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A la buena de Dios
Una gran mayoría de deportistas colombianos carece
de seguridad social.
Se
ha logrado algo en pensiones pero sólo para los pioneros
y viejas glorias.
En
el campo aficionado la situación es lamentable. En
el profesional algo se ha ganado.
Por
Oswaldo Bustamante
Escobar
Medellín
Nunca llegó a maldecir, ni siquiera en los momentos
más duros cuando ya el cáncer le había
arrebatado las cuerdas bucales y su garganta estaba destrozada
luego de 25 radioterapias y cinco quimioterapias. No podía
hablar, ni siquiera pasar un bocado de comida. Juan Diego
Giraldo Covaleda siempre se mantuvo firme pensando en un futuro
que él mismo sabía, no existía para él.
El gigantesco luchador antioqueño, de 1.87 metros,
34 años, 104 kilos de peso y esporádicamente
practicante de sumo, murió en la madrugada del pasado
4 de febrero. Desangrado, como testifica su hermana Sara,
porque ya no había más nada qué hacer:
el tumor maligno se lo llevó.
Se fue vestido con una sudadera de Antioquia, la misma que
llevó con orgullo durante tanto tiempo y en sus manos
una medalla de las muchas que le colgaron en su cuello durante
19 años de labor deportiva. Sólo eso. Aquí
dejó uno que otro uniforme, un cúmulo de medallas,
trofeos y placas, recortes de prensa, álbumes con fotografías.
Y nada más porque ni siquiera sus dos pequeños
hijos, Juan Diego, de cinco años, y Jacobo Andrés,
de uno, quedaron con un futuro asegurado.
En vida, Juan Diego y su familia no contó con el dinero
suficiente para afiliarse a algún servicio de salud.
No lo tuvo como contribuyente porque su única "profesión"
conocida era la práctica del deporte (aficionado).
Tampoco como vinculado porque aunque dependía de la
familia materna, quienes laboraban eran sus hermanos y ninguno
tenía capacidad económica para responder por
los demás. Y cuando logró el beneficio de esa
asistencia, en calidad de subsidiado, adscrito al Sisbén,
fue demasiado tarde.
Hoy, quienes lidiaron su caso por más de dos años,
desde cuando comenzó a presentar los síntomas
mortales del cáncer que le sobrevino al complicársele
una mordida de lengua cuando entrenaba en el módulo
de lucha, ven con incredulidad y desconocimiento cómo
Juan Diego dejó desamparados a sus dos hijos.
Cero pensión, cero seguridad, porque como ciudadano
común y corriente nunca pudo acceder a ese servicio
pese a que según reza la Constitución, "todo
colombiano tiene derecho a la salud". Y como practicante
de un deporte mucho menos porque ni clubes, ni ligas, ni federaciones,
que a su vez se benefician de aquellos, están en la
obligación de brindar seguridad social.
El deportista es el único "empleado" en Colombia
que no goza de una estabilidad laboral y por consiguiente
tampoco de sus beneficios porque, al fin y al cabo, ésta
no es considerada profesión remunerada. No hay una
ley que así lo establezca. Menos cuando, históricamente,
el deporte ha vivido de totuma ante la falta de presupuesto
para orientar sus competencias. El deporte tampoco está
inscrito en el Instituto de Seguros Sociales como una actividad
económica como la que pueden ejercer tanto los abogados
como los albañiles, los médicos o los carpinteros.
Ocasionalmente el deportista recibe viáticos y auxilios.
Y, de vez en cuando se beneficia de los patrocinios. Pero
estos rangos no les da estabilidad laboral, pues tal como
llegan se van en pasajes, comida, suplementos vitamínicos
o vestimenta propia para su práctica.
Sólo unos pocos, podrían decir que se sienten
seguros dedicados a alguna de las actividades musculares.
Claro que hay excepciones, como los deportistas considerados
de alto rendimiento, los de élite o los talentos que,
al lado de algunos futbolistas, patinadores y ciclistas profesionales,
pueden darse ese lujo en salud, pensiones y cesantías
que no tienen aquellos de clase baja y media baja del país.
No hay ley
Como en el caso de Juan Diego Giraldo, las satisfacciones
están representadas en medallas y trofeos. En Colombia,
contrariamente a lo que sucede en naciones más adelantadas,
estos exponentes que dejan en alto el nombre deportivo de
una región, un departamento o el país, reciben
poco a cambio.
En Francia, Alemania y Cuba, por citar algunos, el Estado
tiene un sistema de protección no sólo contra
riesgos provenientes de la actividad física sino también
de los que tienen que ver con salud y pensiones por años
de servicio, retiro y vejez. En Colombia no hay nada de eso.
El deportista común y corriente si no está adscrito
a algún sistema de salud y pensiones, está llevado,
como se dice popularmente, porque ninguna entidad -llámese
Liga, Federación, Coldeportes o Comité Olímpico
Colombiano-, le subvencionará dicho servicio.
Esta actitud gubernamental bien podría decirse que
se opone a la manida frase de que el Estado lo da todo. "Nosotros
vivimos en un país paternalista y sin compromisos donde
queremos que el Estado les subsidie todo", señala
Noreley González, trabajadora social de Indeportes
Antioquia, ente oficial.
Pero tal vez el factor más preocupante para que no
haya una reglamentación al respecto es el económico.
¿Cuánto le costaría al Estado afiliar
a todos los deportistas a los sistemas de seguridad social?
¿Cómo haría una Liga para asegurar a
sus practicantes si a duras penas subsiste con presupuestos
de funcionamiento irrisorios?
Sin embargo, al decir de los funcionarios de Estado, como
Diego Palacios, director de Coldeportes Nacional y de Andrés
Botero, del Comité Olímpico Colombiano, se han
dado algunos pasos que tienden a mejorar un poco este desolador
panorama. Por ejemplo, en cuestión de estudio, becas,
asistencia médica y apoyo económico a quienes
por sus capacidades lo merecen, es decir, los programas de
apoyo a deportistas, así como de aseguramiento contra
accidentes. Poco a poco se gana terreno aunque no el ideal.
Por lo pronto, como lo señala el decreto 1231 de 1995,
ya hay estímulos académicos, económicos
y algo de seguridad social como planes colectivos y
seguros contra accidentes en torneos- para deportistas destacados
en el ámbito nacional o internacional.
Para algunos atletas, al término de una carrera, buena,
mala o regular, de nada parece valer tanto esfuerzo. O como
sentencia Sara Giraldo, hermana del desaparecido luchador
Juan Diego, "es muy triste ver cómo cuando un
deportista ya no sirve ni le reporta nada a una Liga, lo dejan
por ahí, sin seguridad y sin pensión, tirado
a la buena de Dios".
Servicio y utilidad
En la frágil cadena, cada
quien por su lado
La cadena la empiezan los deportistas desde su base, es decir,
en el colegio o la escuela, luego aparecen aquellos de barriada,
para más allá darle paso a los asociados a clubes,
afiliados a ligas y, por consiguiente, acogidos por programas
de federaciones, hasta llegar al profesionalismo siempre y
cuando el deporte tenga ese rango.
En la primera instancia, la seguridad social que se le brinda
a los muchachos está representada por los seguros estudiantiles
que exige cada institución y que cobija lesiones y
enfermedades. Ésos mismos beneficios son aprovechados
por clubes, ligas y federaciones a la hora de llegar esos
deportistas a la competencia organizada, porque no hay una
ley que obligue a estas entidades a brindar ese servicio.
Pero cuando el deportista no es estudiante, ni tiene trabajo
remunerado o su familia no está en capacidad de sostenerle
una afiliación a los regímenes de salud, una
EPS o un Sisbén, queda desamparado y cruzando dedos
para evitar que su salud no se resquebraje.
Por la dificultad que ello conlleva, la población
deportiva del país no está cuantificada; sin
embargo, si nos atenemos exclusivamente a las cifras que presenta
el sistema general de salud, bien se podría concluir
que buena parte de ella no tiene seguridad social. En la sola
Medellín, hay cerca de un millón de afiliados
al régimen contributivo (con capacidad de pago y empleo),
apenas 232.000 al subsidiado (sin capacidad de pago, adscritos
al Sisbén) y el de vinculados (sin trabajo) la cifra
sube a 750.000 personas. ¿Cuántos de éstos
son deportistas?
Y ni hablar de pensiones por vejez, invalidez y muerte. No
las hay. Allí es donde la frágil cadena se rompe
invariablemente, porque el deporte no está catalogado
como profesión y, por ende, el Estado no responde por
estos items.
No obstante, según Diego Palacios, director de Coldeportes
Nacional, de los deportistas que tienen seguridad social,
un alto porcentaje -no cuantificado-, son dependientes de
los sistemas de salud en los que figuran sus padres trabajadores
(EPS), otro rango más pequeño corresponde al
del deportista trabajador que paga salud y está en
algún fondo de pensiones.
Lo anterior nos lleva a la conclusión, como lo asegura
descarnadamente Noreley González, que como sus practicantes
habitan un contexto cultural y social, "el de la obligación
social es el grupo familiar. Ella debe responder por la seguridad
social, igual como lo hace con la educativa y sicológica".
Y agrega: "como estamos en un país paternalista,
en el que nadie asume compromisos, se presentan casos donde
la familia en vez de afiliar a su grupo como beneficiario
o cotizante, prefiere que sea el Estado que cargue con esa
responsabilidad".
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