Colombianos héroes del ébola

  • Luis Hernando AguilarGuinea, Liberia y S. Leona
    Luis Hernando Aguilar
    Guinea, Liberia y S. Leona
  • Ana María Henao Guinea
    Ana María Henao
    Guinea
  • Mauricio Calderón Sierra Leona
    Mauricio Calderón
    Sierra Leona
  • Mónica TrujilloSierra Leona
    Mónica Trujillo
    Sierra Leona
  • Wbeimar Sánchez Sierra Leona
    Wbeimar Sánchez
    Sierra Leona
  • Carmenza GalvezSierra Leona
    Carmenza Galvez
    Sierra Leona
  • Iván Darío VélezSierra Leona
    Iván Darío Vélez
    Sierra Leona
  • Diana GalvisLiberia
    Diana Galvis
    Liberia
  • Johan GonzalezSierra Leona
    Johan Gonzalez
    Sierra Leona
  • Christian LaraSierra Leona
    Christian Lara
    Sierra Leona
Por mariana escobar roldán | Publicado el 26 de diciembre de 2016
Infografía
Colombianos héroes del ébola
en definitiva

La epidemia del ébola que afectó a África Occidental entre 2014 y 2016 mostró la fragilidad de los sistemas de salud del continente y midió la capacidad de respuesta humanitaria del mundo.

África, su costa occidental. Un pedazo de Atlántico y selva que los colonos europeos debilitados por el paludismo llamaron “Cementerio del blanco”, fue tumba para 11.323 personas en dos años.

Entre 2014 y 2016, a la miseria casi irremediable de Sierra Leona, Liberia y Guinea se sumaron síntomas que recordaban a la malaria: fiebre, dolor ‘hasta la médula’, vómito, diarrea, y otros para los que no había explicación: sangrado, pérdida de la cordura, muerte.

Entonces, en las noticias creció el uso de la palabra ébola: un extraño virus que llegaba por primera vez a Guinea, se filtraba veloz por las fronteras y se asentaba en países vecinos. Ébola, una epidemia extremadamente contagiosa, transmitida por animales salvajes. Ébola, una enfermedad mortífera de la que pocos se salvan y de la que Europa y América se blindan.

En la triada de países, que ya de por sí comparten las secuelas de guerras civiles recientes, el hecho de tener uno o dos doctores por cada 100.000 habitantes y de ocupar los últimos lugares en el listado de 187 naciones a las que la ONU mide su bienestar, los doctores, enfermeros, voluntarios y empleados humanitarios comenzaron a escasear, por dos razones: porque fallecían o porque huían.

La primera en alarmarse fue la organización Médicos sin Fronteras, que tras varios meses de informes, ruedas de prensa y alertas convenció a la OMS de hacer lo mismo. Entonces ya era tarde, entre enero y abril de 2014 los casos se triplicaban cada semana y a los científicos, que nunca habían pensado en una cura o vacuna, la epidemia con cara de pandemia los tomó por sorpresa.

Pocos querían ir a África Occidental y en varios países, quienes salían de ese lado del mundo eran discriminados y puestos en cuarentena. Por eso, por su ayuda impecable y por el riesgo inminente que corrieron, quienes aceptaron abandonar la comodidad y atender la emergencia merecen el rótulo de héroes.

Africanos, sobre todo; europeos, muchos. Entre los titanes que combatieron el ébola hay tantas nacionalidades como relatos. De ellos, 11 son de colombianos: médicos, economistas y expertos en emergencias que entendieron que el virus no era un problema de África, sino de humanidad, y que no se resolvía con dinero, sino con manos.

Contexto de la Noticia

El llamado

El ébola era solo un rumor cuando Diana Galvis, bogotana voluntaria de la Misión de Mantenimiento de la Paz en Liberia, escuchó por primera vez la palabra. Era febrero de 2014 y un correo electrónico alertaba que el virus se propagaba desde Guinea.

Un niño de dos años, de la ciudad de Guéckédou, muy cerca a la frontera con Sierra Leona y Liberia, había fallecido el 6 de diciembre de 2013, sin haber recibido un diagnóstico que explicara sus vómitos, la fiebre incontrolable y la diarrea. Al parecer, ingirió fruta contaminada por un murciélago portador del virus.

Una semana después murió su madre; después, su hermana de tres años, y más tarde, su abuela. Ninguna supo el nombre del mal que las derrumbaba, y de haber tenido conocimiento, sobre todo de que el tacto era la principal forma de contagio, dos vecinas que asistieron al funeral tampoco habrían fallecido, y así sucesivamente hasta infectar a casi 30.000 personas de una decena de países en menos de 24 meses.

A Liberia llegó por el norte, y aunque era difícil creer que tocara a la capital, Monrovia, en pocas semanas cientos de desplazados ignoraron los cierres de fronteras internas y huyeron por el temor a enfermarse, por la escasez de alimentos y porque los reductos de la Segunda Guerra Civil, que dejó 50.000 muertos en 2003, volvían a tomar sus fusiles para evadir los controles de seguridad instaurados por la alerta epidemiológica.

“Nos tomó por sorpresa, éramos ignorantes, nos asustamos muchísimo”, recuerda Diana, que pese a las advertencias de la Misión, de su padre y de la embajadora de Colombia en Ghana, Claudia Turbay, decidió quedarse en condiciones estrictas, incómodas, incluso dolorosas, pero seguras.

Como casi todos en Liberia, Sierra Leona y Guinea, su sitio de trabajo habilitó una sola entrada en la que debía tomarse la temperatura y lavarse las manos con agua y cloro. No tocarse era la ley; los abrazos, besos y apretones estaban prohibidos, y algunos optaron por saludarse codo a codo.

Las dudas no resueltas sobre lo que sucedía esparcieron el miedo, que para Diana se exacerbaba con el sonido de las sirenas hasta 10 veces al día, los llantos después de las 9 p.m., cuando comenzaba a regir el toque de queda, los muertos extendidos en las calles con piedras o sillas a cuestas en señal de que tenían ébola y Monrovia fantasma, con las calles y mercados sin ritmo, sin fiestas, sin caos.

Mientras tanto, en abril, a Guinea llegaba en representación de la UE y de la OMS Jorge Castilla, un colombiano con toda una vida dedicada a atender emergencias: cóleras, hambrunas, guerras, terremotos y desplazamientos en medio mundo, pero nunca antes una epidemia de ébola.

Para negociar su partida con una esposa y dos hijos empleó dos argumentos: “No existe ningún lugar del mundo donde uno esté seguro” y “no voy a tocar a nadie, por lo tanto no voy a contagiarme”.

Como coordinador médico de todas las organizaciones que cooperaban en la emergencia, recorrió los centros de tratamiento y vio que los ciclos normales de tres meses de una epidemia no se cumplían, sino que con el tiempo los casos se multiplicaban.

“Cuando destapamos la olla, el problema ya era gigante”, lamenta, y recuerda al primer paciente que vio en Guinea: frágil, incapaz de moverse, con una falta de energía pasmosa. También, la incapacidad de los hospitales de Monrovia y el hecho de que el cuidado de los seres queridos y los baños rituales para los muertos, que eran los únicos consuelos para las familias, se convirtieron en las formas más comunes de contagio.

Ya entonces, en septiembre, Mónica Trujillo, pediatra opita radicada en India, vio por televisión que el problema se le salía de las manos al mundo y que pocos doctores querían enfrentarse al riesgo. Por eso, después de prometerle a su esposo y a sus dos hijos que regresaría viva, se embarcó a Sierra Leona, al centro de tratamiento de Médicos sin Fronteras en Bo, la segunda ciudad más populosa de esa nación africana.

Mónica era consciente de que la mortalidad del virus estaba entre el 50 y el 90 %, pero también sabía que su ayuda era más que indispensable. De 125 pacientes que recibió en un mes, 105 tenían ébola, 48 sobrevivieron y al resto simplemente le cuesta olvidarlos.

El miedo y la epidemia

En Guinea, Liberia y Sierra Leona las playas perdieron a sus bañistas y los pocos huéspedes de hoteles eran médicos, voluntarios y reporteros. El ruido de las escuelas y de los buses se apagó y peregrinó a los hospitales.

Era agosto de 2014, y mientras la OMS declaraba “una emergencia de salud pública de importancia internacional”, Wbeimer Sánchez, médico de la Cruz Roja, dejaba por voluntad a sus pacientes en veredas de Copacabana, Antioquia, y aterrizaba en Freetown, capital de Sierra Leona, desde donde viajaría por tierra a Kenema, una ciudad intermedia donde requerían personal. Aunque el miedo siempre estaba presente, los excesivos controles de temperatura y la inquebrantable ley de no tocar le daban calma “en el centro del huracán”. La medida más extrema, tal vez, era la del traje con el que los médicos debían acercarse a los pacientes para impedir la penetración del virus. Dentro del ‘Tychem C’, que recuerda a la indumentaria de un astronauta en versión amarilla, la temperatura llega a los 40 grados, solo puede usarse por un máximo de una hora, toma 15 minutos retirarlo y quien lo usa termina con lagunas de hasta dos litros de sudor entre sus botas, guantes y máscara. “No se permitía fallar. Los médicos eran tan escasos que no podíamos perder a uno por descuido”, expresa Wbeimar, que vio cómo algunos se colgaban una fotografía suya en el traje para que los pacientes supieran quiénes eran.

Sin el traje, nadie, ni siquiera el más experto, podía auxiliar a un enfermo de ébola. El dilema de no tocar o morir se le presentó a varios médicos en las calles. A Iván Darío Vélez, por ejemplo. Siendo estudiante de medicina, el director del Programa de Estudio y Control de Enfermedades Tropicales de la Universidad de Antioquia recorrió el Urabá a lomo de caballo llevando vacunas y medicamentos, se pescó malaria varias veces y encontró a niños con la nariz destrozada por la leishmaniasis cutánea, pero jamás se enfrentó a la obligación de desatenderlos, hasta el 2015 en Freetown. “Ver personas tiradas en mitad de la calle, revolcándose en el vómito y la diarrea, y yo sin poder hablarles, tomarles el pulso. Luego, llamar a una ambulancia y ver que pasaban las horas sin solución, sencillamente porque la capacidad del país no daba. Eso fue difícil”, recuerda él, que fue por la OMS a Sierra Leona.

Resistir fue el remedio

Aunque tardó más de lo debido, la respuesta humanitaria al ébola fue titánica. De cero, sin conocimiento sobre hasta dónde podría llegar la epidemia y en países sin infraestructura de salud, se levantaron centros de tratamiento donde médicos de todo el mundo atendían a pacientes sospechosos e infectados.

Después, venía la vigilancia epidemiológica. Cada vez que había un caso confirmado, un equipo debía averiguar con quién había estado en contacto esa persona en los últimos 21 días, que es el tiempo de incubación del virus. A todos ellos, que podían ser cientos, había que encontrarlos, convencerlos de escuchar a un desconocido, entrenarlos sobre lo que podía venirse y monitorear religiosamente su temperatura.

Luego, en estos países, donde bañar, perfumar y besar a los muertos son las únicas garantías de que tendrán un buen viaje a la eternidad, se impuso el reto de dar funerales dignos y seguros, ya que cuando fallecen, los enfermos de ébola tienen los picos más altos del virus y cualquier contacto es una condena.

“Al principio, por los protocolos de seguridad, los familiares sentían que les robábamos los cadáveres, o los musulmanes rabiaban porque por seguridad los enterrábamos con la intravenosa, cuando en su religión nadie puede ser sepultado con metales en la piel”, recuerda Luis Hernando Aguilar, bogotano y oficial de la OMS para cerciorarse de que todo, desde la atención hasta la muerte digna, funcionara.

Aunque fue su estancia en 2015 en los tres países foco del ébola fue agotadora, en noviembre, cuando vio que Sierra Leona estaba próxima a tener cero casos, entendió que el mundo es capaz de ponerse de acuerdo para combatir hasta lo que
parece imposible.

Ya entonces, Ana María Henao, médica egresada de la Universidad del Rosario y jefe de investigación de Enfermedades Tropicales en la OMS, había logrado convencer a expertos, socios y donantes para realizar ensayos clínicos de una vacuna contra el ébola en Guinea, que aunque carece de centros de investigación adecuados, de carreteras y de hospitales, para ella es una especie de pacífico colombiano, un paraíso natural con gente con coraje, que incluso fue capaz de aprender rápido y vacunar a 11.000 personas, entre los que había enfermos.

Por lo mismo trabaja Mauricio Calderón en Sierra Leona. El colombiano de 61 años, que decidió que la última parte de su vida la dedicaría a la atención de emergencias, estructuró el plan para devolver a la vida a los 4.500 sobrevivientes de ébola en ese país, quienes no solo tienen rezagos de los síntomas y persiste en ellos el riesgo de infectar a otros mediante fluidos, sino que muchos perdieron a los suyos, su capacidad productiva y algunos fueron expulsados y acusados de usar fuerzas del mal para destruir a sus familias y seguir vivos. Más allá de la intervención de expertos, los 11 colombianos coinciden en que hay algo en los africanos que les permite salir a flote con una fortaleza que el mundo debería aprender.

Para Christian Lara, otro colombiano en Sierra Leona, tal vez los hospitales, la presencia de las organizaciones, las cuarentenas, los muertos y el miedo les despertaron un arma que tuvieron que crear y usar durante la guerra: la resistencia.

El 19 de noviembre fue un día de tres milagros para Mónica Trujillo. Dos de sus pacientes más enfermos fueron dados de alta y una bebé logró sobrevivir contra todos los pronósticos. El primero fue Hassan. “Llegó al centro de tratamiento casi muerto. No se movía ni hablaba; tenía una diarrea constante. Estaba confundido, desorientado y aletargado”, contó la pediatra en un relato para Médicos sin Fronteras. Las enfermeras lo alimentaban y le daban agua cada media hora, hasta que un día Mónica entró a la zona de alto riesgo y él hablaba otra vez. Al día siguiente, se sentó en la cama y le dijo a la doctora: “Mañana voy a caminar”, y al otro día pudo salir al lugar donde se recuperaban los sobrevivientes.

“No podía creer la transformación. Incluso su rostro había cambiado y poco antes de ser dado de alta estaba rodeado de un grupo de amigos y jugaba a las cartas con ellos”, recuerda la pediatra colombiana.

El segundo fue Mohamed, el mejor amigo de Hassan y el más enfermo que vio Mónica en Sierra Leona. Después de un episodio psicótico, se fue fortaleciendo cada vez más, hasta que jugaba cartas, hacía chistes y fue dado de alta con su amigo.

La tercera fue la sobrina de Hassan, Kumba, de 10 meses de edad. Pese a haber llegado en una ambulancia repleta de pacientes con ébola y pese a haber sido amamantada por su madre, infectada con el virus, la niña dio negativo en las pruebas.

Contexto

La epidemia del ébola entre 2014 y 2016 fue el mayor brote epidémico de la enfermedad. Se originó en Guinea y se extendió por Liberia, Sierra Leona, Nigeria, Senegal, Estados Unidos, España, Malí y Reino Unido. La ayuda era escasa por el riesgo al contagio.

Actualizaciones

Investigadores del MIT encontraron que ciertas mutaciones en el virus del Ébola que aparecieron durante la epidemia en África aumentaron la capacidad del virus de infectar las células humanas. Entretanto, en diciembre, la vacuna que desarrolló Rusia contra el ébola superó con éxito otra fase de pruebas.

Mariana Escobar Roldán

Periodista del área Internacional de EL COLOMBIANO.

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