REFLEXIONES BÁSICAS SOBRE LA JUSTICIA TRANSICIONAL (3)
Continúo esta serie de reflexiones dando consideración especial a uno de los propósitos que la justicia transicional debe tener en Colombia: la confrontación de la pasividad de la mayoría de la población en relación con la atrocidad.
Suena increíble, pero es cierto: para la gran mayoría de colombianos, la atrocidad es algo distante, algo que no le concierne, algo que les pasó a otros, algo que no es de su incumbencia.
Esta no es una manifestación típicamente colombiana; ha sido tristemente corroborada en todas las sociedades expuestas a la incidencia de violencia categórica. La pasividad de la gran mayoría de individuos (que no son victimarios o víctimas directas) califica la respuesta social a situaciones tan variadas como el Holocausto, el genocidio en Ruanda, las guerras latinoamericanas (como las de El Salvador o Perú), y las dictaduras del Cono Sur.
Hay varios procesos que contribuyen a esa pasividad: la difusión de responsabilidad (todo el mundo es responsable y, por lo tanto, nadie lo es ); la ignorancia extendida sobre las percepciones de otros en relación con la violencia (desconocimiento, por desinterés o miedo, de lo que los otros piensan y sienten sobre lo que está pasando ); la creencia de que un acto individual de resistencia no tendrá efecto frente al cúmulo de eventos; o la dificultad de generar redes sociales en contextos calificados por el miedo y la desconfianza. Estas anotaciones provienen de los trabajos de Ervin Staub, un destacado psicólogo dedicado al estudio de la violencia.
La naturaleza extendida de la pasividad ante la atrocidad es un fenómeno social difícil de combatir porque no es perceptible como algo que requiere corrección. En la medida en que la pasividad implica inacción, los sujetos impasibles se refugian, convencidos, en la fórmula: yo no he hecho nada malo.
Este resguardo estabiliza la pasividad como respuesta a la atrocidad y da vía libre a la violencia. Nos recuerda Staub (1989 y 2012) que las personas tienden a quedarse inmóviles frente a un evento de violencia, creyendo (o queriendo creer) que no tendrá mayores repercusiones, y luego repiten lo mismo frente a otro evento y otro, para darse cuenta, después de muchos hechos atroces, que la violencia las ha cambiado, que su inacción las ha cambiado. Se han vuelto cómplices silenciosos en el proceso y lo único que hacen –porque creen que es lo único que pueden hacer– es seguir callando.
Los pasos que llevan a este distanciamiento personal son variados. Staub (2012) menciona: "minimizar cada evento (de violencia) y suspender la emisión de juicios de valores en relación con estos; justificar el daño; adoptar una perspectiva de observador; o evitar información sobre los actos dañinos y los sufrimientos de otros y limitar la atención otorgada a estos". Acciones, todas, muy comunes.
Superar la pasividad de la mayoría de personas que consideran que el sufrimiento es un tema ajeno es un reto mayúsculo para la justicia transicional en Colombia.
¿Qué puede hacer la justicia transicional con las personas que están cómodas en su distanciamiento (físico y simbólico) de la atrocidad? ¿Cómo diseñar la respuesta transicional para confrontar la pasividad de los millones de colombianos que piensan que el cuento de la atrocidad no es con ellos?
Debatir este reto es más importante que entrar a discutir la mecánica de las herramientas de justicia transicional, que no son sino medios para lograr un cambio