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Poblaciones del Aburrá, encerradas por el miedo

Paras y milicianos llegaron a actuar a su modo en poblaciones.
Algunos habitantes prefieren partir o dejar negocios antes que someterse.
Municipios como Caldas viven "auto-toque de queda" después de las diez.



Por
León Jairo Saldarriaga L.
Medellín


Los municipios del Valle del Aburrá ya no son el remanso de paz que fueron. Sus pobladores padecen la llegada de una supra-autoridad armada que da órdenes y, en algunos sectores, manda al encierro.
Foto Diego González

"Si su hijo es sano, acuéstelo temprano; si es caliente, nosotros se lo enfriamos". La notificación, con rigor de sentencia, estaba contenida en un panfleto que circuló en Copacabana, en algunos de cuyos barrios se retrata la aparición de nuevos grupos armados que hoy padece la mayoría de poblaciones del Valle del Aburrá.

Los autores han pasado de las amenazas a los hechos con una secuela de acciones criminales impunes, que las comunidades atribuyen a una arremetida de las autodefensas y de las milicias urbanas de la guerrilla en sus territorios.

Los vecinos de Medellín que hacían alarde de disfrutar de una tranquilidad con problemas de orden público manejables, hoy son escenario vivo del conflicto armado, en especial poblaciones como La Estrella, Caldas, Itagüí, Bello, Copacabana y Barbosa. En todos los casos, las consecuencias son una alteración de la convivencia cotidiana, que pasa por las amenazas, el boleteo, las muertes selectivas, las desapariciones y, pocas veces, enfrentamientos entre milicias y autodefensas.

En lo inmediato causan una ruptura de lo elemental, como quiera que el encierro forzado de sus habitantes ha llevado al alcalde de Caldas, Saúl Posada, a admitir que "prácticamente a las diez de la noche el municipio está en auto-toque de queda, porque la gente tiene miedo". Una de las explicaciones, argumentada por el Asesor de Paz de Bello, Owaldo Arango, es que "todo es producto de un ciclo donde el campo ya no es tan atractivo para la guerra".

Voces desde el temor
El miedo ejerce un dominio mayor que las armas, los testigos de los hechos, y hasta las víctimas, prefieren callar. La situación es patética de pueblo en pueblo. "He oído el comentario de comerciantes que se van a tener que ir. Uno dijo que no se va a poner a luchar para otros, me dio a entender que lo habían boletiado", cuenta un empleado de La Estrella.

"En las noches me quedaba jugando billar, pero ya madrugo para la casa porque esto está muy maluco", agrega, al querer explicar que cuando la Policía se guarda en los cuarteles, desconocidos hacen rondas urbanas. "Después de la media noche se ve gente rara", dice. El temor aumentó por los grafitis que dejaron en sectores como los moteles, que anunciaban la presencia de las Auc.

Para algunos habitantes, la aparición de nuevos grupos armados en La Estrella sería la respuesta a hechos ocurridos entre febrero y marzo como el intento de secuestro de un comerciante a una cuadra del parque, que dejó un muerto, otro en la calle 5ª, y un tercero en la zona rural, además de otro atentado contra un ex congresista liberal.

Un estudiante cuenta que la presencia es más evidente en la parte baja, en La Inmaculada, Ancón y Caquetá (donde una incursión de las autodefensas dejó varios heridos), y en el sector rural de Pueblo Viejo.

Un abogado estima que esos episodios, que muchos atribuyen a grupos de milicias, fueron aprovechados como pretexto por las autodefensas para incursionar. "Algunos, incluso, lo ven como una forma de protección ante la falta efectiva de autoridad", dice sorprendido. En su momento, se queja un funcionario, se hizo un consejo de seguridad con los comandantes de la Policía Metropolitana y de la Cuarta Brigada, hubo mucho pie de fuerza al comienzo, pero después desapareció.

El pueblo se calienta
La contundencia de los hechos muestra la existencia de una supra-autoridad que da órdenes y conmina a que se cumplan. Las historias se repiten aquí y allá. En los primeros días de abril un grupo de universitarios departía en las calles de Caldas cuando a la una de la mañana los abordaron desconocidos, todos de sombrero, que se movilizaban en una camioneta. "Tienen media hora para que se pierdan, y agradezcan que están con cuadernos", les dijeron.

Ya en el Norte, en Bello, los campesinos se quejan que por cada mula que bajan con revuelto (pan coger) a la plaza de mercado, tienen que pagar un "impuesto" de $1.000 a las milicias. Las acciones se suceden con cambio de escenario. En el parque principal de Copacabana dos jubilados comparten que "esto siempre está calientico. La gente está pilas ante cualquier movimiento sospechoso".

En un barrio próximo, un grupo de jóvenes cuenta que después de las siete de la noche no se ve a nadie en la calle, sobre todo por efecto de un panfleto que les decía que "sanos y buenos van pa’ l piso sino se acuestan temprano" y que notificaba "muerte a cuatreros, milicianos y viciosos", respaldado por las Accu.

La advertencia tiene antecedentes violentos como la desaparición de "el poli", desde noviembre del año pasado, cuando resistió a dejarse llevar por hombres armados. Al muchacho le pegaron dos tiros delante de la mamá y de todas formas se lo llevaron. Después, los ocupantes de la que el pueblo conoce como la "camioneta de la muerte", asesinaron una noche de marzo a Richard y a los primos Andrés Felipe y Arley, cuando compartían en una tienda del barrio Cristo Rey.

A los veintidós días, también de noche, bajaron de un colectivo a los hermanos Julián, de 33 años, y Julio, de 16, cuando iban con el mercado para la casa, y los mataron. "Como era este barrio de sano y ver como está por esa camioneta. Ahora uno tiene que encerrarse con los hijos después de las siete", dice una señora, quien anota que hace poco, a pleno día, armados de fusiles, también estuvieron "pidiendo papeles" junto al Hospital Santa Margarita.

La comunidad dice que están en su furor. "Ya pasan de día y de noche, a veces hacen rondas en taxi", añade un joven que sabe de su presencia en sectores como Yarumito, Camboya, La Pedrera, Barrio Obrero, Miraflores, Cristo Rey y Cabuyal. "Claro que esos manes no se meten a los barrios con calentura, porque allá si les aflojan", relata un adulto. Una habitante del sector exclama que los muertos "eran jóvenes sin ninguna maña, pues si fueran malos hasta uno hubiera dicho siquiera descansamos".

De nuevo en el Sur del Valle del Aburrá las historias se parecen. "Circularon panfletos con nombres de muchachos, a quienes pedían no dar papaya y muchos las atribuían a las Auc o a grupos de limpieza", cuenta un funcionario de Caldas. La comunidad advierte su presencia en sectores como La Planta, La Chuscala, La Inmaculada, Los Cerezos, La Miel y en la vereda La Clara.

Según la personera, Ruth Estela Monsalve, el municipio no escapa a esas acciones y admite que muchas muertes son producto del conflicto, pero no por enfrentamientos entre aquellos. Por su condición de corredor geográfico, observa que la guerra les ha traído población desplazada de Carmen de Atrato, Granada, Segovia, San Carlos, Tapartó, Salgar, Urrao y hasta del departamento de Caquetá.

El sacerdote Orlando Arango, de Pastoral Social de la Diócesis de Caldas, concreta que el Frente Metrosur de las autodefensas ha pretendido operar en la población, pero encontró el rechazo de las autoridades civiles y de Policía.

Cuenta que su accionar se mira desde la simpatía de quienes creen que van a arreglar los problemas de seguridad hasta el rechazo total, la confrontación verbal o los que prefieren salir del municipio y dejar sus negocios. Con aquellos, también identifica el accionar de milicias cercanas a la guerrilla y de bandas que atizan el conflicto.

De la mano de la impotencia de las autoridades, la confusión deja una secuelo de luto. Doña Oliva, la abuela de Arley y Felipe, expresa que es una infamia que le quiten la vida a muchachos buenos y reclama a los asesinos que "no dejen más madres llorando".

Implicaciones
Se requieren brigadas urbanas: Jorge Vélez

Tras subrayar que había advertido la urbanización del conflicto, porque la guerra para ellos es más productiva en las ciudades que en el campo, por los impactos que produce, el secretario de Gobierno de Medellín, Jorge Enrique Vélez, propone la creación de una unidad móvil del Ejército para la parte urbana del Valle del Aburrá, que se pueda desplazar a otras ciudades.

Vélez plantea que al Valle del Aburrá hay que tenerlo como zona de conflicto, así como se tiene al Caguán y a la región del Sumapaz, con parte de una unidad móvil, que sería como volver a los batallones que se tenían anteriormente en los barrios. "Hay que tener una pequeña base en Caldas y en todos los rincones de entrada a la ciudad", dice.

Para el funcionario no es lógico que Bello tenga quince policías por turno o que Caldas siete, que es proporcional a los 350 que tiene Medellín. "Ese espacio que uno le corta a los barrios, se lo ganan los grupos armados", advierte. La inversión social, agrega, es el gran complemento después que se tenga una gran presencia del Estado, "que es lo que no pasa". De ahí concluye que no es una locura que el Alcalde pida 2.000 policías más, que también pueden ser soldados, porque "ya hay urbanización del conflicto".

 


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