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Viudas y huérfanos cargan las secuelas del conflicto urbano


Solas, pobres y endeudadas, madres de víctimas describen su dolor.
El Estado, casi indiferente, poco las asiste; mientras, el miedo las acosa.
Los niños, en sus dibujos, repiten las historias del drama de sus padres.



Por
Gustavo Ospina Zapata
Medellín


Para Gisela Londoño, olvidar a su esposo asesinado es casi un imposible. En su armario aun guarda el uniforme de policía, que usaba en el momento de morir. La prenda no la atormenta sino que le sirve de consuelo. Foto Donaldo Zuluaga

El sábado pasado, Adelaida Ossa no quiso ir al cementerio a visitar la tumba de su esposo, que cumplía un año de muerto. "Para qué agregarle un dolor más al que tengo desde que me lo mataron, ¿no ve que cada que pienso en él se me parte el alma?", comenta, lleva sus manos al rostro y hunde su cabeza hasta tocar las rodillas. Se le siente un leve gemido de dolor que su hija Daisy Yanova, de cuatro años, logra espantar preguntándole si puede mirar el álbum de las fotos de su padre.

La madre accede y empieza a recordar las circunstancias que rodearon el crimen de Nolberto Betancur, asesinado hace un año cuando arreció el enfrentamiento entre la Banda de Frank y un comando de las autodefensas por el control del barrio París, territorio en disputa y que dejó como consecuencia el incendio del sector de invasión El Esfuerzo.

"Estábamos en el velorio cuando quemaron los ranchos. Tres días antes, reunieron a la gente y prohibieron pasar de un barrio a otro... mi esposo no debía nada y por eso salió confiado. Él era ajeno a los problemas, trabajaba construcción, pero como eso estaba muy malo montó una mazamorrería, le dio empleo a varios muchachos. Ese día salió a vender la mazamorra, pero pasaba el tiempo y no llegaba. A la una de la tarde me empecé a preocupar, llegó la noche y tampoco, lo buscamos por toda parte, pero no apareció".

Adelaida, a ratos, para de contar la historia. De religión evangélica, como era Nolberto, lleva una falda color caqui que le llega hasta los tobillos. Emana una dulzura que se refleja en el trato respetuoso y cálido que les da a sus hijos, Diego Alejandro y Daisy Yanova, en quienes, dice, siembra todos los días una semilla de amor para espantar cualquier venganza. Retoma el relato:

"Esa noche no dormí. Al otro día madrugamos a buscarlo, hasta que apareció en la morgue de Bello. Quedó tan desfigurado el rostro, que un hermano entró primero y no lo reconoció. Nos fuimos pero, como no aparecía, volvimos allá. Yo tenía un presentimiento, pedí que me dejaran entrar. Ahí fue cuando lo reconocí... no sé porque, tal vez por tantos años de vivir juntos (7), eso se siente".

Desde entonces, Adelaida añora al único hombre que ha amado en sus treinta y siete años de vida, al moreno tierno que un día llegó de Medellín a trabajar en una finca en Ibagué, donde se conocieron, se enamoraron y a los dos meses decidieron unir sus vidas.

"El rancho que teníamos en El Esfuerzo era muy organizado, hecho por él mismo en tablilla, pero muy bonito, con piso de baldosa y todo. Allá se quemó todo, los electrodomésticos, la ropa. Créame que lo más duro no fue haber perdido eso, sino a él. Nadie se explica que lo mataran y menos así, porque él se pasaba el tiempo trabajando y contemplando a su Gogú, como le decía a Daisy Yanova".

La niña corretea de un lado a otro y, a ratos, se refugia en sus brazos. Adelaida dice que los niños lo recuerdan todo el tiempo y que ella misma no intenta espantarlo de su mente. "¿Sabe cómo le decía al niño?... que Dios lo había premiado con dos reinas muy lindas".

Olvidada por el Estado y viviendo en casa de un familiar, intenta reconstruir su vida. Trabaja en una empresa de confecciones, donde gana un salario insuficiente para sufragar los gastos del hogar. Dice que le da muy duro vivir de caridad, cuando tuvo a un hombre que le dio todo y siempre estuvo acompañándola. "Eso nos deja la violencia: desplazados, miseria y hombres buenos que se van para siempre".

Afuera de su casa, lejos del sitio donde tejió su proyecto de amor con Nolberto, se siente la tensión. Decenas de miradas sigilosas escarban minuciosamente todo vehículo y persona que pasa. En las lomas que bordean la montaña, la guerra acecha, acosa. Los muros, con sus letreros de "fuera sapos" y "Auc presentes" imponen una ley de miedo que les impide a las personas contar su tragedia. Por eso, varias viudas cancelan la cita en el último momento. "Les tienen prohibido hablar", anota un líder de uno de los barrios en conflicto.

Una y mil historias
Pero la ciudad está llena de historias similares a la de Adelaida. En medio del fuego cruzado entre bandas, guerrilla y autodefensas, está la población civil, que paga con sus vidas el pecado de ver la comisión de un ilícito o simplemente de quedar en medio de un enfrentamiento.

Esto último le pasó a Efraín Rodríguez*, esposo de Clara Angélica* y padre de tres niños de cinco, cuatro y dos años. Empujado por la necesidad, el hombre se le midió a un trabajo duro, de ésos en los que el riesgo de morir es una constante.

"Efraín vigilaba un parqueadero de buses, lo cuidaba de noche. Mantenía miedo, el sector donde trabajaba era muy caliente, cada rato balaceras. Un día hubo un enfrentamiento, él se subió a un bus y ahí se quedó un rato. Como pensó que todo había acabado, se bajó y, entonces, le pegaron un tiro por la espalda".

Clara Angélica* baja la voz, como si temiera que las paredes escucharan. El 8 de julio del año pasado lo tiene fijo en su memoria. "Con la herida, lo llevaron al centro de salud, pero no lo atendieron porque le faltaban los papeles, lo mandaron para la Unidad de Belén y el médico dijo que allá llegaban las personas que no tenían esperanzas... me lo dejaron desangrar y se murió. Quedé sola, como estoy ahora, sin trabajo, con los tres niños y en un rancho en el que me mojo cada que llueve".

Acosada por las deudas, Clara no se explica cómo no le han cortado los servicios, que no paga desde la misma fecha en que enterró a Efraín. Sin seguridad social ni un ahorro para sobrellevar el peso de quedarse sola, se defiende lavando ropas en las casas vecinas. Dice que la única herencia que le dejó el compañero fue un rancho a medio construir, "porque no pudimos cumplir el sueño de hacerlo en material y ni siquiera alcanzamos a bautizar a los niños, nunca logramos reunir para la fiestecita, porque él ganaba muy poco...".

La zozobra de la confrontación, que en su barrio camina silenciosa, adormecida, como un ser de capa oscura y nocturno, del que todos se esconden porque saben que ahí está, agazapado en patrullajes, camuflados y pasamontañas, no le ha dado tiempo de pensar en reconstruir su vida. "Sin él no hay proyecto que valga. El gobierno no le ayuda a uno en nada, ni con un trabajo, y así es muy difícil...".

"En esa misma situación están casi todas estas mujeres. Uno las recibe, las escucha, pero es muy poco lo que puede ayudarlas. Y como la autoridad no se ve, la situación se agrava. Por aquí usted ve las cosas tranquilas, pero es algo aparente. Sigue habiendo negocios de droga, presiones. La gente vive muerta de miedo, y la paz con miedo es una guerra reprimida, contenida", anota un sacerdote.

En la memoria
En estas circunstancias, el conflicto se vuelve una memoria, casi el referente de los niños, que en lugar de pintar sueños y personajes de fantasía, dibujan cementerios, cruces y paisajes de guerra. "Cuando mataron al papá yo se los oculté, les dije que se había muerto, pero los niños escucharon a la gente comentar y se hicieron concientes de que le pegaron un tiro. Mi niña, en el jardín, pintó dos cajitas y una cruz y le explicó a la profesora que en la primera estaba metido el papá, la otra estaba metida en el cementerio y la cruz la pintaron en la tumba. La profesora se puso a llorar". A Clara le toca luchar para que en sus hijos no crezcan más esos recuerdos de guerra.

Una madre comunitaria anota que estos comportamientos están altamente arraigados en los niños. Precisa que cada que hay una balacera ella hace sonar canciones infantiles a alto volumen, hace rondas y los pone a jugar, "pero ellos ya son muy concientes y corren a esconderse, la mayoría ven un policía o un camuflado y dejan ver el miedo, además porque hay muchos huérfanos o con hermanos muertos".

Al recordar a sus allegados caídos por culpa del conflicto, en la gente se mezclan miedo, ternura y resignación. La presidenta de una acción comunal dice entender el temor que acosa a las viudas, sobre todo porque, al quedar solas, son presa fácil de los violentos. Anota que muchas temen ser expulsadas del barrio. "Son jóvenes, y así sus esposos hagan parte de los grupos, ellas, muchas veces, ni lo saben, como no lo sabe uno tampoco. Pero gran parte de los que mueren son civiles".

La situación de derechos humanos es tan crítica que en un sector de la ciudad un hombre fue asesinado por descubrir una fosa común, lo acribillaron antes de que saliera a contar el hallazgo. Hace dos meses un grupo armado bajó de un colectivo a un ciudadano y le dio muerte. Aunque la familia se tragó el dolor sola, guardó silencio, este redactor conoció que cuando estaban en el velorio, a la casa de la víctima llegó una carta del grupo que lo asesinó en la cual presentó disculpas porque todo fue una confusión.

Si bien hay civiles que caen, un alto porcentaje de las víctimas integra los grupos en conflicto. Los miembros de los organismos de seguridad, como policías, soldados, agentes e investigadores, también hacen parte de los acribillados.

"Uno se va preparando, porque como papá no es bobo y sabe más o menos en qué andan los muchachos", comenta un padre de familia, a quien hace cuatro meses le asesinaron a su hijo, que integraba un grupo paramilitar y días antes, como si presintiera el acoso de la muerte, había dicho en qué camposanto debían sepultarlo.

Este año, hasta el ocho de abril, en Medellín habían sido acribilladas 1.257 personas. En todo el año pasado la cifra llegó a las 3.445, casi similar a las de 2000, 1999 y 1998, que se treparon a las 3.150, 3.258 y 3.027, respectivamente. En total, 14.137 ausencias, 14.137 vidas que se fueron dejando, mínimo, a un número igual de dolientes, como si la población de un municipio entero hubiera sido borrada de un tajo.

"¿Cuánto vive el hombre por fin?/¿vive mil años o uno solo?/¿vive una semana o varios siglos?/¿por cuánto tiempo muere el hombre?/¿qué quiere decir para siempre?", preguntaba el poeta Pablo Neruda. En Medellín la respuesta está en los objetos y detalles guardados en la memoria, en el corazón de cada viuda, huérfano, hermano.

Nombres cambiados por petición de las fuentes

Antecedentes
Las de la policía conservan uniformes

El conflicto urbano que vive Medellín tiene antecedentes recientes, que se remontan específicamente al narcoterrorismo y al sicariato, a principios de la década de los noventa, en tiempos de Pablo Escobar. Esos años dejaron tantos muertos como viudas y huérfanos. La Policía puso una alta cuota de cerca de 290 efectivos porque, según se decía, el capo pagaba $2´000.000 por cada uniformado muerto.

La situación fue tan dramática que en Bello, con apoyo de varias Ong y esfuerzos propios de cada familia, se construyó el Barrio Villa María, para brindarles vivienda a las viudas y lisiados de la institución y otros organismos de seguridad. De eso hace unos siete años y las mujeres, con sus hijos, siguen aferradas al recuerdo de sus esposos y compañeros.

Omilsa Moreno Moreno, María Cristina Muñoz, Gisela Londoño y Jacqueline Córdoba relatan que les es imposible, y tampoco lo intentan, olvidar las fechas de las muertes o los detalles que las hicieron amarlos. "A mi esposo lo asesinaron el 22 de enero de 1993. Acababa de venir del turno y estaba en la sala escuchando música cuando entraron unos tipos y le dispararon. No supe quiénes fueron, pero no guardo rencor y lo recuerdo en todo momento".

A veces, saca del armario el uniforme de policía y lo aprieta contra su pecho, como un conjuro para espantar la angustia de la ausencia. Igual costumbre tiene Jacqueline, a quien le mataron a su esposo, Duberney Pérez López, el 7 de noviembre del 92. "Ese día mataron a otros diez policías, pagaban dos millones por cada uno y así cayó él. Me dejó una niña, Carmen Elizabeth, que ha sido mi consuelo".

Contemplando las fotos, algunas colgadas en los muros de su casa, Jacqueline se queja de que la única ayuda recibida ha sido la media pensión, porque su esposo murió en servicio, pero es un sueldo insuficiente, "porque cuando él estaba conmigo teníamos una vida sin angustias". Este año, las autoridades confirman que han muerto trece uniformados víctimas de disparos con arma de fuego.

 


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