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"Nuestro método no es el pedagógico sino el del temor"

Durante este año han asesinado a cinco maestros en Medellín.
De los 418 amenazados en Antioquia, 174 son del municipio.
La violencia ha ocasionado que los educadores cambien rutinas.


Por
Paola A. Cardona Tobón
Medellín

Hace poco más de un mes, Odila* se sentó a observar una de las imágenes que marcaron su carrera como educadora. Había un círculo, lleno de pequeños ruidosos, jugaban a que eran encapuchados y a que luchaban con armas que, algunos, en realidad tenían en sus mochilas.
Esta escena ya normal y hasta cotidiana en muchas instituciones, fue la que terminó por llenarla más de rabia, temor e impotencia. No quería seguir educando niños para que, aunque ella no quisiera, terminaran en el conflicto como protagonistas o víctimas.

Decidió salir del plantel ubicado en Belencito. Solloza mientras cuenta su historia y repite una y otra vez que no se publique su nombre. Apenas se distinguía su respiración agitada y se podía entrever un rostro desconcertado, que no es posible describir con certeza, porque quiso, como muchos, que la entrevista fuera telefónica. Iba a completar su primer año en medio de una comunidad educativa que la acogió por su calidez y buen trabajo. Dice que era un colegio lleno de profesores comprometidos, de esos a los que se les olvida la hora de irse y con las agallas para soportar las balaceras y poner su cuerpo para cubrir a los niños.

"Los alumnos llegaban a la escuela, después de sortear las dificultades del camino, a veces en medio de las balas. Después, no podíamos exigirles atención y concentración en las clases".

Sin tregua
Tenía muchos niños enfermos sicológicamente. Estaban nerviosos y temerosos de la muerte. "A veces salía a la cocina e iba a prepararles agua aromática y por el camino me expresaban que les habían prometido a sus mamás ir al colegio pero que les daba miedo, que el patio era tan inmenso que se sentían inseguros".

Pero algunos de sus alumnos no eran sólo espectadores de la confrontación. Varias veces encontraron balas en las pertenencias de los niños, "porque ellos mismos son hijos de miembros de los grupos armados". Mientras estuvo allí, unos 150 pequeños salieron de la escuela porque sus familias se iban por las amenazas o cansados de tanta violencia.

"Nos tocó ver muchos muertos. Usted llega allá y le cuentan, pero vivirlo es terrible. Le doy gracias a Dios que fui, hice lo que tenía que hacer y estoy viva".
Según la Asociación de Institutores de Antioquia (Adida) durante este año han asesinado cinco profesores en la ciudad, el último de ellos el lunes pasado, perteneciente al Liceo Santa Rosa de Lima, y unos 42 han sido amenazados.

Esfuerzos por educar
Dos años y tres meses. Eso fue lo que permaneció Lucía* como educadora de una institución de Robledo, parte alta. Cuando llegó a su nueva escuela encontró malas referencias pero decidió arriesgarse y tratar de acomodarse.

Recuerda que un día al principio de este año al entrar a la escuela encontraron las chapas de las oficinas dañadas, salones abiertos, ventanas quebradas con esquirlas de vidrio en el piso y sangre en el corredor. Un grupo armado había utilizado el colegio como escenario para librar un enfrentamiento.

Al otro día, volvieron a las clases, pero "unos encapuchados se pararon cerca de la ventana en la calle. Se oyeron unos disparos y nosotros nos tiramos al piso, porque por allá hay que vivir en el piso". El jueves siguiente a la incursión en la escuela, una vez finalizado el descanso, se escuchó una fuerte explosión en la parte de atrás. Según los alumnos era una "papa" bomba y, luego, intercambios de disparos dentro en las instalaciones. "Parecía el fin del mundo".

Así, con la situación más tensa que de costumbre, Laura se aguantó un mes más. Un día, al bajarse del bus, se encontró con dos cadáveres, "sin embargo, iniciamos clases, muy intranquilos, pero a las 8:00 a.m. los alumnos nos dijeron: profe que manden a la gente para la casa que ya estaban para llegar a realizar el levantamiento y que ahora sí se iba a prender el barrio".

Desocuparon la escuela. "Toda esa semana trabajamos no con un método pedagógico sino con el método del temor porque esperábamos lo peor. Todos estos días la escuela estuvo rodeada de grupos armados, porque éramos el sitio para las confrontaciones".
Decidió retirarse cuando llegó un ultimátum: Si ellos atacan tendremos que responder, decían y "la escuela será la primera en sufrir las consecuencias". Ese día ya no lo pensó más y se fue.

Se hace lo que se puede
Campañas de valores, convivencia y diálogo, es lo que los maestros pueden ofrecerle a sus estudiantes como una salida, pero como dice Lucía, en casi todos los salones había niños de las milicias, "los llaman carritos. Por evitar problemas nos dejábamos decir de todo porque nos daba miedo decir algo".

Antes de llegar a la dirección de una de las instituciones de la comuna Uno, a Jorge* le contaron que habían nombrado tres educadores que no aceptaron. Cuando uno de ellos llamó al colegio para reportarse el vigilante le dijo que se comunicara más tarde porque estaban en medio de una balacera.

Aún sabiendo esto asumió el reto. Durante más de 20 años ha sido testigo de la situación de la zona, que ha alejado a unos 1.300 niños de las aulas. Continuamente hacen campañas para reiterar que son territorios de paz, "pero la violencia no respeta si es niño o estudiante".

Los conflictos de su institución no se generan por problemas internos, pero los muchachos están influenciados por el ambiente. La concentración se ve afectada.
Cuenta que cuando están en clase y suena algún intercambio de disparos se preocupan por sus familias y la única línea que tienen se congestiona porque todos quieren llamar para averiguar por su gente.

Entre los profesores tiene cuatro que han tenido que consultar a sicólogos y están con medicamentos. "En los estudiantes esa agresividad que sienten en su barrio, la transmiten en la misma institución y se identifican como un brazo del pulpo: yo pertenezco a esta parte o a la otra".

En el actual contexto, los maestros son psicólogos, padres, médicos y hasta protectores y héroes. Muchos sacan fuerzas para estirar sus brazos y cubrir a la mayor cantidad de niños que puedan para salvaguardarlos de las balas. A sus 29 años en la docencia, Odila nunca pasó por una situación como la que vivió en Belencito. Dice que no importa si se es un maestro recién graduado o uno con experiencia. El sentimiento de angustia es el mismo.

A veces toca contraer el corazón, afirma, para hablar de la vida, del futuro y de la esperanza, cuando al finalizar la clase hay un muerto tirado a unos metros de los salones. "Nunca pensé que lo diría pero de lo único que estoy segura es de que no quiero volver. Estar allí es convivir con la muerte, tenerla demasiado cerca".

* Nombres ficticios a petición de las fuentes.

Opinión Especial
"Hay que buscar alternativas"

Por
Celina Calderón
Coordinadora de movimientos infantiles y juveniles de Fe y Alegría.

"Tenemos instituciones donde hay un alto índice de violencia como en Santo Domingo, Popular 1 y 2, Granizal, El Playón, Aures, Moravia y hacia el sur en El Limonar. Los proyectos que hacemos especialmente desde el trabajo con jóvenes por fuera de la academia, desde la regional, va muy encaminado hacia la prevención y promoción, porque no tenemos los medios de ir más allá.

Prevención en presentarles otras posibilidades de vida, alternativas para utilizar su tiempo libre y para ello trabajamos en la consolidación de grupos juveniles, alrededor de prácticas como el arte, la cultura, el deporte, la ecología. Se tiene el proyecto para la participación y la democracia, que es el trabajo que se cumple con consejos estudiantiles, personeros y demás, y se tiene un proyecto de escuela de líderes juveniles comunitarios. Pensamos que esa es una de las formas de prevenir y promocionar las aptitudes y capacidades de nuestros muchachos.

Una de las grandes dificultades y que puede ser un detonante de la violencia en los barrios es la falta de oportunidades. Un muchacho termina un bachillerato, ¿y? Si la familia no tiene cómo pagarle un estudio complementario o si no cuenta con buena suerte y consigue un empleo, se queda en la casa en el mejor de los casos. En los que no, llega al "parche" de la esquina. Hemos tenido muchos estudiantes que han sido víctimas de la violencia o que han sido victimarios. Que se han tenido que salir, cancelar matrículas. Es una realidad".

Costos y cifras
Maestros asesinados

La Asociación de Institutores de Antioquia (Adida) presentó hace algunos días el informe de violación de derechos humanos hacia el magisterio:

De los 201 educadores del departamento asesinados entre 1987 y 2002, 45 fueron muertos en Medellín.
Este año, la cifra de muertes se elevó a cinco, con el homicidio de un delegado de Adida, y profesor del Liceo Santa Rosa de Lima.
En los últimos años, el de mayor índice de muertes fue 1991, con siete, seguido por 1996 con seis y 2000 con igual cifra.
Entre 2000 y 2002, de los 418 maestros amenazados, 174 han sido en Medellín.


Violencia transformó las prácticas escolares

Medellín
"Allá no se puede dar perdido un año". Así lo afirma Rosa*, una maestra del sector de Granizal, que salió de su institución ante la falta de garantías para ejercer la profesión.
La deserción era de un 50%. Durante varios años programaron las actividades anuales sólo hasta septiembre, pues sabían que en los últimos meses las cosas se agudizaban en el sector y no sabían qué podía pasar.

Debieron acoplar sus prácticas pedagógicas a la realidad del entorno y a la actitud de sus alumnos. "Muchos de esos pelados no están sino por guardar un puesto. No les podemos llamar la atención, porque incluso las niñas son compañeras de los de bandas".

Los profesores seguían buscando que los jóvenes investigaran en otros lugares, pero la limitante era que no podían movilizarse con libertad por las calles del barrio. A pesar de la complejidad, los educadores se las ingenian para llevar conocimientos y crear proyectos de aula que motiven a los estudiantes. Están conscientes de que la agresividad que manifiestan es producto del ambiente familiar y social, que llegan con hambre a las instituciones y que se les hace más difícil poner atención.

Para Jorge Muriel, rector del Colegio La Candelaria, lo importante es darles participación a todos los miembros de la comunidad educativa. "Venimos planteando proyectos de convivencia. Hay uno de prevención temprana de la agresividad y acompañados también por la Universidad de Antioquia, hicimos un foro para mirar políticas de acción para buscar el mejoramiento". Quieren cambiar la agresividad por otras estrategias como campeonatos deportivos. Para mejorar el ambiente en la institución modificaron metodologías de trabajo, estructura curricular, administrativa y de participación.

Qué se hace
El departamento cuenta con un comité de amenazados. Allí les brindan un apoyo y les buscan alternativas para el traslado, aunque de acuerdo con Elkin Ramírez, abogado asesor de derechos humanos de la Asociación de Institutores de Antioquia (Adida), dada la magnitud de los hechos, esta iniciativa se queda corta.

Comenta que el proceso pedagógico y de enseñanza se ha visto seriamente afectado con el problema de violencia que se vive en los barrios de la ciudad. "En algunos establecimientos, los educadores prácticamente se han dedicado a desarrollar proyectos de convivencia y de armonía que permitan que las relaciones entre estudiantes y docentes se desarrollen en términos más o menos pacíficos. Lo que implica que el proyecto de desarrollo pedagógico y educativo que se debe dar, a veces quede atrasado".

En noviembre del año pasado, la mesa de trabajo por la Paz en Bellavista presentó una carta en la que rechaza "todo tipo de hechos que atenten contra el derecho constitucional de la educación, como los robos y saqueo a los instrumentos de trabajo de los planteles educativos, el chantaje, la extorsión, el boleteo y los atentados contra estudiantes, educadores, directivos escolares y comunidad educativa".
Reconocieron que todos las escuelas son espacios sociales de paz y convocaron a los actores del conflicto social en Medellín a acoger su declaración. Sin embargo, la violencia continúa.

Adida denuncia que la situación se agudizó en las comunas 12 y 13 a las cuales están adscritos unos 30 planteles. En las zonas 9, 7 y 1 hay denuncias en barrios como Villa Liliana, San Antonio, Villatina, Villa Turbay, La Sierra, Juan Pablo II, Santa Lucía, Las Estancias, Robledo, Vallejuelos, Blanquizal, Las Margaritas, entre otros. Enrique Batista, secretario de Educación y Cultura de Medellín, expresa que se han adelantado acciones como "nuevas y continuas conversaciones con la mesa de paz de Bellavista y con otras personas de los grupos en conflicto, frente al cual insistimos en la necesidad de proteger a los niños y jóvenes, sus maestros y directivos".

Adelantan reuniones con las comunidades educativas afectadas, preparan un video sobre valores que circulará en los barrios; los planteles públicos y privados izarán la bandera del derecho internacional humanitario; y, en convenio con Metrosalud, diseñarán una estrategia para apoyar las personas y organizaciones que están sufriendo como consecuencia del conflicto. El futuro de las escuelas que están en medio del conflicto es muy incierto, afirma Rosa. Ella lo ve así, pues alega que por más que les ayuden a esos muchachos, están resentidos socialmente. "Su rebeldía es porque viven con el hambre, la violencia, el desempleo. Nuestra táctica es hablarles o callar cuando la cosa se pone maluca".

 


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