El Desfile de Autos Clásicos y Antíguos a bordo de un Pontiac 1955 (con varada y todo)

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Textos y fotos: Cristian Abril Gómez, especial para Blogaraje

Los ojos del agente de policía a la entrada del periódico El Colombiano me recorrían de arriba a abajo. Parecía no creer que, aún con escarapela, tuviera cabida entre las bellas y poderosas máquinas que aguardaban del otro lado de la puerta peatonal. Después de unos segundos, sonrió con menos frialdad y me permitió entrar. En ese instante comenzó mi aventura.

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Adentro, los pitos y los saludos no cesan. La gente se pasea pintorescamente disfrazada y brillan aquí y allá los flashes de las cámaras. Los valientes de logística corren el lugar con sus radios y por los altavoces llega música que no cautiva mis oídos, pero demuestra que se está desarrollando algo colosal. Afuera, la gente ya ha empezado a reunirse. Yo estoy maravillado. ¡Qué ambiente! ¡Qué camaradería! ¡Qué energía! Y, ¡qué carros! Es el Desfile de Autos Clásicos y Antiguos.

Me sentía en el paraíso. En todos lados veía personas felices, como si sólo el desfile importase. Caminé saludando amigos y conocidos, admirando la belleza de las máquinas (y algunas más naturales, si me permiten), todas tan diferentes, con sus peculiaridades y sus “gallitos” pero siempre rutilantes. “¡Afortunados aquellos que en ellas desfilan!”, pensé. Lo que aún no sabía, es que yo sería uno de ellos.

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Gracias a la amabilidad de Arturo y Alejo, amigos y cómplices, conseguí un cupo entre la tripulación de un Pontiac StarChief bellísimo del año 55, en el que fui generosamente acogido por Hernán y Hans, piloto y copiloto respectivamente. ¡Simplemente no lo podía creer! Emocionado di un par de vueltas más entre los coches, hasta que los altavoces nos ordenaron estar listos.

En el Pontiac, conversaba con mis amables acompañantes -aunque técnicamente, el acompañante era yo- mientras esperábamos la orden de salida. Nos aguardaba un periplo, largo, colorido, agitado, algo extenuante y en general, increíble. El Chieftain era generoso en su interior. Las ventanas abajo permitían la entrada del aire, salvador del calor que nos agobiaba y unos sobrios y elegantes acabados engalanaban el habitáculo, espacioso y cómodo. Este punto es básico para mí, pues mis piernas son larguísimas. Pero estaba acomodado y listo para la multitud que nos esperaba afuera. Al frente, ya avanzaban unos carros y era cuestión de minutos para que el nuestro hiciera lo propio.

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Finalmente, mi piel se erizó al escuchar el rugido de nuestro motor y verlo enfilar hacia la salida. La tripulación estaba animada, auguramos un buen recorrido y poco a poco la multitud se veía más cerca. Cruzamos la puerta de las instalaciones y nos recibió un rugido ensordecedor. Las sonrisas de la gente, brazos agitándose, silbidos, saludos y cumplidos, confeti, flores… ¡Cuánto ánimo tienen los medellinenses para estos eventos! Y allí estaba yo, en lo que me gusta llamar “plan de reina”, sonriendo y saludando, desde el asiento trasero, respondiendo alegremente a los saludos y sonrisas que nos ofrecían al pasar.

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A nuestro vehículo, no tardaron en llegar los elogios. Jóvenes y adultos, hombres y mujeres, nos felicitaban por nuestro (¿nuestro?) carro, alabando su pintura, sus acabados, sus espejos, sus detalles… Y los piropos para quienes en él íbamos, tampoco demoraron mucho. Desde los laterales del camino, oíamos voces femeninas gritándonos coqueterías de todo tipo. Hasta un beso me mandaron desde un balcón…

Me maravilla como el evento saca a flote la picardía y el humor de las personas, dejando de lado la timidez que nos caracteriza día a día, como si todos fuéramos amigos, parientes o conocidos. Y no me refiero a las mujeres exclusivamente. De los hombres, si bien no esperábamos ni recibimos detalles galantes, brindaban con sus cervezas a nuestro paso y, aplaudían y preguntaban con picardía por qué no iba ninguna chica con nosotros. La alegría de un público cívico, culto y respetuoso es, en gran medida, el éxito del desfile. Porque las personas que desde temprano buscan los mejores lugares para apreciarlo, saben que no se trata sólo de un montón de amigos y gomosos de los autos, recorriendo Medellín. Entienden que éste es un evento de la ciudad, de sus habitantes y de los visitantes a quienes acogemos. Para ese público, mis felicitaciones por su alegría y simpatía, por saber respetar los vehículos y  a los demás espectadores. También mi gratitud porque con su cariño nos hacen sentir especiales a quienes desfilamos.

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Y así, llegamos casi hasta la Macarena. El calor no cedía. Al interior del carro, gozábamos. Yo había recibido con agrado infinito una botella de agua y un delicioso sánduche, cortesía de mis benefactores de los asientos delanteros. Pero el desastre se cernía sobre nosotros…El desfile había bajado su marcha considerablemente.  Estábamos atascados y veíamos con cierto temor a los desafortunados varados, que quedaban al lado de las carreteras, vencidos principalmente por el exceso de calor. Con tan poca velocidad, era inevitable. Hay que recordar que esos buenos carros son como abuelos: encantadores y querendones, pero tienen sus resabios… Ante el calor se recalientan y ceden.

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En la oreja de la Macarena, nuestro Pontiac empezó a encabritarse. Por razones que no entendíamos en ese momento (que para mi aún no están del todo claras) la dirección tiraba hacia la derecha, olía ligeramente a aceite quemado y el público avisaba que el carro botaba agua. No quedó más remedio que parar. En medio de la multitud, mientras los supervivientes seguían la ruta y el sol del medio día tostaba nuestras caras, logramos bajarle la temperatura al Pontiac con la manguera prestada de un lavadero de autos. Le echamos agua y, esperanzados y un poco mojados, gracias a un hombre que se apoderó de la manguera, emprendimos la ruta de nuevo, alentados por el grito de la multitud que celebraba la resurrección del carro.

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Pero la dicha duró poco y fue evidente que el carro no podía seguir así. Lejos de la gente, en medio de un puente, paramos de nuevo. Y mientras Hernán y Hans hacían algo de mecánica, yo, sin los conocimientos para ayudarles, observaba como los demás participantes nos adelantaban. El desfile se iba, mientras nosotros intentábamos arreglar nuestro corcel. Al final, quedamos solos. Sin embargo, para mí no se arruinó el desfile. Había disfrutado de lo lindo y consideraba parte del paseo aquello de vararse. Me mantuve al pie del cañón. Incapaces de arriesgar el carro, abandonamos el desfile para refugiarnos y reponer fuerzas en casa de la madre de Hans. Temiendo por los niveles de aceite, nos dirigimos a una estación de servicio en la 33, donde buscamos la sombra y aprovechamos para enterarnos de las incidencias de la posesión presidencial. Finalmente, vencidos por la mecánica, decidimos llevar el carro a su lugar de reposo.

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Sin embargo, para nuestra sorpresa, el hermoso  StarChief  salió de su letargo y dejó claro que quería continuar. Para mí sigue siendo un misterio su recuperación repentina, pero ahí estaba, aparentemente “al pelo”. Pasábamos por la oreja de la Aguacatala. ¡El desfile estaba sobre nosotros! Con nuestras escarapelas y las marcas del carro, logramos sortear la valla policial y de la nada, una sorprendida multitud recibió a nuestro renovado Pontiac. EAFIT, nuestro destino, estaba cerca y como arrancamos, llegamos: Triunfales, contentos y además, con anécdota. Superamos, cómo no, una prueba de alcoholemia en la entrada, que recordaba que a pesar de ser un evento festivo, la responsabilidad y la prudencia deben prevalecer. Lamentablemente, algunos pocos no la superaron. Finalmente, terminó para mí el desfile, como debía ser, en EAFIT, satisfactoriamente.

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Soy un fanático de los carros. Aprecio particularmente los modelos clásicos y antiguos, valoro cada uno de sus detalles, lujos y curiosidades. Me inspira cariño su historia. No podía ser de otra manera. Crecí rodeado de pequeños modelos a escala y gigantescos libros, auténticas biblias automotrices. Aprendí a ver programas como el genial TopGear, pero sobre todo, la pasión me viene por herencia: El dueño de los libros y los modelos a escala es un verdadero fan y sabio de los motores, que ha encaminado y cultivado tal pasión en mí. Mientras devoraba un perro caliente y me perdía entre las miles de personas que admiraban los carros en EAFIT, no dejaba de pensar que es precisamente la pasión, lo que une a la ciudad en torno a este evento. Me sentía (y me siento) orgulloso de participar en él. Nuestro Desfile de Autos Clásicos y Antiguos es una institución cultural que sirve para el disfrute de miles de personas y que le brinda una ayuda invaluable a los pequeños de la Fundación Infantil Santiago Corazón.

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Por eso no me cabe más que gratitud hacia mis amigos, Hernán y Hans, que tan generosamente me acogieron en el inolvidable Pontiac y hacia esos cómplices, como Alejo y Arturo, que año tras año aguantan y apoyan mis afanes por viajar en una de estas máquinas maravillosas, sintiendo no sólo las buenas vibraciones del motor, sino también las que llegan desde ese público gentil y lleno de energía, que sin duda hace que valgan la pena el calor y hasta las “mecaniquiadas” que, como ya lo dije, son parte del paseo.

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Mientras llega el próximo desfile, seguiré cultivando el sueño de conducir algún día mi propio modelo antiguo y por qué no, invitar a algún afiebrado como yo, a compartir cabina conmigo durante este emocionante recorrido.

Subir y arrancar Trato de hacer memoria y acordarme del primer momento en que un carro me llamó la atención más de lo normal y siempre me remito a unas viejas fotos de mi primer cumpleaños. Allí aparezco al lado de un flamante Ford Galaxie 500 adscrito al cuerpo de bomberos de alguna ciudad norteamericana. Posteriormente, mis padres continuaron regalándome autos en mis cumpleaños. Conservo también una fotografía con un pastel hermosamente decorado y un VW Beetle rojo que yo miraba con asombro. Vinieron luego los maravillosos Matchbox 1/64 y algunos coches de carreras que funcionaban con gasolina ¡de avión! Y que mis primos mayores gozaron a placer mientras el ruido ensordecedor que producían, me causaba genuino terror. Un tío fue quien acolitó (al fin y al cabo es sacerdote) mi primera “manejada” en su viejo Jeep Willys MB, con el que dábamos la vuelta a la manzana. El controlaba la pedalería y los cambios, mientras yo trataba de girar el pesado volante. Mis otros tíos me mantenían al tanto del mercado automotor, pues en los viajes y paseos me preguntaban por las marcas y modelos de todos los carros que veíamos, hasta que me los aprendí todos. De los “de verdad” recuerdo el Zastava 1500 amarillo de mi tío Aquiles, auto al que cariñosamente apodaban “el maracuyá” y que compraron el mismo año en el que nací. Cuando lo vendieron, casi no me cuentan pues temían mi tristeza al saberlo y pues, la verdad, no los defraudé. Llegó la época de las revistas, los catálogos, los libros y cuanta publicación sobre autos existiera. Pasaba tardes y noches devorándolas ansiosamente, aprendiéndome de memoria fichas técnicas, modelos, características y los datos más precisos de cada ejemplar. Eso sí de mecánica, nada. Me embiste un dulceabrigo y cualquier tornillo en un motor significa para mi, poco menos que magia negra Mi profesión de periodista me ha permitido experiencias inolvidables con los carros, dirigir algunos programas sobre el tema, cubrir las ferias, participar en encuentros, desfiles y ser testigo desde esta óptica del crecimiento y las contracciones del mercado, probar algunos modelos y conocer personajes que me han honrado con su invaluable amistad y sabiduría infinita. Con el advenimiento de internet y la televisión internacional, el aprendizaje se expandió a niveles insospechados. Ahora era posible explorar más allá y en tiempo real, lo que estaba sucediendo en el mercado automotor mundial. Participar en chats, foros y páginas se convirtió en la principal fuente de conocimiento y en un segundo aire para esta afición. Gracias entonces a la red mundial y a la magnífica herramienta que proporcionan los blogs, y, por supuesto, a la gentil complicidad del equipo de Medios Electrónicos de EL COLOMBIANO y su editor general, Fernando Quijano, que avaló esta propuesta, es que hoy puedo compartir con ustedes este rincón minúsculo del ciberespacio, en donde la idea es compartir experiencias y conocimientos, retroalimentarnos con las noticias que produce este dinámico sector, enterarnos de las novedades más recientes y, sobre todo, divertirnos con una pasión que va más allá de conducir y maravillarnos con el invento más sensacional de la historia. Se trata entonces de abrir el blogaraje y dejar salir la imaginación con el placer que produce ver estas hermosas piezas en acción, que nos roban suspiros y nos producen un constante hormigueo que solo los aficionados a los carros entendemos, compartimos y acolitamos (como mi tio el cura). Bienvenidos, súban, abròchense y disfruten el viaje.

5 comments

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  2. Marcela Baaena   •  

    Cris: Maravillada!!! la vena literaria, en la sangre!!!!! felicitaciones

  3. Juanita   •  

    Que buen artículo, se ve que el desfile estuvo divertido. Yo lo vi desde la calle y me pareció genial!

  4. jesus   •  

    tengo uno igual que el de usted pero el mio es cuatro puertas esta super arreglado felicidades su carro esta muy hermoso y el mio esta mas

  5. jesus   •  

    este carro que tengo lo guardo en mexico si quieres compartir conmigo este es mi correo chuyitos@hotmail.com

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