicen que tienen que saber".
Un integrante de los Comandos Armados del Pueblo, Cap, se
une al diálogo. Ambos coinciden en que la gente no
tiene por qué poner los muertos. "Uno, como guerrero,
como combatiente, le parece duro".
Sentados sobre una escalas que dan entrada a una vivienda,
los encapuchados advierten que en el sector las Farc, el Eln
y los Cap están unidos "contra la agresión
estatal". Los combates cada vez son más duros,
según relatan: "el sábado (20 de abril)
apareció un helicóptero y rafaguió. Pero
no sabían cuál era su objetivo. Por fortuna,
la comunidad no resultó afectada".
Ocultos tras un camión viejo, los milicianos señalan
una colina en la cual se ubican francotiradores enemigos.
Al tiempo, aceptan que el conflicto se está "urbanizando"
y que "en los campos sólo quedarán los
pájaros y los micos".
"Esto se prolongará hasta que el Estado tome
conciencia. En el momento tenemos focos (presencia) por todos
lados". Aseveran, antes de terminar el diálogo
y perderse por un callejón, que los organismos de seguridad
no "nos verán arrodillados".
En aquel alto
La vía llega a su final, muy arriba, sobre la margen
norte de la quebrada Santa Elena. Es de mañana y en
la última parada de los buses y colectivos, y en una
vía que estrecha su garganta hasta cerrarse, un grupo
de tres jóvenes del Bloque Metro de las Autodefensas
requisan a los pasajeros de los automotores.
José, un moreno delgado que llegó a Medellín
desde Acandí, Chocó, luego que a su padre lo
mataran las Farc, relata que un grupo de hombres uniformados
de militares y policías entró al barrio en un
camión. "Nos confiamos de que era la ley, ¡pero
qué va, hermano, eran guerrilleros! ¡Hijueputa,
por poco nos encienden! Pero así es esto".
Señala la cara sur del Cerro Pan de Azúcar,
en una actitud de expedicionario y de campaña, y advierte
que esta noche planea meterse a un vecindario que está
del otro lado. Se llama Mano de Dios. Con su acento urabaense,
algo risueño, dice que allá le tienen "algo
guardado".
A su mando está un grupo de unos 40 muchachos, algunos
de ellos ex miembros de las milicias 6 y 7 de Noviembre, que
controlaron el vecindario a principios y mediados de los noventa,
y después, tras un proceso de desmovilización,
decidieron volver a echar mano de los fierros que les ofrecieron
sus antiguos enemigos: "los paras".
En una descripción del terreno, José cuenta
que por los pinares que se avistan más arriba de la
vieja carretera a Santa Elena, a veces se descuelgan "comisiones"
del frente Carlos Alirio Buitrago del Eln. Señala un
pequeño barrio, el 8 de Marzo, ubicado al otro lado
de la hondonada, y dice que sólo le falta ese pedazo
para tener el control de la zona. "Brisas de Oriente,
que está al lado, ya es de nosotros".
Sostiene que las milicias que antes estaban en los territorios
que hoy controla el Bloque Metro de las Autodefensas atropellaban
a la gente. Había asesinatos, atracos y robos. Una
pregunta obligada: "¿y ustedes acaso no hacen
lo mismo?".
Él responde que se "ajusticia" sólo
a quien ha pasado todos los límites y que no hay "vacunas"
(extorsiones). Sólo "se percibe una platica"
de una empresa de transportes del sector. "Del Estado
Mayor recibimos un mercado por mes" y una modesta "mensualidad".
Los muchachos reciben adoctrinamiento y aprenden maniobras
militares en la Escuela Corazón del Bloque Metro de
las Autodefensas, controlada por "Rodrigo", un hombre
de unos 35 años, a quien los jóvenes llaman,
imperturbables y firmes, "mi comando". Allí
se echan unos tiritos en un despoblado y aprenden a manejar
fusiles.
Ahora esos mismos chicos suben por unas escalas de tierra
del vecindario mientras que una mujer desplazada del municipio
de Ciudad Bolívar los ve pasar. Está en su rancho,
con piso de barro. Le pregunto qué piensa al ver a
esos jóvenes armados: "la cosa está tranquila,
lo malo es tanta pobreza". Su esposo no consigue trabajo
porque sólo sabe sembrar.
Moros y Cristianos
Al otro lado de la ciudad, en el Occidente, también
de mañana, tres jóvenes milicianos del Eln,
en cuclillas, cuentan balas de fusil que sacan de una bolsa
plástica, mientras que por sus radios les dicen a otros
compañeros, ubicados en lugares estratégicos
para combatir con los francotiradores de La Torre, que "hagan
otros dos tiros a ver cómo se pone la cosa".
Al caer la noche, sobre la vía principal de acceso
al barrio, los milicianos cruzan una cadena de acero, de un
poste de la energía a otro, y la unen con un candado.
En adelante, ningún carro puede pasar. En el día,
en un paredón se lee la advertencia de que el avance
a los extraños es restringido: "prohibido el paso
de taxis y particulares ELN".
Un muchacho del sector aparece con una bolsa llena de camisetas
y piyamas perforadas por balas. "¡Mire, mire, hermano!
Los organismos de seguridad entran a golpear, a amenazar y
a disparar. Entonces, si puedo, si tengo con qué, les
hago un tiro y me bajo al que sea".
Esas palabras, cargadas de resentimiento, se suman a las
de José, a las del Policía de La Torre, a las
de los milicianos de las Farc y de los Cap y a las de la gente
que sufre en esas calles empinadas. Se revuelven con la letra
de una canción de salsa que ahora suena en un parlante
en la esquina y que es un mensaje para la gente de Medellín,
que parece no enterarse de lo que pasa: "¡en guerra
nadie gana/ en guerra todos perdimos igual!".
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