Hay días en los que uno se despierta y tiene ese nombre que ronda, como una abeja a la que uno le tiene miedo de que lo pique, aunque la abeja no tenga la culpa. Duermes y no se va. Barres y no se va tampoco. Juegas con el gato y sigue ahí. Vuelves a dormir, lavas los baños, te bañas vos, bañas al gato. Tampoco.

En este cuarto apareces.
Te estoy pensando desde hace una hora,
quizá media más.
Te imagino allá,
te miro en la foto.
Te dibujo.
Espero.
Dibujar es mejor que extrañarte.
Te apareces otra vez,
como en la última noche.
Revuelco tu pelo,
te beso el cuello,
nos besamos.
Te quiero, en esa manera extraña
en que quieres que te quiera.
Afuera está el árbol.
A veces quiero ser una de tus avispas,
justo de las que no sabe aterrizar.
Ojalá me vieras en una gotita de mar
o en esa nube sin forma que tienes al frente.
En la sal
o en la piña colada.
Pienso en tu ebriedad constante.
Miro tu nombre.
Ojalá llegaras en la noche,
así de sutil como aparece la luna.

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