Cuerpo
Sano >> Medellín, meca de trasplantes
Tengo
mucho por hacer
Doble trasplantado y sus inquebrantables ganas de vivir.
Con el apoyo de su familia logró salir adelante en
varias intervenciones.
Por
Ramiro Velásquez
Gómez
Medellín
La familia se conmocionó: Roberto requería
un trasplante de riñón. A los niños no
les había tocado el otro. Iba a ser más difícil.
Y su papá, ya de edad, no lo soportaría. Había
que ocultárselo.
El respaldo, como en aquella primera ocasión, era
total. Roberto tenía nuevos alicientes para someterse
a esta prueba, una más que le colocaba la vida. Poco
se acordaba de aquel desmayo, el que marcó el comienzo
de su relación estrecha con los médicos, los
hospitales, las salas de cirugía y la unidad renal
del San Vicente.
Estaba en casa de su novia cuando perdió el conocimiento.
Los exámenes mostraron que las células renales
estaban muriendo y con ellas su función. Habían
transcurrido cerca de 16 años. Ahora, el órgano
recibido, si pudiera decirse, repetía la enfermedad.
Aquella vez primera no lo dudó: no quería someter
a la novia con la que había compartido durante seis
años, a ser esclava de un enfermo. Se lo dijo y se
marchó. Ella fue por él a su casa: seis años
no habían pasado en vano y no podía despacharla
así no más. Esto lo afrontarían entre
los dos.
Gloria no sabía que iba a ser tan duro. Se casaron
un 13 de agosto y el 12 de diciembre Roberto se sometía
a la primera hemodiálisis. El procedimiento se repitió
seis horas de tres días a la semana durante 99 oportunidades.
No era sencillo: el organismo se resentía. El riñón
es una máquina perfecta, el aparato que lo remplaza
no.
Lo traumatizaba la idea de tener que pasar toda una vida
pegado a él. Eran muchos los sueños y las ilusiones.
El béisbol y el sóftbol iban siendo cosa del
pasado, pese a la juventud. Y era posible que no pudieran
tener hijos. Tenía siete hermanos. Su caso provocó
en la familia un gran sentimiento de solidaridad. Entonces,
no fue descabellado pensar en un trasplante. A sus 28 años
era la mejor alternativa. La probabilidad de éxito
era alta, pero no se le podía garantizar nada.
Víctor lo recibió jubiloso un día que
fue a visitar a su mamá: "Fui seleccionado",
le dijo emocionado. "¿Seleccionado para qué?",
preguntó Roberto asombrado. "Para ser tu donante".
Ese momento no lo olvidará mientras viva. Y, más
que el momento, el gesto de su hermano. Pero... el riñón
fallaba y tendría que someterse a un segundo trasplante.
Su esposa sabía que iba a ser más difícil,
porque estaban los hijos, Tomás y María Camila.
Eran niños. Decidieron no contarles nada. Ver a su
papá tantas veces en cama o en el hospital los ha afectado
un poco. Se fruncen con cualquier tropezón que tenga.
Lo consienten más que a la mamá.
Roberto siempre ha amado la vida y ha sido muy apegado a
ella. Cada tropiezo de salud ha sido un motivo para desearla
más y soñar con darles a sus hijos lo mismo
que pudo tener: una buena familia, estudio... afecto.
Durante los tiempos de la hemodiálisis se mermó
su capacidad de trabajo. Colcafé, donde siempre trabajó,
no lo desamparó. Tenía que ausentarse otra vez
y el respaldo fue igual. Por fortuna no hubo que esperar mucho.
Elías, su hermano, salió compatible en el primer
estudio. Al día siguiente al trasplante, Gloria les
contó a sus hijos. El suegro, por su edad, no lo sabe
todavía.
Han transcurrido dos años y medio de ese segundo trasplante.
El cuerpo de Roberto ha sido sometido, durante sus 47 años,
a 18 intervenciones quirúrgicas. No le lograron quebrar
su voluntad de vivir. Hace sólo tres meses sufrió
un infarto y hoy prosigue en todas sus actividades.
A pesar de lo que le ha pasado, no es de los que dice que
vio luz al final del túnel. Le teme a no poder terminar
lo que comienza, a no tener con qué hacerse los tratamientos.
No baila como solía ni mecatea como desea. Lo importante
es que disfruta cada momento porque sabe que la vida cambia
en cualquier instante, aunque quisiera llegar al final en
una finquita, con nietos, caminando descalzo como le fascina
y tomando tinto. Quizás, haciéndole trampa al
cigarrillo que el corazón le quitó. Roberto
Gómez Chavarriaga es, con sobradas razones, el presidente
de la Asociación Nacional de Trasplantados. Para ayudarles
un poco a quienes lo necesitan.
Servicio y utilidad
La Asociación
Por idea de Luis Guillermo Uribe Velásquez, fallecido,
surgió en 1986 la Asociación Nacional de Trasplantados
que apoya tanto a los que han recibido un trasplante como
a quienes están en lista y se acercan a ella.
En su creación colaboraron personas como Luz Mary
Dueñas, trabajadora social del San Vicente, la esposa
de Uribe Velásquez, Ángela Ochoa, y varias más.
Cuenta con unos 1.340 afiliados, de los cuales unos 120 son
activos. Los hay de otros lugares del país y de Venezuela.
Deben cumplir algunos pocos requisitos para pertenecer. Tiene
en su estructura una directora ejecutiva, con sicóloga,
trabajadora social y comunicadora.
Les ayuda a las personas con venta de medicamentos a precios
más favorables, asesoría jurídica, apoyo
sicológico, recreación, educación y otros
servicios. Adelanta, además, la campaña anual
para la donación de órganos.
Obtiene recursos de una colecta pública, rifas, un
bingo, venta de tarjetas de Navidad y medicinas, donaciones.
La sede actual es propia, en el sector del Estadio, carrera
66 con calle 48C.
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