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miradas al insondable infierno de Rimbaud
En el sesquicentenario del natalicio del poeta “maldito”
francés Jean Arthur Rimbaud. Genio precoz, su obra poética
la escribió entre los 16 y 19 años. Después,
rompió radicalmente con la literatura y se dedicó al
tráfico de armas en Abisinia y otras actividades. Murió
a los 37 años. Su voz resuena en el mundo.
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Desayuno en el taller, Édouard Manet. |
Los pasos hacia el infierno
Por Stefan Zweig
¡Absurdo! ¡Ridículo! ¡Antipático!
Con tales palabras protestó el Rimbaud de veintitrés
años, cuando se le habló de sus versos con admiración
y se hicieron unas tímidas tentativas para reconquistarlo
para la literatura.
No deben interpretarse como el afectado desagrado de un literato
que desconoce con rigor las obras de su juventud para mejor concentrar
el interés en sus creaciones posteriores, sino como el duro
y definitivo “borrón y cuenta nueva” de un asunto
liquidado. A los veintitrés años ya hacía tiempo
que había terminado definitivamente con el arte.
Precisamente entonces había vuelto de África, habiendo
ya recorrido el mundo entero; había vagado por Alemania,
Inglaterra y Bélgica; había ambulado como vendedor
de llaveros por los bulevares de París; había hecho
la siega con los campesinos de Holanda; había desempeñado
los más bajos oficios de peón; conocía ya los
duros camastros de las cárceles y los horrores de la selva
virgen.
Entrado en el servicio militar en las colonias holandesas, se había
evadido en Sumatra; había vivido en indigencia, fugitivo,
perseguido, en pueblos malayos y escondido en el matorral, junto
con monos y bestias salvajes. Conocía Egipto, Chipre, Zanzíbar,
Adén: a los veintitrés años había vivido
ya en todas partes, y Europa le pareció estrecha, una casa
de corrección, un pantano sucio.
Luego salió para países que recibieron su nombre por
él, aprendió el idioma de negros somalíes y
conquistó tierra virgen, ayudó a preparar la guerra
del Negus Manelik, pero no alcanzó a presenciar la lucha
por Adua. A la edad de treinta y siete años moría
en Marsella, en aquella ciudad blanca, brillante antepuerto del
Oriente: un inválido con los puños cerrados.
A los diecisiete años era ya famoso, un poeta celebrado,
“Shakespeare niño”, según lo bautizó
Víctor Hugo, el maestro superior de los modismos. A los quince
años había escrito poesías como Sensation,
el más hermoso poema alemán del idioma francés;
a los dieciséis y diecisiete años, “absolument
ecoeuré par toute poesie existente”, había descubierto
un país de nuevas posibilidades, lleno de fuegos fatuos,
en los impetuosos versos de los effarés (despavoridos), que
se apartan de toda estética, y en otras poesías convulsivas;
y, adolescente, casi un niño, había creado además
el imperecedero Bateau ivre (Barco ebrio), aquel sueño titánico,
aquella revuelta de colores y sinfonía fantástica
de palabras febriles que, a juicio mío y de muchos otros,
es la mejor poesía de la literatura francesa.
Medio en broma, medio en serio, compuso, sin darle importancia,
un soneto sobre el colorido de las vocales, que se ha conservado
hasta nuestros días como el evangelio de los artistas de
Francia. Creaba todas estas obras de arte sin preocuparse, casi
de mala gana. Sus versos fueron coleccionados y publicados por amigos.
Un solo cuaderno, Una saison d’enfer (Una temporada en el
infierno), lo editó él mismo en Bruselas, pero ya
al día siguiente mandó destruir todos los ejemplares;
unos cuantos se salvaron por casualidad: unos cuadernitos magros,
sucios, impresos en papel ordinario. La poesía no le significaba
nada. Sólo era un ensayo de liberación, una válvula
para el exceso de su vehemente vitalidad. Solamente un ensayo entre
otros. Y el primer ensayo. Después vino la erótica.
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Arthur Rimbaud |
También la repudió: “La voluptuosidad me repugna”.
Para la ciencia estaba perdido: “La ciencia es demasiado lenta”.
Su energía debía descargarse en relámpagos;
no pudo moderarse a un calor uniforme. Además es un hombre
inerte, no obstante toda su energía. “¡Qué
siglo de trabajo!”, suspira en una ocasión. La prudente
ascensión espiral lógica a las comprensiones claras
le repugna: significa trabajo. Mágicamente, con las chispas
del fuego de la intuición, quiso iluminar la faz de los secretos.
En vez del entusiasmo glorificado por Goethe como la primera condición
de la comprensión artística, lo estimuló el
paroxismo, la ávida convulsión en lugar del abrazo
conquistador. Como una maldición estalla la fuerza desde
su interior. Quiere arrojar lo excesivo: primero en poesía,
después en mujeres, en actividad. No lo consigue.
Entonces trata de vencer la fuerza fluyente en cierto modo por la
cólera: como un enfermo cuyas entrañas quema el dolor,
corre y trepida, se tambalea y baila, y comete desatinos. Así
atraviesa Rimbaud precipitadamente todos los países. Sin
sistema determinado, siempre como evadiéndose de una prisión;
solamente afuera está la libertad, en la lejanía;
a los catorce años ya había huido de París
como a los veinte y treinta a las zonas del Ecuador.
Es un conquistador: el hombre fuerte que sale con las manos vacías
y el corazón ardiente, para cualquier parte. Los actos no
lo atraen por el éxito, sino por la actividad, por la narcosis.
“La acción no es la vida, sino un método para
amortiguar las fuerzas, una enervación”. Necesita actividad,
no juegos como el arte. Pero no existe un Cortés que equipe
galeras, ni un Wallenstein que reúna ejércitos, ni
una república que cree e improvise jóvenes generales.
No vive en 1793, sino en el declive de un siglo decrépito.
La fuerza se enfurece, pues, anárquicamente contra sí
misma. Una vez más sueña con la idea del poder, el
éxtasis de Balzac: ser rico, inmensamente rico, comprarse
el mundo que no se puede conquistar. Como una llama estalla la profecía
precoz de su libro: “Volveré con miembros de hierro,
con la piel oscurecida: por mi aspecto se me creerá de una
raza fuerte. Tendré oro: las mujeres admiran a estos hombres
feroces, agotados, que vuelven de los países tropicales:
tomaré parte en las luchas políticas: ¡salvado!”.
Pero todo le sale mal: nunca gana más que sumas, jamás
una fortuna.
El aburrimiento de la vida solitaria, la porfía de la fuerza
inutilizada lo absorben poco a poco; su propia robustez lo ahoga.
La sed de actividad hincha su cuerpo, la fiebre devora su alma.
Sintiéndose morir, trata de volver a Francia, pero a sus
puertas lo sorprende la muerte. Y sin la fidelidad piadosa y los
esfuerzos de sus amigos nadie hubiera sabido jamás que aquel
traficante africano que murió en el hospital, en Marsella,
amputado en ambas piernas, había sido un poeta, y uno de
los más eminentes poetas de Francia.
Stefan Zweig, La pasión creadora, Editorial Diana, México,
1950.
La Brisa
En su retiro de algodón,
con suave aliento, duerme el aura:
en su nido de seda y lana,
el aura de alegre mentón
Cuando el aura levanta su ala,
en su retiro de algodón
y corre do la flor lo llama
su aliento es un fruto en sazón.
¡Oh, el aura quintaesenciada!
¡Oh, quinta esencia del amor!
¡Por el rocío enjugada,
qué bien me huele en el albor!
Jesús, José, Jesús, María.
Es como el ala de un halcón
que invade, duerme y apacigua
al que se duerme en oración.
La temporada en el infierno
Por Nicolás Suescún
¿Cuál es la temporada que pasa Rimbaud en el “infierno”?
¿Su tormentosa relación con el poeta Paul Verlaine?
¿Los dos años largos desde cuando huyó de su
casa por primera vez, es decir, su adolescencia? ¿Su niñez?
¿Toda su corta vida?
Esta última sería la respuesta más exacta.
No es sólo ese altivo y frustrado intento de vivir en carne
propia la revolución sexual (“Hay que volver a inventar
el amor, se sabe”), ni la adolescencia bohemia y errante o
su niñez sombría; es lo que surge de todo aquello,
la reacción contra la familia, simbolizada por su madre,
fría, resentida, represiva, abandonada por su marido; y contra
la provincia, contra el país, entregado con frenesí
al capitalismo salvaje, contra la moral y la religión, contra
la ciencia y su hijo bastardo, el progreso, contra el mundo occidental,
contra todo y contra todos.
Más que ningún otro poeta, más que cualquier
filósofo -con la excepción de su contemporáneo
Nietzsche, con quien coincide en tantas cosas-, Rimbaud es la revolución
y su equivalente poético, la profecía.
Revolucionarias son sus formas de hacer poesía, rompiendo
todas las reglas, buscando como un mago intuitivo la alquimia de
las palabras, y su poética, que expande la conciencia y derrumba
el vetusto edificio de la literatura universal. ¿Exagerado
esto para describir el efecto de la exigua obra de un patán
ojiazul, de manos grandes y modales “hippies”, que dejó
la poesía a los diecinueve años -la revolución
de su vida- y no volvió a hablar “de eso” en
los dieciocho que le quedaban?
Nicolás Suescún, traducción y prólogo
de Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, El Áncora
Editores, Bogotá, 1993.
El novio infernal
Por Hans Mayer
La erótica de Rimbaud, si se atiende a los textos poéticos
y se dejan aparte las crónicas escandalosas y los archivos
de la policía, es actitud viril ante el varón. Es
el novio infernal. Lo que le excita es la unión andrógena,
hermafrodita.
Hay dos textos muy próximos de las Iluminaciones, que son
tan sinceros como todo lo demás en ese asombroso legado poético.
Esos textos son Antiques y Being Beauteous. El primero es una poesía
en prosa a la estatua de un fauno. En forma de amorosa alocución.
Pero es un sátiro de naturaleza singular. “Ton coeur
bat dans ce ventre où dort le double sexe”. Un fauno
bisexual, un hermafrodita. La poesía le hace salir a la noche.
Para unirse, ¿con quién?
El título en inglés Being Beauteous está tomado
de una poesía de Longfellow. De nuevo, como en Antique, la
visión poética que da vida a una estatua. ¿Evoca
el yo lírico, como Pigmalion, la belleza femenina de una
Galatea? Hay indicios de que así es; pero las marcas, esas
blessures écarlates et noires pueden interpretarse de otra
forma. El cauto comentarista Antoine Adam habla,en la edición
de la Pléiade, “de una joven (¿o un joven?)
que cobra vida en la visión y se une al poeta.
La poesía tiene, sin embargo, una segunda parte. Es un grito
de placer. Le canon sur lequel je dois m’abattre à
travers la mêlée des arbres et de l’air léger!
El sentido no ofrece lugar a duda. El comentarista moderno no se
avergüenza de formularlo. Es la visión de una masturbación.
Pero también ambigüedad sexual al evocar al objeto erótico.
Hans Mayer, Historia maldita de la
literatura, la mujer, el homosexual, el judío, Taurus Ediciones,
Madrid, 1977.
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Le Coin de table, Fantin-Latour (1872). De izquierda a derecha,
sentados: Verlaine, Rimbaud, L. Velade, E. d’Hervilly,
C. Palletan; de pie: E. Bonnier, E. Blémont, J. Ricard. |
El baile de los Ahorcados
(Fragmento)
En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín .
¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!
Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados ,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.
¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio.
Gotas de fuego, llamas mojadas
Por Gaston Bachelard
En su hermosa tesis sobre Rimbaud, Hackett ha observado la profunda
marca hídrica del psiquismo del poeta:
“En la temporada en el Infierno, el poeta parece pedirle al
fuego que seque esta agua cuya obsesión continua había
padecido...
El agua y todas las experiencias que se refieren a ella resisten
sin embargo la acción del fuego y, cuando Rimbaud invoca
al fuego, apela al mismo tiempo al agua. Ambos elementos se encuentran
estrechamente unidos en una expresión llamativa: “¡Reclamo!
¡Reclamo! un golpe de bieldo, una gota de fuego” ¡Cómo
no ver en esas gotas de fuego, en esas llamas mojadas, en esta agua
quemada los dobles gérmenes de una imaginación que
ha sabido condensar dos materias! ¡Qué subalterna nos
resulta la imaginación de las formas frente a tal imaginación
material!
Gaston Bachelard, El agua y los sueños, Fondo de Cultura
Económica, México, 1978.
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