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Se fue don Antonio, el viejo tendero
Por la violencia urbana sigue resentida la actividad comercial
en las comunas.
Alrededor de 45.000 tenderos existen en el Medellín
y están afectados por el conflicto.
En algunas comunas se registran pactos de no agresión
y prospera el comercio.
Por
Gustavo León
Ramírez O.
Medellín

Muchos de los 45.000 tenderos
que hay en Medellín han tenido que encerrar sus
pequeños negocios para disminuir los riesgos de
tanta inseguridad que ronda por sus barrios. En algunos
sectores ellos tienen que pagar la vacuna.
Foto Robinson Sáenz |
Hace apenas dos días, don Antonio,
el tendero del sector limítrofe entre los barrios Juan
Pablo II y el 8 de Marzo, no aguantó más tanta
zozobra, cerró su negocio y se fue con sus mujer y
sus cuatro hijos a otro municipio donde no tuviera que soportar
tanta violencia.
"Era muy formalito y vendía de todo. Le iba bien
y no tenía problemas con nadie, pero se aburrió.
Como él, la gente se está yendo del barrio",
dice doña Esperanza*, una residente del sector quien
encontró el negocio con las rejas abajo.
Don Antonio, uno de los 45.000 tenderos de Medellín,
vivió en el barrio más de 20 años y era
apreciado por los vecinos. Sin embargo, no aguantó
tanto miedo acumulado ni que la gente se le metiera en la
tienda para protegerse de los tiroteos desatados entre las
bandas ajenas al sector. Allí, como en otras comunas
de la ciudad, los establecimientos comerciales cierran temprano,
mientras los niños han dejado de jugar en las noches.
En algunos áreas, los negocios están enrejados
y parecen verdaderos búnkeres.
En los dos últimos años, la señora Esperanza
experimenta una profunda tristeza y una enorme impotencia
al sentir cómo se desmorona el barrio donde ha visto
caer abaleados a muchos jóvenes que crecieron y corretearon
con sus hijos. Ella llegó a la cañada alta de
Villa Tina y Caicedo hace 32 años, cuando Los Caunces
se iniciaba como zona de invasión.
Hace sólo dos semanas, a doña Esperanza se
le murió entre los brazos un muchacho, dedicado al
transporte de escolares, que no se metía con nadie.
Como otros tres de la ruta 096 de Buenos Aires, los Caunces
y 8 de Marzo, fue tiroteado porque se opuso a ser "vacunado"
por la delincuencia que se pelea el dominio de las zonas.
Son los mismos casos que se registran en la Maruchenga, París,
los populares 1 y 2, Belén Rincón y la parte
alta de San Javier, para sólo mencionar algunos.
En estos barrios, sobre todo en los periféricos, ha
cambiado el sistema de distribución de mercancías
y alimentos y son pocos los furgones que se movilizan por
sus calles. Sin embargo, todavía se ven los vendedores
puerta a puerta de cuadros y biblias y pequeños camiones
de expendedores de verduras con su perifoneo a pleno pulmón.
El transporte urbano de pasajeros tampoco es ajeno a este
conflicto, lo mismo que las grandes compañías
fabricantes de gaseosas y de artículos básicos
de la canasta familiar.
Acomodo táctico
"Hay unos barrios que ponen problema, pero los distribuidores
los han venido manejando bien, pues unas veces les pagan a
las milicias en plata y otras en especies, sea leche, cárnicos
o arroz. En otros, definitivamente no nos dejan entrar",
dice una empresa lechera.
Ante los remanentes de las ventas de media mañana,
una de las procesadoras de lácteos optó por
la estrategia de donar unas 2.500 unidades diarias de sus
productos perecederos que son repartidos entre los niños
pobres.
"Eso ha ayudado a que no volvieran a poner problemas
con la leche casi en ningún barrio", dice un ejecutivo
del sector comercial. "Eso implica que hay darles a diario.
Por el trabajo social es que hemos podido con ellos y no nos
han molestado tanto; pero hace tres años el problema
era más grave. Han sido muchos los distribuidores que
han matado".
Regularmente, las milicias aparecen en las esquinas, exigen
"la liga" en artículos o en dinero -como
cuota semanal, mensual o semestral- y sólo admiten
el ingreso de los carros y de los distribuidores conocidos.
Las vacunas son un hecho normal y están ya incluidas
en el presupuesto de algunas empresas.
Fernando, un trabajador con más de diez años
en el ramo de las ventas y el mercadeo, acepta que su compañía
no ha sufrido restricción en sus áreas de influencia
y asegura que, al donar sus productos, no está haciendo
nada al margen de la ley. La compañía lleva
donaciones, por ejemplo, a Carambolas, parte alta de Manrique,
por medio del distribuidor. "Los muchachos quedan agradecidos
y para nosotros disminuye el riesgo. Tenemos los mismos problemas
de las empresas para entrar en las comunas".
Sacrificio financiero
Los problemas disminuyen cuando el negociante se aleja de
la periferia. El ritmo y el estilo de las ventas, incluso,
han registrado variantes. "Muchos dan trabajo a los muchachos
para que hagan la distribución en su zona. La empresa
disminuye el riesgo y sigue vendiendo igual. Lo que pasa es
que merma un poquito su utilidad. Los tenderos y las amas
de casa sirven de mediadores con los muchachos".
Una distribuidora de alimentos no volvió a entrar
desde hace un año a una parte de la Comuna Noroccidental
donde tienen presencia el Eln, las Farc y los paramilitares.
En otras sólo va cuando le dejan entrar a los vendedores,
como ocurre en Belencito y el 20 de Julio. "Este año
fuimos una vez y nos dijeron que si no pagábamos la
vacuna no podíamos volver y nosotros no estamos para
pagarla", dice un vocero de la empresa, quien pidió
el anonimato tanto para la identificación de la fábrica
como de su nombre.
Ante tanta inseguridad, cerca de 60 compañías
crearon hace dos años el Frente de Unidad Empresarial,
cuyos miembros se comunican para alertarse entre sí.
Este sistema ha permitido que, con el apoyo de la Sijin, disminuyan
en 40% los asaltos de las bandas.
En Castilla y sus alrededores los vendedores también
acordaron darle la distribución a un residente, que
pierde poco cuando lo despojan de lo que reparte en una moto.
Una comuna atípica
No obstante los constantes ataques, el ambiente en las barriadas
ha mejorado gracias a la labor de las juntas de Acción
Comunal y de los comerciantes. Luis Alfonso Echavarría
Posada, director del Grupo Comunitario de Aranjuez-San Cayetano,
ha sido parte de esta transformación social.
"Desde el 95, la economía de nuestro sector crece.
A través de actividades y convenios del Comité
Comercial se acabó con la vacuna a tiendas, graneros,
casas de chance, heladerías y supermercados",
dice el líder comunitario. En la Comuna hay 98 tenderos
cuando en el 94 sólo estaban registrados 31. Por causa
del conflicto urbano cerraban tres al mes. "A algunos
negocios les va mal por cuestiones económicas y por
la competencia, pero ese es un mal nacional. Frente a otras
comunas, la nuestra es buena y tiene una economía estable.
Es en la única donde desde 1994 no se ven plomaceras",
confiesa Echavarría, uno de los 100 líderes
que trabajan por el bienestar de la zona.
Según Luis Alfonso, allí se logró socializar
el proceso con las bandas y otros grupos al margen de la ley
y se empezaron a generar proyectos productivos como celadurías,
lavadas de carro, limpieza de quebradas y reciclaje, con la
ayuda del comercio y de entidades estatales. "Yo les
dije a todos los proveedores que era bueno que se tocarán
el corazoncito. Desde 1998 comenzaron a financiar los tablados
populares y a dar degustaciones. No nos dieron ni les pedimos
plata porque en el momento en que lo hiciéramos se
dañaría el proyecto".
La estrategia de los negociantes y de la comunidad dio como
resultado en los últimos siete años una reactivación
de la economía no vista, pues las casas arrendadas
recobraron su valor y aparecieron nuevos establecimientos
como farmacias, talleres, almacenes, ebanisterías,
ferreterías, ventas de helados y empanadas. Se recibió
el respaldo de empresas como Cervunión, Coltabaco,
Cementos Argos y Noel y la gente volvió a disfrutar
de la vida nocturna.
"Ya pasó por aquí la época de la
violencia brava. La crisis del barrio es una etapa superada
en un 90%. No tenemos el problema de antes cuando se robaban
los carros de los proveedores", sostiene Guillermo Vélez,
gerente de Mercados Vélez. Reconoce que el éxito
está basado en el pacto de no agresión y en
el compromiso de trabajar por el crecimiento del barrio. El
director Ejecutivo de la Seccional de Fenalco, Antonio Picón
Amaya, considera que el problema no obedece tanto a una tipología
sino a un clima general de incertidumbre y de inseguridad.
"No es sólo en Medellín sino en todo el
país. Un conflicto que era rural se volvió urbano",
afirma el dirigente gremial. Señala que esta situación
afecta al comercio, al turismo y al aseguramiento de vehículos,
lo cual ha hecho que los propietarios tengan que soportar
el pago de extraprimas. Asimismo, las compañías
de seguros tampoco están amparando el transporte de
mercancías en la ciudad, lo que constituye un enorme
riesgo para el comerciante.
"Ese clima está afectando a todos ya que no puede
señalarse un barrio determinado", anota Picón
Amaya. Como afectó a don Antonio, el tendero, cuya
vida no se hubiera descuadernado si las bandas de los barrios
aledaños al oriente de la ciudad le hubieran permitido
trabajar en paz y permanecer en el lugar donde vio crecer
a sus cuatros hijos.
Nombres cambiados
por solicitud de las fuentes Subir
Opinión especial
Una cooperativa piloto
Por
Fernando
Gómez Montoya
Gerente de la Corporación
de Transporte Urbano (CTU), que afilia a 21 de las 25 empresas
metropolitanas. Unos 3.600 buses de 4.000.
"Uno de los problemas más bravos que tiene el
transporte urbano es el conflicto armado, bien sea por guerrilla
o por combos. Teóricamente todas las empresas de Medellín
tienen una "vacuna", en una forma o en otra. El
problema que encontré en la empresa es que había
una "vacuna" que estaba en ese momento a casi $6
millones mensuales por la ruta. Se montaban a los carros y
cobraban la plata.
Chofer que no tuviera la plata... nos mataron a seis en dos
años y medio. Por cada bus era una vacuna de cerca
de $150.000 mensuales. Empezamos a hablar con ellos (los grupos)
y les hicimos ver que eso no era tan rentable y estaban acabando
con la juventud del barrio, porque los que no estaban muertos
estaban en la cárcel. Les dijimos que cogieran la lavada
de los vehículos.
En casi todas las empresas de Medellín hay que lavar
a diario el carro y dentro de su presupuesto está su
lavada. Hicimos una cooperativa que lleva año y medio.
Se acabó la vacuna y los pusimos a trabajar. La cooperativa
se llama Asociación de Paz (Asocipaz) que tiene unas
70 personas del Vergel, Eterna Primavera, Quinta Linda y Serranías.
Ellos se responsabilizan del aseo y de la vigilancia de los
50 vehículos diarios incluidos los microbuses.
Teóricamente estamos en paz, porque hay una banda en
Caunces de Oriente, manejada por un tipo que la policía
lo tiene identificado y de vez en cuando les sale a los carros
y les quita la plata. Las milicias del 8 de Marzo nos han
matado dos conductores y tres celadores en el último
mes, porque quieren tomarse de nuevo la zona. Estamos con
un pedazo vacunado y otro no".
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