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Jóvenes sóftbolistas,
desplazadas y confundidas
Medellín
Una mañana fría de hace seis años, un
grupo de jóvenes muchachas, cuyas edades no superaban
los 14 años, estudiantes del Liceo Villa del Socorro,
llegaron, como ya era costumbre, a la vieja cancha de arenilla
del sector, dispuestas a practicar su deporte preferido, el
sóftbol.
Eran las 7:30 y aunque por obligación debían
madrugar, ese día alguien se les había adelantado
y ocupaba el campo. La figura menuda y algo escuálida
de un desconocido, de escasos 18 años, con pantalones
amplios y gorra que apenas le dejaba ver parte del rostro,
cumplía una labor inusual: una a una iba clavando estacas
cerca de uno de los arcos donde generalmente las chicas se
ubicaban para empezar el trabajo.
Sin cruzar palabra alguna, el sujeto cercó el sitio
con una pita gruesa que amarraba entre cada palo e impidió
que las niñas siquiera pudieran ejercitarse. "Aquí
entrenamos, ¿por qué nos estás quitando
el espacio?", fue la pregunta que apenas inquietó
al sujeto.
"Esta es una cancha para fútbol y no para sóftbol;
y si no le gustó, póngala como quiera, se escuchó
decir en tono amenazante al interlocutor. La impotencia era
grande y mucho más cuando algunas muchachas me decían
con señales disimuladas que me quedara callado",
recuerda José Aníbal Castañeda Correa,
en aquel momento profesor del Liceo y quien, en compañía
de Francisco De Latorre Hill y luego de Alfonso Agudelo Marín,
se dieron a la tarea, contra viento y marea, de rescatar el
deporte en la zona Nororiental de Medellín.
A la postre, fue De Latorre Hill, un desvelado del sóftbol
quien más luchó por evitar que los combos del
sector acabaran de tajo con el espíritu deportivo de
las jóvenes de barrios como Santa Cruz, Santo Domingo,
Granizal y hasta los populares 1 y 2.
Ese día, como tantas otras veces, se había
perdido el "madrugón" para utilizar la cancha.
Ni siquiera el haber llegado muchas horas antes que los muchachos
-practicantes de fútbol- había servido. Los
morrales volvieron a su lugar de origen, las espaldas y, "con
el rabo entre las patas", las jóvenes softbolistas
debieron dar marcha atrás, y quedarse con las ganas
de entrenar.
"Fueron muchas las jornadas en las que a pesar de llegar
bien temprano ya habían personas jugando fútbol
desde hacía mucho rato. Con los que conocía,
los cuales eran o habían sido mis alumnos, no tenía
mucho problema .
El lío era con los que no conocíamos, por lo
general, todos. No les importaba si habíamos llegado
antes que ellos. Se metían a jugar en mitad de cancha
donde estábamos practicando y uno de ellos se ubicaba
en el arco de fútbol y tapaba los pocos balones que
realmente le pateaban ya que, casi todos se dedicaban a tirar
balonazos que se estrellaban contra vientres, pechos y rostros
de las muchachas", agrega Castañeda, quien no
obstante, con el paso de los días, logró aplacar
en algo la tensa situación que incluso llegó
a extremos tan peligrosos como los de enfrentamientos, a bala,
de grupos armados.
Luz Delly Paso, apodada Salcerín, fue una de esas
jóvenes que vivió en carne propia este proceso
de "desplazamiento deportivo". Sin embargo, con
esfuerzo superó obstáculos hasta llegar a integrar
la Selección de Antioquia en varios torneos nacionales
e internacionales.
Hoy, más de 300 deportistas, en su mayoría
estudiantes del Liceo de Villa del Socorro, están a
órdenes de Alfonso Agudelo, un benefactor y pensionado
de la Caja Agraria, quien apoya, en la medida de sus capacidades,
la práctica deportiva para que no se "pierdan
en el vicio o la vagancia".
Yadira Conrado, una morocha de categoría, buen brazo
y gran proyección, o Durley Natalia Giraldo, también
Selección Antioquia, surgieron en la cancha de arenilla
de Villa del Socorro. Le hicieron el quite a una situación
que ellas en principio no comprendían, pero que poco
a poco se hizo inherente: jugar bajo la presión de
lo que pudiera ocurrir, de lo desconocido. [OBE
y WDS]
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