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Inicio serie Un viaje a lo profundo
del Atrato
Suturas y vacunas que salvan
vidas
Pese
a las adversidades, la labor humanitaria mengua la guerra.
La
acción del Cicr mitiga el sufrimiento de negros e indígenas.
Es
nuestro aporte a la paz", dice un delegado de la misión
humanitaria.
Por
Javier Arboleda
García
Medio Atrato
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| Oscar Urrutia,
enfermero de la Unidad Móvil de Salud del Cicr,
ayuda a mantener sanos a muchos niños indígenas
y negros en el Chocó. |
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| Darlenis
Cuesta y Doris Sánchez, de la UMS, explican a la
comunidad su labor. A su lado, escucha el gobernador indígenas
Clímaco Cabrera. |
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| John
Byron Sánchez, médico del Cicr, tiene un
arduo trabajo cuando la UMS llega a las comunidades apartadas. |
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Alfonso Rivas, el pequeño indígena que sufrió
un accidente en el río Opogadó, fue atendido
de manera inmediata por los miembros de la Unidad Móvil
de Salud del Cicr que, para su fortuna, se encontraba
en su comunidad.
Fotos Manuel Saldarriaga, Unión Baquiasa |
A las 2:30 de la tarde de un miércoles de noviembre,
el grito de dolor de Alfonso Rivas, de siete años,
alarmó a habitantes y visitantes en Unión Baquiasa.
Ese grito reflejaría después el infortunio y,
de manera contradictoria, la fortuna para este niño
embera.
Sus compañeros lo sacaron desnudo del río Opogadó,
afluente del Atrato, después de que Alfonso, para impresionarlos,
demostrara sus dotes de clavadista, con tan mala suerte que
se le atravesó la punta de un palo enterrado en la
arena del cauce. Esa astucia le costó una herida profunda
de tres centímetros al lado derecho de la corona de
su cabeza.
La mala fortuna de este menor, barrigón y esquelético,
cuyos codos y rodillas parecen nudos, le vino porque son pocos
los accidentes de este tipo en una población acostumbrada
a "domar" la naturaleza.
La fortuna la tuvo porque a sólo pocos metros del río,
en una de las dos aulas de la única escuela, estaba
John Byron Sánchez García, médico hace
catorce meses de la Unidad Móvil de Salud (UMS), del
Comité Internacional de la Cruz Roja (Cicr).
El grito de Alfonso llamó la atención de Óscar
Urrutia, enfermero, y uno de los nervios de la UMS, por su
carisma, su dedicación, su vasto conocimiento de la
región y sus excelentes dotes de cocinero que, en parte,
mitigan la dureza -por las condiciones aisladas de la región-
con que trabaja el grupo de la Unidad.
Oscar dejó de atender la vacunación de menores
y mujeres en edad fértil para asumir su rol de enfermero
en la sutura. Alfonso tuvo lo necesario para cerrar su herida
porque, de lo contrario, una contingencia de éstas
habría costado, mínimo, $300.000 (en gasolina,
atención médica y pago de medicamentos), en
caso de que hubiera el dinero y, de paso, la decisión
de trasladarlo a Vigía del Fuerte (a doce horas).
De todas maneras, con la atención rudimentaria
que hacen aquí (café o sal), la herida
se hubiera infectado con la humedad y el calor, así
que el viaje a Vigía era inevitable, le comentó
John Byron a Óscar, en medio de los gritos desesperados
de Alfonso que en su enredado embera le decía a sus
padres, mientras los agarraba con fuerza de las muñecas,
que lo sujetaran duro porque la cabeza le dolía...
Y mucho.
Este es un ejemplo, casi una coincidencia, porque
los verdaderos muertos los evitamos a diario. La atención,
que va desde una simple consulta de planificación familiar
hasta un síndrome nefrítico (una infección
renal severa) es una recompensa a las difíciles condiciones
de esas comunidades. Te pones en el lugar de ellos y
te da angustia por la desesperanza.
Óscar asistió seguro de que la labor es silenciosa
pero contundente, sobre todo en una región donde las
enfermedades diarreicas, respiratorias, de la piel, inclusive
de transmisión sexual o aquellas transmitidas por vectores
(malaria) cobran muchas víctimas.
Es nuestra contribución a la humanización
del conflicto, porque ha visto de cerca los estragos
de una guerra que se ha llevado a mucha gente no sólo
con las balas sino con las restricciones que impide para que
esas comunidades reciban, al menos, una asistencia en salud.
Cuando hay disposición para ayudar, todo es posible,
en especial para mitigar el dolor de la gente, porque durante
sus seis años, como empleado del Cicr, ha sido testigo
de la resistencia contra el desplazamiento, de la tozudez
por arraigarse a una tierra que aunque inhóspita, es
la única que tienen esas comunidades.
Lo más difícil es ver el sufrimiento de
la población civil que se mantiene en medio del enfrentamiento,
a veces con una actitud estoica que pese a estar bloqueada
en una región en disputa, prefiere quedarse allí,
así tenga que dormir a la intemperie.
Cuando Óscar y John Bayron terminaron de coser la pequeña
herida de Alonso, una nube de niños se agolpó
en la puerta del improvisado consultorio para ver de quién
era el llanto, romería que le quitó público
a Noelia Galeano, auxiliar de odontología, también
con una vasta experiencia de seis años en la tarea
de convencer a menores negros e indígenas de las bondades
de la limpieza oral.
A ella la motivan los niños, los seres humanos que
resisten, aquellos que pese a las adversidades acatan las
instrucciones de un buen cepillado, pero también
de aquellos que, al vernos llegar, son capaces de decir: por
fin hoy vamos a dormir tranquilos.
La guerra se le llevó un hijo: fue una de las víctimas
del carrobomba contra la estación de Policía
de Apartadó, en febrero de 1996. Trabajaba en
el almacén El Pescador, edificación que
sufrió los mayores rigores de la onda expansiva, pues
estaba ubicada en la esquina, enfrente del comando.
Mi consuelo es hacer algo por los que siguen vivos.
Y reitera la frase con dos palmoteadas para que los pequeños
regresen a la higiénica tarea, gesto que avala Darlenis
Cuesta Caicedo, una negra, de trazo fino, orgullosa de su
estirpe, de sonrisa amplia y voz pausada con la que transmite,
como si fuera un rezo, la necesidad de cambiar los hábitos
para mantener un ambiente limpio.
Antes, Darlenis recorrió los tambos y verificó
que los tanques para almacenamiento de aguas lluvias cumplieran
el fin para el cual fueron donados por el Cicr. Todo
el proyecto de acueducto, los pozos sépticos y la capacitación
para adecuar, recolectar, almacenar y destruir los desechos
sólidos, buscan mejorar las condiciones de vida de
estas personas, labor que cuesta porque muchas veces
se da en contra de costumbres culturales arraigados en indígenas
y negros.
La última recomendación para Alfonso se la dio
Doris Sánchez, delegada de Salud del Cicr y coordinadora
de la UMS, quien en su arrastrado acento chileno le dijo a
los padres que el pequeño debería esperar, por
lo menos, dos semanas para volver al río. Doris, una
enfermera con especialización en salud pública,
siempre en orden y a la orden, conoce cada paso de la UMS
y casi cada metro de la región, pese a que sólo
lleva un año en el país, desde que aceptó
la propuesta de la Cruz Roja noruega de dirigir la Unidad
que financiaría para mitigar, en parte, el dolor de
la población de una de las zonas más conflictivas
del país.
Promoción y prevención, educación,
vacunación y saneamiento son los objetivos de
la UMS y los cumple a cabalidad, no bajo sus órdenes
sino por la sensibilidad que demuestra con quienes ven en
su ayuda una salvación, en especial en aquellas 37
comunidades que desde hace tres años atienden en el
Atrato medio y bajo, al lado de un equipo profesional,
que se ha ganado el respeto de todos.
Tras su accidente Alfonso regresó a su tambo con un
frasco de antibióticos que fue lo único que
necesitó para curar su herida, porque la verdadera
prevención la hizo dos años atrás, con
la primera visita de la UMS. Entonces, sintió por primera
vez el pinchazo de una aguja hipodérmica en su cuerpo
que le inyectó la vacuna contra el tétano.
Implicaciones
Cuatro unidades móviles de salud en cuatro regiones
conflictivas
En Colombia funcionan cuatro unidades móviles de salud,
todas patrocinadas por gobiernos extranjeros y con el mismo
fin: llegar a zonas donde, por razones del conflicto, el Estado
y, en especial, la ayuda social del Estado, como los sistemas
de salud, no puede llegar o entrar.
En el Atrato Medio y Bajo, con sede en Apartadó, trabaja
la Unidad financiada con recursos de la Cruz Roja noruega.
Las otra tres laboran en regiones del Sur de Bolívar,
con sede en Barrancabermeja; Caquetá, con sede en Florencia
y la cuenca del río Guaviare.
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