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Valdemiro, el arenero del río Medellín


Con su trabajo logró su bachillerato y les da educación a los dos hijos.
Estos son tiempos duros, dice este hombre, ejemplo de superación.

Por Gustavo León Ramírez Ospina
Medellín

Cuando la jornada resulta buena, Valdemiro Moreno puede ganarse al día alrededor de 50 mil pesos. Sin embargo, en las últimas tres semanas ningún cliente se le ha acercado a comprarle el montículo de arena que deja a la orilla del río Medellín. Foto: Donaldo Zuluaga

A Valdemiro Moreno Hinestroza, desde hace más de tres semanas no se le acerca un volquetero a comprarle la gravilla y la arena con cascajo que saca del río Medellín, por los lados del barrio Moravia.

La situación, aparentemente, no le angustia, pues conserva la sonrisa y el optimismo, mientras realiza el trabajo cotidiano de escarbarle el sustento a las aguas grises y malolientes donde más de un millar de industrias vierten sus desechos líquidos.

En la mitad del río, Valdemiro palea en forma rítmica detrás de un montículo de basura que levantó entre el torrente y cada cucharada de arena sin cernir va al fondo de una canoa que más bien parece un féretro gigantesco de película gringa de pistoleros. Es la única canoa que en vez de remos tiene palas y fue hecha por él.

Trece años continuos sumergido hasta la cintura, bajo los intensos veranos o los inclementes inviernos, sólo le han dejado excoriaciones en las piernas, callos en las manos, rajaduras en la planta de los pies, una gripe perenne y un destino lleno de incertidumbre para su familia.

El jueves hablamos con él, en un día que amenazaba lluvia. Sus acompañantes en el río eran doce gallinazos que reposan en una playa de piedras y le daban la espalda; don Antonio, quien le enseñó a trabajar como arenero; y dos pequeños escolares del barrio que bajaron a matar el tiempo.

"A mí no me gusta ese trabajo porque tiene muchos microbios", dijo Andrés Palacios, un estudiante de tercero de primaria, de ocho años, que acababa de salir a vacaciones de Semana Santa.

Su amiguito de salón, Andrés Felipe Garzón, de 9 años, quien ha observado la labor de Valdemiro desde que tuvo uso de razón, también comentó: "Es un trabajo maluco. Esa agua es muy sucia. De pronto uno se cae y se ahoga".

Por el lado de Valdemiro se deslizan envases plásticos de Coca Cola, bolsas de leche vacías, troncos pequeños de madera, una solitaria raqueta de tenis de mesa, una canastilla de mimbre, unos tarros metálicos, una bolsa negra repleta de papeles que viaja al garete y, entremezclados, están los químicos vertidos por las grandes y medianas industrias antioqueñas. En más de una ocasión le ha tocado rescatar cadáveres anónimos, como el de un joven de 20 años que le rozó la pierna cuando bajaba confundido entre la basura.

Desde 1991 su lugar de trabajo es el río Medellín, un río muerto que tuvo vida hasta por allá en los años 20 cuando los habitantes de la ciudad aún podían pescar, bañarse en las riveras y disfrutar de un día de esparcimiento.

Profesión por necesidad
Valdemiro, un aspirante a policía, cumplió 36 años en enero pasado. Nació en el municipio Piedepató, Chocó, por la región del río San Juan. Tiene como hijos a Leydi Joana, una niña de once, y a un niño de doce que lleva su nombre. Ambos son estudiantes, mientras la mamá, Albarina Moreno Tejada, trabaja en oficios domésticos como interna en una casa. Él dice que sin su ayuda le resultaría imposible sostener a la familia, pagar un arriendo mensual de 70 mil pesos,unos servicios públicos de 30 mil y mercar cuando la suerte no lo abandona.

"Estaba estudiando en un colegio agropecuario, pero me vine porque usted sabe que en el Chocó las cosas son muy difíciles. Quería estudiar y, para terminar noveno, tenía que irme".

El primer trabajo que tuvo Valdemiro en Medellín fue en el sector de la construcción, gracias a la mediación de un paisano al que conoció entre la colonia de chocoanos. Después deambuló por las calles buscando con qué vivir.

"Un día entre los días me quedé sin trabajo, cuando me salió un paisano invitándome a sacar arena del río. ¿Pero a dónde? le pregunté. Y me trajo a una playa que queda por acá bajito, por la Estación Caribe. En ese entonces, me vine para el barrio Moravia y hablé con el hermano de él, Ernesto Herrera y le dije: cómo le parece que yo quiero hacer un puestico para rebuscarme la comida. Y, hasta aquí, me he sustentado con esto".

A Valdemiro, que se mete al río entre las seis de la mañana y las dos de la tarde con unos zapatos viejos, sin medias y con una sudadera raída y que come cuando le queda algo de plata en el bolsillo, la vida no se le ha amargado en estos 13 años de trabajo, a pesar de los problemas económicos y de la falta de un empleo que le brinde seguridad social.

Entre lunes y viernes madruga a las tres de la mañana, les prepara el desayuno a los dos niños, los baña y los deja listo para la escuela y desde el barrio Sucre-Golondrinas, arriba de Enciso, baja caminando durante una hora para meterse al río en los alrededores de la Estación Caribe.

"Es que no hay plata", dice, muerto de la risa. El arenero es un ejemplo de superación. Trabajando los sábados y los domingos hasta el medio día, logró terminar en el año 95 el quinto y el sexto de bachillerato en las tardes de los fines semana. Su anhelo era vincularse a la Policía Nacional.

"El bachillerato no me ha servido para nada. No entré a la Policía porque el puntaje que tenía era muy bajito y estaban exigiendo muchos. Pasé todo el proceso, pero ahí me corcharon y me quedé quieto. Este trabajo es muy duro y lo hago por la última. No me he ido porque los pelaos están estudiando y los perjudico. Hay veces que uno vende y otras que a uno no le compran".

Valdemiro hace tres semanas no recibe plata, pues la arena que ha extraído permanece arrumada en la orilla.

"Ya no saco ni muertos del río. Cuando el agua no crece le salen granos a uno. En mi casa me baño con jabón y me echo alcohol todos los días. Si no hay platica me siento muy mal. Mis hijos me dicen que me salga pero hay que luchar acá".

La esperanza de Valdemiro es conseguir otra labor. "Yo soy un verraco para trabajar", dice, y en verdad que lo ha demostrado.

Ayuda del lector
Presupuestan 50 mil millones de pesos
A pesar de su alta contaminación, son numerosas las familias que han logrado su sustento con los residuos del río Medellín. Desde 1961 Empresas Públicas de Medellín adelanta un programa de saneamiento y, en este año, proyecta invertir cerca de 50 mil millones de pesos. A lo largo del río ha establecido diez estaciones desde su nacimiento hasta su desembocadura. En cada una de las estaciones el personal realiza seis muestreos con base en diez parámetros. De acuerdo con el lugar, los resultados son distintos en cuanto a la caracterización del agua. Se analiza la turbiedad, el color, la demanda bioquímica de oxígeno, los sólidos suspendidos, la presencia de nitratos y de nitrógeno amoniacal, entre otros. EPM estableció en el sur del Valle de Aburrá la planta de aguas residuales de San Fernando y, en los próximos años, construirá otras dos para limpiar el río.

 


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