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Tercer Milenio >> Espíritu de Liderazgo

Antún se prepara para volver

El Padre Antún se recupera en Medellín de la tragedia de Bojayá.
No quiere que lo consideren un héroe, sino un cristiano con fe.
Planea regresar a la población y seguir su labor de párroco.


Por
María Isabel Molina V.
Medellín


El rostro del padre Antún está marcado por una cicatriz en la frente. Huella del dolor físico de Bojayá. Sólo espera a sentirse mejor para volver con su gente a trabajar con las pilas puestas para apoyarlos como hasta ahora. Foto Róbinson Sáenz

A los 28 años, Antún Ramos Cuesta, aún sin posesionarse como párroco de Bojayá, se enfrentó al momento más difícil de su vida pastoral. Vio morir a 117 personas de su parroquia San Pablo Apóstol, arrastró a los heridos fuera del caos en que se transformó el templo y lideró la salida del lugar de los sobrevivientes hacia Vigía del Fuerte.

En ese momento, fue un guía espiritual y de vida, en medio de las balas. Vivir esta situación podría volver loco a cualquiera. Pero, hoy, el padre Antún piensa que si quedó vivo fue porque el Señor así lo quiso y porque tiene una nueva oportunidad de acompañar a la gente de Bojayá.

"He comprendido que Dios ha estado siempre conmigo, me bendice y me sigue acompañando en este proceso que me cambió la concepción que tenía de la vida, porque hoy la valoro más". Después de enfrentar el asedio de los medios de comunicación, en su calidad de testigo presencial del hecho, se vino por un tiempo para Medellín, donde hoy, dice, tiene un millón de amigos.

Aquí ha encontrado alivio para sus dolencias físicas y emocionales. Estuvo en la Clínica San Juan de Dios, de La Ceja, donde recibió asistencia psiquiátrica y psicológica para la depresión que lo aquejó y las pesadillas que lo despertaban por la noche y le hacían "ver" los cuerpos de las víctimas.

También estuvo acompañado por los futuros sacerdotes que estudian en los seminarios de La Ceja, ya que él se formó en uno de ellos, el de Cristo Sacerdote, donde se ordenó el 8 de diciembre de 2000. Luego se refugió en la parroquia de La Visitación, en El Poblado, donde ha encontrado en el párroco Emilio Betancur, un gran confidente y amigo. En su compañía, va al cine, sale a caminar, y a visitar otras parroquias para dar su testimonio. También encontró apoyo en el padre Raúl Álvarez, de la parroquia El Portal de Jesús, en Envigado.

Estas actividades le han permitido desahogarse de todo lo que lleva por dentro y le han devuelto las características que lo definen: un hombre sociable, que le gusta el deporte y escuchar champeta y vallenato. "La acogida, el respaldo y la amistad que me han brindado en esta ciudad, me han ayudado a recuperarme con rapidez, tanto, que los especialistas están sorprendidos".

Señaló que para él no fue difícil liderar a sus fieles en la tragedia que vivieron. "En la Diócesis de Quibdó tenemos muy clara la opción por la vida, que es hasta la vida misma. No quiero que me vean como un héroe porque no lo soy, soy un cristiano convencido de su fe, que hizo lo que tenía que hacer en el momento indicado". De familia muy católica, con un hermano sacerdote que trabaja en África, no le ha costado trabajo asumir su compromiso como cristiano.

Piensa regresar a su parroquia cuando haya garantías mínimas, para poder llevar a cabo el proyecto de reconstruir el templo y erigir un monumento, que refleje el dolor, la vida y la resurrección, para dejar constancia histórica de la tragedia. El padre Antún espera poder tomar posesión como párroco, "porque los muertos están muertos y ahora hay que luchar por los vivos".

Antecedentes
La dolorosa tragedia de mayo 2

El 2 de mayo el padre Antún iba a oficiar su primera misa como párroco. No pudo hacerlo porque una pipeta de gas estalló dentro del templo, donde se refugiaron unas 360 personas para resguardarse del fuego cruzado.

El padre Antún recuerda que estaban «apeñuscados», esperando el desenlace, cuando sintieron que habían lanzado algo muy fuerte. Miró al techo y vio que se vino abajo. Una de las tejas le cortó la frente y un pedazo de muro le cayó en los pies.

La gente corrió despavorida y algunos, como Antún, cargaron a los heridos hacia la casa de las hermanas, donde les brindaron los primeros auxilios. Luego, con una bandera, hecha de un pedazo de palo y una cobija marcharon en busca de los botes para llegar a Vigía del Fuerte.

 


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