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serie Un viaje a lo profundo del Atrato
La resistencia en el Atrato
también es contra las fieras
Una
comunidad negra resiste, a pesar del aislamiento que trae
la guerra.
José,
quien se enfrentó a un jaguar, es el símbolo
de esa resistencia.
El
Cicr mitiga en parte ese dolor, con la atención en
salud de su unidad móvil.
Por
Javier Arboleda
García
Atrato Medio
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Las partes en conflicto,
"para citar un caso", dice José Los Santos,
ejemplo de la resistencia en la comunidad de Mesopotamia,
restringen la compra de víveres y de gasolina (sólo
$30.000 por mercado y una pimpina de gasolina) dentro
de la estrategia que montaron en la región para
cortarle el suministro al grupo enemigo. Fotos Manuel
Saldarriaga, Atrato Medio
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Durante dos años y ocho meses, José Los Santos
Chávez, un negro de 70 años, vivió solo,
apenas con la compañía de un jaguar hambriento
que lo asechó en las noches.
Entre abril de 1996 y diciembre de 1998, sus pisadas recorrieron
cada centímetro de la comunidad de Mesopotamia, un
rústico caserío de madera, que ayudó
a fundar en la década de los 40 y que se levanta sobre
una pequeña colina, al lado del río Opogadó,
a una hora en bote de su desembocadura en el Atrato.
José es un hombre desdentado, de pies desnudos y ajados,
tan anchos como las patas de un pato, de caminar lento, lateral
y encorvado, como en péndulo, y de manos largas y gruesas
que parecen colgarle de los hombros.
Hoy, el más veterano de los 485 habitantes que viven
en medio del aislamiento por la guerra, se para a diario en
el último escalón de cemento del incipiente
puerto, para darle la bienvenida a los pocos visitantes o
viajeros del río. Es un acto cotidiano que le quedó
de los días en que, hora a hora, minuto a minuto, esperó
el retorno de sus vecinos.
A principios del 96, la confrontación armada entre
autodefensas y guerrillas, unida a los bombardeos de la Fuerza
Aérea Colombiana (FAC) en la Operación Génesis,
provocaron un masivo desplazamiento de comunidades negras
de las cuencas de los ríos del Atrato Medio y Bajo,
más de 6.000 personas que llegaron, tras días
de camino por selvas y pantanos, a Pavarandó y Turbo,
en Antioquia.
En esos lugares se formaron grandes campamentos de desarraigados,
que sólo empezaron a retornar casi tres años
después, con el acompañamiento de la Iglesia
y de la comunidad internacional y con el compromiso manifiesto
del Estado y tácito de los actores en conflicto de
que respetarían su decisión de repoblar los
predios abandonados.
Esto último no parece haberse cumplido en su totalidad:
los grupos armados siguen tomando posición y defendiendo
"sus territorios", al punto que muchas comunidades
de la región, como Mesopotamia, permanecen casi que
aisladas y olvidadas, importantes sólo en la geopolítica
de la guerra.
Las organizaciones armadas restringen la circulación
por caños y ríos y, con eso, limitan el comercio
y la producción agrícola, ganadera y piscícola
de la población civil, en especial, negra e indígena.
Estas comunidades han tomado una actitud de resistencia que
las obliga a luchar no sólo contra los señalamientos
y arbitrariedades de los combatientes sino contra las adversidades
de una zona rica en biodiversidad, pero de difícil
acceso, casi virgen y embrión de enfermedades intestinales,
respiratorias y de aquellas transmitidas por los mosquitos,
como el paludismo.
Casi la única ayuda que reciben es la que les proporciona
la Unidad Móvil de Salud (UMS), del Comité Internacional
de la Cruz Roja (Cicr) que, cada dos meses por lo regular,
hace una jornada de vacunación, de atención
médica y odontológica y de saneamiento ambiental.
"Nunca nos hemos hecho favorecedores de la mano amable
del Estado", recuerda Eleuterio Mosquera Blandón,
de 52 años, líder en Mesopotamia. "Bueno,
ellos sabrán lo que hacen, pero lo cierto es que estamos
aguantando hambre".
Eleuterio dice que José es una especie de homenaje
a esa resistencia "que todos llevamos dentro" porque,
incluso, los ha obligado a acudir al milenario método
del trueque para comer pescado y carne, productos que adquieren
en Bocas de Opogadó, Vigía o Bellavista, "a
cambio de yuca, arroz, maíz y cacao", cultivadas
en unas hectáreas comunitarias, cerca del pueblo, "porque
nos da miedo ir más lejos".
Ese más allá lo señala José con
sus dedos para indicar las tierras alrededor de Mesopotamia,
donde existen 105 fincas, cada una de cinco hectáreas
en promedio, "abandonadas por temor a la guerra".
José se ríe cuando Eleuterio le pide que cuente
sus hazañas durante los casi tres años que permaneció
solo. El viejo le contesta que, tal vez, no fue una hazaña
sino la única posibilidad de sobrevivir, porque cuando
vio partir a sus amigos, "me di cuenta de que mis pies
no lo aguantarían".
De día limpiaba y arrancaba con sus manos la hierba
que crecía en la única y polvorienta calle del
pueblo, que es una hilera de casas que termina con un extenso
terreno, que alguna vez sirvió de campo de fútbol.
"Cultivaba lo que necesitaba: plátano, yuca, arroz...".
Durante algún tiempo sobrevivió con la compañía
de un burro, la primera víctima del jaguar.
"Una noche sentí la lucha del burro contra la
fuerza del otro animal". Después, "no lo
volví a ver", porque el jaguar lo arrastró
"a la selva", donde permaneció hasta que
el alimento se le acabó y, de paso, "se le alborotó
el instinto cazador".
El drama
En esos días, a José le sobraron horas del día
y le faltó una rula (machete) para enfrentar al felino.
"De noche, sentía que me seguía, que olía
en cada rincón, que hurgaba en cada casa", en
busca de un ser vivo, aunque el viejo, con astucia, con distintos
sonidos, en diferentes sitios, siempre logró despistarlo
y confundirlo.
Un día, parado en ese escalón vio que un pequeño
bote se acercó. "Era don Luis que vino a darle
vuelta a su casa", visita que se convirtió en
la salvación, porque su vecino conoció de la
persecución, de modo que le prometió a José
una herramienta o un arma para defenderse.
"Al tiempo me regaló la rula". Una noche
esperó al jaguar y, al verlo, se le enfrentó.
"Le di un golpe tan fuerte que el animal no pudo reaccionar".
Hoy, José no sabe si lo mató, "pero lo
cierto fue que nunca volvió".
Aunque el viejo espera que Mesopotamia sea la de antes, cuando
vivían 84 familias, Eleuterio le recuerda que ahora
sólo son 35, sin esperanzas de que retornen más,
"por lo que los círculos, los del poder y los
militares, están más cerrados cada vez".
El consuelo de ambos es la resistencia, "que nos ha enseñado
a vivir, inclusive, entre las fieras".
Implicaciones
La alimentación, tema que
preocupa
La alimentación en Mesopotamia es una de las mayores
preocupaciones de esa comunidad negra, pues cuenta con una
tienda comunitaria que regula los precios de algunos productos
básicos, pero el encierro al que están sometida
impide surtir a veces.
Los productos agrícolas que consechan en las hectáreas
circundantes apenas les alcanza para alimentarse y para algún
tipo de trueque que hacen con otras comunidades vecinas.
Los líderes de Mesopotamia esperan que la totalidad
de los desplazados regresen cuanto antes, por considerar que
esa decisión fortalecerá su posición
de resistencia y, de paso, ampliará el abanico de posibilidades,
de forma que, algún día, la situación
en la zona tienda a normalizarse. Por el momento, confían
en que las restricciones sean cada vez menores y afecten a
menos personas.
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