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El cuerpo médico, testigo del desangre

No hay día sin lesionados de bala en hospitales de San Javier.
En Santa Cruz, a diario hay menores que intentan suicidarse.
Civiles heridos en medio de combates urbanos, la otra cara.



Por
Elizabeth Yarce
Medellín


La confrontación urbana obligó a Metrosalud a reforzar la seguridad en Santa Cruz donde hace ocho meses bandas armadas derribaron la puerta de urgencias. Foto Donaldo Zuluaga.

Las seis de la tarde es la hora en que comienza el desangre en los barrios de Medellín. Los médicos de las salas de urgencias de los hospitales y centros asistenciales de los sectores en disputa se preparan porque saben que, de un momento a otro, tocarán la puerta con insistencia e ingresarán uno o varios jóvenes con heridas de bala para ser atendidos, ya sean integrantes de los grupos armados o civiles que quedaron atrapados en el fuego cruzado.

Desde hace seis meses, advierten, aumentaron los lesionados con disparos de fusil, mutilaciones por granadas y bombas y destrozos graves por la utilización de armas de alta velocidad en las calles de la ciudad.

"Entre las 6:00 y las 7:00 de la noche comienzan a llegar. Los últimos días están madrugando a combatir porque los heridos ingresan desde las nueve de la mañana. En promedio, es uno diario pero hay días más difíciles. El problema es cuando los ‘parceros’ de las bandas entran a mirar cómo estamos atendiendo a sus compañeros y están encima diciéndole a uno que se los salve", explica el médico Fernando Muñoz, de la Unidad de Atención Hospitalaria de San Javier, occidente de la ciudad.

Y mayor dificultad cuando las bandas, milicias y autodefensas se atrincheran en los centros hospitalarios para combatir o para rematar a sus enemigos. Hace quince días en el centro de atención de La Loma se enfrentaron dos bandas, una de ellas se metió al hospital y comenzó la balacera. El personal médico y administrativo salió ileso. Muchos se escondieron debajo de las camillas y en los baños. Minutos después, cuando acabaron las ráfagas, los galenos se aprestaron a atender a los heridos, muchachos entre los 15 y los 20 años, con las piernas, el tórax y, en el peor de los casos, su cabeza destrozada.

"El 20 de abril se enfrentaron la fuerza pública y una banda, al frente del hospital de San Javier. Se escucharon disparos durante más de media hora, después petardos e impactos más fuertes. Al rato trajeron al primer muerto, los heridos los llevaron a otras unidades. Después de tanta bala pensamos que esto se iba a llenar de lesionados", precisa el médico Álvaro García, director del centro médico.

Respiro de vida
A la unidad de San Javier están adscritos los centros de salud de Villa Laura, La Loma, La Quiebra, Santa Rosa de Lima y Estadio, donde es llevada la mayoría de los heridos de Belencito, Independencias, 20 de Julio, Blanquizal, entre otros, donde se registran feroces combates.

"Las heridas con las que llegan esos muchachos (la mayoría entre 15 y 18 años) son gravísimas, son prácticamente cadáveres con algún respiro de vida. La mayoría de lesiones son mortales, las más comunes son en la cabeza, tórax y columna. Esa gente dice que si no mata al enemigo lo deja paralizado", indica el médico Muñoz.

Los galenos trabajan con un alto nivel de estrés, porque aparte de tener que atender entre 70 y 100 consultas diarias en urgencias, la mayoría por enfermedades respiratorias, cardiacas, digestivas y neurológicas, cuando llegan los "heridos de guerra" el ambiente del lugar cambia.

"Con los muchachos desangrándose llegan papás que amenazan con volverse malos o matones. Mientras que los ‘parceros’ ingresan agresivos, acelerados, muchas veces drogados y mientras uno está tratando de salvar una vida ellos están ahí, gritando ¡qué hubo gonorrea hijueputa!, no lo vaya a dejar morir", expresa un galeno.

"A veces llegan ya muertos y los ‘parceros’ ahí, parados al lado. Me tocó remitir un cadáver en una ambulancia a otro centro asistencial porque de lo contrario me mataban. No creían ellos que ya estaba muerto y pretendían que lo reviviera. Otras veces llegan los cadáveres, y cuando uno menos piensa, se levanta uno de ellos y resulta ser uno de los muchachos que se hizo el muerto para que la Policía no lo cogiera".

Los suicidas
La unidad de atención de Santa Cruz, nororiente de la ciudad, atiende heridos de Villa del Socorro, Populares, Santa Lucía, La Francia, Aranjuez, Moravia, Zamora, Santo Domingo, Granizal, El Bosque, El Oasis, San Isidro, Andalucía y El Playón.

Allí los médicos saben que la jornada es agotadora, en especial viernes y sábado: entre las 5:00 de la tarde y las 10:00 de la noche se atienden a diario entre cinco y nueve heridos por arma de fuego. "Por acá pasa algo muy grave y es que, después de las 12:00 de la noche, nadie puede salir y no hay transporte. Entonces, al que hieren después de esa hora rara vez alcanza a ser atendido y muere en la calle", explica uno de los médicos.

"Además, desde que se acentuó este conflicto, no hay ambulancia ni otro vehículo que suba a un barrio de estos a recoger heridos", agrega. Desde comienzo del año los galenos tienen que enfrentarse con una situación que, pese a no estar relacionada con las heridas de armas de alta velocidad, es más difícil en su tratamiento.

"Diariamente ingresan entre dos y tres menores, con edades entre los 13 y 16 años, a punto de morirse por intento de suicidio. Se cortan, toman veneno, tratan de ahorcarse o ingieren drogas. Nunca antes habíamos tenido esta situación a estos niveles. Se incrementó la atención sicológica porque es inconcebible que muchos niños en este sector no quieren vivir. No hay oportunidades, no ven futuro", indica el médico Julio Arbeláez.

Desde el año pasado el personal de salud de Santa Cruz tuvo que reforzar su seguridad: los actores armados entraban y amenazaban no sólo a los médicos sino al personal administrativo. "Hace ocho meses nos tumbaron la puerta. Se metieron y entraron a sus heridos. En otras ocasiones llegan y los tiran y salen a seguir dándose bala o puñaladas. Uno trabaja escuchando balaceras y aunque es tan cotidiano no se acostumbra", explican.

Los médicos están preocupados porque el uso de armas cada vez más poderosas, en los barrios, provoca más muertes y lesiones gravísimas. "La herida de pistola o arma de corto alcance deja un hueco. Los fusiles destrozan completamente la parte del cuerpo que impactan", precisa Julio Arbeláez.

De acuerdo con informes de las autoridades, cerca del 70% de los jóvenes alcanzados por explosiones o disparos, en las calles de Medellín, mueren por la gravedad de sus heridas. Del 30% restante, la mayoría queda de por vida con cicatrices, mutilaciones y discapacidades. Luego van a parar a las cárceles, marcados para siempre por la bala o el petardo equivocado.

Antecedentes
Un conflicto que limita y deja profundas cicatrices

Ciegos, sordos, sentados para siempre en una silla de ruedas, sin un dedo, una mano o una pierna. Es la marca de un conflicto de calle a calle, de barrio a barrio, o como en el caso de Diana Maritza Ruiz, de terraza a terraza.

la joven de 23 años recuerda que los muchachos de las bandas El Plan y Santa Cecilia se enfrentaron desde los techos del sector de Guadalupe en Manrique.

"Ese día muchos de mis amigos quedaron heridos. Al día siguiente la que pagué los platos rotos fui yo. Sin saber que era cogí un petardo que dejaron en una matera. Perdí la mano izquierda y se me desfiguró la cara".

El trauma marcó a Diana a los 16 años y hoy siente que no está exenta de repetirlo. "Otra vez se están dando en las "planchas". Al frente del colegio de San Pablo, donde hay tanto niño, hay enfrentamientos. Por la noche Manrique parece un cementerio en este lado, porque volvió el miedo de salir a la calle, regresaron las noches de uno acostarse preocupado sin saber qué pasa".

Un informe de la Fundación Medellín Sin Barreras indica que la mayoría de discapacitados en la ciudad no son por accidentes de tránsito, laborales o enfermedades congénitas. "La guerra está limitando a muchos jóvenes", advierte. Y no sólo en combates barriales. Los atracos, venganzas personales, aportan un alto porcentaje a este listado de víctimas del conflicto. "Me dispararon para quitarme la moto y desde eso quedé ciego. No sólo fue el daño físico. También lo que me quedó después, el deseo de hacer una carrera, imaginarme a toda hora la ciudad por no poderla ver... Por una moto, eso es lo que más me enverraca", sostiene Robert Hinestroza, de 28 años.

Implicaciones
Hospitales en paz

Con banderas blancas en sus zonas visibles se armaron los 48 puntos de atención de Metrosalud en los barrios de Medellín en el marco de una campaña para concientizar a los actores armados urbanos sobre el repeto al Derecho Internacional Humanitarios, puesto que las unidades hospitalaria nunca deben ser objeto de ataques.

El director de Metrosalud, Carlos Mario Rivera, indicó que si bien es cierto existen presiones sobre los centros asistenciales y el personal de la salud, las amenazas no son directas. "No nos están atacando por ser médicos y atentados directos contra los hospitales no ha habido. Lo que ocurre es el reflejo de lo que está pasando en la ciudad y por eso el personal trabaja con altos niveles de estrés", sostiene.

Por esta razón las unidades de sevicios, centros asistenciales y puestos de salud fueron declarados "territorios de paz" para que las balaceras de las zonas aledañas no alcancen las instalaciones y se evite el riesgo para los pacientes y el personal médico.

La iniciativa dio resultado en la Unidad de Atención Doce de Octubre donde, según sus directivas desde hace 15 días, no ingresa un herido por arma de fuego y no se registrán combates cerca de las instalaciones. "Durante tres meses permaneció cerrado porque las bandas de Frank y El Triunfo se posicionaron de la parte trasera de la edificación y la convirtieron en una trinchera para sus combates. Esto nos llevó al cierre porque era un riesgo y después de una decisión concertada y de explicarles nuestro condición, se pudo reabrir el centro de salud desde hace dos semanas", expresó María Cano, directora

En las unidades de Metrosalud se atienden a personas de los estratos 1 y 2, en su mayoría sisbenizados o sin ningún tipo de seguridad social.

 


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