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Historia de la cultura | Los bajos fondos, parte 1: los excluidos (4)
Las meretrices:
siempre excluidas, siempre incluidas


No se sabe si es el oficio más antiguo del mundo, pero, con certeza, sí es un oficio. Y nada fácil. Ha oscilado en la historia entre las prohibiciones y las tolerancias. Una visión cultural de la prostitución.
 

Sin título, litoseriografía de Óscar Jaramillo


Por Juan Diego Parra V.

Prostituta, ramera, rameruela, meretriz, loba, lupa, guaricha, puttana, putaña, whore, putain, bitch, daifa, guarra, gorrona, putuela, putilla, perra, zorra, puta. Todas y cada una de estas palabras, nunca dichas con acento esdrújulo o sobresdrújulo, señalan más un carácter que un oficio.

Sin importar el contexto, la época o el idioma, la mujer que ejerza la prostitución habrá de vérselas con la anatematización ancestral que la separa del desarrollo cultural sin dejar de incluirla.

La ambigüedad del oficio de meretriz, con respecto a su real influencia sobre la sociedad, determina una impúdica exclusión en defensa del inclemente pudor, por parte de cada poro y estrato social. La prostituta no ocupa ningún lugar en la sociedad, ni espacial ni temporalmente. Desde el propio nombre del quehacer -prostitución- se hace difícil señalar o deducir espacios o tiempos laborales.

La materia prima del oficio, o sea el cuerpo, puede ser utilizada en cualquier momento y lugar, cualquier espacio es adecuado y cualquiera hora es conveniente. Esta libertad frente a un curso social, legitimado en la demarcación de espacios y tiempos, da un carácter necesariamente ambiguo y transgresor. Se enfrenta tanto al devenir económico como al moral, ambos pilares restrictivos necesarios en el desarrollo de la sociedad.

Económicamente ofrece un acuerdo proveedor-consumidor que da rentabilidad y satisfacción inmediata, algo que ningún otro proceso comercial puede ofrecer, y en el aspecto moral, transgrede cualquiera norma del uso moderado del cuerpo. Estas dos dimensiones restrictivas son transgredidas a través de un solo aspecto: el sexo.

La imposibilidad de control frente a la res sexual da un matiz inevitablemente ambiguo a la práctica meretriz y parte desde el inapropiado y evasivo acercamiento semántico, así que la primera precisión que debemos hacer es de este tipo, sin olvidar, claro está, que la confusión terminológica es extensiva al propio desarrollo histórico del oficio.

La evolución del término prostituta ha sido siempre discrepante. Etimológicamente, la prostitución (prostitutio) refiere el tráfico obsceno del cuerpo humano, mas sus oficiantes no siempre han connotado oprobio social.

De hecho, las denominaciones que se han dado a las prostitutas a través de la historia han sido de carácter simbólico y figurado, escondiendo el oficio con eufemismos o con simples descripciones contextuales. Por ejemplo, el término ramera, designa a la mujer que, debido a su carácter marginal, ejercía la prostitución en zonas periféricas en donde construía aposentos de madera y cubiertos por ramas. Así, son las ramas las que determinan su condición de rameras, y no su oficio. La Meretriz (lat. Meretrix), a su vez, según Corominas y Pascual, se emparenta etimológicamente con el latín Mereo, que significa Merecer, siendo la oficiante la que merece o la merecedora del pago por su oficio.

La loba, viene del latín Lupa. En Roma las prostitutas relegadas a las zonas periféricas llamaban y orientaban a sus clientes con aullidos similares a los que emitían los lobos, de ahí que se les llamara lupas o lobas. A tal denominación debe su nombre también el clásico lupanar, o sitio al cual llevaban a dichos clientes.

La Puta, no sólo ha sido el término más usado sino el más confuso etimológicamente. Se ha atribuido el origen latino de puter que significa podrido, pero tal identificación no da ninguna claridad lingüística. Más cercana se ubica la tendencia a relacionar el término latino Putus (muchacho), que en épocas antiguas figuraba como Putto. Su equivalente femenino habría sido Putta, que significa muchacha.

Este vocablo, a través del uso, perdería una T y dejaría al término como Puto, que significa limpio. Así, el contraste de Puto, o sea puta, debería significar, sucio. De aquí que el término Puta, haya sido relacionado con el mal olor y el oficio con la podredumbre (puter). Pero puta, puede ser sólo el apócope del término prostituta, así como debido a la inevitable economía vocal el epíteto Hijo de Puta, terminaría, en algún momento resumido en el rápido “hideputa”.

La segunda precisión refiere la idea generalizada de que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. No sería justo aseverarlo. La prostitución como tal sólo trae dicha connotación quizá desde el imperio romano, cuando el carácter expansivo de dicha cultura latina convierte el fenómeno en una fuente oficial de ingresos para el Estado y las prostitutas ejercían su labor según las características propias de ese “tráfico obsceno del cuerpo”.

Es cierto que ya en la antigua Babilonia el comercio carnal era extensamente difundido, según su extensión imperial, y que en Grecia, el legislador Solón, notó la necesidad de control tanto higiénico como social, formando las ya famosas Dicteria, o zonas de tolerancia marginales en Atenas, pero fue realmente en Roma donde el oficio meretriz adquirió la dimensión de negocio formal que ha permanecido hasta hoy. La Edad Media aportó al oficio el oprobio sexual vinculando el deseo con el pecado y a la mujer con el demonio tentador.

Luego las condiciones higiénicas críticas por las pestes determinaron a las prostitutas marginales casi como análogas a los enfermos excluidos en las zonas periféricas. El Renacimiento nació con la repoblación de las ciudades que contenían tres grandes íconos fundantes, en donde se desarrollaba el nuevo auge económico e intelectual, estos eran: la iglesia, la universidad y el burdel. Allí, en ese círculo armónico de comercio intelectual, religioso y carnal, aparecen Abelardo y los goliardos, cuyos cantos se acercaron a la poesía provenzal y de amor cortés, con los temas fundamentales referidos a la mujer, el amor y la fortuna (o el destino).

Esto, sin embargo, no modificó por mucho la superstición en muchas regiones de Europa, que veían dentro de los bestiarios icónicos, funciones prácticamente icásticas de la naturaleza en la contrariedad del bien y el mal, así que volvieron a aparecer las brujas quizá con más fuerza. La prostituta, en este contexto, no sólo era sospechosa por ser mujer, sino por declararse abiertamente proveedora del placer sexual, así muchas de ellas fueron objetivos obvios de la caza brujeril.

Esto determinó su progresiva exclusión, así como la necesidad de protectores que por lo general eran los mismos perseguidores. El proxeneta no nace realmente allí, pues ya venía fuertemente desde los recorridos barbáricos por toda Europa, en sucediendo la destrucción de Roma, cuando las lupas siguieron de cerca a las legiones, cuidándose de ser maltratadas en exceso, por eso parte de sus ganancias las tributaban a protectores, que cada vez cobraron más por su protección.

Poco a poco la prostitución fue convirtiéndose en un problema legal e higiénico, más que cultural y la persecución al oficio se volvió cada vez más abominable. Desde los brotes primos del “oficio” las consecuencias restrictivas ya se podían vislumbrar. Veamos un poco en qué consistieron esos primeros momentos definiendo los tres tipos de prostitución que se pueden rastrear históricamente.

Estos tipos son: Prostitución Hospitalaria, Prostitución Sagrada y Prostitución Civil. De las tres sólo la última ha llegado a nuestros días y nació como adaptación a los procesos legalistas que promueven los desarrollos culturales y sociales. Sin embargo, estas tres fases históricas determinan un grado de complejidad cultural en el que el hombre, el macho, se ha apoderado ya del control social y ha determinado el rol de la mujer según sus condiciones procreativas.

La cuestión sexual ha entrado ya en el territorio de la reglamentación y el poder de la mujer, proveniente del “engaño biológico ancestral” (en donde el hombre no conoce su participación en la procreación y venera a la mujer), ha sido menguado hasta casi no distinguirse. La prostitución hospitalaria no es lejana a la sagrada, de hecho son complementarias. Ambas responden a la relación del hombre con el extranjero y la hospitalidad de la que éste es merecedor.

El extranjero, el desconocido, fue entendido durante mucho tiempo como un vínculo ambiguo con la divinidad. El hecho de que portara conocimientos ajenos y distantes provocaba temores comparables con el temor hacia lo sacro.

Además existía la creencia universal (Babilonia, India, Grecia, Egipto) acerca del tránsito y mezcla entre hombres y dioses, que se encarnaban en forma de extranjeros (ángeles) para poder internarse en el mundo humano: La Biblia, por ejemplo deja claro que antes del Diluvio que terminó con los hombres, los ángeles o hijos de Dios se mezclaron con las hijas de los hombres y nacieron los gigantes, que fueron adorados como héroes por mucho tiempo, y en las aventuras míticas griegas, Zeus satisface sus apetitos sexuales con las mujeres humanas convirtiéndose en otros seres.

El mito que quizá más ejemplifica este proceso de la prostitución hospitalaria sea el relato de Lot en Sodoma. Lot ofrece todas sus pertenencias, incluidas sus hijas, a dos ángeles que llegan y que a la postre lo previenen para que salga de la ciudad que va a ser destruida por Dios. El culto al extranjero fue mermando poco a poco hasta llegar incluso al descrédito de éste. Véase, por ejemplo, lo que ocurre con Abraham en Egipto, donde tiene que hacer pasar como su hermana a su esposa Sara, para poder entrar.

 

Once a.m., óleo de Edward Hooper.
Este proceso da paso al segundo estadio del oficio meretriz, a saber, la prostitución sagrada, propia de la ciudad. El rito que exalta el sexo femenino está destinado para ubicar las diosas urbanas, las diosas del sexo y del amor y no tanto las de la fertilidad como en la época rural agrícola.

En Sumer, región que luego se llamó Babilonia ya se practicaba la prostitución sagrada cuatro siglos antes de la era cristiana, con gran refinamiento y los templos-burdeles gozaban de una fuerte y sólida economía. Allí se practicaba el culto a Mylita, que fue quizá la abstracción más compleja entre las deidades de la fertilidad.

Este culto estaba condicionado por el posible castigo atroz de la esterilidad y consistía en ofrendar el cuerpo sexualmente, por parte de las doncellas, a los extranjeros. Herodoto hace descripciones muy detalladas en sus crónicas, en las que se permite consideraciones acusatorias frente al rito que desaprobaba. Sin embargo en Babilonia el mito no transgredía ninguna forma legal ni familiar (las doncellas luego de probar su fertilidad seguían su vida normal), incluso valía como fuente de ingresos para el imperio.

Esto a la postre significó el deterioro del rito, pues cada vez tuvo más connotaciones económicas. La dura reglamentación, que da paso a la prostitución civil, sólo surge en conformaciones patriarcales y monogámicas, como en la Grecia de Solón, en donde se ponen de relieve las más incisivas transgresiones de la prostitución: La alteración del comportamiento sexual entre hombre y mujer, atravesado por los dos tabúes fundantes de la moral occidental: el amor y el dinero; y la inexistencia espacial en un contexto urbano (o civilizado, si entendemos el término ciudad del latín civitas), dado su carácter periférico. Tanto los dos tabúes como la idea de marginalidad, que excluye también a la prostituta del concierto social, son profanados, y sobre todo por su explícita e indivisible mezcla.

La prostitución une el amor al dinero y deja sin argumentos al matrimonio. Esto determina la invalidez (sacra en el concierto católico y económica desde las perspectivas griega y romana) del núcleo social. La prostitución, pues, pone en riesgo la estructura económica y la función nuclear (la familia) de la sociedad a través del referente más sensible de relación con la realidad: el sexo. Esto es lo que se conserva hasta hoy y por eso la prostituta aunque sea excluida siempre tendrá que ser incluida.

 

Desengaño de las mujeres

Por Francisco de Quevedo

Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.

Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.

Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado,

Si de otras tales putas me pagare;
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.



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