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Jovencitas, bajo encierro
y con los derechos perdidos
En algunos barrios, las jóvenes sufren las consecuencias
del conflicto.
Muchas deben huir dejando a sus familias para protegerse del
acoso.
La tasa de homicidios contra las jovencitas ha crecido en
los últimos años.
Por
Gustavo Ospina Zapata
Meedellín

En los barrios donde se
ha polarizado el conflicto, la degradación y el
irrespeto por los derechos humanos ha llegado a tal extremo,
que incluso las jovencitas perdieron el derecho a vestirse
a la moda. En algunos sitios, lucir ombliguera y descaderado
puede significar la humillación, la tortura y,
en casos extremos, la muerte. Fotos Jaime Pérez
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Cindy Edilma es una niña
y manifiesta un escepticismo total frente a la autoridad legalmente
constituida: "estoy de acuerdo con que haya ley, pero
que la impongan las bandas, porque son del mismo barrio, lo
conocen a uno y hay más diálogo con la gente,
que puede participar en esa justicia... en mi sector (Moravia)
no hay enfrentamientos, pero sí matan gente, el que
las debe las paga...".
A sus trece años, la muerte la acosa mientras duerme,
"¡es como un miedo!... lo sentimos mi mamá
y yo, siento que muero ahogada, pero me salvo a última
hora, nos abrazamos", relata. Su pesadilla explica un
fenómeno que ocurre en algunos barrios que padecen
la agudización del conflicto armado, donde las jóvenes
sienten cada vez más reducidas sus esperanzas de vida.
"Conocimos el caso de una jovencita que en tres años
se veía muerta... para ellas, la muerte es sinónimo
de homicidio, la vida la dibujan como la naturaleza, un paisaje
sin personas, pero pintan la muerte con camuflados, botas
y fusiles, nunca una muerte por enfermedad; en un taller una
joven dibujó que asesinaba a un hombre, como si quisiera
vengarse", cuenta una tallerista de la corporación
Vamos Mujer, colectivo que trabaja en la promoción
de valores de vida y amor entre las adolescentes.
En los últimos meses, la muerte de jovencitas a manos
criminales ha dejado de ser la excepción para convertirse
en un hecho común. Hace sólo diez días,
dos hermanas de 18 y 24 años fueron acribilladas en
el barrio Popular I y el hecho no mereció ni un registro
en la prensa. Fuentes de Medicina Legal confirman que en años
pasados, por cada catorce hombres asesinados se mataba a una
mujer, pero en los dos últimos años la proporción
está en 12/1. Esto quiere decir que de los 1.257 homicidios
cometidos en el Área Metropolitana hasta el 8 de abril,
en más de cien casos las víctimas fueron mujeres,
en su mayoría jóvenes.
La lucha entre los grupos armados (bandas, guerrilla y autodefensas)
las ha dejado en medio del fuego y no importa si son o no
combatientes para ser perseguidas. El acoso impuesto por los
actores enfrentados las somete a un régimen de terror
que las obliga a huir de sus barrios, muchas veces dejando
a sus padres para preservar la vida. "Estoy en un paraíso,
vivía en el Popular I y nunca me amenazaron, pero me
tenía que quedar encerrada. A veces no iba al colegio
porque no podía pasar por donde ellos (los grupos armados)
dijeran, tampoco dejaban pasar carros... varios colegios cerraron,
a lo último me fui y allá quedaron mi mamá
y mi papá, ellos me dijeron que me fuera... de vez
en cuando subo y los visito, pero dicen que el que se va no
puede volver a vivir".
Lady Paola tiene doce años
y es consciente de que en muy poco tiempo madurará
como mujer y empezará a ser asediada por los muchachos
del barrio, los civiles y los que están en algún
bando; como a estos últimos les teme, prefirió
el exilio.
Curiosamente, Elcy Amelia, de
18 años, siente una especial atracción por los
combatientes. Confiesa que entre sus novios tuvo al jefe de
un grupo porque, dice, así se siente protegida y respetada.
"Sé que les importa es lo suyo, pero me siento
bien con ellos, también he tenido novios serios...
si sé que él, siendo mi novio, va a matar una
persona no me meto, le digo algo pero es cosa de él,
además ¿uno qué va a hacer? Mientras
no toquen con amigos o familiares uno no se preocupa...".
En la guerra
Para la Ruta Pacífica, colectivo que agrupa a varias
Ong de Colombia, los actores armados en Medellín convirtieron
a las jóvenes en botín de guerra. Ellas llegan
a ellos buscando amor pero, sin pretenderlo, terminan metidas
en el conflicto, porque se convierten en objetivo del grupo
enemigo.
"Es un fenómeno en crecimiento en la medida en
que la guerra crece y nadie la detiene", admite una líder
de esta organización. Para Vamos Mujer, el jefe de
una banda se puede convertir en el ideal de muchas jóvenes,
porque él "representa un paradigma social en la
medida en que tiene un poder que se lo dan las armas y el
dinero".
Estas asociaciones han detectado que no hay una ideología
que empuje a las muchachas a unirse a los grupos... a éstos
llegan atraídas sentimentalmente por los hombres. Como
una opción de vida frente a esos referentes de guerra,
la Asociación de Comunicación de Mujeres Populares
Hacia el Futuro promueve talleres artísticos entre
las adolescentes. A algunas se les dificulta la asistencia
porque no tienen pasajes o el encierro a que son sometidas
les impide el desplazamiento. Unas confiesan que han sido
vecinas de toda la vida de los militantes de los grupos y
eso, en otra época, casi les daba inmunidad, pero en
los últimos años no les ha garantizado una vida
normal.
"Muchas han pedido protección o alojamiento en
casas de familiares en otros barrios" generándose
una fragmentación familiar que crea conflictos de índole
social y sentimental, "porque uno necesita estar con
los padres, y verlos sólo de vez en cuando es muy duro",
anota Yésica Andrea*, de catorce años y quien
siente temor de vestirse con ombligueras, descaderados y minifaldas
porque sabe que pesan amenazas graves.
"Yo no quiero que me paseen por todo el barrio desnuda,
como han hecho con otras, porque me moriría de la pena,
o que me hagan el champú (le echen pegante en el cabello)".
Esta denuncia, que parece sacada de un libro de ficción,
figura en el último informe de la relatoría
especial sobre la violencia contra la mujer en Colombia, sus
causas y sus consecuencias, realizado por Naciones Unidas,
UN, entre el 1º y el 7 de noviembre de 2001.
Según esta relatoría, los actores armados "imponen
límites territoriales a la libertad de circulación
y toques de queda; si se quebrantan estos últimos se
viola y mata a las mujeres. Imponen regímenes rigurosos
de comportamiento social que entrañan restricciones
en lo que pueden o no pueden ponerse las mujeres, y castigos
por mala conducta... No se les permite llevar minifalda, vaqueros
por las caderas o camisetas que dejen al descubierto la cintura,
y a la que desobedezca esas normas se la traslada a los cuarteles
(...) y se la obliga a cocinar y lavar la ropa".
Poca autoestima
El colectivo Mujeres que crean, que realiza labores pedagógicas
para promover alternativas de vida y respeto a los derechos
humanos, la sexualidad y ejercicio de la ciudadanía,
destaca que un común denominador de las jóvenes
es la poca autoestima. La mayoría, dice, no se sienten
reconocidas como mujeres. "Muchas rechazan sus cuerpos,
reflejo de que han sido víctimas de abusos, violaciones,
atropellos".
Los entornos familiares tampoco son ideales. La autoridad
ejercida por la fuerza en sus hogares les crea resentimientos
sociales. "Conocemos una joven que se fue para la guerrilla,
al tiempo volvió y encaró a su padre, en plena
calle lo amenazó con el fusil y le propinó un
castigo físico... ahora la que tiene el poder soy yo,
le dijo", relata una integrante de una Ong de mujeres.
Elcy Amelia, la joven que siente
atracción por los hombres armados, confiesa que la
autoridad que intentan imponer sus padres no tiene mucho impacto.
"Ellos sí me dicen que no me junte con tipos así,
pero en las cosas del corazón mando yo, no les hago
caso".
Un testimonio da cuenta de que una joven que no cedió
a los coqueteos de un integrante de un grupo armado recibió
un ultimátum: "si no sos para mí vas a
ser para siete". Ella no lo creyó y, algún
día, la encerraron en una casa y fue violada por siete
hombres. Otra historia dice que una estudiante tuvo un altercado
con una compañera novia del líder de un grupo.
Como fue imposible resolverlo a las buenas, la última
le tendió una trampa, le hizo una invitación
a una fiesta y cuando llegó la esperaban varios hombres
que le practicaron acceso carnal violento.
Testimonios similares son narrados en el informe de NU. El
deterioro de la situación de las mujeres en Medellín
ha llegado a tal extremo, que en uno de los barrios en conflicto,
cada viernes, uno de los grupos llega en un vehículo,
sube a la fuerza a un grupo de jovencitas y se las lleva para
que desempeñen labores domésticas y les sirvan
a sus miembros de compañeras sexuales. Una práctica
que antes era propia de las zonas rurales, tal cual la detalla
la relatora especial de NU: "A veces sucede que hombres
armados secuestran a las mujeres, las retienen cierto tiempo
en esclavitud sexual, las violan y las obligan a desempeñar
tareas domésticas".
La imposición de límites a la libertad de circulación,
los toques de queda y los atropellos a la personalidad figuran
entre los derechos perdidos. A la vez, padecen aislamiento,
pues el contacto con personas de otros sectores queda vetado.
"Tengo un amigo en Robledo, pero una vez que subió
lo hicieron desvestir y caminar en calzoncillos hasta mi casa,
fuera de eso le tocó una balacera, ni que fuera bobo
para volver", relata una jovencita.
"Hemos vivido bajo un terror sin límites. El
barrio sólo tiene una salida... En las dos últimas
semanas han matado a seis mujeres. A una muchacha la violaron
antes de matarla, le sacaron los ojos, le arrancaron las uñas
y le cortaron los senos. Constantemente se producen tiroteos
entre distintos grupos armados. No podemos dormir. Tememos
salir de casa para ir a trabajar o mandar a los niños
a la escuela. Necesitamos paz. El Gobierno tiene que hacer
algo".
Esta historia figura en la relatoría de NU, una radiografía
de un escenario en deterioro y, por lo que se siente, sin
soluciones estatales. Un círculo vicioso que ni la
mismas niñas entienden, como lo confiesa Cindy
Edilma: "¿violencia? Uy, yo ya ni sé
qué es eso, la corrupción es la culpable, nadie
hace nada...".
Fuentes y documentos
Reclamo
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Acogiendo el clamor de varias organizaciones de derechos
humanos, la Ruta Pacífica expidió una reclamación
formal al alcalde, Luis Pérez Gutiérrez, en
la que hace una radiografía de la situación
de violencia en Medellín y pide acciones concretas
para la solución. El documento señala que "la
violencia de las armas ha invadido nuestros barrios, nuestros
hogares y nuestras vidas.
Nos duelen los asesinatos diarios de cientos de jóvenes,
la violación de las jóvenes y mujeres de todas
las edades, las amenazas, el chantaje, las vacunas, los enfrentamientos,
los territorios de todos y de nadie, los encierros, los desplazamientos
forzados, la ocupación de algunas viviendas por los
grupos armados como espacio de guerra... estos barrios viven
diariamente enfrentamientos armados, sin transporte, familias
enteras durmiendo debajo de camas, sin derecho a circular
y salir para los trabajos, asesinatos selectivos de mujeres
catalogándolas como auxiliadoras de uno u otro bando...
prohibición de recoger, velar y enterrar sus muertos,
entre otros tantos son los derechos que se han venido vulnerando".
La carta le pide al alcalde "respuestas civilistas.
El conflicto armado urbano requiere atención real y
efectiva... voluntad de las autoridades, no más dilaciones,
no más diagnósticos, no más cartillas.
No más guerra".
Nombres cambiados
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