EL COLOMBIANO
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Noemí no sabe bajar la guardia


De cómo una hija de maestros se metió en la puja por la Presidencia.
Triunfadora en toda su carrera, a Noemí Sanín no le faltan problemas.
La segunda es la vencida: no quiere ser candidata toda la vida.

Por
Luis David Obando López
Medellín


Hay momentos en que Noemí Sanín parece estar al frente de cada detalle de su campaña: desde las palabras de un discurso hasta el color de las flores de su despacho. Empleo, educación y familia para ella no son temas de campaña sino problemas que necesitan una pronta solución. Foto Juan Antonio Sánchez 

¿Qué relación puede haber entre el primer trabajo de Marta Noemí del Espíritu Santo Sanín Posada, vendiendo boñiga para abonar matas, como negocio montado con un hermanito cuando apenas tenía cinco años, y su actual aspiración a la Presidencia? Salvo para los amantes de hilar demasiado delgado, seguramente nada, como no sea la persistencia en el empeño por hacer algo productivo: primero, para sus precarias finanzas infantiles, y ahora, por sacar del atolladero un país que lleva en su corazón de mujer y de madre (corazón tierno pero lleno de arrojo).

Esa es Noemí: una mujer emprendedora, dicen sus amigos. No solo inteligente, eficiente, luchadora, líder, que también, y mucho de cada uno. Perseverante en su intención de ocupar el primer cargo de la Nación, como lo fue en su intención de, a falta de mesadas (tercera entre quince hermanos de un periodista-educador y una maestra), no mantenerse sin cinco: hacía y vendía globos y cometas, escribía en el colegio cartas de amor por encargo, más tarde atendió el almacén Dalia vendiendo ropa de mujer y se costeó sus estudios universitarios.

Sí, como cualquier hijo de vecino. Por eso no incluye esos datos en su hoja de vida: “No practico el victimismo social, porque esa situación que viví es la de millones de colombianos”, ha dicho. Se siente orgullosa de haber vivido una niñez y adolescencia heredando ropa, juguetes y libros (con la responsabilidad adicional de dejarlos en buen estado para los que seguían), y del trabajo sin descanso que le recuerdan todos quienes la conocen, pero no le ve tanta gracia. Le ha sacado, eso sí, enseñanzas: “El trabajo no es un castigo, es la oportunidad de desarrollar activamente las potencialidades del individuo”, dice sobre el tema.

“Un país que trabaja es un país que progresa”. Le gusta la sentencia, así como le parece grave que por falta de empleo no haya forma de hacer realidad cada una de sus letras. “Entiendo la falta de oportunidades como uno de los grandes problemas del país”, sigue. Esa apreciación, bien fácilmente perceptible en un país con más de 20% de índice de desocupados, la llevó a esgrimir desde bien temprano en la campaña (cuando sus contendientes hablaban todos de diálogos de paz y conflicto armado) la bandera del trabajo. No la ha abandonado, y le ha tocado ondearla con más fuerza, para hacerla sentir, desde que su discurso comenzó a hacerse poco audible entre el fragor de las bombas, las balas, los secuestros y demás dolores nacionales.

Probemos con faldas
“¡Noemí, mamita, usted es dinamita!”. Los gritos, en un coro de 50.000 personas, retumbaron por cada rincón del estadio El Campín y sus alrededores. Era la campaña presidencial de 1998, la primera en la que Noemí Sanín se metía en ese tipo de luchas. En las encuestas se mantenía entre el 10 y el 14%, y bajó por los lados del 8%, pero terminó frisando los 3 millones de votos. Eran las épocas en las que los muros bogotanos lucían grafitos muy al estilo del contundente y cítrico humor del altiplano: “Noemí es el hombre”.

Tendrá que ser que por ahí se entienda que sí, que ella sí puede ocupar el número 1, que no tiene por qué contentarse con el 2, y que ese primer sitial no tiene pantalón obligatoriamente asignado, que una falda le vendría muy bien. Es que antes de ocupar su primer ministerio, el de Comunicaciones, en 1983, ya el presidente Belisario Betancur le había ofrecido siete viceministerios, sin riesgos de aceptación. Y hace cinco años las campañas de Pastrana y Serpa se desvivían en coqueteos por tenerla como fórmula vicepresidencial, pero ella iba era por el puesto que ellos buscaban, no por simple competencia, sino por su oposición al “más de lo mismo”, para el que quiso ser alternativa.

Pero el país sigue así, diferenciando en su inconsciente colectivo roles de hombres y mujeres. Si de algo está harta Noemí en lo más cercano (ya no digamos de injusticia social, que no es que le canse sino que le produce un sentimiento intermedio, bien agudo, entre el dolor y la rabia), es de que por todas partes digan que es la mejor candidata, pero que le tocará en otra oportunidad, porque son tantos los problemas del país que aquí lo que se necesita es un hombre. Y que tal vez, ya en paz, sí tenga una oportunidad.

“¿Y le parece muy bien la manera como los machos tienen el país?”, le espetó Sanín, sin abandonar su sonrisa, a un campesino cundinamarqués que tuvo la franqueza de decirle que mejor se ocupara en otra cosa, porque la política, y más la Presidencia, “es una cosa de machos”. El fenómeno de su aceptación general, no traducida en intención de voto por asuntos de género, es un buen objeto de estudio para analistas del tema. El comentarista Antonio Caballero advirtió en una de sus columnas, hace ya 50 meses: “El sexo de un político no es ni un defecto ni una virtud, sino un mero dato fisiológico que para nada afecta su comportamiento político”.

Metas claras, vía segura
“El que no sabe para donde va, no puede llegar a ninguna parte”, repite Noemí Sanín. Ella sí tiene el norte claro. Lo tenía cuando estudiaba en la Universidad Javeriana y a la par cuidaba a su hija, María Ximena, a la que puso a dormir en el día para disfrutar de sus gracias de bebita en la noche, cuando podía estar con ella. Nadie sabía cómo aguantaba, pero no se les quedó atrás a compañeros como Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro León-Gómez o Ernesto Samper: se graduó de abogada economista, y luego hizo un posgrado en derecho comercial y financiero.

Terminó así un ciclo de formación académica que comenzó en el colegio María Auxiliadora de Medellín, donde las niñas recibían clase de costura cuando en el horario decía “deportes”; que siguió en La Enseñanza de Bogotá cuando se trasladó allí, apenas antes de cumplir 15 años, y que luego continuó, ya terminando los años 90 (pasadas las elecciones presidenciales del 98) cuando la mira estaba puesta definitivamente en el servicio al país y para prepararse mejor se fue a estudiar a Harvard y, simultáneamente, siguió con el trabajo político nacional por intermedio de grupos temáticos de trabajo, tomándole el pulso al país y, a la vez, pensando en soluciones para los males diagnosticados.

Niña mimada de la opinión nacional por el magnetismo que le reconocen hasta sus adversarios (pero, sobre todo, por las ejecutorias al frente de los retos que ha tenido al frente), fue en este punto donde se enfrentó al monstruo escondido detrás de cada aventura en las urnas: que no le alcanzaran personalidad, hoja de vida, propuestas y carisma para captar votantes. Ya lo había vivido un poco cuatro años atrás, cuando su nombre en las encuestas no despegaba y los expertos, que hasta debajo de las piedras salen en épocas electorales, señalaban que estaba muy “libreteada” por sus asesores. Sin que nadie se percatara, se retiró casi un mes a descansar de sermones (“diga esto, diga lo otro”) y volvió como la que siempre era: escuchando a todo el mundo, pero tomando la decisión final a su encantadora manera.

Las puertas están abiertas
Hoy le suena una música similar, y hasta de terca la han señalado por no tirar la toalla (estuvo a punto de hacerlo en esa crisis del 98) cuando los sondeos la muestran en bajada. Pero las claudicaciones no están en su agenda. El mensaje ha sido claro y reiterado: el que se asuste puede irse, porque ella se quedará.

Sigue, entonces, luchando (para empezar) contra la parte de ella misma que trata de hacerla tambalear: un “pánico escénico” extraño en una mujer que cautiva a cuanto personaje (desde gobernantes hasta obreros) ha conocido en el mundo, pero que se hace realidad con solo ver una cámara o un micrófono. Entonces cierra los ojos, respira profundo, se encomienda al Espíritu Santo, y cuando abre los ojos de nuevo ya va hacia adelante, la única dirección en la que le gusta marchar.

Y la historia vuelve a repetirse: “Nada está ganado para ella, pero nada tampoco está perdido”, escribió de su situación en 1998 el periodista Plinio Apuleyo Mendoza. Hoy, Noemí Sanín hace un gesto como diciendo “aquí no ha pasado nada”, y le pone punto final a las dudas con otra sentencia: “Con disciplina, compromiso y pasión, es posible alcanzar cualquier objetivo”. Calla, y sigue al frente de la tarea emprendida.

Contracara
"Estoy dispuesta a renunciar": Sanín

La candidata presidencial Noemí Sanín negó que haya tenido que ver con el informe de televisión en el que se habla del helicóptero de la familia Uribe, que tampoco ha pensado en desarrollar una campaña publicitaria contra el candidato y que si se comprueba alguna de esas situaciones declinaría su candidatura.

"Que yo tenga que ver con la investigación de un noticiero es hilar demasiado delgadito y no hay que confundir buscando unos mensajeros y lo que hay que hacer es los debates civilizadamente", señaló. Sanín no aceptó que su campaña sea tachada por problemas éticos y anunció su renuncia si Uribe demuestra "un dibujo, una idea o una reunión", en la cual haya estado contemplando que se iba a realizar un comercial sobre una reunión sostenida en el pasado por él y la esposa del extinto narcotraficante Pablo Escobar.

"Renuncio a mi candidatura si Alvaro Uribe puede demostrar que nosotros íbamos a hacer una cuña en ese sentido. Además le pido a Alvaro Uribe, sin ofuscaciones, que nombre las personas que quiera para que hagan un análisis ético sobre lo que está diciendo y me someto a cualquier tipo de tribunal", reiteró.

La candidata precisó, también, que "soy tan limpia y transparente en mis cosas que le dije a Alvaro Uribe que aunque no hemos decidido, de pronto hacemos una campaña sobre contradicciones de las ofertas de los presidenciables como la revocatoria del Congreso, lo de una sola Cámara o dos Cámaras y lo de los cascos azules y eso fue lo único que le dije".

 


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