¿Contrataría a un empleado que rompe los moldes?

  • Estos jóvenes hablaron de sus retos y sueños en un taller en EL COLOMBIANO. Escribieron a mano consejos para conseguir trabajo. FOTO Juan Guillermo Correa
    Estos jóvenes hablaron de sus retos y sueños en un taller en EL COLOMBIANO. Escribieron a mano consejos para conseguir trabajo. FOTO Juan Guillermo Correa
POR LAURA MARÍA AYALA | Publicado el 21 de marzo de 2018
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mayores de 18 años, con competencias para trabajar, esperan una oportunidad en Medellín: Best Buddies.

A veces la mejor forma de comunicarse es no decir nada. Basta el contacto de las manos, un corazón que late apresurado, una sonrisa o una mueca, para que Olga Lucía Lacouture comprenda lo que pasa por la mente de Sofía.

Su hija no habla, tal vez no llegó suficiente oxígeno a su cerebro al nacer, ya no importa. Tiene una discapacidad cognitiva, específicamente síndrome de Down –una condición genética que hoy celebra su Día Mundial– y una dificultad adicional en el lenguaje.

“Ella me enseñó la importancia del silencio, la posibilidad de mostrar sin decir nada y simplemente quedarse quieta, tendida en la manga, observando –cuenta Olga Lucía, psicóloga y fundadora de la ONG Best Buddies Colombia, que en 2018 cumple 15 años–. Sofía sabe que no vino aquí a leer, escribir, restar o sumar. Vino a cambiar la vida de su familia y la de 600 personas como ella que están trabajando con nuestro apoyo y el de otras 81 instituciones”.

Todo un camello
Para alguien con limitaciones, por ejemplo en sus procesos de aprendizaje, conseguir empleo no es fácil. De hecho, el 70 % de los adultos con discapacidad cognitiva tiene habilidades suficientes para realizar un trabajo productivo; sin embargo, menos del 1 % accede al mundo laboral, de acuerdo a las cifras de Best Buddies Colombia.

Valeria Tabares Rojas (ver su historia) lo logró y ahora hace inventarios de equipos electrónicos en una multinacional. Primero debió enfrentar el temor al rechazo, que ya había sufrido por no verse y hablar como el resto de gente.

“Nos hace falta como sociedad, respetar y valorar a cada quien sin importar sus características particulares, sus debilidades o necesidades de apoyo. Todas las vidas deben tener el mismo valor y nos debemos esforzar por darles oportunidades”, señala Mónica Cortés Avilés, directora ejecutiva de Asdown Colombia y representante de las personas con discapacidad cognitiva y sus familias en el Consejo Nacional de Discapacidad.

Valeria lo explica: “La diferencia no existe, o más bien, todos somos diferentes, por cómo hablamos, la forma de caminar o de comer y hasta la manera de agarrar un lápiz. Por eso, todos tenemos dificultades con algo, solo que hay personas que necesitan un apoyo más especializado y hay que dárselos”.

La discapacidad forma parte de la condición humana. Según la OMS, casi todas las personas sufrirán algún tipo de discapacidad transitoria o permanente en un momento de su vida, y las que lleguen a la vejez experimentarán dificultades crecientes en sus funciones cognitivas o motoras.

Hoy, según cálculos de este organismo, el 15 % de la población mundial, más de mil millones de personas, tiene algún tipo de discapacidad.

Así va Colombia

Según el Censo de 2005, 6 de cada 100 colombianos tienen una discapacidad (cerca de 2’650.000 individuos). De ellos, el 52,3 % está en edad productiva, pero solo el 15,5 % ha encontrado oportunidades laborales.

Como señala el Informe Mundial sobre la Discapacidad, persisten los obstáculos que entorpecen el acceso a servicios que muchos consideran obvios, como salud, educación, transporte y empleo.

En el país, discapacidad, pobreza y analfabetismo van de la mano. El 70 % de las personas censadas que están en este grupo pertenecen a los estratos 1, 2 y 3 y, según la Fundación Saldarriaga Concha, el 56,8 % de quienes tienen entre 5 y 20 años están vinculados a procesos de formación básica; sin embargo, solo el 5,4 % de estas termina el bachillerato.

Ante este panorama, la educación inclusiva es la mejor alternativa. En los 60 y 70 se creía que las personas con discapacidad, sobre todo cognitiva, debían estar en entornos segregados, pero no funcionaron porque “todos aprendemos en la interacción con los demás, siguiendo patrones sociales –explica Mónica–. Me gusta mucho una frase, ‘si crecemos juntos aprendemos a vivir juntos’. Creo es algo que nos hace falta”.

Eso es en materia de educación; en lo laboral, el 30 de noviembre de 2017 fue reglamentada, a través de la ley de cuotas, que las entidades públicas deben vincular a personas con discapacidad.

Las empresas privadas también se están sumando y cada vez es más común ver jóvenes con discapacidad cognitiva trabajando como empacadores en Alkosto y Homecenter, atendiendo clientes en Hamburguesas El Corral, preparando bebidas en Juan Valdez o apoyando en la logística de grandes eventos como el pasado Foro Económico Mundial en Medellín.

Es importante que los empresarios conozcan que al brindar esta posibilidad ganan todas las partes: por un lado, los jóvenes aportan al crecimiento de la economía del país, se vuelven independientes y pueden pagar su salud, su educación y sus impuestos.

De acuerdo con el Banco Mundial, Colombia pierde entre el 5.3 y el 6.9 por ciento de su PIB al no incluir laboralmente a estas personas que podrían generar ingresos. Además, se deja por fuera del mercado laboral a su cuidador, generalmente papá o mamá, que permanece a su lado en la casa, inactivo, cuidando a su hijo.

Por otro lado, las compañías, a su vez, reciben exenciones tributarias a partir de las leyes 361 de 1997 y 1429 de 2010 y prelación en créditos otorgados por el Estado.

Eso por no mencionar que se incrementa la productividad, pues ganan un colaborador con alto sentido de pertenecía. Jonathan Hurtado, barista y jefe de Juan Guillermo Correa en Juan Valdez (ver historia), admira cómo perfecciona al 100 % cada cosa que hace y mejora el clima laboral.

Como se lee en el prólogo del Informe Mundial de Discapacidad, escrito por el fallecido científico Stephen Hawking, “el mundo no puede seguir pasando por alto a los cientos de millones de personas con discapacidad a quienes se les niega el acceso a la salud, la rehabilitación, el apoyo, la educación y el empleo, y a los que nunca se les ofrece la oportunidad de brillar”.

Contexto de la Noticia

En un minuto la discapacidad cognitiva

Es una sombrilla muy amplia, que abarca a las personas que tienen limitaciones en sus habilidades intelectuales (como planificar, solucionar problemas y aprender con rapidez), dificultades para desempeñarse en la vida cotidiana (como bañarse, vestirse y comer solo) y menos habilidades para relacionarse. No es un castigo divino ni tampoco una enfermedad. Es una condición que puede tener origen genético, como el Síndrome de Down. Otras veces, aparece por causas ambientales como la contaminación o al nacer, por ejemplo, si el cordón umbilical asfixia al bebé o el niño sufre una contusión.

cinco sobre cinco

“Yo quiero a mi jefa”, dice Víctor Daniel Jojoa Tobón, de 17 años, ante el asombro de quienes lo escuchan. Desde noviembre pasado trabaja en la compañía de financiamiento Tuya. Archiva facturas, organiza carpetas, las mete en el sistema y aprende, al ritmo y a la manera en que su autismo leve lo permite. Es feliz, no duda cuando se lo preguntan. Su jefe, Ana Lucía, también lo quiere. Dice que la empresa está en deuda con él. En la evaluación de desempeño le puso una calificación de cinco sobre cinco. “Es juicioso y responsable –interviene Estefani Estrada, la preparadora laboral de Best Buddies que lo acompaña–. Le asignaron unas funciones, pero las termina tan rápido que ya piensa con qué otras cosas puede apoyar”. Incluso pidieron que lo entrenen en Excel y dicción para que al finalizar la práctica, este 24 de agosto, lo contraten directamente. Mientras tanto, Víctor sigue sus estudios en el Sena como auxiliar de apoyo logístico y eventos empresariales, y los sábados valida el bachillerato. Le va bien en arte y aunque no le gustan las matemáticas, lo intenta.

No hay dos tazas de café iguales

Preparar un buen espresso es cuestión de precisión y mucha práctica. La clave está en la justa medida de sus ingredientes: 5 gramos de café si lo quiere suave o 7 para uno más fuerte. Cuatro onzas de agua caliente, a punto de hervir, no más porque queda aguado. Eso lo sabe Juan Guillermo Correa Carmona, de 29 años; desde hace tres trabaja como técnico en la tienda de Juan Valdez de El Poblado. “Me va súper bien con la máquina de espressos”, dice con orgullo. En 2017 quedó segundo en el Campeonato Baristas del Alma, entre 24 competidores con alguna discapacidad cognitiva: Juan tiene síndrome de Down leve. “Le di un toque frutal a la bebida con notas de jugo de naranja, marañón y frutos secos”, explica. Mezcló un café del Huila con uno del Tolima y los jurados premiaron su arrojo.

Siempre inquieto, también ha sido futbolista y nadador de alto rendimiento, hace un mes combina su jornada de trabajo con clases de fotografía en el Cesde. Le encanta la idea de jugar con la luz y poner las imágenes en movimiento. Sueña con ser fotógrafo o cineasta, quizás, las dos cosas.

Cuestión de paciencia

Valeria Tabares Rojas nació con una discapacidad cognitiva que se asocia a una paraplejía. Los médicos dijeron que sería un vegetal, que no iba a hablar y menos a caminar. Se equivocaron. Hoy ella, de 21 años, habla, camina, estudia, trabaja y tiene una pila de sueños. Se forma en el Sena desde agosto del año pasado y es empleada de IQ Electronics. A diario hace el inventario de los módems –unas cajas inmensas, así las describe– y verifica que tengan cargadores, controles y cables. Lo que más le gusta es hacer conteos. Aún recuerda su primer día en la oficina, tenía miedo. “Estuve en un lugar en el que me rechazaron, pero aquí fue diferente. A los pocos días conocí mucha gente y fue chévere, ya me quieren mucho”. Le gusta aprender pero no ve su futuro entre equipos y accesorios electrónicos. Quiere ser profesora para personas con discapacidad. Ya probó suerte cuidando unos niños y está convencida de que su don es la paciencia. Mientras andaba pendiente de uno de los chicos, otro intentaba volarse, el de la esquina le pegaba al compañero de puesto y el de más allá, se comía la lonchera de un despistado. Ella no perdió la calma.

Con energía de sobra

Nació con tres y no con dos copias de su cromosoma 21, como es habitual. ¿Y qué? A Carlos Santiago Moreno Alemay poco le interesa hablar del síndrome de Down. No lo hace especial, en cambio sí su determinación de cumplir lo que se propone, su disciplina. “Llueva, haga calor, así esté cansado o tenga sueño, no me detengo, sigo adelante”, dice. Tiene 35 años, un título del Sena de auxiliar de docente, es miembro del grupo Scout 172 Amazonas, practica natación y taekwondo, le encanta cocinar pasta –sueña con ser chef– y está en la corporación Artesas. Ahí no terminan sus actividades, hace más de diez años es actor del colectivo de teatro El Grupo y ha participado en obras como Romeo y Julieta, El Juicio de Paris, Alicia: el musical y, la más reciente, una adaptación de Cien años de soledad. Tiene energía de sobra, también busca empleo. Quiere trabajar en administración o en logística. Es seguro, sus padres le inculcaron la independencia. “Puedo hacer todo lo que quiera, no soy un niño, soy un joven con talento”, insiste. Por eso no teme presentarse a una entrevista laboral. Bromea al respecto. No entiende porque preguntan, “¿quiere trabajar?”. “Claro –él responde– Si no, no estaría en la entrevista”.

Cosas que no caben en la cabeza

Me quieren agitar, me incitan a gritar, soy como una roca, palabras no me tocan, adentro hay un volcán, que pronto va a estallar, yo quiero estar tranquilo... canta, una y otra vez, Emanuel Martínez García, de 26 años, con discapacidad intelectual moderada. Y no es que tenga una particular predilección por el rock en español, ese que estalló en los 80. También escucha vallenato, salsa, reguetón, rancheras y música antioqueña. Es su pasión, incluso usa una camiseta negra con ese mensaje, y toca varios instrumentos, el tambor, la tambora y los bongos. Perdió la cuenta de los que sabe interpretar. En los ires y venires de sus recuerdos la canción de los Enanitos Verdes es la única que no se borra. Tan caprichosa es su memoria que a veces lo confunde, le causa dificultades en sus clases en la Corporación Artesas y en el Sena, y otras le permite saber exactamente el día de la semana en que cayó cualquier fecha del año y predecir en qué día será. No solo es una caja de música sino también una especie de calendario humano. “Ave María, unos tenemos dificultades para algunas cosas y para otras no, no hay diferencias”, responde cuando le mencionan la palabra discapacidad. Esa no cabe en su cabeza.

de su puño y letra

Le dice la profesora Liliana, a secas. Olvidó su apellido. Lo que no borró de su memoria fueron sus lecciones. Ella le enseñó a Mateo Gallego, ahora de 20 años, a leer, escribir y mucho más. Lo conoció en un salón de clases de Aula Abierta. Allí llegó él, recién graduado de quinto de primaria de una escuela municipal, pero sin saber juntar una letra con otra. Le diagnosticaron un trastorno del aprendizaje y sus profesores lo dejaron de lado. “Me decían las cosas una vez y ya. Yo debía grabármelo y si no, quedaba embalado”, rememora Mateo. Le dijeron a su mamá que no iba a poder con el bachillerato. Ella no les creyó y lo cambió de colegio. “Entonces me volví un volador, una esponjita, un piloso –sigue con su relato–. La profesora Liliana me demostró que soy capaz de hacer cualquier cosa que me proponga”. Ahora Mateo quiere conseguir un empleo. “Lo que me resulte yo lo hago, no es sino que me expliquen y lo hago de una”. Nada va a impedir que escriba un buen final para este cuento.

Laura María Ayala

Macroeditora de Tendencias

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