Treintaytres

Treintaytres es uno de esos números sonoros: trein-ta-y-tres. Lo conozco desde que estaba muy chiquita. Lo esperé mucho tiempo, con miedo a que llegara alguna vez. Estuvo tan lejos, siempre. Cuando tenía cinco parecía imposible: para que pasen 28 años se necesita toda una vida, un montón de tiempo. Qué iba yo a llegar hasta ya, tan pronto. Y un día llegó: hoy llegó.

El día que lo mataron lo he contado muchas veces: era un dos de julio de 1988. Tenía 33 años, ese número que si uno crece en los temas católicos lo relaciona con la edad de Cristo. Hace días descubrí que cuando la bala traspasó su mano, la palma de la mano lo estaba mirando a él, y no al señor que lo mató, como me lo imaginé siempre. Lo leí en el acta de defunción. Le dispararon en la tarde, murió en la noche. No pronunció ninguna palabra. La herida era mortal. Yo tenía un año y 22 meses: me faltaban 85 días para los dos. Solo alcanzamos a celebrar juntos un cumpleaños. Mi mamá estaba hospitalizada y por eso en la foto solo aparecemos los dos: yo con un vestido blanco, él con una camisa blanca (creo), yo con mi pelo mono, corto, él con su pelo negro, negro, corto, yo seria (como casi siempre), él sonríe y se le ven sus dientes de adelante separados. Hay una torta que mide casi mi tamaño. En la foto que sigue, que es casi igual, Eduardo me está dando una pasa, como un recordatorio de que alguna vez, ya nunca más, me gustaron las pasas. Él tenía 32 (cumplía en noviembre según mi abuela, diciembre según mi mamá), yo uno. El siguiente cumpleaños no lo celebramos. Nunca estuvimos los tres para eso del cumpleaños.

A los 33 años, Eduardo tenía una librería, la única que ha tenido Riosucio. Era librero, aunque no de muchos de literatura, dijo don Héctor, el amigo que estaba al lado el día que se fue. Entre los que vendía repartía algunos de izquierda, supongo que algún Marx o un Mao. Los regalaba. Se había casado tres años antes y tenía una hija, yo. No terminó la universidad, lo dejó en el último semestre porque se fue de descalzo a Bonafont. Mi mamá le insistió mucho, es que no le faltaba nada para quedar con el diploma de Ciencias Sociales, pero él era terco y primero, siempre primero, la política: ese era un programa del Moir en el que dejaban todo y se iban a algún lugar a echar el cuento, a trabajar con los campesinos, a vivir con ellos. Vivió con el cura del pueblo, aunque era ateo. De mi mamá fue novio como ocho años y él fue el que se quiso casar. Fundó un barrio en Riosucio que se llamó  El primero de mayo, si bien cuando se murió tomó su nombre, pero eso se les olvidó luego a todos, y lo llaman como el original. Hizo un paro cívico muy famoso en Caldas contra la Chec, porque les subieron los servicios. Fue concejal. Se montaba en una mesa en el parque a echar un discurso que los demás escuchaban a escondidas, pero lo escuchaban: es que era de izquierda, en los ochenta. Era un buen orador. Muy estudioso, como son en general los del Moir. Se bañaba tres veces al día y hablaba opita, porque era opita. Me llevaba en hombros a la guardería, me describía el paisaje, me contaba historias. Quería que a los tres años ya supiera leer. La librería se llamaba La Pola. Lo mataron a una cuadra, cuando hablaba con don Héctor. A los cinco años me parecía que Eduardo era un señor que había vivido muchos años: es que treintaytres, a los cinco, es toda la vida. Mi papá, un día, vivió toda la vida.

Mi tío más joven, hermano de mi papá, ya tiene sesenta (tal vez uno menos o uno más). Si a Eduardo no lo hubiesen matado sumaría 65 en noviembre, o en diciembre, depende de a quien se le crea. Treintaytres no era ni la mitad de la vida de lo que hubiese podido vivir. Eduardo vivió tan poquito.

Un día, hoy, cumplo treintaytres, la edad en la que mataron a mi papá. Soy la misma niña mona, sin el vestido blanco y sin Eduardo. No me he casado, terminé la universidad, hice una maestría, doy clase. Tengo un trabajo que me gusta, escribo de Eduardo. Lo recuerdo, casi todos los días. Le perdoné que la política hubiese sido más importante que yo, tanto que morir fuese una posibilidad de la causa en la que creía. No lo quiero olvidar, porque no quiero que se muera de verdad. A veces me gustaría ser pastelera y tener una pastelería-librería, aunque no se va a llamar La Pola. Esa era su causa, no la mía. Me gusta escribir poemas. Tengo un gato y una mamá, la que él me dejó. Ya sonrío más en las fotos. Lo siento en la silla de adelante del carro para que me acompañe cuando estoy sola. Escribo artículos de literatura. Leo y releo poemas. Escribo en mi cabeza mientas tiendo la cama y luego no me acuerdo. Este escrito lo he escrito mientras camino al trabajo, muchas veces. Hago tortas de cumpleaños.

Tengo treinteytres y he vivido tan poquito. Pronto habré vivido más años que mi papá.

(En construcción, supongo).

Cuando dudes, un poema

Hay domingos,
mientras el profesor de baile dice que tomemos agua,
que me hago en la ventana a escuchar qué consejo trae el viento esta vez para el calor.
Miro hacia el fondo,
hacia ese lado en el que está tu casa.
No pienso en qué estarás haciendo
ni en todo lo que hubiese querido con vos.
Ya no.
Miro como cuando uno mira sin mirar,
al vacío,
como cuando uno decide acallar la conciencia
y hacer silencio y esperar.
Pasa tanto como la frase aquella de la bola de heno.
Es solo la tranquilidad de esos minutos en ese vacío
en el que existes, pero no. Cada vez menos.
A veces quisiera que cuando se acabe la clase
hubiese un mensaje tuyo
que dijera que lo has pensado, que aún me quieres,
que me quisiste alguna vez.
Y siempre quisiera que llegara el olvido a las 3:00,
que traspasara esa puerta
y ya no me acordara de tu nombre, de tu casa,
de todo vos. Que te hubieses ido.
El viento solo sopla, solo murmulla lo del calor.
Ninguna voz tuya.
Entonces el profesor dice que volvamos al espejo,
que haremos el paso del sombrero
y el péndulo y un cross con giro.
Imagino que algún día me verás bailar.
Tal vez en un mundo paralelo en el que no haya que olvidarte.
Hago el cross con giro,
y la vida, aunque duele, baila otro paso: una vuelta al mundo.
La canción sigue sin vos.

 

2 de julio

Si nos devolviéramos al 2 de julio de 1988, cuando faltan seis minutos para las 12:00, es decir para que sea 3 de julio, habría que decir que Eduardo ya estaba muerto, que mi mamá ya era una viuda, que yo ya era una niña sin papá.

Hace días leí a alguien que quiero todavía, que a veces cuando alguien se muere, si alguien busca consuelo en él, él dice a veces, así es la vida. Quizá eso tenía que pasar. Y yo he estado pensando en eso, tanto. Porque quizá es así, la muerte es eso que tenía que pasar, que a todos nos va a pasar un día, que le duele más a los que se quedan, aunque de eso no haya pruebas. Sin embargo, en estos 31 años que lleva muerto Eduardo, yo he aprendido que cuando alguien se muere, alguien importante en la vida de uno, porque los muertos ajenos poco duelen, también se muere un pedacito de uno. A veces, incluso, es un pedazote entero, porque nunca volveremos a ser esos que fuimos. Porque algo se apagó ese día de Eduardo. Cada que es 2 de julio yo sumo un año más y pienso en él, en  lo que pudimos haber sido juntos. Pienso en lo que no fuimos. Vuelve a sonar el disco rayado de mi papá, y me acuerdo que así como la gente cumple años, también los muertos cumplen años de muertos, y quizá por eso es que no se me olvida este día, quizá por eso está en mis fechas inolvidables del calendario. El 2 de julio difícilmente será un día no triste, un día cualquiera. Quizá porque creo que sentir es muy importante, aunque la vida siga. Así no siempre es la vida. Sentir y querer para sabernos vivos. Recordar. Y yo a Eduardo lo quiero, incluso desde que se convirtió en mi fantasma.

Este año, si vieras, Eduardo, llego a tu edad, 33, y se me hace que estabas muy joven para que alguien te haya hecho un muerto.

Feliz cumpleaños de muerto, Eduardo.

 

El disco rayado de mi papá

El otro día estaba leyendo un libro que me encantó por la forma: era un triángulo. Me gustó mucho que fuera no convencional, que uno lo abriera y no abriera del todo, que abierto dejara de ser triángulo, y en fin, yo andaba en esas, hasta que por fin hice lo que uno hace con los libros, leerlo. Pues bien, estaba dedicado al papá de la autora, él, que cuando ella le preguntaba a dónde iban, siempre le respondía a Pitchipoï. No importaba si era la playa, el bosque, un lugar cerca o lejos, frío o caliente. Y a mí se me hizo fácil pensar que yo nunca tuve un lugar para ir con mi papá, nunca tuvimos nuestro Pitchipoï. Fue triste. Es más, si un día escribo un libro y se lo dedico, pues nunca sabrá que hubo un libro con su nombre en la tercera página. Luego escribí una reseña sobre el triángulo aquel que tanto me gustó y puse ahí lo de mi papá. Quizá porque yo creo que precisamente la literatura es para eso: para encontrarnos en nuestros recuerdos y dolores. La pegué en la página en la que la iba a publicar, le dije a alguien que la leyera y ese alguien volvió y me dijo: te repetiste, ¿no? Ya habías escrito de tu papá en la reseña pasada. Algo así dijo. Tenía razón. La pasada era una sobre 4 3 2 1, de Paul Auster, en la que se arma un mundo paralelo. Alguien se muere y yo también pensé en mi papá y escribí de mi papá. Porque quizá es lo que he hecho en estos 32 años y un poco: inventar a Eduardo. Solo que ese día que él anotó lo de la repetición, sentí que tenía razón: que mi papá se haya muerto, que a mí me duela, que su historia me haya cambiado la vida, que yo ande con un muerto para arriba y para abajo, no le importa a nadie más que a mí. Soy monotemática. El mundo está más allá de Eduardo, no todo es Eduardo, Eduardo ya no existe. Eduardo es mi muerto, es todo.

Y en esas estaba yo, pensando en escribir de otras cosas, del olvido, por ejemplo, y pasó que a un niño le mataron a la mamá, frente a él. El niño lloró mucho, a gritos, y como no, era su mamá. Nadie abrazó al niño, no sé si luego, pero no en ese momento de desesperación en el que va y vuelve, y grita, y vuelve. Alguien lo grabó en ese momento tan íntimo, que no debió grabarlo porque son esos minutos en los que al niño le está cambiando la vida para siempre: su mamá ahora es su muerto para toda la vida. La llevara en su cabeza, aunque pasen los años. Y los muertos pesan. Se acordará de ella cada que los otros hablen de sus mamás. Recordará que le hacía la arepa, que lo abrazaba en las mañanas, que lo regañaba. Contará muchas veces que él estaba ahí, que alguien pasó en una moto (a veces no se acordará y quitará la moto), que le dispararon, que ella quedó ahí en el piso sin pavimentar. Sentirá que es un niño huérfano y le hará falta en las noches cuando tenga gripa y necesite una aguapanela hecha por la mamá. La extrañará para preguntarle por la tarea o para que lo llame a decirle que ya es hora de que vuelva a casa. Le mostrará a su primera novia una foto de ella y le dirá que la mataron y que nada ha vuelto a ser nunca como fue. Le hará falta en los grados (ojalá estudie ese niño, ojalá pueda estudiar) y en cada cumpleaños y en cada Navidad. Se preguntará por qué a él, por qué alguien le quitó a su mamá. Se preguntará por la guerra, por lo absurdo de la guerra, y nunca entenderá por qué alguien fue capaz de dispararle a su mamá, de matar a su mamá. Se volverá monotemático y cuando llegue a la edad de ella pensará que se fue muy joven, que la mataron muy joven. Sabrá un día que no está solo, que hay más como él: también te mataron a tu mamá, preguntará, y alguien le responderá que sí. Y entonces compartirán una, dos, tres tristezas. Muchísimas tristezas. Se sabrá acompañado en su dolor y triste, a la vez: que pasen los años y en este país sigan dejando niños huérfanos, sigan matando a otros seres humanos porque piensan diferente, porque sueñan con una casa, porque están donde alguien cree que no deben estar. Sonreirá a veces, claro, porque la vida siempre sigue. Porque el tiempo no ha de parar ni siquiera por un muerto ni por un niño que llora a su mamá muerta. Un día encontrará una palabra que lo define y va a llorar, mucho: motherless (fatherless, para mí).

Tal vez no debieron publicar ese video porque es el momento exacto en el que al niño también se le muere una parte suya. Y sin embargo, ese niño nos resume: qué país tan hijodeputa. Yo lo miré, yo lloré con el niño. Porque un día yo fui esa niña a la que le quitaron a su papá. Estaba muy chiquita para llorar, para gritar, muy chiquita para darme cuenta, aunque me di cuenta. Yo lo extrañé desde ese sábado que se fue. Este año, el 2 de julio, en menos de un mes, va a cumplir 31 años de muerto. En septiembre yo voy a cumplir 33, los mismos años que él tenía cuando lo mataron. Por supuesto que le hice el duelo, por supuesto que ya entendí que está muerto, por supuesto que todavía me hago muchas preguntas sobre su muerte. Por supuesto que lo necesito escribir. Por supuesto que es mi invento más importante. Por supuesto que le echo la culpa de todas mis ausencias, de mis problemas para aceptar que la gente se va, para querer. Por supuesto que me pregunto por qué lo quiero si no lo conocí, si no hay nadie a quien abrazar. Por supuesto que la vida sigue, que mi vida siguió, pero que nunca fue lo mismo.

Ya que publicaron el video, ojalá que ese momento tan íntimo del niño les haga entender a muchos que esa historia no se debe repetir. Que la violencia no ha de llevarnos a ninguna parte. Ojalá sirva para algo, para pensar que es  solo un niño entre muchos, una sola víctima entre muchas. Nadie se merece el dolor que va trayendo la guerra. Las ausencias que deja. Las incertidumbres, las preguntas. En 31 años han cambiado muchas cosas y nada al mismo tiempo: Eduardo era un líder social, un político de izquierda al que asesinaron. En este país sigue pasando lo mismo. 31 años es toda una vida.

Estaba pensando que debería silenciar a Eduardo, por un tiempo, no escribirlo tanto, no hablar tanto de él, pero con ese niño supe que eso es imposible mientras la historia se repita. Somos muchos a quienes la guerra nos ha dejado sin papá o sin mamá, muchos a quienes la violencia nos ha cambiado. Es difícil creer que haya gente que no crea en la paz. Que haya gente que no quiera hacer la paz. Porque eso no es tan fácil ni se termina con el fin de una guerrilla. Hay mucho detrás, muchos poderes encontrados, pero también empieza en lo simple. También está en las casas, en respetar al vecino aunque piense diferente. Está en hacer bien los duelos, para que no haya tanto odio. Está en entender que el odio nos hace mucho daño y que la venganza no lleva a ninguna parte, por lo menos no lleva a la importante, a la que uno quisiera: no devuelve a los muertos. Tampoco devuelve el tiempo. Yo no quiero más compañía en este dolor de no tener un papá. Ya somos suficientes.

A mí me salvó mi mamá, tener una mamá para abrazarme, para explicarme, para ayudarme a entender lo inentendible. Ojalá ese niño encuentre quien lo abrace, quien le diga que, pese a todo, pese a que no será el mismo nunca más, todo va a estar bien. Que finalmente también somos eso: esos niños sin papá, sin mamá. Hace parte de nosotros, de lo que terminamos siendo, y esa también es una decisión nuestra: qué queremos ser. Todo va a estar bien, niño. Tu mamá estará ahí a un ladito para hacerlo menos difícil. Cree en ella, invéntala, recuérdala. Habla de ella cuantas veces tengas que hablar. Y no odies, niño, por más dolor que sientas. Lo que no queremos es que nuestra historia se repita en otros, nunca. Tanto dolor no es necesario. No te digo que sea fácil, pero es más tranquilo. Más responsable. Más bonito.

Yo creo que Eduardo no podrá irse todavía. Los inventos, finalmente, no tienen fecha de caducidad. Y menos en este país. Que suene el disco rayado.

Gato

Vamos, le digo al gato. Enseñame a dormir como vos, que ponés la cabeza en la almohada y te vas, de una. Y el gato me mira, aperezado, y pone la cabeza otra vez y se va.

 

Otro olvido

Nos separa esta ventana,
los tres edificios que hay al frente,
el árbol que hay más allá,
el domo de la Dian,
unas casas,
tres nubes,
una universidad,
más edificios,
muchísimos más edificios,
los montones de carros que circulan
aunque sea domingo,
yo que no entiendo por qué la gente sale de casa los domingos.
Nos separa el pajarito que hay en el cable de la energía,
el puente peatonal del colegio,
unos 23 semáforos en rojo,
esos dos pisos que hay antes de tu casa,
el árbol de las avispas,
el árbol de mangos,
tu puerta sin portero,
las escaleras,
la puerta de tu apartamento,
tu balcón, tus matas,
el canto de la guacharaca,
tus libros,
la sábana de gatos.
Nos separa todo eso
y el silencio,
el mucho silencio que haces,
que hacemos.
Nos separa el olvido, sobre todo el olvido,
tu olvido,
que es una pared inquebrantable.
Nada más fuerte, más que el cemento incluso,
que ser invisible.

 

Olvido

Lo más fácil es buscar la definición del diccionario, y aunque al principio mejor no, por lo cliché, uno termina abriéndolo por curiosidad, y recuerda que el diccionario no tiene sentimientos y suelta la definición sin pensar si al que está leyendo le va a doler o no: cesación del afecto que se tenía// cesación de la memoria que se tenía. Claro que duele, maldito diccionario. Lo del verbo es aún más doloroso: dejar de tener afecto o estima por alguien o algo.

Olvidar es lo más fácil: deja de doler que uno haya querido a alguien. Cesa el afecto que se tenía por ese alguien y la vida sigue, como tiene que seguir en todos los casos. Quiéranse o no se quieran. Solo que ese verbo no se va conjugando tan fácil como se duerme el gato cuando toca la cama ni se vuelve tan rutinario como levantarse a desayunar. Nada de eso pasa tan fácil cuando querés a alguien que no tienes ni la más remota gana de olvidar. Y entonces ese alguien aparece en el cereal, en la fruta de la mañana, en el lapicero, en la nevera, en los aretes, en la calle esa, en la foto, en Twitter, etcétera. Ni que fuera omnipresente, pensás. Es omnipresente, pensás luego, furiosa. Ese es el problema.

Lo difícil es el olvido, sentir que te olvidaron. Saber que no piensan en vos, que no te escriben, que no hacés falta. Entender que su vida siguió sin vos, porque la vida siempre sigue, en todos los casos. Aunque te duela. Aunque estés debajo de tus cobijas llorando, por el olvido. Ser el ser olvidado es lo difícil, saber que te dejaron de tener afecto, que hacés parte del pasado, que se fueron, que no van a volver. Que te moriste. Que ese ser que no quieres olvidar te ha olvidado, es eso que no puedes entender, aunque ya sepas que no haya nada que entender. Que no es el azar, que es lo que pasa y ya, que es el amor, así como es el amor: a veces coincides. Solo a veces. Y esta vez no fue, aunque te murieras de ganas, aunque hubieras dejado la piel y el orgullo y el corazón completo ahí. Aunque hubieras dado todo, aceptado todo. Así no es el amor, te dice alguien, y lo sabes, claro que lo sabes. El amor no es tan difícil, pero vos querías, vos lo querías, vos lo quieres. Es cuando el olvido no tiene nada que ver con la definición del diccionario. El olvido es lo mismo que sientes cuando el dedo pequeño del pie se pega con la pata de la cama, y ni siquiera puedes gritar.

El vacío

Es más fácil explicar el presente desde el pasado. Explicar, por ejemplo, que los miedos empiezan en la muerte del padre, cuando todavía ni siquiera había recuerdos. Miedo a qué, se pregunta, y es muy simple: miedo a perder a la gente. Porque cuando a alguien se le llevan el papá desde tan temprano y ese alguien crece imaginando que hubo un papá, pues entiende, fácilmente, que perder duele mucho. Solo que echarle la culpa al padre muerto es irse por el camino más corto y, al final, él no tiene toda la culpa. No de todo. No de que hayas querido a alguien y ese alguien se haya ido. Miedo a perder a la gente, por supuesto, y también a entender que hay gente que va, hay gente que viene, hay gente que se queda, hay gente que nunca aparece otra vez. Que no vuelve jamás, aunque intentes.

Hay días en que se hace difícil escribir y se van sumando, uno detrás del otro, hasta que uno se da cuenta de que son muchos días juntos. Algunos, ella por ejemplo, lo llamarían tristeza con incapacidad a explicar, y es contradictorio porque ella siempre ha pensado que la tristeza es el mejor momento para escribir. Por qué estás triste, habría que preguntarle, y ella iría hasta al padre para explicar que porque, otra vez, perdió a alguien. Pero ese alguien está doliendo desde hace tanto, que incluso hubo tiempo de que alguien más llegara y se fuera también. Por qué duele. Por el miedo que llegó cuando alguien disparó, un sábado en la tarde, contra ese hombre que era su papá.

Por eso duele tanto la guerra, porque de pronto se lleva a la gente, porque deja a un montón de niños sin papá o sin mamá o sin hermanos, y no hay más vacío que sentir que alguien se fue antes de tiempo. Supongo que alguien que se muere por una enfermedad, antes de tiempo, también deja un vacío similar, pero lo difícil de explicarle a la razón y al corazón, es que alguien haya decidido que otro muera, porque no coincidía con su pensamiento. Y entonces dejan a un montón de seres indefensos creciendo con un vacío al que después será más fácil echarle la culpa de la vida misma, porque sí que es difícil aprender que los muertos no tienen la culpa de nada, salvo de eso que se siente cuando no están. Eso tan inexplicable.

Hay días en que hay personas que llegan a tu vida para decirte que querer es más fácil de lo que te imaginas, pero si dejas de creer, también se van. Hay días en que hay personas que llegan a tu vida para enseñarte que hay cosas más difíciles, más inexplicables, más fuera de uno mismo, que lo único que puede salvarlos es el silencio. Y aunque duela uno tendrá que irse y esperar y, como siempre, seguir corriendo tras el tiempo, que no ha de parar porque duela el silencio.

Porque quizá eso es la vida, lo obvio: que hay gente que llega, que hay gente que se va, que hay gente que vuelve, que hay gente que muere para vos, aunque sigan con su cuerpo en algún otro lado. Ir y venir. O no.

Hay gente que duele tan indefinidamente.

Pero la tristeza siempre está para abrazarnos, al final, hasta que podamos volver a creer.

 

Lo he visto
desde lejos
desde mi ventana
mi cómoda ventana
desde mi cama
debajo de mis cobijas.
Mis calientitas cobijas.
He visto un hola
un vení pronto
un lanzate.
Yo también he visto
el vacío
y he pensado
qué se sentirá
saludarlo de vuelta
irse
tirarse
dejar nada.
Qué se sentirá la caída,
si el golpe será fuerte al final,
si habrá golpe,
si alguien esperará,
si Eduardo me esperará.
Qué será el vacío
sin el gato
sin mí
sin poemas.
Qué es el vacío con todo y nada,
con el pero, con la contradicción.
A veces lo miro,
me asomo, me tiento.
A veces soy yo el vacío mismo
que espera a alguien, que espera solo.
Soy yo, en silencio,
en esa caja, en esa cama,
en esa ventana.
Es la foto de alguien que mira,
que está, que no sabe.
Afuera llueve. Adentro, los relámpagos.

A la sombra

Uno vive a la sombra de sus muertos. Eso me parece ahora. Vivo a la sombra del mío desde que tengo un año y ocho meses, desde  ese dos de julio de 1988, en alguna hora de la tarde de ese sábado: mi papá.  De eso no me acuerdo. De él tampoco. Eduardo es mi muerto, sin embargo. Sé que tenía el pelo negro, que era blanco, que tenía los dientes de arriba separados. Lo sé por la foto tipo cédula que siempre he tenido por ahí para acordarme que es él, mi papá. Mi muerto de siempre. No me acuerdo tampoco del único cumpleaños que él me celebró: yo estaba de blanco de los pies a la cabeza, muy elegante, con una balaca sobre mi pelo mono. Él estaba detrás dándome una pasa con su mano, esas que tanto odio ahora, cuando alguien hizo clic. Lo sé por la foto de cumpleaños al lado de la torta que está en algún álbum viejo de la casa del pueblo. Sé que hablaba duro y opita por un casete que se grabó sin que nadie se diera cuenta. Sé que me llevaba a la guardería en hombros mientras me explicaba qué era una vaca, porque nos encontrábamos varias en el camino: las describía para mí. Lo sé porque la gente que lo veía me lo ha contado. Sé que tenía una librería que se llamaba La Pola, que también era papelería para poder sobrevivir, pero que fue la única librería que ha tenido Riosucio desde que yo tengo memoria. Eso lo sé por mi mamá y porque de La Pola, cuando mi mamá la cerró, quedaron miles de papeles marcados con ese nombre con los que yo jugué a hacerme la librera y la vendedora. Sé, por supuesto que eso lo sé, que era de izquierda, del Moir, y que por eso lo mataron ese sábado de julio. Todo eso lo sé desde que tengo memoria. Y sé, además, que he usado a mi papá para ocultar mis miedos, por ejemplo esa vez que mis compañeras de escuela me sacaron de un grupo de baile diciendo que era una tiesa que no bailaba, y yo les dije que me había acordado de mi papá y que por eso también lloraba y que por eso, por supuesto que solo por eso, también me iba de ahí. Siempre lo usaba cuando tenía ganas de llorar por otra cosa delante de la gente. Y cuando siento que estoy bloqueada en la escritura, que no sé qué escribir, entonces pienso en él y escribo y repito su historia: a Eduardo lo mataron por pensar diferente, porque les estorbaba. Por ese vicio de decirle a la gente de izquierda que es guerrillera. Por eso también. Aunque detrás hay más cosas, supongo. Un más que en este país es difícil de escudriñar. También salgo fácil de muchas vainas echándole la culpa: que me cueste perder un examen o un amor es culpa de mi papá, que fue mi primera pérdida en la vida; que no quiera meterme en política es culpa de mi papá, porque lo mataron por ser un político; que no sepa bailar, por supuesto es culpa de mi papá porque él sabía bailar y seguro me hubiera enseñado a bailar, pero lo mataron. Etcétera. Los muertos lo van siguiendo a uno como una sombra de la que uno no se puede separar. Tampoco es que quiera. Yo aprendí, por ejemplo, a no ir a entierros desde esa vez que enterraron al papá de un amigo al que mataron también, creo que por robarle, porque en la mitad del entierro estaba llorando tanto que me tocó salirme a llorar al parque que está al frente de la iglesia: no podía dejar de pensar en Eduardo. Desde eso no voy a entierros, porque aunque no piense en él, yo me pongo a llorar. Tal vez porque sé, desde muy bebé, qué es tener un muerto en la vida. Aunque pasen los años.

No sé que es un muerto importante como mi papá, cuando uno ya está grande. No tengo idea. Porque mi abuelita se murió hace cinco años y a mí me dolió mucho, porque era mi abuelita más querida, casi el reemplazo de mi mamá, una que me crió, que me hacía cuajada en exclusiva y me compraba pollitos de colores cuando estaba chiquita. La Blanquita aquella es la que me enseñó a usar zapatos, cuando casi cumplo dos a pie limpio. Y yo la extraño, claro, sobre todo cuando cocino (yo sé hacer arepas por ella) o cuando me acuerdo de sus consejos de abuelita como que no me bañe llena o no me serene si tengo gripa. Esas cosas. Solo que si bien yo la pienso mucho, si bien yo la extraño y la quiero, es una sombra muy clarita. A ella no le echo la culpa sino de que no sea tan buena para fritar buñuelos como ella, pero nomás. Supongo que es porque la Blanquita esa se murió de vieja y no por una bala, no antes de tiempo.

No sé si hay clases de muertos, tampoco si unos duelen más o duelen menos, pero esa sensación de que Eduardo se fue a los 33, cuando todavía había tanto por dar, es difícil de entender. Sobre todo esa sensación de que murió porque alguien quiso que muriera, que fue porque alguien le apuntó con un arma y disparó. Eso que es la violencia, tan difícil de entender, complica más ese muerto que me sigue. Porque si hubo una pregunta que me costó hasta hace poco es que Eduardo supiera que en el ejercicio de la política podía morir y que eso estaba bien para él: que morir era una posibilidad y él estaba dispuesto a asumirla, porque creía que la política era una manera de vivir, que ayudar a otros, que pensar en los otros, era importante, fundamental. Esa era su vida y lo mataron por hacer lo que le gustaba. Supongo que no creía que iba a morir, quién va a creer eso, pero supongo también que en el fondo sabía los riesgos, y más en este país. Y ahí es cuando alguien como yo, que sufrió las consecuencias de que la guerra lo deje sin papá, sabe que es muy difícil vivir en un lugar en el que no respetan la diversidad de pareceres. Cuando pensar diferente es lo que hace que el mundo sea un lugar más interesante. No es posible que te maten, porque lo que estás diciendo le incomoda a alguien. Y eso es un país triste. Y es más triste que después de 32 años, porque eso hace ya que no existe Eduardo en este mundo, esto no haya cambiado. Y por eso a veces es mejor callar (aunque no callemos todas las veces), sobre todo los que no somos como Eduardo. A los que nos da miedo, los que somos egoístas y no tenemos intenciones de morir por otros, de que nos maten por decir algo. Un día mi mamá me dijo que para esta familia un muerto era suficiente.

No escribo esta vez de mi papá porque no tenga nada más de que escribir, sino porque la muerte, pese a todo, es un tema que se me hace muy cercano, que aparece cada rato a cuestionarme, a no dejarme dormir. El jueves por la tarde murió ese cantante, a los 29 años. Estaba en un carro, quién sabe yendo hacia dónde, cuando una bala que no iba para él, eso dicen las noticias, lo mató. Desde ese día he buscado sus fotos para imaginar cómo era, casi de la misma manera que hago con mi papá: tenía una cara de niño ese muchacho. Entonces llegué a la foto en la que celebraba el año nuevo y los sueños que tenía para 2019. Y a uno ahí se le encharcan los ojos y la tristeza se entra. Mi papá tenía 33 años, que es la edad a la que voy a llegar este año. Eso, en perspectiva, parece tan poquito. Así que pienso en Legarda y me parece que es tan poquito. Y pienso en la joven que mataron esa misma semana que solo tenía 16. Dieciséis no es nada. Porque es injusto que una bala que no era para él ni para ella, haya llegado a él y a ella. Claro, supongo que es muy fácil decir que ese era su destino, que seguro ese era su día y demás, pero detrás hay un montón de problemas, entre ellos uno que enoja (a mí, por lo menos, porque se llevó a Eduardo): la violencia. Porque esa bala fue para Legarda y para la niña, y con él se volvió un cuento que supieron muchos porque era famoso, pero pudo ser para cualquiera que fuera al frente en un taxi o caminando. La cifra la leí en El Colombiano: 1.565 víctimas en 27 años (entre 1990 y 2017): 675 muertos. En 2019 van siete.

Y no es que haya muertos de primera o de segunda, porque de él se ha hablado mucho estos días y de ella muy poco. Quizá que su nombre fuera más conocido hace que la gente caiga en cuenta de un hecho que se repite pero que se queda en silencio, y a veces alguien, que genera cercanía porque algunos lo conocían, viene a recordar que no se vale ser indiferentes. Ni con él ni con ella ni con nadie.

Eso lo sabemos: la muerte llega en cualquier momento. De pronto se cae la cama y ya está. Solo que cuando alguien muere por la acción de otro, se hace más difícil de explicar. Porque hay muertos, mueran como mueran, que se vuelven sombras: no se vuelve a ser el mismo. Uno es uno más un muerto en su lista de muertos. Lo demás son las preguntas, ese sentido de injusticia.

Entonces pienso en la familia de Legarda: en su mamá, en su papá, en sus hermanas, en su novia. Y pienso en la joven de 16 años y en los que quedan: su mamá, su papá, sus hermanas, quién sabe. Porque yo creo que uno vive con sus muertos, aunque la vida, como siempre, no ha de parar por uno más.

Y es cuando el silencio llega.

Cuadro I

La tía Amparo se sienta en la banca de la cocina de la tía Floralba. Aunque ya no hay banca si no una silla rimax, yo la veo sentada en esa banca con la que uno creció en esa cocina. Puede quedarse ahí, en silencio. A veces se ríe, pero nada más. Yo la miro y me acuerdo de la tía Judiela, que se murió hace tantos años. Era la que nos enseñaba, desde esa banca y esa misma esquina, que a la aguapanela caliente hay que echarle los cuadritos de queso y esperar. El otro día la tía Amparo estaba sentada raspándose la olla del arequipe. Estuvo media hora dándole con la cuchara, como si viera más arequipe del que nosotros veíamos. Que para qué le dieron la olla, dijo luego, cuando se la quitaron, sino para limpiarla. Y se rió, como si fuera una niña de nueve. Tiene más de 85, calculo yo, y ya no sabe hacer dulce de guayaba, que era lo que hacía cada tanto: nos lo entregaba en tarritos de Nescafé y uno se comía eso de una sola sentada, a punta de leche.

A veces  me parece que desde esa esquina y esa banca que ya no está, la tía Amparo, que ya tiene poca memoria, anda esperando que la muerte se acuerde de ella.