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Inicio serie Con el sudor de tu frente
Carlos, el reciclador, quiere ser doctor
Se involucrÓ en la actividad por casualidad... y por la necesidad.
Las jornadas son arduas y sale todos los días, con lluvia
o con sol.
La actividad le ha servido como un escampadero en el campo laboral.
Por
Gustavo
León Ramírez Ospina
Medellín
 |
| Carlos Andrés tiene
un oficio de subsistencia que le ayuda a mantener la familia
y contribuir a sanear el medio ambiente en el Valle de Aburrá.
Foto: Carolina Londoño |
Antes de salir de su casa a la una de la mañana, a reciclar
la basura de los barrios de Bello, "El Monje" como lo
llaman sus amigos o Carlos Andrés Vargas López,
como lo bautizaron, tiene la costumbre de rezar un padrenuestro
y, luego de santiguarse, se encomienda a la mano de Dios.
Es un ritual solitario que cumple desde hace más de cuatro
años cuando, por las urgencias de ayudar a sus padres,
dejó el estudio por una labor por la que ya siente cierta
pasión, aunque su ilusión es terminar el bachillerato
y titularse como doctor.
"Si usted tiene fe y sale con el ánimo de que no
le pasará nada, siempre le irá bien. Usted sale
a trabajar y no a robar", dice Carlos Andrés, mientras
selecciona el material que venderá a un lado de la Estación
de Acevedo del Metro donde hay más de 150 establecimientos
especializados en adquirir productos reciclados.
El apodo de El Monje se lo ganó, recuerda, por la capucha
que lo protege del sol y de la lluvia. Pero la inclemencia del
tiempo todavía no lo ha envejecido, pues no aparenta los
26 años que tiene. A pesar de recoger y seleccionar las
basuras que a los demás mortales les sobran, luce una sudadera
impecable y un optimismo desbordante. "Madrugo para que el
trabajo me rinda más y traer más cosas. Si usted
no sale temprano, le madruga otro. Cuando llueve, trabajo mejor.
Los otros recicladores se escampan mientras yo logro las mejores
cosas", afirma Carlos Andrés.
Filosofía laboral
Carlos Andrés nació en Cartagena y, cuando tenía
la edad de seis años, la familia emigró a Medellín.
Aprendió a trabajar con proyección al futuro, pues
a lo largo del año recoge los llamados metales nobles (aluminio,
cobre y bronce), los cuales deposita en su casa como si ésta
fuera una gran alcancía. En diciembre transporta su pequeña
guaca hasta el negocio de López, quien le ha desembolsado
más de un millón y medio de pesos por cada remesa
anual. "Si un reciclador no se encuentra un kilo de aluminio
diario y un poquito de cobre, no es reciclador", dice Carlos
Andrés.
Hace cuatro años, se inicio como reciclador por la zona
de Bello, donde mantiene casi la exclusividad en un amplio sector
residencial que es recorrido dos veces a la semana por un par
de carros oficiales recogedores de basuras.
"Todos los días son buenos para un reciclador, pero
toca tener ánimo... Hasta ahora me han regalado un televisor
en blanco y negro y un discman. El día más malo
me consigo quince mil pesos. Otros son de 35 y de 40 mil. En un
solo día me he logrado sacar hasta 60 mil. Yo mismo me
hago una liquidación cada año", manifiesta
el reciclador, al recordar su estrategia de guardar los metales
nobles. La última venta anual la aprovechó para
ayudar a su hogar y visitar a dos hermanos que no conocía,
uno de ellos un ingeniero residente en Montería, y a una
hermana que vive en Cartagena.
El hombre, residente en el barrio Acevedo y que colabora en la
casa con el pago del arriendo, está en un minucioso proceso
de selección de material a una cuadra del negocio de Ignacio
López, un técnico en confecciones que abandonó
la carrera para dedicarse a la compra y a la venta de artículos
reciclados. "Él es uno de mis mejores clientes y un
hombre a carta cabal", dice Ignacio, un comerciante que genera
30 empleos directos en la zona y más de 500 indirectos
entre niños, mujeres y hombres sin esperanza de un trabajo
permanente.
Esos subempleados le llevan a diario paquetes de periódicos,
cartones, envases plásticos de detergentes, botellas de
vidrios, latas de cerveza y gaseosas, hierro, cobre, bronce y
otros materiales de diferente naturaleza, que servirán
para alimentar los hornos de la pequeña, mediana y gran
industria. En estos cuatro años Carlos Andrés y
otros trabajadores anónimos han contribuido a que Ignacio
López llene un patio grande, que parece un laberinto, de
varillas, de tubos, de piñones, de cafeteras, de parrillas
de resistencia, de estufas, de gabinetes de nevera y de cuadros
y llantas de bicicletas.
El, como otros clientes de ese negocio, le han llevado camas
y ventanales de hierro, patas de mesas de aplanchar, molinos caseros
para moler maíz, un reloj de pared que se quedó
marcando las diez, directorios telefónicos, parachoques
de automóviles, una estructura oxidada de una máquina
de coser Singer, una colección de carritos desechados por
los niños, un Quijote y un Sancho Panza de bronce y una
María Auxiliadora que un día llegó trasteada
en una bolsa de vidrio.
"La gente que recicla se siente a veces menos que el resto
del mundo", considera Ignacio López. Defiende a trabajadores
como Carlos Andrés que destinan sus pequeños ingresos
diarios a vivir y no para financiar algunos vicios. "Uno
mira con más respeto a los que trabajan por la familia.
Los otros sólo dan lástima".
Largas jornadas
Carlos sale a trabajar a la una de la madrugada los lunes y los
martes. Los días restantes lo hace a partir de las seis
de la mañana. En las tardes de los sábados vende
mangos en la Iglesia del Playón de los Comuneros, mientras
los domingos instala su puesto en la entrada de la Cárcel
de Bellavista.
"Vengo de la cárcel, duermo cuatro horas y vuelvo
a arrancar a la una de la mañana. Es que los ricos sacan
la basura por la noche y por eso hay que madrugar, sino pierdo
el día".
Manifiesta que no siguió estudiando porque sus padres
no tenían con qué pagarle el séptimo grado
que cursaba en el Instituto de Jesús de la Buena Esperanza,
de Bello. Su padre, Virgilio, tiene un puesto ambulante de jugos
en este municipio, mientras su madre, Virginia, se mantiene en
el hogar.
"Un día le pedí a un vecino reciclador que
me enseñara. Me dijo que si era verraquito, aprendía.
Había que ir detrás de un carro. Muchas veces conseguía
más y él se pegaba. Es mejor trabajar solo. Estuve
como su socio casi tres meses, cuando me abrí".
Con su independencia, Carlos Andrés logró cambiar
una carreta por un triciclo, con el cual recorre grandes distancias
entre Acevedo y los barrios del sector, Villa Linda, San Martín,
La Gabriela, Villas del Sol, El Trapiche, Primavera, El Carmelitano
y La Cumbre, localizados en Bello. En su itinerario semanal también
cubre las Cabañitas.
Hay mucha competencia
"En ese oficio hay mucha competencia. Más los miércoles
y los sábados. No sé porqué. Sin embargo,
lo que es para uno, es para uno. Y lo que no lo es se puede pasar
mil veces por el mismo sitio y no encontrar nada? el trabajo es
como un juego. Si sales con pereza, se te hace largo y más
aburridor? todo reciclador debe aguantarse muchas cosas como los
males olores. Con este trabajo estoy estable y es la oportunidad
de conseguir una platica", dice Carlos Andrés, al
pensar en los cinco años que se mantuvo sin empleo. Sin
embargo, advierte: "Como le dije a Ignacio: este año
trabajo con él. Después me dedicaré a estudiar
o a otra cosa. Esto da plata, pero cansa. Nunca le he quedado
mal a Ignacio porque nunca me he enfermado. Cuando termine el
bachillerato, me gustaría estudiar medicina".
Contexto
Más de 50 mil familias viven del
reciclaje
Estadísticas de la Fundación Codesarrollo indican
que en Colombia más de 50.000 familias se benefician del
reciclaje. Con una población de más de 38 millones
de habitantes, se producen en el país 8.2 millones de toneladas
de residuos sólidos al año, de las cuales cerca
del 40 por ciento son materiales reciclables. En un documento
sobre el tema, la Fundación revela que, de acuerdo con
el el Sistema de Información de Servicios Integrados de
Aseo para Medellín y sus cinco corregimientos (Siam 5)
de Empresas Varias de Medellín, diariamente se generan
2.161 toneladas de residuos sólidos en la capital y su
Área Metropolitana. Precisa que de ellas, 389,2 son recuperadas
en la ciudad cada día, o sea el 18 por ciento del total
generado. De cien toneladas, el 59,3 por ciento es aprovechado
por los recicladores.
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