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¿Conflicto urbano? Ah sí, eso pasa en las comunas

Jóvenes de estratos altos sienten distante la guerra en los barrios.
Sin embargo, el asunto los afecta por la angustia de sus papás.
Muchos tienen prohibido hacer amigos de barrios populares.



Por
José Alejandro Castaño Hoyos
Medellín

El profesor de introducción a la sociología en una de las universidades privadas más prestigiosas de la ciudad les pidió a sus alumnos un trabajo de campo sobre la ausencia del Estado en alguno de los barrios marginados del Valle del Aburrá. Debía ser un informe de, mínimo, tres páginas, y un par de fotos sobre algún aspecto relevante que los estudiantes descubrieran en las comunidades. Se armó un zafarrancho:

Aunque a la mayoría de los muchachos le sonó la idea, a sus papás no. Algunos, incluso, llamaron a la rectoría a quejarse, a pedir que no los expusieran de esa manera, al riesgo de un atraco, una balacera o, peor aún, un secuestro. A pesar de las presiones, el profesor no quiso ceder.

Dijo que, sencillamente, la formación de un profesional debía liberarse de prejuicios y temores y que si los universitarios no estaban dispuestos a asumir con criterio independiente el ejercicio de su educación, debían regresarse al colegio. El rector citó a una reunión entre padres, alumnos y directivas.

Después de tres horas, en las que se habló de economía, políticas de mercadeo, estrategias soterradas de ciertos educadores para incubar ideas revolucionarias en los jóvenes y técnicas de evasión en caso de un tiroteo, los acudientes propusieron que se alquilara un documental sobre la pobreza en América Latina y se hiciera un foro al respecto, en el que los muchachos pudieran hablar del fenómeno de la miseria sin necesidad de exponerse a ella. Todos, menos el profesor del curso, estuvieron de acuerdo.

Al final, asegura el profesional, los muchachos se privaron de una experiencia que hubiera enriquecido la visión de la ciudad que habitan y, lo más importante en su opinión, que les hubiera puesto rostro humano a los conceptos teóricos que discuten en clase como violencia, marginalidad, estigmatización, conflicto armado...

Muy poco
Catalina, de 17 años, una de las estudiantes del curso, admite que nunca ha viajado en metro más allá de la Estación Poblado y que sus papás le tienen prohibido pasar de allí. Una vez, cuenta, fue al Centro con su hermano mayor y caminó hasta la oficina de un tío por lo lados de la carrera Junín. Fue una cosa de locos. No pudieron detenerse en ningún lado, ni mirar vitrinas, sólo caminar a toda, como si los siguieran.

Cuando se le pregunta por el conflicto armado que padecen los barrios de las periferias, la joven dice que sólo sabe lo que dicen las noticias: que allá hay gente armada, que algunos usan capuchas, que cobran impuestos a los carros de gaseosas, que hay muchos expendios de vicio y que la gente se mata por nada.

Oyéndola, Valentín, un amigo suyo, recuerda que la empleada de su casa vivía en Santo Domingo Savio, en un lugar llamado comunas, y que le habían matado el esposo, dos hijos y una hermana. Y lo más teso, advierte el muchacho, es que muchas veces Yolanda, que así se llamaba la señora, tenía que quedarse a amanecer en la casa porque no podía llegar de noche al barrio, plagado de milicianos y paramilitares.

El asunto de sus quedadas llegó a ser tan repetido que los papás de Valentín decidieron despedirla por miedo, según dijeron, a que los tipos armados a los que le temía la utilizaran como señuelo para secuestrar a alguien de la familia.

Error
En opinión del psicólogo Mauricio Castrillón, el esfuerzo de algunos padres de familia por evitar que sus hijos se expongan a la guerra que se libra en algunos barrios, prohibiéndoles incluso que consigan amigos de esos sectores, es lógico, aunque discutible.

De acuerdo con el profesional, está claro que los grupos de milicianos se lucran de la industria del secuestro y que cualquier muchacho de clase alta representa la posibilidad de una extorsión segura. Por eso, dice, es entendible que los papás les nieguen permisos, aun cuando se trata de actividades de la universidad.

Sin embargo, advierte el terapeuta, la actitud de taparles los ojos frente al conflicto es una torpeza que puede salir muy cara, pues un joven desinformado es mucho más vulnerable. Por eso le parece inadmisible que algunos padres les tengan prohibido a sus hijos montar en bus, caminar por la calle o simplemente usar un teléfono público. ¿Y el día que tengan que hacer algo de eso quién los va ayudar si no saben?

Mónica, de 17 años, sólo conoce las transversales de El Poblado, y se mueve por ellas con una destreza que envidiaría cualquier taxista, sin embargo, fuera de esa ruta, su habilidad desaparece y se llena de pánico. Es, dice, como si cruzara un lindero invisible hacia una dimensión desconocida, plagada de seres peligrosos, come carne y tira fuego. Y lo cree de verdad.

Según le explica su mamá, en el Centro y los barrios altos se cometen diez de los doce asesinatos que hay en la ciudad al día, esconden el 90% de los carros hurtados y se enfrentan los guerrilleros y las autodefensas igualito que en el monte: con fusiles, cortando cabezas y poniendo bombas. Por eso, le repite con insistencia, no debe acercarse nunca allá, ni por error.

El caso de Paula es parecido, aunque a punta de insistencia logró que sus papás le permitieran estudiar en la Universidad de Antioquia. Claro que le pusieron condiciones: debe ir a clase con ropa sencilla, sin alhajas, reloj, buscapersonas o celular. Nunca, por ningún motivo, puede salir del campus, aceptar invitaciones a casa de compañeros ni hablarles de cómo vive. Sobre eso, los papás y la chica llegaron a un acuerdo.

Ella, siempre que le pregunten, debe decir que vive en La Floresta, un barrio de clase media; no puede contar que conoce Europa ni Estados Unidos ni que sus hermanos estudian en Londres. De lo demás, con cuidado, puede hablar, eso sí, evitando dar detalles de su casa. Las razones, según le explicaron, es que en la universidad hay presencia de milicianos y que verse de una clase social muy alta la pone en riesgo.

La menor intenta pasar inadvertida manteniéndose excluida de las discusiones que se suscitan en algunas materias, en particular sobre aquellos asuntos del conflicto armado, de los que piensa que es preferible oír que opinar. Ninguno de sus amigos sabe por las que pasa la joven, ni lo mucho que pesa ese "camuflado" que usa cuando se presenta.

Opinión general
"Esas cosas son de otro país"


Cristian Zuluaga, barrio El Poblado
"De la guerra en los barrio uno no sabe mucho. Sí se oyen noticias, cosas de grupo armados que mataron a fulano en tal parte y de que hubo una masacre, pero eso es muy lejos. Uno, como te digo, no es que no le parezcan graves esas cosas, sino que son como en otro país, ¿me entendés? Uno no se toca por eso".

Cristina Carmona, barrio Laureles
"La empleada de la casa vive en Belencito Corazón y nos cuenta cosas horribles, de la guerra que hay allá entre las milicias y los paramilitares. Una vez mi mamá le dijo que no nos contara más cosas que nos tenía muy nerviosas, que con las noticias de las televisión teníamos de sobra. Desde eso ella no habla mucho. A mi me preocupa y me da pesar que ella y su familia pase por eso y le doy gracias a Dios que nosotros vivamos distinto, en otra realidad"

Andrés Peralta, Envigado.
"Yo no sé que son las Cap o las Auc, no tengo idea que son esas letras. Osea, se que unos son milicianos y los otros no, pero nada más. Las Farc, el Eln, el ejército de yo no se qué carajos... Hay gente que te dice vainas y que son capaces de explicar qué hace el uno y el otro y hasta te dan nombres de los jefes de grupos rarísimos. Yo si no sirvo para eso. ¡Qué pesar que la gente tropelié tan feo!, pero eso no es asunto mío. Yo vivo en una unidad cerrada y de eso no me entero porque tampoco veo noticias, ¿ves?".

 


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