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La Iglesia no es neutral,
le apuesta a la vida
Es la institución con más credibilidad y respeto
en barrios de conflicto.
Ha trabajado más de diez años en proyectos de
reconciliación de la ciudad.
Sacerdotes apoyan a las comunidades y dialogan con los grupos
armados.
Por
Carlos Olimpo
Restrepo S.
Medellín

El trabajo de la Iglesia
en los sectores conflictivos de la ciudad no se queda
sólo en la predicación del Evangelio, sino
que busca inculcar entre los habitantes la práctica
constante de los principios cristianos para vivir en paz.
Un ejemplo de ello fue el Vía Crucis con los niños
de Belencito, la pasada Semana Santa, donde los pequeños
marcharon en repudio a la violencia. Foto Archivo, Henry
Agudelo. |
"En esta guerra, la Iglesia no es neutral, tiene una
posición: defender por encima de todo la vida, la convivencia
pacífica y la reconciliación".
Las palabras son de Francisco Leudo, uno de los sacerdotes
que tiene más claro el panorama sobre la situación
de violencia en Medellín e impulsor del Centro Arquidiocesano
para la Reconciliación, entidad que aglutina a personas
expertas de la Iglesia Católica que buscan alternativas
para salir del conflicto.
La llegada del sacerdote franciscano a este organismo no
es gratuita. En 1996 fue designado vicario parroquial en el
barrio Caicedo, al Oriente de Medellín. "Mi primera
impresión fue muy dura. Celebraba una misa a las 11:00
de la mañana cuando se armó una balacera afuera.
La gente estaba tranquila, sabía qué hacer,
pero yo no".
A partir de ese momento empezó a trabajar por los
jóvenes y los niños de ese y otros barrios cercanos,
se acercó a las bandas del sector y un día logró
reunir a representantes de seis de ellas en un mismo lugar.
"Fue el día más tensionante de mi vida,
pero a partir de ahí aprendí muchas cosas de
los muchachos que están en estos grupos".
La experiencia adquirida allí le sirvió para
convertirse, junto con otros sacerdotes, en uno de los abanderados
de la lucha contra la muerte cotidiana de jóvenes en
una guerra sin cuartel, que se libra en las calles de algunos
de los barrios más habitados de la ciudad.
A comienzos de los 90, cuando las bandas creadas por el narcotráfico
empiezan a ser desplazadas y combatidas por las nacientes
milicias, la Arquidiócesis de Medellín creó
la Pastoral de Transformación del Conflicto. "Comienza
a buscarse el desarme, la conciliación, para que la
gente supere el conflicto. Esto se da en el barrio París
y en la comuna 8 (Villa Hermosa) con procesos jalonados por
la Iglesia, lo cual le generó algunos ataques, algunas
críticas, por su posición de opción por
la vida", recuerda el padre Leudo.
Tras una solución
En este contexto, surgen en 1995 los procesos de reconciliación,
en los que sacerdotes y obispos cumplen un papel fundamental,
como mediadores. "La Iglesia es la institución
que más credibilidad tiene en los barrios, porque el
sacerdote da un trato por igual a todos los habitantes, sean
trabajadores, amas de casa, guerrilleros o policías",
sostiene el sacerdote.
En 1998, monseñor Darío Monsalve impulsa la
creación del Movimiento No Matarás, el cual
empieza a generar una cultura de la vida entre los jóvenes
que hacen parte de grupos armados o que pueden ser reclutados
por ellos. En 1999, Monsalve propone el Programa Arquidiocesano
de Reconciliación (PARE) que hace un acompañamiento
a los sacerdotes y las personas de los barrios con problemas.
"Aquí no hay un acompañamiento a las víctimas
de la violencia, no se elabora el duelo y eso hace que muchas
de las víctimas se conviertan en victimarios, porque
se alimenta la venganza, por eso surge el PARE", asegura
Francisco Leudo.
El PARE también contribuyó al nacimiento de
las Mesas Barriales de Paz concebidas para que en ellas participe
la gente del barrio, representantes de las juntas de acción
comunal, de los organismos de deporte, de la educación,
de la Iglesia o de cualquier credo que exista allí
y voceros o delegados de los armados, entre otros.
"Se supone que en la mesa barrial no hay protagonismos,
se trata de poner allí toda la experiencia de la comunidad,
para que ella misma encuentre la solución más
adecuada a sus problemas", dice el sacerdote.
Cambia el panorama
Para el 2001, los grupos de milicias y de autodefensas habían
tomado el control, a sangre y fuego, de algunos barrios dominados
por bandas, en otros, mantenían su autonomía
o trabajaban para esas organizaciones.
"Aunque parezca horrible, creo que Medellín no
se ha complicado más por los mismos combos, muchos
de los jóvenes que están en ellos se niegan
a hacer parte de los actores armados del conflicto por su
sentido de pertenencia barrial y eso ha frenado en parte la
extensión de la guerra", asegura el padre Leudo.
Ese año fue creado el Centro Arquidiocesano para la
Reconciliación, "que es el espacio de la Iglesia
desde donde se acompaña, media, previene y se crean
alternativas para enfrentar y superar el problema", dice
el sacerdote.
"El perfil del delincuente cambió, hay una trenza
de lo ilegal con gente de lo aparentemente legal, los sectores
político y económico entraron al conflicto y
son manejados en los barrios por los líderes de los
grupos", explica el padre Leudo. "Este gran batido
genera muchas confusiones dentro y fuera de los barrios y
hace que el conflicto se salga de control, hay demasiados
intereses para mantener la ciudad en conflicto, es un modus
vivendi que incluso confunde a los actores armados y personas
relacionadas con cualquier problema en la ciudad", asegura,
al indicar la razón de ser del Centro Arquidiocesano
para la Reconciliación.
"Hay que recuperar las identidades, los roles de cada
sector. Tenemos que respetarnos las diferencias, no señalarnos
los errores, recuperar el valor de la palabra, para que los
pactos alcanzados no se diluyan, también debemos reconocer
que no hemos acertado en muchas cosas", sugiere el sacerdote
como alternativas para empezar a buscar soluciones serias
y definitivas.
"Y esto debe empezar desde las clases gobernante, política
y económica del país, porque con los ejemplos
que han dado, han contaminado las mentalidades de muchos jóvenes,
que se dejaron llevar por la ambición desmedida, por
el afán de conseguir dinero sin importar cómo,
es un modelo de corrupción que se debe romper",
insiste.
Para esto, el sacerdote Leudo propone "la unidad de
medios, empresarios, Administración, grupos armados,
para concertar soluciones, pero con transparencia, para recuperar
la credibilidad". Agrega que "tenemos que dejar
atrás ese esquema de negociación en el que yo
doy a cambio de algo y buscar una concertación, en
la que todos estemos dispuestos a dar. Sólo así
podremos vivir en una ciudad tranquila".
Opinión especial
Buscamos cambio de vida
Por
Marta González
Trabajadora Social del Programa
No Matarás de la Arquidiócesis de Medellín.
"La filosofía de la Noviolencia es la que impulsa
la Iglesia con los habitantes de los sectores más conflictivos.
Se hace énfasis en los jóvenes, mediante un
trabajo personalizado, en el que buscamos un cambio de actitud
frente a la vida. Tenemos varios métodos para llegar
a los muchachos: en ocasiones se hace con los párrocos
de los barrios, otras mediante líderes o voceros de
la comunidad y a veces recurrimos a personas que están
detenidas para establecer un primer contacto.
Lo que tratamos de hacer es construir entre todos un proyecto
de vida distinto al que llevan los jóvenes de los grupos
o bandas, no les prometemos nada, simplemente los acompañamos
en la búsqueda de alternativas. Además de las
personas de la Pastoral del Conflicto, también participan
en las reuniones con estas personas otros jóvenes que
estuvieron en grupos armados, que hablan su mismo lenguaje
y que están contagiando de vida a los involucrados
en la guerra. En algunas ocasiones ayudamos a trasladar jóvenes
de su barrio a otros sectores de Medellín, con el fin
de que puedan empezar una nueva vida sin peligros".
Sacerdotes, entre violentos
y búsqueda de reconciliación
La labor que adelantan pretende,
por lo menos, el respeto a los civiles.

Foto Donaldo Zuluaga |
"Esperen un momento, mientras hablo con los muchachos".
El sacerdote se baja del vehículo y se mete por un
callejón paralelo a una quebrada que desciende por
una empinada ladera del Oriente de Medellín. Las pocas
personas que están en la calle lo saludan a medida
que asciende. Al final de la calzada, ingresa a una casa en
obra negra como la mayoría del sector-, cuya
puerta alguna vez fue azul. Cinco minutos después regresa
y dice a sus acompañantes: "no quieren hablar
con la prensa, están muy nerviosos, no confían
en nadie desconocido, porque les han dado muy duro".
El sacerdote, que prefiere mantener su nombre en reserva,
es uno de los tantos ministros de la Iglesia Católica
que adelantan su labor pastoral en los sectores más
conflictivos de Medellín. Al igual que muchos de sus
colegas, aprendió a convivir con quienes empuñan
las armas, sea por razones políticas, sociales, económicas
o por ambición personal. Se ganó su respeto
y hoy es la persona más confiable para ayudar a dirimir
conflictos en su barrio.
Durante el tiempo que lleva en su parroquia, aprendió
que a los integrantes de las bandas y otras organizaciones
armadas hay que llegarles sin desconfianza. "Lo primero
es quitar los estigmas. No se puede pensar que se va a hablar
con un pillo, con un caretrapo (miliciano) o con un paraco.
Se debe sentir que se va a conversar con una persona",
sostiene el sacerdote. "También es importante
conocer y hablar su mismo lenguaje. Uno sale del seminario
sin esta preparación y por eso, al principio, es muy
difícil hacerse entender, no sólo de los muchachos
de los combos, sino de todos los miembros de la comunidad",
agrega.
Con cuatro años de trabajo en un barrio de Medellín
donde convergen bandas, autodefensas y guerrilla urbana, tampoco
duda a la hora de reprocharles a sus integrantes, desde el
púlpito y en persona, el daño que hacen a sus
vecinos. "Algunas señoras se me han acercado a
decirme que me vaya, porque alguno de los jefes se molestó
por lo que dije tal día en la iglesia. Entonces busco
a esa persona, le explico por qué lo dije y se lo reitero
sin pelos en la lengua. Algunas veces se disculpan, otras
se van sin decir nada, pero el mensaje les cala", asegura.
En medio de la guerra
Al Occidente de la ciudad, otro prelado trata de mantener
a su feligresía tranquila. Son las nueve de la mañana
de un domingo y nadie se atreve a salir de la pequeña
capilla. Afuera, dos grupos se enfrentan.
"El año pasado, por los meses de septiembre y
octubre, la Iglesia trató de adelantar diálogos
de paz con estos grupos, pero a raíz del enfrentamiento
de uno de ellos con una patrulla de la Policía, suscitó
que de otro barrio vinieran directamente los paramilitares
y esto incrementó más la violencia", recuerda
un líder comunitario, que desde hace cinco años
ha visto como su barrio se ha transformado drásticamente.
Inicialmente, algunas bandas imponían su ley, luego
llegaron los Comandos Armados del Pueblo (Cap), que se enfrentaron
a las bandas y a la Policía, y hace poco hicieron presencia
las autodefensas.
"El padre habla directamente con los miembros de los
grupos, para mí es muy buen cura, le ha servido mucho
a la parroquia y al barrio, pero creo que estos tipos ya no
le hacen caso", sostiene el hombre, que ve como en medio
de este fuego cruzado, la población civil lleva todas
las de perder. "Aquí se vive con mucha tensión,
la gente se encierra muy temprano por los rumores de que las
milicias o los paramilitares dieron esa orden, nadie puede
estar en la calle después de las diez de la noche y
si alguien lo hace, al otro día lo encuentran muerto
en la calle", observa.
El sacerdote, que pidió reserva de su nombre, dice
que el esporádico patrullaje de la Fuerza Pública
a veces da tranquilidad, pero en la mayoría de las
ocasiones sólo da pie a más enfrentamientos.
"La paz no llega sólo a través de esa presencia
de la fuerza del Estado, llega cuando la comunidad cuenta
con oportunidades de educación, de trabajo. Este es
un barrio marginal y por eso a muchas personas del sector
se les cierran esas puertas", sostiene. [COR]
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