4 ciudades europeas para los viajeros más curiosos

  • La historia y la tradición se conjugan en varias ciudades de España y Portugal. Tesoros por descubrir y recorrer. FOTOS: CARLOS H. VALENCIA.
    La historia y la tradición se conjugan en varias ciudades de España y Portugal. Tesoros por descubrir y recorrer. FOTOS: CARLOS H. VALENCIA.
Natalia Estefanía Botero | Publicado el 03 de marzo de 2018

Hay ciudades que se revelan fotogénicas desde el primer vistazo. Y si al recorrerlas concentran historia, entonces estimulan la curiosidad y permiten al viajero halar de un hilo imaginario de Ariadna hasta encontrar la esencia, el ritmo interior y el tiempo especial de los que allí habitan. Aquí, Sintra y Oporto, en Portugal, revelan su lado melancólico; Salamanca y Santiago de Compostela, en España, transportan a otras épocas. Son ciudades patrimonio de la humanidad. Imágenes de un caleidoscopio viajero.

1. Sintra

El poeta Lord Byron cayó rendido a los pies de esta villa portuguesa, que visitó en uno de sus viajes. En su obra Childe Harold’s Pilgrimage, dijo sobre ella: “¡Oh!, el edén glorioso de Sintra, se mezcla en un abigarrado laberinto de monte y cañada”.

La descripción alude a un lugar que influenció el arte paisajístico europeo, como lo definió la Unesco al declarar sus parques y palacios como Paisaje Cultural en 1995, una categoría que inauguró justamente esta ciudad lusa a partir de una revisión que hizo la Convención sobre la Protección del Patrimonio Cultural y Natural.

Todo comenzó con el rey Fernando II, en el siglo XIX, que transformó un monasterio en un soberbio palacio en el que hizo una curiosa mezcla de estilos que tenían como propósito halagar a su esposa. Aunque ella y la corte pudieran estar a gusto, el Palacio Nacional da Pena no siempre fascina y a veces resulta demasiado ecléctico. Pero lo que crea la atmósfera a la cual se refería Lord Byron es esa mezcla de especies vegetales locales con otras exóticas que se fueron esparciendo por otras residencias como un sello de esta zona histórica enclavada en la montañas, con musgos, líquenes, vegetación verde oscuro, que resulta fría y húmeda en la mañana, aunque hermosa y muy melancólica.

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Si bien Portugal se ha convertido en un destino popular en los últimos años, por ser económica y bella, vale la pena salir desde la estación Rossio, en el centro de Lisboa, y emprender un viaje en tren para explorar esta villa. Si decide evadir los tours, solo queda bajarse del tren y hacer un recorrido a pie por una carretera sinuosa, llena de esculturas y artesanos para llegar a la Quinta de Regaleira, una enigmática residencia de veraneo de la familia Carvalho Monteiro, que se contagia de ese exquisito placer de embellecer el paisaje.

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Hay que disponer de tres o cuatro horas para recorrer no solo la casa con salas, vestíbulos y miradores; sino el jardín, quizás lo mejor de la visita, porque durante 14 años el excéntrico Monteiro y el arquitecto Luigi Manini se dedicaron a construir un espacio que fuera representación del cosmos en el que existe un pozo iniciático o una “torre invertida” que se hunde 27 metros en el interior de la tierra. La escalera en espiral es un símbolo de la relación entre el cielo y la tierra. Hay agua que las recorre y que se conecta con las cavernas subterráneas. “Es un espacio de connotaciones herméticas y alquímicas”, se indica en la guía que ayuda a recorrer este jardín, aunque no se está exento de perderse.

La enigmática Regaleria, junto con el Palacio da Pena y el de Sintra, construido como la residencia de verano de los monarcas, así como el Castillo de los Moros, una verdadera fortaleza del siglo X, son suficientes razones para enamorarse de Sintra.

2. Oporto

Dice el escritor José Saramago, en su libro Viaje a Portugal (Santillana, 2007): “Porto, ante todo, y para honrar el nombre que lleva es este largo regazo abierto hacía el río (...)”. Para entender cómo convive una ciudad vieja con la moderna, hay que caminar hacia la ría del Duero en Oporto o “Portus”, como la llamaron los romanos.

Con dos mil años de historia y edificios y monumentos históricos, Oporto se ha desarrollado a lo largo de un río que es la arteria fluvial por la que circulaba la “bebida de los dioses” que se produce en esta particular región, una de las primeras en el mundo en ser legalmente demarcadas en la que se conjuga suelo, clima y tradición. Como lo explica la página de la bodega Taylor’s (uno de los más conocidos): “El terroir único del Valle del Duoro y sus característicos vinos no pueden ser replicados en ninguna otra parte”.

Para el transporte se utilizaban los barcos denominados Rabelos y el vino se almacenaba en las bodegas en la ciudad de Vila Nova de Gaia, al frente de Porto. Hoy se transportan en camiones y si bien se perdió algo de la magia porque ahora los barcos llevan a turistas frenéticos tomando fotos de la ribera a lado y lado, la ciudad conserva una estampa hermosa que se observa desde cualquiera de los puentes que conectan las dos ciudades, o desde algún mirador.

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El conjunto de monumentos y edificios históricos, así como la tradición bimilenaria de la ciudad, es la que hizo que la Unesco declarara el centro histórico como Patrimonio Cultural de la Humanidad. A Oporto hay que caminarlo, una, dos y muchas veces, desde la Plaza de la Libertad, que recuerda las grandes avenidas de París, hasta las callecitas empedradas en las que se mezclan bares, comercio y muchas librerías. Entre ellas está la Librería Lello, considerada una de las más bellas, que se encuentra invencible desde 1906.

La revista Time, en un artículo sobre las más bellas bibliotecas del mundo, indicó que J.K Rowling se inspiró en esta edificación neogótica mientras escribía alguno de sus libros de Harry Potter. Lo mejor es que se pueden comprar libros en español, inglés o portugués, y que está recomendado hacer silencio para encontrar y hojear un texto aunque no siempre se cumple: la librería es un lugar turístico visitado todo el año.

También lo es la estación de trenes de Sao Bento, construida a principios del siglo IX en los restos de un antiguo convento. Los viajeros se quedan extasiados ante los 20 mil azulejos que conforman el decorado, en el que se retrata la historia de Portugal. De hecho, las cerámicas pintadas resultan un referente común en todo el país. Llegaron en el siglo XV cuando aún estaba bajo la influencia morisca y están en iglesias, monumentos y fachadas. Resulta evocador encontrarlos en las esquinas menos pensadas.

3. Salamanca

Piedras, lettering, bares y hornazos. Como París o Florencia, Salamanca tiene siglos de historia que se van revelando en cada esquina. Y es curioso porque la estampa medieval de esta ciudad se mezcla con la cantidad de jóvenes que se reúnen a estudiar en las calles o bares.

Ha sido una ciudad universitaria desde que Alfonso IX la fundara en 1254 (la más antigua de España), tuvo ilustres profesores, como Miguel de Unamuno, y por sus corredores se pasearon Miguel de Cervantes y Cristóbal Colón. Es visita obligada llegar hasta la fachada del antiguo claustro a buscar la famosa rana, un monumento tan visitado como cualquier torre o escultura europea, que resulta ser un mensaje iconográfico a la inquisición como lo han revelado estudios sobre el tema.

Cuando se pregunta a los salmantinos cómo llegar a la rana o qué significa, hacen una mueca de cansancio en la boca para indicar que es más un truco turístico que cualquier otra cosa. Lo seguro es que resulta una tarea divertida encontrarla, como también lo es toparse con el huerto de Calixto y Melibea, un pequeño patio sobre las murallas —vestigio de la época Romana— desde el que se accede a un mirador con una vista inigualable de la ciudad, declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad.

El jardín está muy cuidado, tiene un pozo en la mitad y una escultura que recuerda la alcahueta más famosa de la historia: cuenta la tradición que allí se reunían los enamorados en los que se basó Fernando de Rojas para escribir La Celestina mientras estudiaba en el famoso claustro.

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En Salamanca es usual encontrar sobre la piedra monumental de Villamayor inscripciones en un color sangre con una fuente típica que se usa desde el siglo XV; además, la joyería en plata, llamada charra, es una artesanía valiosa. Hay que comer el hornazo, una especie de pastel al que se le agregan diferentes combinaciones, una de las más clásicas: jamón ibérico con dátiles.

Si quiere ver pasar a los salmantinos: abogados con sus códigos o profesores con sus portafolios; o estudiantes en descanso, el mejor lugar es sentarse en la plaza Mayor, el principal centro que concentra la actividad. Allí se mide el ritmo de su vida, el reloj interior de la ciudad, como bien lo describe la página de la Oficina de Turismo de Salamanca.

La plaza Mayor es una joya arquitectónica diseñada por los hermanos Alberto y Nicolás Churriguera, que recuerda a la de Madrid y de la que es posible salir por sus nueve puertas a una ciudad que nunca defrauda.

4. Santiago de Compostela

Para llegar a esta ciudad, está el carro, el avión o el tren, pero también múltiples rutas que se conocen como el Camino de Santiago, y que continúan la tradición de los antiguos peregrinos que llegaban a este destino a visitar la tumba del Apóstol Santiago, descubierta en el siglo IX.

Si decide llegar como peregrino podrá hacerlo a pie siguiendo alguno de los trazados de la ruta Jacobea, entre ellos, el francés, el más masivo y conocido, aunque todos ellos están muy bien demarcados y abastecidos. También puede ir en bicicleta o a caballo. Desde que fueron declarados como Patrimonio de la Humanidad no solo se ha activado el turismo en cualquier época del año y de forma intensa en verano, sino las múltiples opciones para que todos puedan conseguir la tan anhelada compostela, un documento oficial que certifica el haber hecho por lo menos los últimos 100 kilómetros del recorrido.

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Por ello, la ruta mínima puede durar entre cinco o seis días, saliendo desde la población de Sarria hasta la ciudad de Santiago. Hay quienes lo hacen en menos tiempo cubriendo más de 20 kilómetros de caminata rápida que es el promedio por día.

Para facilitar la peregrinación, el servicio postal de España, por ejemplo, tiene un servicio para cargar el morral de una etapa a otra, por si las ampollas —el típico mal que aqueja a la mayoría de peregrinos—, pasan factura. Es común escuchar toda clase de historias en la plaza de Obradoiro, el emblemático lugar de llegada, al frente de la Catedral, cuya fachada está en restauración. La tradición invita a entrar por la puerta en la que siempre hay un gaitero dando la bienvenida.

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Hay quienes caminan para dejar de fumar o beber, se recuperan de un duelo, quieren comenzar una nueva vida, hacer deporte, tener mayor contacto con la naturaleza o van tras alguna experiencia mística, entre tantas otras razones. Se ve gran cantidad de adultos mayores, adolescentes en grupos al estilo boy scout y ciclistas muy bien aperados. Hay muchos japoneses, tal vez porque el país nipón firmó una especie de acuerdo con España para incentivar el turismo entre los diferentes caminos que existen en ambas naciones. El más conocido en Japón se llama Shikoku.

La misa del Peregrino es un punto de encuentro obligado, en especial para observar un ritual que lleva centurias, cuando cinco caballeros levantan el botafumeiro, un gigante esparcidor de incienso que se arrastra desde el suelo y recorre las naves centrales de la iglesia a un ritmo pausado e imponente.

Todos se reconocen porque llevan un bastón en cada mano para ayudarse a bajar o subir terrenos empinados. Es curioso que para todos el objetivo no se cumple al llegar a este lugar (sino es Santiago entonces es Finisterre, denominado por los romanos como el fin del mundo), sino que allí en medio de otros peregrinos, el viaje apenas comienza.

Contexto de la Noticia

Natalia Estefanía Botero

Periodista y editora de Revistas. La curiosidad es un buen punto de partida para hacer preguntas

Revista Generación

Magazín sobre temas contemporáneos que circula los domingos con El Colombiano. Entre sus temas, literatura, artes plásticas, cine, música y tendencias.

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