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Inicio serie Después de todo... la vida
Rodríguez: luces, cámara
y 91 años de vida
Carlos Rodríguez es el símbolo del reporterismo gráfico.
Una vida
de trabajo y de registro de la transformación del espacio
citadino.
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| En su clóset tiene
colgados 28 trajes completos, con sus corbatas y camisas,
los mismos que usa a diario, pues jamás sale a la calle
mal vestido. Foto: Diego González. |
Por Isolda María Vélez H.
Medellín
No se especializó en nada, dice él, pero sobre
su rodilla sostiene un libro que contiene más de 60 fotos
de rostros y acciones de deportistas famosos y también
de ilustres desconocidos que fueron registrados por su lente.
En las reseñas de los libros que publican sus fotos se
alcanza a decir que sus imágenes deportivas son las más
recordadas de cuantas tomó. Él no asume muy en serio
ese comentario, porque para Carlos Rodríguez cada uno de
los instantes que plasmó de la historia de Medellín,
como reportero gráfico, son especiales. "Soy como
un padre que quiere por igual a todos sus hijos, por eso no le
tengo cariño especial a ninguna de ellas".
A sus 91 años de edad, este hombre que fundó la
Asociación de Periodistas de Antioquia (APA) y el Círculo
de Cronistas Deportivos (Cicrodeportes, hoy Acord), se siente
más vital que nunca. Su figura delgada y la facilidad con
la que sube y baja las escaleras de su casa, lo confirman.
La tranquilidad de una vida que transcurrió entre tipografías,
periódicos, máquinas de revelado y cámaras,
se refleja en las tantas veces que sonríe mientras trae
de su memoria las historias que lo convirtieron en uno de los
reporteros gráficos más destacados del país
entre 1940 y 1975.
"Yo recuerdo una foto, pero no la tengo impresa. Fue el
día que me estaba tragando la tierra, una vez que fui a
ver un derrumbe. Me quedé clavado en el barro. Estoy contando
la historia porque un vaquero que pasó por allá,
me dijo que alzara los brazos, me enlazó y me jaló",
relata, al admitir que la foto no existió porque él
tiró la cámara.
Todos los periódicos del país, con excepción
de La Patria, publicaron en sus ediciones las imágenes
de Rodríguez, que llegaban en un sobre firmado con el sello
de Foto Reporter, Foto Gráfico o con el nombre de su autor.
Entrelaza sus manos, de dedos largos y delgados. En sus uñas,
con líneas verticales, quedaron grabados los estragos del
revelador en polvo y el hiposulfito que usaba en los laboratorios
para revelar imágenes.
El legado
Rodríguez es ambicioso. Espera que al morir pueda dejar
su legado: las fotos que nadie ha tomado. Pero no habla de las
que muestran a la diva mexicana María Félix encendiendo
un cigarrillo en agosto de 1955, o la del escritor Fernando González
en su casa Otraparte, en Envigado, hablando con unos jóvenes,
o la del cura Camilo Torres en una huelga por allá en 1965.
Él habla de las fotos que aún no ha tomado. Por
eso lleva siempre en su bolsillo una cámara Kodak automática,
a la que define como su fiel compañera. Entonces la sostiene
entre sus manos y la acaricia. Luego la levanta y toma una foto
a quienes lo escuchan en sus relatos.
Cada día, a las 12 del mediodía, Carlos Rodríguez
asiste a misa, en una de las iglesias del centro de Medellín.
"Salgo solo, es que no le tengo miedo a nadie.... bueno,
solo a Dios", dice, muy convencido.
De uno de los bolsillos de su saco, en el que luce un escudo
de Foto Reporter, extrae un paquete de fotos, de esas que dan
cuenta de la Medellín de hoy y que capta en sus paseos
diarios. No quiere abandonar su oficio o mejor su pasión
y por eso aún habla de ofrecer sus servicios. "Todavía
me contratan, cobro a 15.000 pesos la foto. Claro que son muy
poquitos los que pagan tan caro".
Retoma su pasado y recuerda que siempre ha hecho fotografías
de la gente del común y que su lente no ha distinguido
nunca entre el pobre o el rico.
Y señala en un libro la imagen de un padre de familia
con sus cuatro hijos durante un paseo en el Bosque de la Independencia
en 1952, o la de aquellas siete damas degustando un café
paradas frente a un mostrador en el aeropuerto Olaya Herrera,
en 1963, o la de tres hombres y un niño posando junto al
televisor que rifó un almacén de electrodomésticos
en 1956.
Ríe al contar que lo echaron del periódico El Tiempo
porque mandaba muchas fotos de matrimonios de pobres, entre ellos,
menciona el del Negro Jornada, "un negrito que vendía
el periódico de Jorge Eliécer Gaitán".
Colección personal
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| Retoma su pasado y recuerda
que siempre ha hecho fotografías de la gente del común
y que su lente no ha distinguido nunca entre el pobre o el
rico. Foto: Diego González. |
Rodríguez es orgulloso. No le piensa dar gusto a quienes
un día intentaron desmotivarlo al decirle que un fotógrafo
mal vestido no llegaría a ningún lado. En su clóset
tiene colgados 28 trajes completos, con sus corbatas y camisas,
los mismos que usa a diario, pues jamás sale a la calle
mal vestido.
El otro gran orgullo, al que se refiere de manera constante,
es su hija Clara Luz, "a la que le toca tolerarme y cuidarme"
y lo dice con una picardía similar a la de un niño
de ocho años.
Aprovecha para mostrar los trabajos de sus hijos, que dejaron
a un lado la fotografía, para expresar el arte que les
llegó en forma de escultura, pintura y tallado en madera.
En una de las paredes se exhibe la galería familiar, donde
predominan las fotos de infancia de los cuatro hijos de la familia
Rodríguez Vélez.
Y de pronto, menciona el motorcito que ha movido toda su vida
y que lo llevó a ser tipógrafo, asistente de detectivismo
(de nuevo saca del bolsillo del saco una foto de un diploma que
lo acredita como Perito en Identificación en Dactiloscopia
y Técnica Judicial) y reportero gráfico.
"Si uno quiere aprender tiene que ser metido, sopero. Y
no me pesa, no tengo nada de que quejarme ni arrepentirme porque
al fin y al cabo estaba luchando por la vida y tenía que
buscar la manera de aprender".
Los retos para Rodríguez no terminan. Ahora es él
quien le enseña a las nuevas generaciones de reporteros
gráficos con un principio fundamental: en fotografía
no hay nada imposible cuando se es un buen profesional. "Yo
lo puedo hacer todo y por eso vivo feliz".
Contexto
Clasificar archivos
En sus paseos diarios, el fotógrafo Carlos Rodríguez
incluye una visita al Palacio de la Cultura Rafael Uribe, donde
reposa gran parte de su archivo fotográfico.
Recorre los pasillos y se topa de frente con los anaqueles en
los que se encuentra, sin clasificar, parte importante de su obra.
En repetidas ocasiones, Rodríguez ha insistido en adelantar
ese trabajo de clasificar los negativos, pero esa solicitud no
ha sido tenida en cuenta por ninguna autoridad.
A Rodríguez no le interesan contratos laborales, pero
sí colaborar en la clasificación de un material
que hace parte de la historia de Medellín.
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